Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Por el sugus que te partió la boca

En El astigmatismo de Chesterton por

El amor es el primer reclamo del hombre, por encima incluso de la felicidad;  por encima incluso del sufrimiento.

Dicha certeza se sostiene en la cotidianidad de la vida: en la contemplación de nuestros propios y ajenos. En la observancia militante de los gestos, pinceladas, de quienes día tras día componen nuestro cuadro de rostros.

Despertar con ternura frente a un ovillo fraterno; cuya faz está vetada por el pelo,  donde se intuye una boca de cuyo interior Tolkien habría podido sacar diez señores más oscuros que el propio Nigromante, es amor. O se le parece. Sigue leyendo

[CRÍTICA] La llegada, sí. ¿Pero de qué?

En Cine/Democultura por

Pocas películas me han causado tan grato desconcierto como es el reciente caso de La llegada. Una ancha obra sostenida por Denis Villeneuve, cualificado director destinado a comerse el mundo con patatas dada su breve pero potentísima filmografía que parece no desfallecer con los años, película tras película.

Ante el actual “estereotipismo” el cine corre el riesgo de convertirse, si no lo es ya, en ese insulso primogénito de la familia audiovisual que aun vive en casa de sus padres, donde su hermano pequeño superdotado (las series) ya quiere emanciparse con 15 años para estudiar filosofía en la Universidad de Pittsburgh. Bromas aparte, el bueno de Villeneuve tiene un sentido del cine muy distinto a lo ordinario y le doy gracias por ello. Sigue leyendo

La Niza virtual

En Asuntos sociales por

El otro día encendí el televisor y tuve una epifanía. Retransmitía la cadena un reportaje especial sobre el atentado de Niza, cuyo recuerdo aún nos conmociona, y centraron el objetivo en un hospital de la zona.

Explicaba un facultativo que desde la masacre se había producido una oleada de donaciones de sangre, y que seguían llegando ciudadanos generosos a sus puertas a pesar de que habían emitido un comunicado público afirmando que poseían suficiente.

En ese momento la cámara se posó sobre una mujer –ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni vieja ni joven–, a la que con toda seguridad habían interrogado sobre los móviles de su conducta, que así respondía: “ya, si ya sé que no hace falta más sangre, pero es mi forma de acercarme a las víctimas y mostrar mis condolencias“. Sigue leyendo

La exhortación Amoris Laetitia, en 10 puntos

En Religión por

El viernes 8 de abril salió a la luz la esperada Exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco “Amoris Laetitia” (en adelante, AL), de gran amplitud y de contenido muy variado. Porque temíamos que no encontraras a corto plazo un buen hueco en tu agenda para leerla, Democresía te mantiene al tanto sobre sus puntos esenciales y te ofrece un análisis sistemático de las cuestiones más destacadas. Sigue leyendo

Antología de poetas del amor conyugal

En Democultura por

Las mismas palabras, según la boca que las diga, dicen cosas muy distintas. Un ejemplo son estos versos de Lorca en boca de un viudo –Julián Marías–:

«Mi mujer fue lo más importante de mi vida. Con su muerte desapareció mi proyecto vital de tantos años, lo que le había dado su sentido. Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa».

No me cabe duda de que estos versos de Lorca estaban incompletos, desorientados, hasta que los hizo suyos Marías. Esto es precisamente lo que hace, creo yo, el amor conyugal con el amor, vamos a llamarlo, “romántico”. Lo coge, lo llena de sentido, lo transforma y lo eleva hasta llevarlo a su plenitud.

Han pasado ya varias semanas desde aquella deliciosa clase de literatura. El poeta Enrique García-Máiquez, entre párrafos de Shakespeare, genialidades de Chesterton y  haikus para saborear en silencio, nos dejó con la cuestión que teje, en buena parte, toda la literatura: el amor. Y con esta gran pregunta, otras mucho más pequeñas como: ¿qué amor canta “el poeta”? o ¿Quién ha contagiado más su entusiasmo a las generaciones, Petrarca o Shakespeare? (según García-Máiquez, Shakespeare es un poeta del amor conyugal1 que sale al paso a la corriente que sopla desde la Italia del amigo Petrarca). Sigue leyendo

Las obsesiones de Edvard Munch

En Democultura por

Después de treinta años, Munch, regresa a Madrid de la mano de Paloma Alarcó, comisaria de la exposición que se inauguró la semana pasada en el Museo Thyssen de Madrid

El pintor noruego dejó un gran legado con más de 1.800 óleos y 10.000 grabados entre los destaca sobrenaturalmente la fama de ‘El Grito’, hasta el punto de hacerle sombra al resto de su obra.

