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Chesterton

La Navidad, algo para cada uno

En Religión por
Tiempo de lectura: 3 minutos

Mi padre detesta los regalos de Navidad. Le parece una costumbre insípida y puramente comercial. Está convencido de que siempre se acaba por entregar objetos innecesarios, pero, por no faltar al detalle, cada diciembre me pregunta si me gustaría recibir algo en concreto y me recuerda tajantemente que él no. Sigue leyendo

Por una razón abierta

En Filosofía por
Tiempo de lectura: 4 minutos

¿Cómo acaba la historia de Ulises, el marino griego? Según la versión que nos vendieron a todos, regresa a casa, se carga a los malos, rescata su mujer y comen perdices por siempre jamás.

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San Francisco de Asís: el santo que hoy llamarían héroe

En Religión por
Tiempo de lectura: 3 minutos

Si existe un fenómeno extraño de catalogar en el mundo de hoy es el de los santos.

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El arte de coleccionar postales

En Asuntos sociales por

Tiempo de lectura: 6 minutos

Lo prometido es deuda. Me estoy acordando mucho de ti y de tu familia.  La ciudad está tan espectacular como siempre… Ojalá paseemos juntos por aquí. Si no, me conformo con que nuestra amistad dure toda la vida.

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Me gusta coleccionar postales. Es una de esas cosas que me recuerdan a ir a casa de mi abuela de pequeño en las tardes de domingo. Como las tardes de toros, las películas en blanco y negro, los cromos de Panini o los trajes de Cary Grant. Recuerdos de una infancia feliz.

Decía Chesterton que todos los recuerdos de la infancia son maravillosos, porque en ellos se ve una luz viva, un deseo de vivir y una impresión de los sentidos que va más allá de lo cotidiano por lo que se está por descubrir. Ese deseo vivo es lo que hace que todo sea visto por los ojos de un niño como algo nuevo con independencia de que realmente lo sea.

La primera postal que tuve me la enviaron mis padres desde Roma. Tuve un romance un par de años con la filatelia que no llegó a florecer. Los sellos son muy bonitos pero el llegar a formar una buena colección requiere tiempo y dinero. Factores que llevan a que un niño no esté en disposición de cultivar tan elevado pasatiempo, al no ver mucho cambio a corto plazo en sus ahorros, normalmente conformados por chicles, trozos de alambre y cristalinas, canicas, cromos de fútbol especiales y otros tesoros de igual o dudosa reputación.

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Le tengo especial cariño a esta postal que me enviaron mis padres desde Roma en la que sale un guardia suizo ante la tumba de San Pedro. Ese fin de semana nos quedábamos con mi abuela, y mis padres me escribían en la postal que le habían dicho al guardia que yo tenía un uniforme del Real Madrid. Todo esto lo leí después claro, pero no deja de ser curioso lo que estaba pasando mientras. Lo cierto es que el uniforme tenía un par de meses y aún no había podido estrenarlo en la capital. Lo llevaba puesto en ese instante, aprovechando la ausencia de mis padres.  Tras toda la mañana debatiéndome, finalmente había conseguido armarme de valor y, enfundado en la elástica de siemens mobile, dirigí mis pasos hacia la misa dominical. Era un hecho de rebeldía sin precedente y constituía una alteración del orden en mi casa. El uniforme del Madrid era únicamente para jugar al fútbol. Nada más. Para mí, que nunca había tenido camiseta de equipo alguno, suponía un placer demasiado grande como para dejar pasar la oportunidad de poder lucir la indumentaria de mi equipo de futbol y no pude resistirme. Llevé la camiseta de O´Fenómeno todo el fin de semana.  Por supuesto me cayó bronca, pero mereció la pena la travesura.

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Hay postales especiales que tienen una especie de bonustrack. Principalmente son de amigos que se han molestado en garabatear algo al dorso que se salga de lo cotidiano. Muy pocas cosas están a la altura del placer indescriptible que supone recibir la imagen de algún sitio muy lejano y diez o quince líneas recogidas por algún amigo que cuenta que lo está pasando muy bien, que se acuerda de ti y que el próximo viaje lo haréis juntos.

