Revista de actualidad, cultura y pensamiento

UserImg Etiquetas

featured - page 2

El gran defecto del sistema

En Economía/Pensamiento por

Todo cambio ha surgido de un grito previo; del grito colérico y encabritado, de la indignación profunda, del sacrosanto: “se acabó“. Es furor desbocado, agresiva aversión al mal que ha poseído a todos los hombres de bien que por el bien han batallado, a sablazos sangrientos e incansables; es el motor de la santidad la ira santa, que ha de verse siempre completada por el amor del bien, por el deseo del fin.

No espere el lector encontrar en estas líneas crítica constructiva alguna. No espere el lector soluciones, fórmulas algorítmicas o la vacuna definitiva de nada: ni las tengo ni las huelo. Lo único que poseo en mi alma, negro e inflamable como el alquitrán, es un grito que se resiste a resignarse. Sigue leyendo

La conjura de los cenizos

En España por
Cabecera de la página web de la nueva coalición
Cabecera de la página web de la nueva coalición

Hay un nuevo zorro en el corral. Otro más, sí, solo que esta vez amenaza con comerse las gallinas del otro lado del “ring” político, el que hoy corre detrás de Pablo Iglesias. Se trata de Ahora en Común, una nueva plataforma procedente de la izquierda y extrema izquierda que aparece para atacar a Podemos desde la retaguardia.

Hasta ahora, el equilibrio que permitía a Podemos campar a sus anchas por la izquierda, e incluso hacer incursiones para robar las gallinas del centro del cuadrilátero radicaba en el hecho de tener cubiertas las espaldas por una IU completamente desactivada y encastada, incapaz de robarle votos por ese costado.

No hay que olvidar que, en su mejor momento, tras décadas encabezando la “resistencia” contra la dictadura de Francisco Franco, el PCE (más adelante IU) obtuvo el 9,3% de los votos en las primeras elecciones democráticas, en junio de 1977.

Tras ese “rechazo” de los españoles a un proyecto más alineado con el tono previo al levantamiento nacional que con la melodía que hizo bailar a los españoles durante la Transición, el proyecto IU se ha mantenido a remolque de la democracia española sin ser capaz de aglutinar en torno a sí más que a los “cenizos” (Pablo Iglesias dixit) que se reúnen –cual fieles parroquianos– a cantar la Internacional y a despotricar contra un sistema que pretenden heredero de la dictadura (por aquello de creerse todavía necesarios).

Prueba de ese inmovilismo es que, con los años, sus resultados apenas han conseguido igualar el porcentaje de votos de la formación en las sucesivas elecciones generales. Ni siquiera antes de que Podemos viniera a rentabilizar el desastre que José Luis Rodríguez Zapatero supuso para la izquierda española y que ni Rubalcaba ni Sánchez han sabido remontar.

Conscientes de ello, la estrategia ganadora de Podemos consiste en, desde una posición fuertemente asentada en la izquierda, “emplumarse” lo suficiente para ganarse a las gallinas del centro, a la par que transmitir a los suyos una narrativa de “misión” que, avalada por los poco acostumbrados resultados en las encuestas, fuera capaz de ilusionar a los “cenizos” sin ceder al discurso casposo de IU y sus socios.

Los idus de marzo

Ocurre, sin embargo, que de tanto estirar los brazos hacia el resto del corral y hacia la política “de verdad” ha quedado hueco para una el recelo y la conspiración entre los suyos.

A nadie se le pasa por alto que, desde que en enero de 2014 apareció un joven con coleta que se proclamó heredero del 15-M y proponía gobernar España mediante asambleas de vecinos, hasta la presentación –la semana pasada– de un controvertido sistema de primarias para elegir candidato a la presidencia del Gobierno, ha pasado algo más que meses: ha habido un cambio rotundo del proyecto Podemos.

Dicha evolución supone  –desde cualquier perspectiva que se mire– una traición a casi un año (el primero) de discursos sobre la renovación política y el déficit democrático que, a juicio de ese sector de la izquierda española, sufre España.

