Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Vuelo bajo

En Viñetas por
Tiempo de lectura: 1 minuto

¡Qué cansado es ver las mentiras planeando por el zapping! Las máximas políticas, por lo visto, leído y escuchado, parecen no hacer distinciones a un lado u otro de la bancada. 

Hartazgo político

En España por
Tiempo de lectura: 1 minuto

Decía Ratzinger que la duda era el punto de encuentro entre el creyente y el ateo. De igual manera, el hartazgo hacia nuestra clase política parece ser el lugar común donde nos encontramos todos los credos ideológicos.

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Encarna y Pedro Sánchez

En España por
Tiempo de lectura: 4 minutos

— Mañana viene el Sánchez. 
— ¿Cómo es eso? ¿Aquí? ¿A Puerto Quejumbre? 
— Sí, sí. Que me acaba de decir el Basilio. 

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Titulitis: la gran mentira moderna

En España por
Tiempo de lectura: 3 minutos

En los años más duros de la crisis estuve en uno de los restaurantes que Joaquín Sabina tiene por Madrid. Habíamos ido un grupito de culturetas a los cines Renoir de Princesa. Después de sacudir o rescatar a Wes Anderson, se nos antojaron unas enchiladas.

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Negar la Transición

En España por

Tiempo de lectura: 4 minutosA mediados de los años 60, un desconocido Gabriel García Márquez se puso a escribir. Dedicó 18 meses a dar forma a Cien años de soledad. Era una historia que llevaba dentro, que había madurado durante una década en su interior. Necesitaba contar esa historia. Pero el colombiano nunca pensó que estaba escribiendo el libro más importante, tal vez, del siglo XX.

A principios del siglo XVI, cumplidos ya los 50, Leonardo Da Vinci comenzó a dar forma al Retrato de Lisa Gherardini. Era un retrato más, otro retrato por encargo de los muchos que había creado a lo largo de su próspera vida. Puso lo mejor de sí pero seguro que el florentino no pensó en pintar el cuadro más reproducido, más admirado y más popular de la historia.

Las grandes obras se hacen, no pensando en su grandeza sino en hacerlas. Sólo una vez terminadas empiezan a crecer.

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Comando cochino; el fin del periodismo

En Periodismo por

Tiempo de lectura: 4 minutosLa semana pasada el periodismo en general, y el español en particular, se permitió echar una canita al aire.

“Una manada de jabalíes mata a tres miembros de Estado Islámico en Irak”, rezaban en sus titulares online El Mundo y La Vanguardia.

“Un grupo de jabalíes acaba con tres terroristas del ISIS cuando preparaban una emboscada”, comentaba en la sección “Animales” el diario digital El Español.

“Donald Trump ficha a un jabalí como Secretario de Defensa”, decía el siempre afilado (y cada día más cercano a la realidad) El Mundo Today.

Esta “noticia”, hilarante cuanto menos, repicada por el mundo con alegría, pone el foco en la realidad informativa que nos toca vivir; donde las creatividades de sofá, los gags de ingenio que nos brotan tras dos paradas de metro y los artículos destacados de los diarios serios, se confunden en una suerte de chiringuito llamado “mundo digital”, donde, definitivamente, todo vale.

Esta “noticia”, que hasta el día de ayer ninguna cabecera se había sentado a darle una vuelta sobre la veracidad o no del relato, fue puesta en marcha por  The Times y The Telegraph, tal y como recogía Patricia R. Blanco en El País, que tuvo la molestia de titular, a petición (probablemente) de algún redactor jefe cebolleta; “La inverosimil victoria de los jabalíes contra los terroristas del ISIS“.

La cuestión es que una vez más, el canon de la facultad de periodismo sobre la imperiosa necesidad de la existencia real de fuentes que acrediten los hechos que nos disponemos a narrar, vuelve a quedar en el tintero de lo teórico y las rectificaciones y matizaciones ante cualquier imprecisión de una información; como un ejercicio para los necios que se detienen a analizar la actualidad.

