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Donald Trump: lo imposible es posible

En Elecciones EEUU 2016/Mundo por

Hace sólo unos meses se decía que no había muchas posibilidades de que Donald Trump pudiera ser designado candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos. Era impensable ver al magnate en la Casa Blanca y al frente de la gran potencia mundial. Pero lo que parecía imposible se ha convertido en posible.

¿Qué ha pasado para que Trump acaricie su sueño? ¿Por qué muchos ciudadanos estadounidenses están dispuestos a confiar en él? ¿Es un síntoma más de la decadencia de los principios y valores defendidos por Occidente desde hace tanto tiempo?

La alarma ha saltado en gran parte del mundo ante una posible victoria de Donald Trump. Los mensajes lanzados y las promesas a su electorado están en las antípodas de lo que hasta ahora ha significado Washington, tanto desde las posiciones republicanas como de las demócratas. Aunque se presente por una de las dos formaciones del clásico bipartidismo, en la práctica supone una tercera vía que intenta romper con políticas tradicionales que cada vez tienen más problemas para retener a su electorado con recetas convincentes.

 

Aunque Trump se presente por uno de los partidos clásicos, su propuesta es la de una tercera vía rupturista con las políticas tradicionales.

 

Trump ha utilizado, y lo sigue haciendo, un discurso populista, autoritario y extravagante que hasta ahora le ha dado resultado. Ha sabido cautivar a numerosos estadounidenses que confían en que él es la persona para recuperar, según dice, el poder perdido por la gran potencia en estos difíciles años. ¿Cómo y a qué precio? Trump apuesta por más orden y autoridad. El ciudadano tendrá que decidir si eso es lo que necesita Estados Unidos.

Donald Trump lleva meses insultando a líderes de todo el mundo. No se salva de sus exabruptos, por supuesto, su rival, la demócrata Hillary Clinton, de la que dice que es una mentirosa y una corrupta. Y hay quien desde sus filas afirma que debe ser fusilada por traidora. Son palabras inaceptables, impropias de cualquier servidor público de un régimen democrático.

Casi parece que estamos en lo más profundo de una pesadilla cuando escuchamos que piensa construir un muro en la frontera con México de tres mil kilómetros, que prohibirá la entrada de los musulmanes al país o que desea cambiar la relación histórica de Estados Unidos como defensor de sus aliados de la OTAN en caso de ataque. Quizá no recuerda o no sabe lo que ha ocurrido en el siglo XX y el papel que Washington ha desempeñado para la paz y la seguridad mundiales en las últimas siete décadas. Habrá que esperar que su equipo de consejeros y su candidato a la vicepresidencia, Mike Pence, sean capaces de poner orden, de analizar y difundir con seriedad sus propuestas. El anuncio de la convención de Cleveland de restaurar la ley y el orden no hace sino avanzar en una estrategia de miedo y de la necesidad de una trasnochada mano dura que está muy lejos de las soluciones que hoy necesita el mundo.

 

La democracia occidental tal y como la conocemos parece haber entrado en crisis.

 

La democracia occidental, tal y como la hemos conocido, parece haber entrado en crisis. A ambos lados del Atlántico están surgiendo movimientos políticos rupturistas con el enfoque de modernidad y crecimiento que posiciones conservadoras o socialdemócratas han llevado a cabo en las últimas décadas. Partidos de extrema izquierda o extrema derecha, populistas, xenófobos, antisistema o antieuropeos han logrado penetrar lentamente pero con cierta consistencia en los tejidos y estructuras políticas de Europa. Hasta han conseguido convencer a los ciudadanos, con mentiras de por medio, para dejar la Unión Europea, como ha sido el caso de los británicos en el referéndum del Brexit.