Sin embargo, responde también a la constatación evidente, por parte de los líderes de Podemos, de que pretender gobernar siquiera un partido (ya no digamos un país) exclusivamente a base de reuniones en la calle lideradas por el frutero, el arquitecto, el peluquero y el responsable de marketing de una pyme no solamente es una chiquillada sino que supone una tremenda pérdida de operatividad respecto a las demás opciones políticas, mucho más ágiles en la toma de decisiones gracias a su “injusto” sistema vertical y su sentido de lealtad partidista.

No hay que dejar de recordar la salida (hace varios meses) de Juan Carlos Monedero del partido debido a discrepancias con la estrategia de la formación, o el hecho de que incluso la muy aclamada Manuela Carmena (la primera en arrebatar el Gobierno de la capital a la derecha) se ha desdicho rápidamente de su pretensión de adoptar un gobierno horizontal, al afirmar que el programa electoral elaborado mediante participación social eran meras “sugerencias”.

En lugar de eso, el “gobierno de los ciudadanos” de Carmena ha quedado reducido a una postura poco menos que estética basada en un recorte de sueldo y unas cuantas fotos en el metro, pero no ha supuesto un aumento real de la participación social en la toma de decisiones.

Como resumen de todo ello, ha quedado un hueco que se ha convertido en lugar de encuentro para los “cenizos” y los puristas del proyecto original de Pablo Iglesias. De este hueco nace Ahora en Común.

Si bien es poco menos que imposible que el nuevo proyecto llegue a sustituir a Podemos como primera opción de la izquierda, en un escenario en el que, a día de hoy, tres fuerzas políticas se sitúan prácticamente en el empate de cara a las generales, es una piedra en el zapato bien grande.

Es obvio que el “bombazo” que ha supuesto la irrupción de Iglesias en el escenario político español no se corresponde con un cambio drástico del espectro político en el que sitúan los españoles (la extrema izquierda continúa siendo minoritaria) sino más bien al éxito de Podemos en la construcción de un relato capaz de atraer a buena parte de la izquierda y del centro.

Por ello, perder pie (aunque solo sean unos dedillos) en su principal caladero de votos, obliga a Podemos a tener que tomar la decisión de apostar más fuertemente por el centro (y perder la base de apoyo que le permite estar más sólidamente asentado que Ciudadanos, por ejemplo), o fundirse con la izquierda y resignarse a ser un proyecto residual, como lo es IU.

¡Haga una locura, mírele a los ojos!

En Asuntos sociales/Mujer y género por

Me ocurrió el otro día. Resulta que he vendido la moto y ahora me toca ir a las ruedas de prensa en metro, como un mortal más. Lo cierto es que, más allá de los pros y los contras, mi nueva condición de peatón conlleva una buena dosis diaria de aquello tan sano que es mezclarse con “el pueblo” –por oposición a “la casta”–, en mi caso los madrileños.

Para no extenderme en cosas que ni les interesan ni quiero contarles, les diré que el otro día me vi en una situación que (una o dos semanas después) sigue rondándome la cabeza. La escena fue la siguiente:

Iba yo en la línea diez, de vuelta a la redacción, cuando un hombre de aspecto extranjero, con algo de barba gris y una muleta se acercó a mi con un vasito de café para llevar, haciendo tintinear unas monedillas que llevaba dentro.

Les prometo que llevaba la cartera vacía de cualquier metal de valor. Así se lo expliqué y continuó su camino hacia la siguiente bancada… Y ahí estaba ella, mirando algo en el móvil muy concentrada.

Estoy seguro de que el hombre debió cazar que aquello era una pose y, para vergüenza de ella, decidió –por pillería o por dignidad– quedarse ahí, a no mas de dos palmos de ella. El caso es que la chica se quedó completamente paralizada. Juraría que hasta empezó a temblar mientras se acercaba el móvil cada vez más a la cara, casi como si intentara desaparecer tras la pantalla del teléfono. No creo que aquello durara más de ocho o nueve segundos, pero la violencia de la escena debió sacudir medio vagón por lo menos.