Tal vez por eso hoy -día internacional de la libertad de prensa- sea un buen momento para reivindicar el fin del periodismo.

Porque, francamente, nadie está hoy en disposición de detenerse dos minutos. Y mucho menos los periodistas y redactores. Lo importante es el flash, el deslumbramiento que las letras todavía nos provocan si son conjugadas de tal manera que sea caldo de retweet o de comentario jocoso en el grupo de Whatsapp de turno.

Si uno de los grandes lo ha dicho, lo diremos todos.  Y si nadie rectifica o matiza la improbabilidad del relato, menos yo. Que la fe de erratas, con algo de mala baba y a estas alturas de la película, podría entenderse como un marco legislativo de esta rat race en la que estamos constreñidos.

Los lectores, fagocitadores empedernidos de datos y que cada día se sienten más capaces de diagnosticar su embotamiento mental (lo llaman “sobreinformación”), se mueven hacia aquello relacionado con la prensa cotidiana con escepticismo, apatía y altas dosis de incredulidad.

Tal vez por eso hoy -día internacional de la libertad de prensa- sea un buen momento para reivindicar el fin del periodismo.

Al menos, de la forma en la que se está llevando a cabo.

Porque en los titulares no confirmados de jabalíes y terroristas, solo puede haber una explicación lógica desde la información regida por empresas privadas. Arrastrar un par de clicks más al contador diario. Conseguir un par de anunciantes más porque “seguimos creciendo” (frase mantra de todas las cabeceras tras las oleadas de EGM).

En definitiva, más pasta para el zurrón para seguir engrasando la rueda. Fenómeno, en cualquier caso, absolutamente legítimo siempre y cuando lo que se edulcore, agregándole cierto atractivo literario al titular, sea una verdad fría que necesite algo de estímulo. Pero estimular no quiere decir adulterar. Y es conveniente que dichas licencias “artísticas” vayan más hacia los editoriales o espacios de opinión que a las secciones generalistas de información de los medios convencionales.

Quizás la duda es si el periodismo tradicional está jugando a no ser convencional. Y si verdaderamente ya no podemos llamar información a lo que otrora fueran los datos que digeríamos, con un periodista entremedias, para componernos una idea de hacia donde va el mundo.

Este acontecimiento porcino-belicoso, uno más en la serie de aventuras chestertonianas a las que nos enfrentamos cada día, puede sin embargo que llegue próximamente a su fin gracias a la tecnología, engrosando con ello, la nutrida lista de periodistas parados. Y podremos echarle la culpa a Quill o Narrativa , o las ideas parecidas que vayan surgiendo de ahora en adelante.

Hablamos de softwares capaces de redactar a través de un algoritmo que recopila datos estadísticos una crónica; articulando y adjetivando -si es necesario- un texto sencillo listo para consumir y olvidar.

Todo al más puro estilo de los redactores de estas pseudo-noticias.

Y no considero que vaya a ser un gran drama. Y seguramente, visto el patio, sea deseable.

Las ventajas para los críticos del periodismo actual son innegables: tendremos menos que criticar. Exigiremos a los valientes que quieran vivir de la información que no se remitan exclusivamente a empaquetarla o a deformarla, sino que se mojen y aporten su bagaje intelectual para refutarla y ponerla en contexto. Habrá un avance hacia la opinión y corresponderá a estas aplicaciones y a los gabinetes de comunicación de las empresas (inclusive la panadería de la esquina) informar sobre lo que a ellos les acontece y el valor que generan en su entorno, documentando su día a día gracias a los usuarios y a los “pelotazos” de interés que sean capaces de llevar a cabo en redes sociales.

Las ventajas para los cínicos son irrenunciables: un programa informático es más barato que una redacción de humanos que quieren comer y vestirse. Los tiempos, una vez que le cojamos el tranquillo a la “cosa tecnológica”, serán más reducidos por lo que podremos embotar con mayor entusiasmo la cabeza de las gentes. A mayor actualidad y mayor presencia a menor coste, más audiencia, más sobreinformación y menos errores de prisma humano.

