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Democracia - page 3

El espejo roto de la Democracia

En España por

Desde que comenzó el año, se aprecia una moda morbosa entre los votantes naturales de la derecha (si es que existe de eso en España) que consiste en preguntarse entre sí: ¿Oye, y tú a quién vas a votar?

Si bien no es extraño que empiecen a removerse las aguas conforme se acercan las muchas citas electorales a las que estamos llamados este ejercicio, lo que sí es novedoso es lo hagan en esta orilla.

Vertebra la moral política de una parte de la población una llamada a la prudencia —¡Prudencia!— antes de hacer una “locura” y votar a según quien, sin necesidad de referirse a quienes (obviamente) no son un reclamo para esta clase de votantes.

Pese a todo, en muchos parece como si quedara un resquemor tras tomar la determinación de, cual héroe odiseico, atarse al mástil de la virtud –la más alta de todas, según los grandes filósofos– y quedarse con las ganas de desahogarse: ¿Oye, y tú a quién vas a votar? (como si buscaran algún “disidente” a modo de tentación).

Y ya que hemos apuntado una metáfora, continuemos con ella. ¿O no son cantos de sirena las constantes encuestas que una y otra vez nos bombardean, espoleando la “furia” de unos, el “miedo” de otros, la “responsabilidad” de estos y la locura de todos?

Dijo un francés perspicaz que “cada nación tiene el gobierno que se merece“, algo que se ha repetido hasta la saciedad en esta nación nuestra, la española. Lo dijo en el siglo XVIII, cuando cada hombre votaba a aquel candidato que, según creía, representaba mejor sus propios intereses e ideas, sin ‘trending topics’, ‘encuestas de estimación de voto’ o minutos televisivos que le disuadieran de hacerlo así.

Ocurre, ahora que los gobiernos no son ya el espejo del sentir (y el pensar, por qué no) de la calle, sino una ponderación de reclamos, miedos, prejuicios, e ilusiones orquestados a un tiempo por los propios ciudadanos, los partidos políticos y por una abundacia tal de sobreinformación (valga la redundancia) que cualquiera se aturde con tan solo tratar de comprender. En un marco así: ¿Quién se arrogará el valor de votar por sí mismo?

Como consecuencia de ello, son los ciudadanos los que, a través de las muchas y variadas encuestas, modelan sus decisiones a modo de “pacto”, para terminar votando a unos políticos incapaces de pactar entre sí, pese a ser ese (y no el de los ciudadanos) su trabajo. En definitiva, o vota uno mismo, o votan las encuestas.

De la misma manera, parece que son los ciudadanos y no los políticos quienes han de hacer gala de su responsabilidad y prudencia, acudiendo a las urnas con la pinza en la nariz si es necesario, para obviar la podredumbre y la corrupción que, bajo toda apariencia, impregna las instituciones del Estado, del Congreso a los ayuntamientos.

Déjenme darle la vuelta a la imagen, ya que parece poco heroísmo para nuestro Ulises renunciar a su Penélope para quedarse con Circe. Si van a atarse a un mástil, que no sea el de la prudencia sino el de la verdad. Y si han de escuchar a las sirenas, que no sean las encuestas sino las noticias.

¿Oye, y tú a quién vas a votar?

Votaré a quien me represente, faltaría más.

 

La imagen negativa del lobby

En Cultura política/Pensamiento por
La percepción que se tiene de los lobbies

Los prejuicios hacia la actividad del lobbista están a la orden del día: cuando se habla del tema, suele haber alguien que dice “son todos unos corruptos”. Pero si preguntas qué entiende por lobby, desconoce por completo la actividad. A pesar de ello, se suele vincular el lobby a la manipulación, a los intereses personales, a regalos exagerados o dinero por debajo de la manga. Los abusos que se han cometido en las relaciones entre el sector público y privado han empañado la imagen de una actividad que, bien estructurada, es uno de los grandes síntomas de que una democracia funciona.

Si bien es cierto que no existe una definición única de qué es el lobby, se considera cualquier comunicación destinada a influir sobre la legislación, políticas públicas o decisiones administrativas a través de un funcionario público. El lobby, en sí mismo, no es malo. Sigue leyendo

La España muda

En España por

“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado“. Art. 1.2 CE.

“Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política“. Art. 6 CE.

“Las Cortes Generales representan al pueblo español y están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado”. Art. 66 CE.

 

 

A muchos españoles que se sienten despojados.

No sé tú, pero yo miro arriba y abajo, a izquierda y derecha, y no me reconozco. No me reconozco en esa sociedad que se dice española y en la que debiera estar integrado. No soy uno más en ese todo orgánico que llaman “pueblo” y no coincido con nadie ni nada.