Las normas básicas a la hora de escribir una postal son:

1. Elegir una imagen bonita y original. Qué se salga de lo cotidiano. Qué también se salga de lo ordinario. Las postales son como los detalles, inesperados y de buen gusto.

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2. Comprar el sello y asegurarnos de que el precio de los portes es suficiente y que no nos han vendido uno de menor coste -o de otro país- y que no llegará la postal. Si la postal no llega, habremos fracasado en nuestra misión. Un recurso de emergencia puede ser enviarlas al llegar al sitio de origen con el sello del país, pero indudablemente perderán carácter. No, no es lo mismo.

Una costumbre al alza en estos tiempos oscuros que corren para los amantes de las postales es el comprarlas y darlas en mano sin firmar ni nada.  Es como dar un regalo sin envolver, rompiendo el sagrado ritual. ¿Para qué sirve la postal entonces? No esperas el momento en el que llegara la postal de tu amigo al buzón, no podrás leerla en la intimidad de tu cuarto o subiendo las escaleras de casa. En esos momentos incómodos en los que te dan las postales en mano suelo farfullar algo dando a entender que las leeré después y las meto rápido entre algún libro o las echo al bolsillo sin mucho miramiento. Resulta muy violento leer una postal delante de la persona que la acaba de escribir.

Hay amigos que prometen el oro y el moro y no te envían nada, o chicas que después de mirarte a los ojos, te mienten descaradamente y te dicen que por supuesto que se acordarán de ti, que todo va bien,  y te escribirán aunque lo cierto es que no lo hacen.

Hay una venganza aun peor que mentir y no llegar a escribir una postal: Escribirla y no enviarla. Suelen terminar perdiéndose por los cajones o lugares recónditos de la casa, arrugada en la maleta, en la habitación del hotel… Con el tiempo da pereza enviarlas y así terminan enterradas, sabiendo que no nos pertenecen, condenadas a vagar sin destino. Hagamos un momento de silencio por esas postales que nunca vieron la luz, que nunca llegó a poseer su legítimo dueño,  ajenas a esperar un momento que nunca llegó. Supongo que cuando muera podré ir un día a visitar el cielo de las postales y leer todas aquellas postales que nunca me llegaron a enviar o se perdieron por el camino.

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3. La tercera norma y más importante es el lugar donde escribir las postales. Habrá que buscar un sitio que nos estimule, un remanso de paz, un sitio donde nos encontremos a gusto. El bullicio de una calle ajetreada un día laborable, una terraza o una plaza, el abrigo de una taberna o el silencio de nuestra habitación. Lo siguiente será por qué escribimos y para quien, qué significado tiene el viaje que estamos haciendo, qué relación tenemos con la persona a la que escribimos y qué le queremos transmitir. Resulta de vital importancia poner la fecha. Conviene saber en qué año fue escrita para poder ordenarla después dentro de los álbumes. Es recomendable firmar a fin de saber quién la envía. Hasta una persona como yo hace un especial esfuerzo por que se entienda su letra, al menos en las líneas destinadas a la dirección postal. Un mínimo de decencia por nuestros amigos que esperan nuestras postales. Nos necesitan.

Desde pequeño, tomé la costumbre de enviar postales a mi familia durante los viajes. Costumbre que no sé por qué mantengo. En el fondo supongo que me hace ilusión saber que están en casa y que al menos tienen un recuerdo mío, que saben que los tengo presentes. Son postales que por regla general suelen terminar en un cajón o pasan unos días en la nevera para volver después a ocupar cualquier cajón de la casa. No les culpo. Lo cierto es que tengo una letra pésima, los que me conocen lo atestiguan y todo intento de descifrar cualquiera de mis caracteres es vano. Como decía un compañero del colegio, mi letra solamente la entendemos Dios y yo. Y media hora después solamente Él.  Era algo que ya intuía de pequeño. No era normal que mientras mis primos y hermanas bajaran a la playa temprano yo tuviera que hacer tres o cuatro planas de los cuadernillos Rubio. El recuerdo es vago pero permanece. Algunas noches sueño con una especie de fantasía en la que me encuentro por fin con mi archienemigo el Sr. Rubio y le espeto algo así como ” Me llamo Iñigo Montoya, mataste mis veranos. Prepárate a morir”. Tengo el férreo convencimiento de que la editorial de cuadernillos sobrevivió tantos años gracias a las inversiones que hacían mis padres.