Sea como sea, el paradigma entre lo que estas nuevas herramientas terminan de implantarse, es para echarse unas risas y tocar el violín con entusiasmo mientras el barco hace aguas.

 

La insoportable necesidad de tener razón (II)

En Asuntos sociales por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Siguiendo en la línea del anterior artículo, algo surge en nuestro interior, propio de la condición humana e inherente a ella a pesar de los siglos y del progreso. Una vez que hemos conseguido creer que tenemos razón absoluta, entonces surge repentinamente uno de los estados más detestados por cualquier ser que pueble la tierra.

Surge el miedo a la posibilidad. ¿A qué posibilidad?

A toda aquella que pueda en cualquier momento y de cualquier forma hacernos despertar y darnos cuenta de que es posible que estemos equivocados. De que es posible que nuestra razón no sea una roca imperecedera, de que sus argumentos se desmoronen a la luz de lo ajeno y se desmenucen en finas láminas para acabar diluyéndose en un segundo, o varios, como la arena que se pierde entre nuestros dedos, frágil, en silencio, rítmicamente. El miedo a que la ley de la gravedad haga caer aquello que era indestructible. Miedo al sonido de las trompetas que hicieran caer nuestros muros de Jericó. Miedo a ver nuestra razón amenazada por la posibilidad de no ser una verdad irrefutable, innegable e imperecedera.

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La insoportable necesidad de tener razón (I)

En Asuntos sociales por

Tiempo de lectura: 6 minutosVivimos en una sociedad que ha desterrado la necesaria posibilidad de estar equivocado, de errar y de, por qué no, aceptar la probabilidad del fracaso en aquello que se comienza. Todo se nos debe ofrecer y todo ha de ser conseguido sin asomarnos a la posibilidad de lo contrario, pues se nos ha inoculado de manera incesante el axioma que obliga a la vida a hacernos perennemente felices por la única razón de creernos merecedores de ello.

De un tiempo a esta parte, el discurso político-social se ha radicalizado, y no sólo en estas vertientes, sino que lo ha hecho en cualquier lugar donde la sociedad haya colocado su imperfecta presencia. Hemos elevado nuestras causas a los altares de las verdades irrefutables que no pueden, bajo ningún concepto, dar espacio a lo contrario. Sigue leyendo

Oscar Wilde y la decadencia de la mentira

En Democultura/Literatura por
Tiempo de lectura: 3 minutos

Oscar Wilde es una de las figuras literarias más influyentes del siglo XIX. El autor de origen irlandés (de una Irlanda que en aquella época pertenecía al imperio británico) es principalmente conocido como dramaturgo y cuentista, pero muchos creen que el Wilde más brillante, astuto y complejo se esconde en su faceta ensayística.

‘La Decadencia de la Mentira‘ forma, junto con otros títulos, la biblioteca de ensayos de este importante escritor victoriano. En ella, Wilde se sirve de una fructuosa conversación entre dos amigos, los sagaces Cyril y Vivian, para entonar una apología del esteticismo y del “arte por el arte”.

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El tonto es más peligroso que el malo

En Cataluña/Elecciones 27S/España por

Tiempo de lectura: 3 minutosSeamos sinceros: más allá de los límites legales, los catalanes tienen toda la legitimidad del mundo para expresar de alguna manera su pretensión de independizarse o no del resto de España ya sea por medio de cauces acordados entre todos o manifestándose a través de otras vías (cultural o socialmente).

El independentismo, si bien en los términos en que se plantea atenta directamente contra la legalidad, según todas las fuentes autorizadas, no es ideológicamente “peligroso”, como pueden serlo determinados sistemas de pensamiento propios del siglo pasado y que sí suponen un atentado directo contra la dignidad y la libertad del hombre (el comunismo y el nazismo son ejemplos de ello). Al menos por ahora. Sigue leyendo

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