Tengan por seguro que no les cuento esto para señalar con el dedo a la pobre chica y despellejarla en una plaza pública. Ocurre que, a veces, justo en el momento en que uno mira, la realidad se levanta la falda y se ve de lo que estamos hechos.

Es algo casi instintivo, una absurda estrategia de supervivencia, un error de Matrix. Ya desde bien pequeños, todos lo que hemos sido perezosos empleamos la absurda técnica de tratar de no mirar al profesor cuando reclamaba voluntarios en clase. Algo tendrá esa otra realidad (que se aparece en cualquier parte, en la esquina de una tienda, en la terraza de un bar, o con un vasito de café en el metro) que nos recuerda que no hemos hecho los deberes.

Uno puede pagar sus impuestos, votar a Podemos, clamar contra la corrupción y manifestarse contra el hambre en el mundo y los ricos capitalistas que ahogan a la clase obrera, cumplir religiosamente estos y otros muchos rituales que nos impone la corrección política, pero nadie es capaz de sustraerse del hecho de que esa realidad que pasa por delante mientras escuchamos música en nuestro ‘smartphone’ y hacemos ver que leemos mensajes de ‘Whatsapp’ (confiéselo, todos lo hacemos), le interpela a usted de forma personal.

Black_Mirror_bloqueado

Ante esta verdad solo caben dos opciones: la primera es “bloquear” a la parte de la realidad que nos incomoda, al más puro estilo Facebook, tal como plantea el especial de Navidad 2014 de ‘Black Mirror’ (si no conocen la serie, el enlace es una indirecta. No contiene ‘spoilers’).

La segunda es la que planteaba el Papa Francisco en su encíclica ‘Laudato Si’:

Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimiento y afecto. (…) Sin embargo, a veces nos impiden tomar contacto con la angustia, con el temor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal“.

¿Hay algo más antinatural e inhumano que vivir juntos e ignorarnos?

Quizá mirar al tipo del metro a los ojos, darle la calderilla que uno lleve encima, y desearle un buen día o algo de suerte no le resuelve el problema a nadie (de hecho, si se permite compadecerse quizá descubra que se entristece con él), pero es más sano y más sincero enfrentar la realidad tal como es que cerrar los ojos y esperar a que estalle. Pocas cosas se me antojan más violentas (con esa violencia que no se ve, que duele más) que ser capaz de ponerse frente a otro y decirle (sin decirlo, en este caso) “tú no existes”.

Pincha o toca la imagen para suscribirte a nuestra newsletter

Antes muerto que sin libros, ay que sin libros, ay que sin libros

En El astigmatismo de Chesterton por

Algún guasón que lleve el espíritu contento quizás ha entonado sonidos de ultratumba al leer el titular de este nuevo despropósito. Un ritmo con deje sevillano y de verbena que todos, con más o menos dientes, bailamos en pleno boom de lo efímero. Apostaría en monedas fuera de curso, maravedís me valen, a que un porcentaje ridículo de quien esté leyendo este artículo sabe algo a día de hoy de María Isabel, la chiquilla que puso a España a presumir de vanidades.

Sigue leyendo

The Shield: una garantía para paladares exquisitos

En Democultura/Series por

The-Shield-1

El género policial es tal vez el género más recurrido en el mundo de la ficción televisiva. Digámoslo sin miedo: las series policiales son una plaga, se reproducen como conejos clonados, repiten esquemas y la mayor de las veces no proponen nada.

Series facilonas, maniqueas y de superficie. Pero también se da el otro extremo, y algunas maravillas como True Detective o The Wire consiguen elevar el género a su mejor versión. Quisiera hablar hoy de una auténtica joya, que acaso ha pasado algo desapercibida para el gran público. The Shield, de Shawn Ryan.