Yo soy la España muda.

Miro allá arriba, a las altas esferas de la vida política. Política, voz castellana que, dicho sea de paso, procede del término helénico “polis“, y que trataba de significar la administración de la ciudad, acaso también su gobierno entendido en el sentido democrático (como dirección, como órgano rector, no como instrumento de lucro y dominio). Ésa de ahí arriba es una estancia inaccesible; se me antoja una nueva clase aristocrática fundada en un sistema de influencias y mutuos intereses de los interesados, y siempre a expensas del pueblo. Sí, por qué no: esa casta deleznable, repugnante, de que grita y grita Pablo Iglesias, ese grupito de agraciados que parasitan el sacrosanto corpúsculo social, que chupan sangre retorcidamente del fornido, pero estúpido, individuo corporativo, que es la nación española. Igual da: PP o PSOE, todos prometen, nosotros les votamos ilusionados y esperanzados, les atribuimos el poder en aras de construcción y progreso, y luego, mano a la saca y metálico embargado.

Política, que ya no es lo que era y quizá nunca fuera lo que tendría que haber sido. La bacanal del hombre con recursos, el poder compartido y pactado, la fiesta perpetua de una gordísima sanguijuela, la lujosa cubierta de una galera que avanza con dificultad a costa de sudor y lágrimas, de sangre y dolor, de hombres desconocidos que no importan. La escoria nacional.

Ésa es la opinión, al menos mía, de la generalidad (que no totalidad) de los “seres politicantes” que moran determinados edificios prostituidos, como el Congreso o la Moncloa, que un día fueron signos de la victoria del Pueblo sobre quien ostentaba el poder que le fuera arrebatado. Yo miro hacia arriba y no veo más que una estupefaciente e inmutable golfería, la corrupción más escandalosa y extendida y una cara dura, una sinvergonzonería, una desfachatez que clama al cielo, y me deja boquiabierto.

Ésos son los hombres que nos representan, que ejercen la soberanía única tuya y mía; yo sólo sé que no sé nada, pero de ninguna manera me siento representado por partido o candidatura algunos, y me siento robado, despojado de participación en la soberanía popular, olvidado de la política y de las instituciones del Estado.

Miro aquí abajo el légamo y la podredumbre de unos cuantos, y el agobio ante la escasez de casi todos. Algunos son culpables por idiotas, y no es un recurso literario: algunos son reos por la soberana estupidez (y nunca mejor dicho) del ejercicio ingenuo del voto. Nosotros somos quienes hemos escogido a los hombres que nos gobiernan, somos los que hemos confiado en quien no debimos confiar, y la causa remota de semejante desastre, de esta hecatombe política-social. Oigo mucho griterío en la calle y mucha protesta de quienes se sienten traicionados por los “seres politicantes“, y me río a carcajada suelta. Me río por no morder pómulos furibundo: tú, hipócrita, eres cómplice de la desgracia, y tú el primer responsable de que yo esté donde estoy y como estoy. Así que te callas, y a cargar conmigo con la enorme roca que has arrojado sobre nuestra espalda, que no mereces despegar los labios. ¡Tú, sí tú! ¡Cállate!

Otros son inocentes, sufren sin culpa de ningún tipo. Son legatarios, como lo somos casi todos, de una herencia despreocupada de la “patria” (¡que alguien me explique qué es la patria…!), pero si tomaron parte en la situación, fueron parte contraria. Han sido castigados al desempleo, al empleo en condiciones indignas (a la explotación personal: bienvenidos a la nueva Revolución industrial) o en las condiciones medias del país, que permiten pobres espectativas de futuro. Son los desengañados, resignados a la actualidad de los acontecimientos, y autoceñidos exclusivamente a las propias preocupaciones: sacar adelante la economía familiar, ofrecer el mejor futuro posible a los hijos, levantar en lo factible a quien se hunde a la vera y rogar ayuda cuando el naúfrago es uno, etc. Pero la política… ¡La política…! ¡Qué importa la política…! Cambiarás de banco, pero no de ladrón, que decían nuestros sabios ascendientes. ¡Que le den a la “política”…!

Miro a mi derecha y es esto lo que veo: indiferencia resignada. Ansias de cambio, pero latentes en una profundidad abisal; una desesperación política y social que emerge y se dilata.