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Cuando uno recibe una postal ocurren tres cosas:

1. Una sensación de agradecimiento a la persona que la envía. Se alaba su buen gusto eligiendo la postal, y se disfruta viendo la fotografía e imaginando las aventuras por las que discurre, se observa el trazo de su letra y se razona sobre lo que dice y expresa.

2. Un deseo de que ese amigo que la envía lo esté pasando bien y ganas de acompañarle en su viaje, de emprender nuevas aventuras. Por espacio de esos cinco minutos que se tarda en leer la postal, conectas con la persona que la envía, como en la película de Frecuency, y eres participe de sus andanzas.

3. Acontece un breve repaso de los mejores momentos de esa relación de amistad y un renovado efecto de mantenerla y un deseo de acrecentarla cuando el amigo en cuestión vuelva de su viaje.

Fotografías hay demasiadas, fotografías de buena calidad, pocas. La tendencia actual es a sobreexponernos a whatsapps de imágenes movidas, de mala calidad hechas sin detenimiento ni delicadeza. Un aquí te pillo, aquí te mato. Una postal invita a la reflexión, a la pausa. A la contemplación. A detenerse durante unos instantes a leer lo que otra persona ha querido recoger tras esa imagen que conecta a los dos durante su vivencia en tierra extranjera. Es una estampa, una ventana a compartir aventuras.

Constituyen una costumbre en desuso que comienza a diluirse como los hielos en un vaso de whisky. Es uno de los últimos vestigios que quedan de la civilización en Europa, como el uso de las corbatas, los cómics de Tíntín o fumar en pipa.

No escribamos postales para quedar bien ni por cumplir con una obligación, impuesta como si fuera un juramento. Escribamos postales porque tenemos algo que expresar, algo que sentir. Porque como cuando eramos niños, nos recuerdan que todavía quedan muchos momentos por vivir y que como en la infancia, la vida es maravillosa.

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Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y es reproducido aquí con su permiso.

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Defender la propiedad privada y no destruirla en el intento

En Economía por

Tiempo de lectura: 5 minutosPareciere que, al hablar de propiedad privada, tuviésemos un falso dilema entre dos extremos. En el uno, el liberalismo económico (Vallet de Goytisolo, 1974, p. 54), que defiende de forma absoluta la propiedad privada, como si esta fuese intrínsecamente buena; en el otro, otra forma de liberalismo, que tiende a suponer que “la propiedad es un robo” que atenta contra la libertad de los hombres.

El darle a la propiedad privada un valor intrínsecamente bueno es atentar contra ella, y los defensores del liberalismo económico son confundidos erróneamente con defensores de la propiedad privada. De hecho, Chesterton, en su libro Esbozo de la cordura dedica una palabras inusualmente duras a quienes vivimos en lo que él reconoce como capitalismo: Sigue leyendo

Teopolítica catalana: una aspiración a abrazarlo todo

En Cataluña/España por

Tiempo de lectura: 4 minutosEs arriesgado tratar de explicar un fenómeno político de masas según un número limitado de causas. Los acontecimientos multitudinarios de los últimos años en Cataluña y, especialmente, de los últimos meses, tiran por tierra cualquier análisis que pretenda reducir el “problema catalán” a una demanda económica, a un simple movimiento de protesta por la corrupción, de mayor “libertad” política, o a un intento encubierto de revolución.

