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La comunicación depende de la posibilidad del perdón

En Antropología filosófica por
Tiempo de lectura: 5 minutos

«Si me engañas una vez, la culpa es tuya; si me engañas dos, es mía». Suele decirse de esta frase que es un proverbio árabe, aunque Eduardo Palomo en su Cita-logía se la atribuye a Anaxágoras. Sea como fuere, la frase viene a subrayar dos ideas complementarias. Por un lado, que la confianza debe ser un a priori de la comunicación y de las relaciones humanas. Dicho en modo negativo: constatamos con facilidad que la desconfianza torna el encuentro interpersonal prácticamente imposible. Por otro lado, la frase subraya también que ese a priori de confianza debe ser refrendado en la experiencia. Si el otro se revela no-veraz o no-confiable, darle nuestra confianza no sería ya virtud, sino imprudencia.

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Tu verdad

En Viñetas por

Tiempo de lectura: 1 minuto“El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla”, dice el escritor Manuel Vicent. La cosa está en ver si realmente se puede encontrar en televisión o no.

La quimera de la ciudad mundial o por qué nuestra ciudad es un asco

En Pensamiento por
Tiempo de lectura: 6 minutos

“Dos amores fundaron, dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la ciudad del hombre, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”. San Agustín

Una ciudad consiste en cierto número de ciudadanos ordenados en un régimen o gobierno. Por razón de necesitar el auxilio de sus semejantes, el hombre es un animal político y es en convivencia, por eso la comunidad que constituyen se fundamenta por el fin mismo del hombre, y a cada uno le corresponde tomar parte en el bienestar de la ciudad, siendo este el fin principal.Se puede decir por tanto que los ciudadanos participan de la ciudad solo en la medida en que participen del fin para el que la han constituido.

La ciudadanía no puede, por tanto, reducirse a un mero acuerdo para la ayuda mutua o para el intercambio. Si así fuera, todos los que celebrasen contratos serían ciudadanos de una misma urbe y, resulta evidente, en este tipo de relaciones uno no se preocupa de como son los otros, ni de si son injustos o cometen maldades. Sólo de que cumplan las condiciones que han firmado en sus contratos.

De cómo el contrato transformó nuestra urbe

Hasta el siglo XVIII la mayor parte de las ciudades no rebasaban los cien mil habitantes. Un hombre podía fácilmente abarcarlas y tenía la posibilidad de ir a cualquiera de sus límites andando, tal vez en menos quince minutos. Su estructura era sencilla, con un ámbito principal siempre de naturaleza pública y varios secundarios, si se trataba de ciudades mayores. La administración contaba a lo largo de la ciudad con pequeñas unidades administrativas locales formando ramas subordinadas de la central.

Ya en 1930, en cambio, más de trescientas ciudades poseían agencias dedicadas a la planificación a gran escala. En cuestión de poco más de un siglo, se había perdido la referencia humana en la construcción de la urbe. El administrador local que antes se ocupaba de gobernar algunas miles de personas, multiplicaba ahora su influencia, como jugando a ser un dios que rige los destinos de cientos de miles de personas, acaso millones.

No obstante, el hombre (el ciudadano) que antes conocía su hogar, que había recorrido sus límites, se encuentra con que no puede ya abarcar el conjunto de las ciudades que construye ni siquiera con la mirada. Su ecosistema, su demarcación, consiste ahora en una serie de aglomeraciones urbanas en constante estado de cambio y fuera de control.

Comentaba Toynbee, culminado el segundo fenómeno bélico mundial, que la mayoría de los soldados norteamericanos eran muchachos de campo que jamás habían visto una ciudad de unas dimensiones como Londres. Solo veinte años después, el suministro de alimentos de todo Estados Unidos era producido por un cinco por ciento de la población. Para los años sesenta, prácticamente todas las grandes ciudades de América habían sufrido ya las deformaciones de las grandes avenidas y autopistas, atravesando lo que antes eran calles y dividiendo así el espacio habitable para la población.

Pincha o haz click en la imagen para socorrernos.Entre el número creciente de dificultades que el cambio de la vida rural tradicional ha supuesto el salto a la actual carrera hacia la megalópolis, las de los transportes destacan notablemente, sin haber llegado a una solución por el momento. Tanto es así que, en 1980, el ciudadano neoyorquino que se trasladaba en automóvil consumía tres veces más tiempo en avanzar veinte manzanas que su padre medio siglo atrás con un coche de caballos.