Está exposición que permanecerá en Madrid hasta el 17 de enero, acoge ochenta obras del artista que se reparten entre las nueve salas distribuidas por algunos de los temas que obsesionaron al hombre contemporáneo.

Munch es considerado uno de los padres de la pintura moderna junto a Cézanne, Gauguin o Van Gogh. Sus pinturas van más allá de ser simples pinceladas que representan algo de la realidad. Como bien decía él: “Lo que hay que sacar a la luz es el ser humano, la vida. No la naturaleza muerta”. Sigue leyendo

Las gordas sois feas, pero sois bellas

En Asuntos sociales/Mujer y género por
Elna Baker, la gorda que no se aceptaba

A propósito del artículo del diario “El País” sobre Elna Baker; a todas las gordas cuya mente, gran esclava en el siglo XXI, more allende lo políticamente correcto. A las gordas (gordas, porque el eufemismo es en realidad un insulto) de mente abierta que trasciendan las pasiones marxistas de la emancipación de la mujer.

Es verdad que las gordas sois ‘feas’. Lo siento mucho. De veras: lo siento.

La conciencia social ha manipulado la concepción de belleza; un consenso social, de la forma por la que haya llegado a producirse, ha establecido una idea común en la mente masculina, un modelo, una causa ejemplar de atractivo.

Cabría preguntarse qué diantre es la belleza, y si son lo mismo el ser-bellolo-que-provoca-agrado. Pero esas disquisiciones metafísicas se las dejo a la lectora.

Es lógico que las mujeres intenten agradar a los hombres tanto en alma como en cuerpo. También los hombres quieren agradar integralmente a las mujeres: forma parte de ese instinto personal, de la naturaleza humana, el mendigar cariño. Somos seres sociales, y necesitamos la consideración y el amor del otro: necesitamos que nos quieran en cuanto somos, en todo lo que somos, en quiénes somos.

En otro ámbito, la autoestima está muy vinculada al asombro producido en quien se tiene al lado. ¡Qué difícil es quererse, es decir, encontrarse “bueno“, si nadie alrededor es capaz de hacerlo! Uno trueca el agrado subjetivo del que ve por la belleza objetiva de lo visto, y así llega a confundir realidad y fantasía. La sensación de desagrado del otro se convierte en un dictado metafísico, en un: “no es por él, es porque en verdad soy fea“.

Una vez más, la mujer es la víctima en la mayoría de los casos, pero también ella tiene que cambiar. Los hombres tenemos que educar nuestra sensibilidad y deshacernos de artificios, de ideas impuestas por un sistema, y volver a la realidad; hay que abandonar inventos eidéticos en favor de la belleza primigenia: la de la mujer real.

Sólo se puede amar lo bueno, sólo puede satisfacer lo bello, eso es bien cierto; pero, al margen de otras cuestiones sobre el amor verdadero (porque esto no se agota aquí), el hombre de hoy ha establecido como criterio de valoración de la belleza de una mujer la mayor o menor adecuación de la realidad femenina a la idea mental, en desafortunada y falsa inversión de los términos. Y eso ha de cambiarlo.

Pero en una sociedad que además fomenta la cosificación de la mujer y excita al hombre con erotismos y reducciones de lo femenino a un juguete sexual, el cambio, mal que nos pese, tardará en llegar. El hombre se deja, en omisión execrable e imperdonable, y desde la pornografía hasta las pasarelas de Victoria’s Secret, los ‘mostradores de la Belleza‘ lo han convertido en un monstruo. ¿Cambiará el hombre cuando la mujer es para él?