No parece improbable que, pese a la ilusión de homogeneidad que imprimen las banderas, entre los centenares de miles de personas que han salido a la calle haya por lo menos otros tantas perspectivas acerca del presente, cada una con sus matices y, a menudo, no compatibles las unas con las otras. Sigue leyendo

Chesterton, el periodista de lo evidente

En Periodismo por

Tiempo de lectura: 5 minutosEn el funeral de G.K. Chesterton, Ronald Knox, amigo personal del autor, dijo estas palabras:

“Fue uno de los grandes hombres de su tiempo; su mejor cualidad era el don de iluminar lo ordinario y de descubrir en todo lo trivial una cierta eternidad. Fue como un hombre que había dado la vuelta al mundo para ver con ojos nuevos su propia casa…”. Sigue leyendo

El terraplanismo hoy

En El astigmatismo de Chesterton por

Tiempo de lectura: 4 minutos

O una noche con la locura

Hace muchas cenas tuve la ocasión de estar con un tipo que Chesterton tildaría de “pagano”.

No sólo por las exóticas creencias a propósito de la divinidad de Jesús, que entra dentro de lo ponderable y esperable de cualquier conversación de hoy. Más bien era de esos tipos que en algún momento había dejado de creer en el todo y había empezado a creer en la nada. O como diría el artífice de “El regreso de Don Quijote” o “El Padre Brown“, “cuando se deja de creer en Dios; se empieza a creer en cualquier cosa”. Sigue leyendo

Chesterton, el último caballero andante

En Democultura por

Tiempo de lectura: 5 minutos

 “Gilbert Chesterton no ha dejado quien pueda ocupar su lugar. Único en su estilo y sus paradojas, no fundó escuela. Los imitadores que tan a menudo recuecen los restos de un banquete literario, esta vez no han surgido. Queda como un solitario caballero andante que, en su viaje a través de Fleet Street, fue huésped de todas las tabernas de hospitalario ingenio y alegre camaradería”.

Con estas palabras Ada Jones Chesterton definió la vida de su cuñado, Gilbert Keith. Acaso una de las mentes más privilegiadas de los últimos tiempos y, sin lugar a dudas, una de las personalidades más fantásticas de la historia de la humanidad. Y su rareza es el motivo de su falta de escuela. No hay imitadores ni hay continuadores. Hay discípulos y amigos. Personas que se han encontrado con sus escritos y sus escritos les han conducido del misterio al Misterio. Sigue leyendo

La Libertad y una estatua solitaria

En Pensamiento por

Tiempo de lectura: 5 minutosEn Liberty Island, en el puerto de Nueva York, se alza la estatua más colosal del mundo. Desde allí Libertad, vestida de diosa romana, alza en su mano derecha una antorcha iluminando el mundo y sostiene una tabula ansata en la izquierda, defendiendo la ley y la autodeterminación de los pueblos. Su rostro es sereno, imperturbable, con una gravedad que parece juzgar el mundo violento en el que vivimos y encontrar sus muchas carencias. O simplemente observar indiferente el monótono ir y venir de las vidas de los hombres.

Sus símbolos se agotan rápidamente y nos dejan insatisfechos. Apreciamos su monumentalidad y su valor para la humanidad. Proclama el valor de la libertad desde las costas de un pueblo que ha asumido históricamente la tarea de defenderla en todo el mundo. Sigue leyendo

Chesterton: vivir en familia supone «entrar en un cuento de hadas»

En Dialogical Creativity por

Tiempo de lectura: 2 minutos«La defensa más común de la familia es que, en medio de las tensiones y cambios de la vida, resulta un sitio pacífico, cómodo y unido. Pero es posible otra defensa de la familia, y a mí me parece evidente; consiste en decir que la familia no es ni pacífica, ni cómoda ni unida. […] La razón es obvia. En una comunidad grande podemos elegir a nuestros compañeros. En una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados». Así comienza G.K. Chesterton La familia como institución en el mundo moderno, uno de sus muchos artículos en defensa de la familia.
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Las gracias de Chesterton