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De cómo la ciudad dejó de ser un lugar para vivir

La ciudad que lo es verdaderamente y no sólo de nombre, debe preocuparse de la virtud. Al convertirla en alianza se pervierte su significado, diferenciándose de otras alianzas en la proximidad territorial. La ley deja de ser ley para convertirse en un convenio aplicable al uso y las circunstancias y, en definitiva, no es capaz de hacer a los ciudadanos buenos y justos. La ciudad, así concebida, no es ya una comunidad de lugar cuyo fin sea evitar la injusticia mutua y facilitar el intercambio.

Estas cosas son fruto de la existencia de la ciudad pero no constituyen la esencia de la ciudad. La ciudad entendida como comunidad de casas y de familias con el fin de vivir bien, en amistad, de conseguir una vida perfecta y suficiente.

La ciudad concebida según el contrato propone soluciones que, al tiempo de aportarse, quedan obsoletas. El mayor volumen de tránsito se da en el centro de la ciudad, donde son más estrechas las calles. Permitimos a nuestras ciudades que vayan creciendo en todos los sentidos alrededor de sus centros por lo que estos van quedando estrangulados y terminarán por colapsarse. Tratamos la continua transformación de las ciudades de manera estática, sin darnos cuenta de que son dinámicas. Se habla de cinturones verdes como el de Londres, que naturalmente, llegado el momento se sobrepasan. No sirven los proyectos de renovación urbanística con los que intentamos aliviar la situación actual de nuestras ciudades.

La mano de obra urbana –y desde luego y necesariamente la que se corresponde con el sector servicios– es ajena a la urbe. Reside en aglomeraciones suburbanas que unen entre sí antiguas ciudades separadas, constituyendo así la megalópolis. Al divorciar sus hogares de sus empleos, han convertido a la urbe en un lugar de perpetuo movimiento humano que no necesita ya ser un hogar. La densidad de población disminuye de un modo constante en las áreas metropolitanas, adquiriendo las zonas marginales cada vez mayor amplitud.

Encontramos así que las áreas residenciales responden a sistemas de orden superior, las zonas industriales, los centros comerciales… Todos crecen más en superficie que en altura. Mientras que en las antiguas ciudades amuralladas la densidad demográfica era de ciento cincuenta a doscientas personas en Grecia, en Roma u otras poblaciones medievales y de Oriente, las de las zonas metropolitanas actuales no superan las cien; cincuenta y siete en Tokio; cuarenta y dos en Nueva York y diecisiete personas por hectárea en Londres, cifras de hace treinta años.

¿Qué elementos debe reunir la ciudad?

La ciudad que tenga por objetivo estar organizada de la mejor forma posible necesitará los recursos adecuados. El primero de ellos es la población. Tendrá que considerar cuantos ciudadanos debe haber y de qué tipo, y lo mismo con el territorio, que extensión y cualidades debe tener. Una ciudad no se mide por su número de ciudadanos sino por su potencia y las funciones que puede llevar a cabo mejor. Es muy difícil gobernar bien una ciudad demasiado populosa.

Decía Aristóteles que, así como la belleza se realiza siempre según número y magnitud, la ciudad que une a su tamaño el límite de población oportuno, será la más hermosa. En la naturaleza, las plantas o lo animales tienen una cierta magnitud, y ninguno conservará su propia capacidad si es demasiado pequeño o demasiado grande. Así, también hay una medida de la magnitud de las ciudades.

La consecuencia de la mejora de los sistemas y vías de comunicación ha sido alejar más (en espacio y en tiempo) a las personas de su centro de trabajo. En ciudades grandes, no es raro perder entre tres y cuatro horas diarias exclusivamente en desplazamientos. Ha sido la eficacia de las comunicaciones lo que ha motivado su abuso, ya que cada avance ha provocado una aglomeración inmediata.

Así, el efecto del desarrollo no ha sido la descentralización de la industria, sino su concentración. La planificación en gran escala puede introducir lo nuevo, en efecto, pero sólo a expensas de la destrucción de los valores urbanos antiguos. Tanto es así que los centros de las ciudades actuales están quedando sofocados y perecerán, como perecerá en consecuencia el paisaje natural. La escala de la ciudad está aumentando ya hasta límites inabarcables y depende casi por completo de sus medios mecánicos de transporte y comunicación.