He aquí algunas razones de por qué hay que incluir esta serie entre las mejores de aquello que algunos llaman la 3ª Edad de Oro de la televisión.

Romper el molde, expandir los límites

Dentro del género policial, se suele caer en un abuso: cada capítulo repite un esquema o molde, que consiste en una partida de cuatro cartas: crimen, sospechosos, genio policial y resolución del caso cuyo broche de oro lo da la confesión.

La policía de Farmington sabe bailar al compás de esta melodía, claro que sí. Pero se sale de la pista en el piloto y ya no danza según las reglas en las siete temporadas que dura la canción. Juega con todos los elementos del género, quiere abarcarlo todo: el patrullero de a pie que se enfrenta con los borrachos cotidianos, los robos ínfimos, las quejas de los vecinos. El detective, que resuelve los casos difíciles, auténtico player del género, aquél que combina la observación deductiva y la intuición-olfato-corazonada… Y el plato fuerte de la serie: Vic Mackey y su strike-team, que nos abren la puerta al mundo del crimen organizado, la pandilla y la violencia callejera, pero sobre todo a la racionalidad efectiva del delito, aquella que le da sentido al ser policial, su contrario dialéctico.

Crímenes pasionales, crímenes irracionales (el asesino en serie), pequeños pecados de lo legal, vale. Pero lo que de verdad le da consistencia al ser policial, es el delito pensado y organizado, en su estrato más bajo –la pandilla –o superior –la política –, es decir, el delito sistemático, aquél capaz de producir riqueza y ejercitar el poder al margen de la ley y contra la convivencia.

theshield

El pulso

En The Shield la adrenalina no alcanza su más alta dosis en el tiroteo o en la persecución trepidante, sino en la dinámica inquisidora. Ésta atraviesa toda la serie, desde el final del primer capítulo, con Vic Mackey de un lado, y Aceveda, Claudette o Kavanaugh en la silla de enfrente. Pero también se da fuera de la trama general, repitiendo la fórmula básica de cuatro cartas por capítulo, con una nota diferencial: el peso está concentrado en la confesión.

Toda confesión arrancada constituye una epifanía y supone una concesión al espectador al darle ocasión de ver lo que no se ve, lo impenetrable de la conciencia culpable. A veces se trata de confesiones mínimas, excusas de relleno, pero otras veces somos testigos de la insoportable tensión de una cuerda que no acaba de romperse sino tras un titánico esfuerzo del genio policial, que combina el conocimiento de la psique humana con técnicas sofisticadas de manipulación.

Hay momentos, a lo largo de la serie, que alcanzan la cumbre del género, su apogeo, a la altura del genio literario que puso las bases del interrogatorio policial y la confesión, me refiero a Dostoievski y la paradigmática e insuperable cuerda tensada entre Raskolnikov y Porfiri en Crimen y Castigo.

Así, Dutch y Claudette se enfrentarán a contrarios que los superan en varios niveles, que se salen de los parámetros psicológicos tipo; el espectador será testigo del esfuerzo sobrehumano del detective en una carrera que terminará en el colapso, a veces incluso de ambos, interrogador e interrogado. El acierto de The Shield es, a este respecto, la paciencia sutil: para conseguir el mayor efecto de la fórmula, la restringen a casos contados, poco más que un par de ellos en las siete temporadas. El día a día de la sala de interrogatorios no se sale de los parámetros de la normalidad, de la confesión arrancada sin mucha dificultad.

De ahí que los contados casos de criminales fríos, calculadores e intelectualmente superiores, consigan un efecto tan explosivo. Dan pie a la pregunta por la irracionalidad del mal y su sentido, su inquietante poder; todo ello custodiado por la lógica perfecta de una mente puesta a su servicio.

vic mackeyOtro pulso distinto es el que mantiene Vic Mackey con sus oponentes: se trata de ver quien es capaz del mayor exceso. Cada vez que un matón, capo o jefe criminal le hace frente, Vic Mackey reacciona con una fuerza de empuje igual o superior. El choque es colosal, y el resultado es la supervivencia de la manada. Astucia y violencia al servicio de la demostración de poder. Entramos en el imperio de la bestia astuta.