Y luego miro a la izquierda y me avergüenzo: pasiones, aclamaciones, voceríos y expresiones del diablo. Confrontaciones violentas, ataques rabiosos y sin mesura a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (policías y agentes de seguridad que son tan víctimas como otro cualquiera y que trabajan por los mismos motivos que otro cualquiera), griteríos encendidos contra todo y símbolos de todo tipo: hoces y martillos, puños en alto y cantos que debieran haberse agotado el siglo pasado. Mucha verborrea, mucho sentimiento y muy poquita reflexión. Y todos hoy agrupados en torno a un idealista, si no profundamente malvado y estafador, que alaba la represión política y social, la decadencia económica y la dictadura del régimen “fascista” de Maduro en Venezuela; que apoya la labor de un partido etarra, de asesinos de españoles inocentes y de inmediatos responsables de décadas de terror y barbarie, como es Bildu; que provoca a la sedición y a la rebeldía; que pretende enajenar todo lo relativo a la educación para que el Estado sea el único mentor de las mentes del mañana, el verdadero controlador de tus hijos y los míos; que proclama el hundimiento de la economía española mediante la estatalización (que no nacionalización) de toda empresa privada; y que, mientras tanto, factura clandestinamente cientos de miles de euros a través de su productora, cobra becas fraudulentas y recibe miles de euros por su exaltante retórica.

La gran estafa: Pablo Iglesias

Y los españoles (el 28,3 % de los españoles) hacen oídos sordos a la voz de la conciencia política-social, acceden a exaltarse y a alzarse al pretendido paraíso comunista, drogados por ilusas pasiones de libertad y emancipación y rinden tributo al Mesías social, muchos en nombre de la corrupción del PP y del PSOE y olvidando el lucro ilegal de Podemos con sólo diez meses de vida.

Y, boquiabierto, me callo. Yo me callo: porque me enmudece la contrariedad a toda evidencia, porque no sé argumentar lo manifiesto y lo patente. Me callo, perplejo, profundamente asombrado.

Y ante situación tan fácil y tan imposible, yo, y como yo muchos otros, bajo la cabeza y sigo con lo mío. Las Cortes Generales se han separado de nosotros, y no me veo ni siquiera potencialmente representado en ellas; me veo despojado de la soberanía popular, me siento un ente etéreo que vaga sin dejar huella por los campos de mi nación querida. Y me gritan: “¡idiota! ¿No ves que lo que se cuece en el Congreso hoy te afectará de lleno a ti mañana?”. Y me vuelvo a callar: porque tienen razón, pero me niego a idealizar una alternativa que brama con furia pero no ofrece opciones viables, y me niego a disculpar cegado por la emoción sus primeros coletazos, que sólo han vaticinado hundimiento y catástrofe. Me callo, porque no sé qué más decir ni qué puedo hacer.

Y me siento a la mesa del bar con mis compatriotas, con los constituyentes de la España muda, bebo una cerveza y río bagatelas e irrelevancias. Y cuando se haga el silencio, entre trago y trago, volveré impotente a recordar aquel canto miguelhernandiano al toro de España:

Bajo su frente trágica y tremenda,

un toro solo en la ribera llora,

olvidando que es toro y masculino.

y volveré a sacudirme la cabeza y a apurar la cerveza, y plañiré con Blas de Otero, patriota vasco que hoy renegaría de Bildu:

¡España! ¡No te olvides de que hemos sufrido juntos!

Y esto último que copio y pego, para quien lo entienda y lo sitúe en su contexto histórico, pretende también ser un aviso.

La democracia, más viva que nunca

En España por

Al principio todo va bien, los trabajadores se unen en función de sus intereses y los dos grupos mayoritarios se van alternando el poder. Los hijos de los trabajadores se educan en las escuelas y todos reciben asistencia sanitaria gratuita.

Pronto, las dos agrupaciones se van acomodando en el poder. Aceptan sobornos, roban el dinero de la empresa, despilfarran los recursos y recortan las partidas destinadas a sanidad y educación.

Los empleados empiezan a enfadarse. Cada vez viven peor, sus sueldos son más bajos, los precios más altos y la corrupción es escandalosa. Un buen día, uno de ellos alza la voz y denuncia los desmanes de los gobernantes. Pero no para ahí. Dice también que la culpa es de las normas que la dueña de la empresa estableció en su día. Por ellas, dice, se ha llegado a esa situación. Ergo la culpa es de ella. De la democracia. Sigue leyendo

Las condiciones de la independencia

En Cataluña/España por

Supongamos –obviamente como mero ejercicio intelectual– que pudiéramos pasar por alto la legalidad y la legitimidad del Estado Español para prohibir cualquier medida que lleve a la independencia de Cataluña y que esté fuera de los cauces legales, es decir, fuera de un proyecto de reforma de la Constitución.