Mientras, la sociedad actual no nos da indicios de poder organizarse mejor en semejante ciudad. El hombre es ya incapaz de imponer un gobierno metropolitano en muchas ciudades del globo. A menudo, se exagera la importancia de la administración local, que es no obstante un organismo que no tiene nada que ver ni en su sentido ni en sus funciones con lo que era el gobierno de las ciudades antiguas.

Muchos fenómenos sociales actuales, como la conducta de los jóvenes, muestran que no hemos sabido organizarnos como ciudad y, si la tendencia continúa, no podemos confiar en que la sociedad vaya a ser mejor mañana.

El hombre se recluirá en el interior de los edificios, convirtiéndose en un salvaje, a lo que contribuye la cultura tecnológica, forjando cárceles confortables, inmensos laberintos sin horizontes, hechos de cemento, hierro y cristal. La dejadez del espacio público y la fealdad de las edificaciones y del casco urbano -imagen visible de la pérdida de la referencia de comunidad, que escapa al horizonte de todo contrato entre particulares- hacen de las calles un espacio silvestre, en el que hasta la relación con nuestros monumentos, con nuestra identidad, queda entorpecida por los vehículos y el trajín de la urbe moderna. El asfalto se ha adueñado de las ciudades y llegará el momento en que, finalmente, nadie se preocupará por lo que pueda suceder fuera de los edificios, cuando el hombre, la persona desplazada de la ciudad, viva en el exilio.

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Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y es reproducido aquí con modificaciones con su autorización.

Periodismo contra las fake news

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Es acercándonos al final del año cuando, inevitablemente, los medios de comunicación, los establecimientos comerciales y la familia, nos recuerdan que se acerca la Navidad, festividad que pareciera que se prepara con mayor antelación cada año. Ya no es extraño comenzar a ver árboles, luces o decoraciones navideñas en venta desde antes de que pase Halloween. Sigue leyendo

Dudas sobre el futuro de los diarios digitales

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El mandamiento cero: «Escucha, Israel»

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Foto: Álvaro Abellán-García Barrio, 2012.

Sobre la escucha se ha escrito desde el principio de los tiempos. Sin embargo, la tradición nos ha legado pocas palabras. Importantes, pero pocas. Como estas de Pitágoras: «El silencio es la primera piedra del templo de la sabiduría». O las primeras palabras de la Regla de San Benito: «Escucha, hermano…» Seguramente no era necesario decir más porque escuchar era algo que el hombre antiguo hacía más o menos habitualmente. O quizá lo hacía poco, pero muy intensamente, pues era un privilegio tener la posibilidad de dedicarse sólo a escuchar. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la escucha se ha vuelto un asunto problemático.

El primer monográfico dedicado al tema -aunque sea indirectamente- del que tengo constancia es El arte de callar, del abate Dinouart. Lo escribe en tiempos revueltos: cuando la imprenta permite la proliferación de cientos de libros y la burguesía encuentra placer –y negocio– en la lectura. Sin esos factores, gran cantidad de libros no se hubieran escrito o no se hubieran difundido, pues las dificultades previas a la aparición de la imprenta hacía que sólo las mejores obras merecieran el esfuerzo de ser dictadas y copiadas por los monjes. Sigue leyendo

Manipulando a Pablo Iglesias

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Tiempo de lectura: 4 minutosLlegaron hasta mí hace relativamente poco ciertas declaraciones de Pablo Iglesias que dejaban un poco la sangre helada. La voz era inevitablemente reconocible, no se apreciaba ningún tipo de manipulación sonora y el audio era lo suficientemente largo como para no sospechar que estuviera sacado de contexto. Cabe decir también que, conociendo algunas perlas del pasado del líder de Podemos, el discurso en cuestión no desentonaba del todo.

Entre otras lindezas, Iglesias apelaba a la política “con cojones”, hacía un llamamiento a ocupar viviendas y advertía a quienes les escuchaban, en una escuela de verano de la Izquierda Anticapitalista en 2013, que había que empezar a hacer “gimnasia revolucionaria”, estar “preparados para tomar las armas” y les recomendaba aprender a preparar cócteles Molotov, “de esos que arden y explotan”. Sigue leyendo

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-Duda existencial: ¿Tú crees que nuestro trabajo sirve para algo? (Era de una periodista amiga mía tras una jornada laboral de 12 horas)

-Pues a un nivel básico, damos un servicio, somos vasos comunicantes. La gente necesita enterarse más o menos de qué va la cosa y nosotros se lo contamos… Eso tiene un valor. Pero imagino que tú hablas de cambiar las cosas.

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