En Democultura por

Tiempo de lectura: 5 minutosA veces pasa que uno lee un libro y le gusta tanto que le parece que empieza a conocer al autor personalmente. Es más, incluso le coge cariño y comienza una especie de relación misteriosa con un desconocido, aún estando ya muerto. Esto suele pasar cuando lo que ese autor escribe, permítanme la cursilada, está escrito también en el corazón del que lo lee. Sucede que, cuando estos dos se encuentran, surge una especie de agradecimiento curioso por haberse encontrado con alguien que pone en palabras una serie de intuiciones que uno tenía por ahí escondidas. Sigue leyendo

Un mamífero excelente

En El astigmatismo de Chesterton por

Tiempo de lectura: 3 minutosDe las diatribas que nos podemos encontrar en los escritos de Chesterton, seguramente, una de las más delirantemente divertidas, se encuentra en “La paradoja de Mr.Pond”.

En ella, el propio Mr. Pond, con elocuencia victoriana y algo de mirada alucinada —como todos los genios que se asombran del vuelo de un diente de león— argumentaba con un jurista de tres al cuarto un intrincado caso policial.

Mientras iba aumentando la temperatura de la conversación, Mr. Pond más plácidamente se explayaba en sus argumentaciones y más se maravillaba de la estupidez de su contrincante. Sigue leyendo

Por el sugus que te partió la boca

En El astigmatismo de Chesterton por

Tiempo de lectura: 4 minutosEl amor es el primer reclamo del hombre, por encima incluso de la felicidad;  por encima incluso del sufrimiento.

Dicha certeza se sostiene en la cotidianidad de la vida: en la contemplación de nuestros propios y ajenos. En la observancia militante de los gestos, pinceladas, de quienes día tras día componen nuestro cuadro de rostros.

Despertar con ternura frente a un ovillo fraterno; cuya faz está vetada por el pelo,  donde se intuye una boca de cuyo interior Tolkien habría podido sacar diez señores más oscuros que el propio Nigromante, es amor. O se le parece. Sigue leyendo

Amistades I: retrospectiva de un pequeño/gran fracaso personal

En Columnas/El astigmatismo de Chesterton por

Tiempo de lectura: 4 minutosHace ya un buen puñado de meses tuve un encuentro al que todavía hoy, con pipa en mano y jarra de agua encima de la mesa, sigo dando vueltas.

Se trata de una quedada que hacía más de ocho años que no se producía.

Cinco amigos, con cuatro dientes de leche todavía intactos, jugaban en el barrizal que por césped tenían en la urbanización, metiendo goles imposibles en porterías infinitas, bañándose en piscinas traviesas. Sigue leyendo

El Club de los Negocios Raros

En España por

Tiempo de lectura: 5 minutosEl congreso de los diputados ha intentado con todas sus fuerzas durante los últimos ocho meses convertirse en el Club de los Negocios Raros.  Y está  a punto de conseguirlo.

Tal y como describió Chesterton en la obra que por título lleva tan sugerente nombre, los políticos que supuestamente laboran en este espacio son dignos mandatarios de esta empresa de extravagancias y sinsentidos en la que se ha convertido la Cámara baja.

Las razones para nuestra alocada conclusión vienen en los mismos requisitos que figuran en las primeras páginas del libro. Aquí van las cláusulas de tan nobilísimo Club: Sigue leyendo

Arrabaleros, toscanos y ruidos celestiales en el AZ60

En El astigmatismo de Chesterton por

Tiempo de lectura: 4 minutosAntes volar era una cosa importante. El giro perfecto para las elucubraciones de un niño. Era el punto que necesitaba su locura, su divina inmadurez, para dotar de plausibilidad a una horda  de aviadores  nazis, de reporteros héroes heridos de bala que encandilaban a mujeres sofisticadas de vestidos rojos y sin ningún atractivo sexual reseñable.

El componente avión, que por norma general solo aparecía en la vida de un niño de clase media en el viaje familiar de verano, implicaba, necesariamente, preparar la historia con mucha antelación,  pues lo mejor de la aventura, salpicado de eternas caminatas y carreras de museo, era el vuelo de ida. Sigue leyendo

Un McDonald´s para Cuba

En Asuntos sociales/Mundo por

Tiempo de lectura: 3 minutosEn el último año hemos visto una suerte de acontecimientos paranormales en la isla de Cuba.