Con todas sus diferencias, esa necesidad de cambio también parece llegar a Estados Unidos. En esta ocasión no ha hecho falta un nuevo partido; simplemente la llegada de un rico hombre de negocios, sin experiencia política, con formas y mensajes impresentables, que ha conectado con gran parte de la sociedad. De manera especial, con sectores pobres y poco formados, descontentos con las fórmulas tradicionales, víctimas de los cambios económicos y que no ven ningún tipo de futuro. Y ahí es donde el populismo “trumpista” ha encontrado un caladero, hoy por hoy seguro de que en el republicano puede encontrar la solución a gran parte de sus males.

La preocupación aumenta cada día en parte de las filas republicanas, en sectores militares y en el mundo de la empresa estadounidense. La inquietud es notoria en una Europa que no gana para sustos en los últimos tiempos y que sigue atascada en su propio problema de identidad y de ausencia de respuesta colectiva a los grandes retos. El desmoronamiento de lo que ha representado Occidente empieza a preocupar. Y desde luego, el mundo puede ser muy distinto con Donald Trump en la Casa Blanca. No iba a ser candidato y lo es.

Hay quien dice que no ganará porque incluso votantes republicanos optarán por Hillary Clinton como mal menor. Pero algunas encuestas empiezan a deshacer el empate técnico y dan ventaja al primero sobre la segunda. Queda por delante una larga e intensa campaña. Es momento para pensar y reflexionar. Ni Estados Unidos ni el mundo necesitan a Trump. Hay tiempo para evitar que lo que hasta ahora es simplemente una pesadilla pueda convertirse en realidad.

Homo intellegens

En Cultura política/Elecciones EEUU 2016/Mundo/Pensamiento por

La crisis económica, la ola de refugiados y el terrorismo avivan la verborragia del espectáculo de la política frívola en Europa, que hoy inclusive ha llegado a Estados Unidos. Gran parte de la responsabilidad de su proliferación recae sobre algunos medios de comunicación enceguecidos por la omnímoda venta. La videocracia necesita la retroalimentación con personajes grotescos pero de discursos simples y maximalistas para agitar el pathos, agarrotar el ethos y apocar el logos. Sigue leyendo

Vieja y nueva política

En Cultura política/España/Pensamiento por

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Los medios de comunicación nos hicimos eco la semana pasada de un suculento estudio publicado por el Centro Reina Sofía, un organismo dedicado a la realización de estudios sociológicos sobre adolescencia y juventud dependiente de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) titulado ‘Política e Internet’.

INFOGRAFIA CRS POLITICA E INTERNETDicho estudio arrojaba dos conclusiones interesantes: la primera, que el interés por la política entre los jóvenes de 18 a 25 años  ha aumentado del 26% en 2008 (entonces, ese porcentaje declaraba estar muy o bastante interesado por la política) al 72,6% a finales de 2014. Cerca de un 50% más en seis años de crisis económica. De hecho, el 80% asegura que votará en las próximas elecciones.

La segunda de las conclusiones era que una mayoría amplia de este colectivo no siente prácticamente ningún apego o confianza por la mayoría de las instituciones y organismos en los que se desarrolla la vida política y social española, a excepción de los clubs deportivos, las ONG y poco más.

Ni los partidos políticos, ni el Parlamento, ni el Ejército o las fuerzas de seguridad, ni la Iglesia, ni la patronal de empresarios o los sindicatos, ni otros actores económicos como empresas o bancos son para esta generación actores de los que se pueda esperar algún tipo de avance en las cuestiones que les preocupan.

Las causas de esta aparente contradicción son del todo conocidas. El informe no aporta ninguna sorpresa en este sentido: corrupción, ausencia de opciones que les representen, desengaño, desánimo sobre la utilidad del voto, decepción tras las últimas elecciones…

Para el director general de la FAD (y del Centro Reina Sofía) el desapego de la juventud hacia los organismos en los que se desarrolla la vida política del país es un signo “preocupante” porque, a su juicio, “ningún país del mundo puede gestionar su convivencia interna sin unas instituciones fuertes“.

En otras palabras, integrar el descontento y las reclamaciones de los jóvenes en un marco político común se presenta como una tarea en la que debe implicarse toda la sociedad, a fin de que estas puedan articularse en un diálogo que beneficie a todos. La alternativa, a todas luces, es el riesgo de una ruptura de la vida política, no para ser sustituida por una nueva fórmula sino para romper todo cauce de diálogo y, por ende, de convivencia.