Las gordas no podéis esperar a que las piedras se hagan de carne: debéis cambiar también vosotras, y aun con desánimo, con amarga resignación, debéis afrontar la realidad de que los hombres así no pueden querer: se quieren a sí mismos en las mujeres. Es triste, por él y por ella; pero no podéis permitir que se erijan las exigencias sexuales de un demente en criterio de valoración personal. ¡No! No sois bellas por agradar a los hombres: sois bellas, y si el hombre no lo ve es su gusto el extraviado, es él el trastornado.

Entiéndanse las generalizaciones con bondad y en su sentido: aún quedan hombres buenos

¿Qué ha sido del amor?

En Amor y sexualidad/Asuntos sociales/Pensamiento por

Hablaba yo el otro día con un gran amigo mío, psicólogo, agnóstico y profundamente materialista, sobre la realidad del amor, enfocando yo la discusión desde un punto de vista humanista y filosófico y él desde el prisma del biologicismo y de la corriente más empírica de su disciplina.

No me llamó la atención la reducción (reducción en mi opinión) de este lazo unitivo a mecanismos neurológicos e impulsos químicos cerebrales, o la teoría emergentista mente-cerebro que defendía (para los profanos, que la mente es una emanación quasi-espiritual del cerebro, la doctrina materialista más cercana al reconocimiento del alma). Es pan de cada día para los cientificistas, y la salsa de todos los platos en cualquier debate. Sigue leyendo

Posmodernos y anti científicos (o la noche oscura de la Razón)

En Ciencia y tecnología/Pensamiento por

Desde las razones para la elaboración de las políticas gubernamentales hasta la elaboración de los currículos educativos, todo pasa por la decisión soberana de la ciencia, que aprueba o desaprueba en último término cada una de las decisiones de la vida del Estado. Incluso para obtener el carné de conducir, uno ha de someterse al examen científico de las propias capacidades físicas antes de poder demostrar que sabe conducir.

Pese a que no considero un error aplicar el raciocinio a todo aquello que es susceptible de ser sometido a su juicio para ser conocido con mayor verdad, lo cierto es que –como casi todo– al convertirse en la “panacea” de una sociedad la ciencia empírica termina por romperse.

Así, más allá del ámbito de la física, la medicina, la estadística o la matemática, el argumento científico se ha convertido en la meretriz de cualquier discusión social entre colectivos y sujetos, arrojándose datos y cifras a la cabeza con independencia de que tengan la autoridad o el compromiso necesarios (o el más mínimo interés) para esgrimir con verdad sus argumentos.

Pongamos un par de ejemplos: la ciencia sirve igual para condenarnos (todavía por razones desconocidas) a los que nos llamamos cristianos que para construir un puente o diseñar un ‘smartphone’. Eso sí, dada su condición de ramera, se la puede abandonar sin remilgos en favor de la conveniencia cuando se trata de abordar la humanidad o no humanidad de un feto o asumir que, simplemente, debe ceder a la legitimidad de los “sentimientos” si se trata de dirimir el “género” de un sujeto.

Feyerabend se equivocó. No es la ciencia la que guía los destinos de nuestra sociedad. En lugar de su “tiranía”, vivimos el auge de la tecnología, la aplicación práctica de la ciencia, cuyo desempeño no exige ningún tipo de compromiso intelectual o moral con la realidad más allá del pragmatismo a cambio del poder de transformar la realidad de acuerdo a nuestros propios intereses, sean estos legítimos o no.

No es que tenga nada contra los ingenieros, cuya labor y aportación a la sociedad es encomiable, pero la preferencia de nuestra sociedad por la “tecnología” frente a la “ciencia” puede servirnos como imagen de la degradación moral que sufrimos consciente o inconscientemente como pueblo.

¿Qué tienen que ver ciencia y moral?

La pregunta que alguno podría haber formulado llegado este punto es: ¿Qué tienen que ver ciencia y moral?

Tanto para alcanzar el descubrimiento como a consecuencia de él, el hombre de ciencia (a partir de este punto abrimos la ciencia también a las disciplinas no empíricas) desarrolla la humildad absoluta ante la realidad que investiga. Ya sea mediante la resignación o a través de la aceptación voluntaria, quien quiere obtener el fruto de la investigación se ve obligado a jugar con las reglas del juego que el universo le impone con su modo de ser y de actuar.