Supongamos que nos atenemos únicamente a la soberanía de los pueblos, si es que se puede entender a Cataluña como una unidad popular (y no una sociedad plural) separada de las demás realidades españolas. Sigue leyendo

Queremos votar

En Cataluña/España por

En 1936, durante el régimen la Segunda República, el Ateneo de Madrid se erigió en juez supremo para decidir –democráticamente, por supuesto– la existencia o inexistencia de Dios. Todo un hito de la historia de la democracia y de la estupidez humana.

Desconozco si la pretensión de los que aquel día ejercieron tal acto de soberanía particular –el voto– esperaban que su decisión se hiciera extensiva al conjunto de la Humanidad, a la nación española o simplemente encontraron en el voto una herramienta adecuada para solventar sus discusiones de puro y salón. Parece claro que ni la Humanidad, ni España, ni Dios se tomaron muy en serio el resultado. Sigue leyendo

España ha fracasado

En España por

España ha fracasado  ¿Cuál fue el error del régimen del 78? ¿A qué nos enfrentamos? ¿Qué es España?

Nuestra España, la que vive y convive desde hace siglos con más pena que gloria (aunque con más gloria que muchas otras naciones) ha fracasado y se dirige hacia el desastre más absoluto.

El último intento por salvar los muebles lo protagonizaron hombres a quienes hoy se llama héroes por asumir sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de guiarnos hacia la democracia.

La transición que admiró al mundo fue, sin embargo, la última estocada a una comunidad ya herida de la que se ultiman los preparativos para el funeral. Los catalanes seremos, según parece a día de hoy, quienes cierren definitivamente el ataúd.

¿Cuál fue el error? ¿En qué parte de nuestra tortuosa historia nos desviamos del camino iniciado por nuestros antepasados? ¿Tiene sentido España hoy?

Estas preguntas me han inquietado durante largo y han aflorado con especial fuerza ante la incapacidad de nuestros dirigentes de oponer al proyecto secesionista más que tecnicismos y formalidades (empeoramiento de la economía, salida de la UE, ilegalidad de la consulta, derecho internacional…) que, si bien son ciertas, no satisfacen ni por asomo la exigencia de comunidad de los catalanes ni del resto de españoles.

Una definición de comunidad

Algunas de las respuestas las he encontrado en una crítica del italiano Luigi Giussani a quienes creen que “se puede construir la comunidad como convergencia desde fuera para realizar tal o cual cosa” (‘Educar es un riesgo’, Ediciones Encuentro, página 87).

Por el contrario juzga que la naturaleza de la comunidad radica en la “unidad profunda que nace de la convivencia provocada por una estructura común“, estructura que el define como el “modo de acercarnos a todas las cosas” y de “afrontar el problema del ser“.

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Viñeta publicada en Lainformacion.com

El error de la Transición

A la luz de esta definición, parece evidente que el último y mortal fracaso de nuestra comunidad fue, precisamente, el ampliamente venerado ” espíritu de la Transición”, con sus luces, pero también con unas sombras insalvables.

La Constitución y la España que pensaron aquellos grandes hombres que tanto lucharon por España fundó una actitud cobarde,  plasmada en la concesión definitiva a quienes exhibían como ideal la falta de compromiso con el proyecto español y con la propia comunidad.

La España democrática que conocemos nació muerta y es ahora cuando su putrefacción,  su corrupción original,  empieza a ser insufrible.

En lugar de proponer, o más bien hacer el esfuerzo intelectual e histórico de reconocer el fundamento, la naturaleza genuina, de la comunidad española y depurarlo de los restos de quienes en épocas pasadas quisieron monopolizarlo con sus ideologías, la España democrática ha incidido en la diferencia de los españoles a cambio de salvar la existencia del Estado Español.

Una vez más, nuestro pecado original del autodesprecio, la mezquindad y la pequeñez de miras, nos ha dejado vendidos ante quienes solamente querían repartirse los despojos de nuestra España.

Y todavía hay quien quiere ver en el mayor desmembramiento  de nuestra comunidad, la vía federal, una solución. A ver si triturando un poco los huesos conseguimos mantener de nuestro lado a los buitres por un tiempo.

Una propuesta valiente

En medio del ambiente de luto generalizado, es cierto que se ha colado en los últimos tiempos un poco de luz.

Discretamente, hay quien se ha atrevido a defender el proyecto español con una visión de España fresca y moderna pero en la que los viejos españoles -que no españoles viejos- o al menos yo mismo me veo capaz de reconocerme.

Les recomiendo fervientemente que vean el discurso íntegro de la plataforma Libres e Iguales del pasado 11 de septiembre, con motivo de la celebración en clave separatista de la Diada de Cataluña.

En caso de que no tengan tiempo para disfrutar de los casi 31 minutos de vídeo, vean al menos a partir del minuto 17:14, que es cuando comienza una nueva definición de España.

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