Decíamos hace unas líneas que la consulta a los jóvenes (un total de 808) fue realizada los últimos meses de 2014. Precisamente ese año se cumplía un siglo desde que uno de nuestros grandes (o de nuestros pocos) pensadores políticos, José Ortega y Gasset, se lamentaba en su discurso ‘Vieja y nueva política‘ del desinterés de la juventud (hoy igualmente pretendida) acerca de las cuestiones políticas y del estatus caduco de las instituciones de la “política oficial“. Decía así:

Todos esos organismos de nuestra sociedad — que van del Parlamento al periódico y de la escuela rural a la Universidad —, todo eso que, aunándolo en un nombre, llamaremos la España oficial, es el inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie los elefantes“.

Ortega y Gasset, por F. Vicente

Como curiosidad, el filósofo y periodista señalaba a un tal Pablo Iglesias (no el nuestro, sino el fundador del PSOE)  como uno de los pocos que no representaban los “odres caducos” de la política de 1875, la de la restauración monárquica.

Aún así, afirmaba que la novedad que suponían los sindicatos y el Partido Socialista de aquel momento (léase hoy como Podemos) “le confundirían si no se limitaran, sobre todo el socialismo, a credos dogmáticos con todos los inconvenientes para la libertad que tiene una religión doctrinal“.

De hecho, y pese a reconocer la “utilidad” de algunos “radicales” que “han ejercido una función necesaria” consistente en “producir una primera estructura histórica en las masas” –lo que hoy viene a ser el clamor por la “regeneración“– acusaba a los responsables de estas fórmulas de ser “buenos demagogos” que “van gritando por esas reuniones de Dios” (pongan aquí “círculos” y tendrán la analogía perfecta).

Sobre las consignas que entonces –y hoy de forma parecida– movían la reivindicación contra la vieja política afirmaba que “son los tópicos recibidos y ambientes, son las fórmulas de uso mostrenco que flotan en el aire público y que se van depositando sobre el haz de nuestra personalidad como una costra de opiniones muertas y sin dinamismo“. “Nuestra política es todo lo contrario que el grito, todo lo contrario que el simplismo –advertía el filósofo– Si las cosas son complejas, nuestra conducta tendrá que ser compleja”.

Por ello, en su discurso, pronunciado en el teatro de La Comedia el 23 de marzo de 1914, abogaba por la recuperación de la “sustancia nacional“, concepto algo vago que no mucho más tarde se emplearía en el auge de los movimientos fascistas, pero que, para Ortega, significaba que “la política no es la solución suficiente del problema nacional“, tal como hemos defendido en este blog anteriormente.

La ruptura de la tradición política –que no el interés político, tal como se aprecia en la encuesta– y, por lo tanto, del derrumbe de la legitimidad o utilidad de sus instituciones a ojos de la nueva generación, proviene del vaciamiento del significado que estas tienen como legado de una convivencia común y articulada (formal y legalmente) como producto de esta.

Es cierto que, como decía el director general de la FAD durante la presentación del estudio, la semana pasada, “es tarea de todos” el reunir a la sociedad y reforzar las instituciones de modo que estos se conviertan en cauces efectivos de comunicación y gobierno para todos. Pero, para ello, es necesario que exista una voluntad mutua de convivir y una preocupación compartida hacia la comunidad.

Es una ilusión pueril creer que está garantizada en alguna parte la eternidad de los pueblos; de la historia, que es una arena toda de ferocidades, han desaparecido muchas razas como entidades independientes –advertía Ortega– En historia, vivir no es dejarse vivir; en historia, vivir es ocuparse muy seriamente, muy conscientemente del vivir, como si fuera un oficio. Por esto es menester que nuestra generación se preocupe con toda consciencia, premeditadamente, orgánicamente, del porvenir nacional.”

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