La contraposición entre el modus operandi de Mackey desbocado en lo legal y los detectives civilizados puede tentarnos con un maniqueísmo fácil. Nada de eso. La manipulación psicológica de Dutch, resulta a veces tan cosificadora y denigrante como las tácticas de Vic para conseguir la supervivencia. Puede parecer que Dutch es el peso moral en la balanza, y esto porque se mantiene en los márgenes de la legalidad. Pero esto es falso.

Precisamente, The Shield propone lo contrario: se trata de cuestionar seriamente la identidad entre lo moral y lo legal. A veces se actúa fuera de lo legal con propósitos morales (moral de tribu, de manada en el caso de Mackey), a veces se utiliza la legalidad para encubrir acciones inmorales (el afán de dominio, de autosatisfacción y auto-justificación dentro de la sala de interrogatorios en el caso de Dutch). The Shield prefiere la ambigüedad, la comunicación indirecta, y deja que sea el espectador quien saque sus conclusiones en cada caso.

La justicia retributiva

Otro de los grandes temas. ¿Por qué  un policía corrupto, violento y sin escrúpulos puede seducir tanto al espectador? Sabemos por qué sus compañeros lo protegen, y la cuadrilla de Farmington lo reclama como un padre… Parte de la estrategia de Mackey es aupar a los suyos, generar en ellos un sentimiento filial. Pero esta estrategia es sincera: Vic es un egoísta, pero su egoísmo es de grupo, lo que lo lleva a desarrollar un celo propio de una madre con sus crías, que le responden con fidelidad ciega.

Esto no quita que, cuando una cría se convierte en una amenaza interna, la madre se ocupe personalmente de apartarla. Pero la razón de esta simpatía no hay que buscarla en las “virtudes” de Mackey. Esa simpatía está dada a mi modo de ver, por dos motivos principales: el precio que estamos dispuestos a pagar por el sentimiento de seguridad y el goce homicida amparado en la justicia retributiva.

Ante las poderosas amenazas de la violencia criminal, nada como tener un Vic Mackey a mano. Ya sea para sacarle información valiosa a un pedófilo hermético como para pararle los pies a un asesino a sueldo psicópata o cerrarle el garito a un extorsionista profesional.

El segundo motivo de esta extraña empatía puede estar en el goce que nos provoca el castigo del injusto. Para esto remito a René Girard y su teoría de la mímesis y la violencia. Sólo señalar que The Shield enseña los límites de la justicia retributiva, el peligro de utilizarla como criterio último, su, en último término, sin-sentido cuando sirve de base absoluta para justificar nuestro comportamiento y en definitiva, nuestra vida.

La justicia retributiva (en su lado negativo implica castigar con toda la dureza al que se “lo merece”) es el principio que el strike-team esgrime para justificarse, el lema que acompaña todos sus excesos y también es el principio inconsciente de la mayor parte de la policía de Farmington, y por qué no, también del espectador: la lógica de los merecimientos.

La insuficiencia de esta lógica –algo magistralmente revelado en la otra serie policial de altura, The Wire –queda señalada en la permanencia inmutable del crimen sistemático, donde no se dan cambios más que accidentales, y el vacío de poder es ocupado automáticamente por un nuevo jugador. Por ello, y porque, en definitiva, la violencia reactiva es un mecanismo que no detiene sino más bien moviliza aún más la cadena infinita de violencia.

Muchos más aciertos podríamos señalar de esta magnífica serie, muchas sub-tramas enriquecedoras –el policía homosexual cristiano, la carrera política, las miserias y fortalezas de grandes personajes secundarios –pero lo dejamos aquí.

Que sirvan estas líneas como excusa para animarse a disfrutar de una experiencia estética y narrativa que no defraudará.

Ir al inicio