Santos y Las Farc, aparcando corbatas y trapos paramilitares, poniendo a  la guayabera de Castro por testigo. El Papa Francisco abrazando a disidentes que le cuentan secretos atroces, historias impensables, como que la isla es una dictadura. Obama y sus canas de paseo por la tierra que le valió un Nobel de pega.  Los Rolling Stones repartiendo caña gratis, aunque no de azúcar,  cuando en el Calderón te cobran una lengua de la cara. Sigue leyendo

Las tetas destierran al pan y la tinta los domingos

En Periodismo por

Tiempo de lectura: 9 minutosUna noche cualquiera.  La pasada, por ejemplo.  Abres tu periódico online. Ya es algo tarde. Quieres echar un vistazo rápido a las noticias para dar tu doble tick azul a las obligaciones del día y calmar así la voracidad “ruidística”.  No ves ningún titular destacable. Ningún vídeo viral de los propuestos te hace reír ya. Nada te llama la atención.

Haces otra ronda de lo mismo cuando entras en tu panfleto deportivo favorito. Ninguna perrería nueva de Cristiano. Ningún tweet sobresaliente  de Piqué. Todo bien.  Te puedes ir ya a dormir. Aunque te pican un poco los ojos. ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Ya no estoy tan cómodo. Me aprieta el vientre. El picor incrementa. Haces memoria ¿Me he frotado con algo? Sigue leyendo

“¡Marcos! Ven a echar aceitunas a los nazis muertos”

En Columnas/El astigmatismo de Chesterton por

Tiempo de lectura: 5 minutosDieciséis horas después de la matanza de París, después de la rebelión de los hashtag, un amigo de toda la vida y yo nos encontrábamos en el Monasterio de Yuste.

Era una gran mañana para un paseo despreocupado. Nada en el ambiente; ni los naranjos, ni los turistas, ni los eucaliptos, ni el busto de Carlos V, parecían saber cosa alguna del maniqueísmo que entonces bullía en tertulias y telediarios.

 “¿Cómo es esto posible? ¿A qué clase de Dios macabro se le ocurre un día tan sublime después de Bataclan?”.

Después de pensar esta ocurrencia, supuse que algo parecido escribirían los más valientes de Twitter y Facebook si vieran la foto de un hombre contento pasear tras las huellas del Rey Emperador.

“¿Cómo se le ocurre andar por ahí en lugar de estar en casa; velando ruidos y furias con la Marsellesa a todo trapo?”. Sigue leyendo

Antología de poetas del amor conyugal

En Democultura por

Tiempo de lectura: 3 minutosLas mismas palabras, según la boca que las diga, dicen cosas muy distintas. Un ejemplo son estos versos de Lorca en boca de un viudo –Julián Marías–:

«Mi mujer fue lo más importante de mi vida. Con su muerte desapareció mi proyecto vital de tantos años, lo que le había dado su sentido. Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa».

No me cabe duda de que estos versos de Lorca estaban incompletos, desorientados, hasta que los hizo suyos Marías. Esto es precisamente lo que hace, creo yo, el amor conyugal con el amor, vamos a llamarlo, “romántico”. Lo coge, lo llena de sentido, lo transforma y lo eleva hasta llevarlo a su plenitud.

Han pasado ya varias semanas desde aquella deliciosa clase de literatura. El poeta Enrique García-Máiquez, entre párrafos de Shakespeare, genialidades de Chesterton y  haikus para saborear en silencio, nos dejó con la cuestión que teje, en buena parte, toda la literatura: el amor. Y con esta gran pregunta, otras mucho más pequeñas como: ¿qué amor canta “el poeta”? o ¿Quién ha contagiado más su entusiasmo a las generaciones, Petrarca o Shakespeare? (según García-Máiquez, Shakespeare es un poeta del amor conyugal1 que sale al paso a la corriente que sopla desde la Italia del amigo Petrarca). Sigue leyendo

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