El investigador no inventa, reconoce. No es un proceder creativo en tanto que no consiste de la modificación de aquello en lo que centra su atención y solo por amor a la realidad (sin el cual no es posible mantener en el tiempo el enorme esfuerzo y desgaste personal que supone investigar) desarrolla la creatividad necesaria para encontrar los escalones que hacen falta hasta llegar a la contemplación de aquello que apenas se vislumbra.

La lista de valores, virtudes y actitudes que derivan del ejercicio de la ciencia es larga. No pensaba detenerme en ella para no alargarme más de lo necesario (su tiempo es valioso) pero, si les interesa, les recomiendo vivamente la lectura de un buen libro que me prestó un buen amigo : ‘Solo el asombro conoce‘.

Humildad, creatividad y amor, el punto de partida

La civilización occidental, desde sus primeros estadios hasta el día de hoy, se ha caracterizado por ser la única capaz de desarrollar una cultura “científica”. Es decir, por fundar su modo de vivir y su cosmovisión en la búsqueda y el descubrimiento de lo que las cosas son realmente, en lugar de apoyarse sobre el mito y cerrarse a la crítica.

¿Verdad contra convivencia?

Hoy en día, como ocurrió también en la historia reciente, cometemos la imprudencia de abandonar el espíritu científico para echarnos en brazos de la “realidad particular” afirmada por encima de la realidad completa. En el pasado fueron las ideologías comunitaristas (nacionalismo, socialismo o nacionalsocialismo son algunos ejemplos) y en la actualidad el fenómeno se ha reducido al ámbito y a los intereses del yo.

Esta afirmación suprema del nosotros o del yo supone renunciar al orden natural del mundo en que vivimos para ordenar el valor de las cosas de forma que el interés de quien sostiene esta posición se vea inmediatamente beneficiado. No es ya la realidad que es la que impone la ruta a seguir de nuestras sociedades sino que la hemos sometido al cómo debería ser para que nuestros deseos queden saciados (cosa que nunca llega a ocurrir).

De este modo, redefinimos el género, la persona y la familia, destruimos el medio ambiente, separamos la sociedad en castas o identidades “nacionales” contrapuestas (por poner algunos ejemplos de actualidad) como justificación ideológica para ejercer la violencia sobre aquella parte de la realidad que, a nuestro juicio, nos impide alcanzar la satisfacción de nuestras aspiraciones.

Así, convertimos el odio en herramienta transformadora de la realidad bajo la premisa de que la naturaleza está mal hecha, en lugar de buscar en los fenómenos del hombre, la sociedad y el mundo la forma correcta de mirar y tratar lo ajeno a nosotros mismos. ¿Cabe esperar que no sea así?

El hombre occidental está llamado a ser científico, no desde el laboratorio sino en su relación con los otros y con el mundo. Todo lo que hemos alcanzado lo hemos hecho desde la observación atenta y la comprensión de aquello que nos rodea, de forma que, respetando el mundo, hemos obtenido de él el mejor modo de convivencia. La tecnología de que disfrutamos es buena muestra de ello.

Ahora bien, desde el momento en que hemos dejado de mirar asombrados a cuanto y quienes nos rodean, de estudiar con pasión, pero también con humildad, amor y creatividad, nos hemos condenado a pelear, unos con otros, por los restos de la civilización y del mundo. Hemos convertido al mundo y a los otros en instrumento para nuestro beneficio (o enemigo de él) en lugar de hogar y compañía de nuestras vidas, respectivamente.

Son muchos y muy complejos los problemas por los que pasa España en estos momentos. Desde la difícil comprensión de las causas y de la salida de la crisis económica (obviando reduccionismos ideológicos que se enmarcan en la visión dialéctica que acabamos de describir) hasta la convivencia entre los distintos, ya sea por el nacionalismo o por la integración de la inmigración; pasando por el conflicto entre dignidad humana e interés personal (aborto, eutanasia, desahucios, precariedad laboral…), los retos a que nos enfrentamos requieren de lo mejor que nos ha dado nuestra civilización.

De no poner todo nuestro empeño, toda nuestra ciencia, y de no empuñar nuestros mejores dones (humildad, creatividad y amor) para reconocer y comprender los conflictos y corregir el rumbo de nuestra sociedad, nos veremos abocados de forma inevitable a la guerra, ya no entre comunidades ideológicas, sino del yo contra el otro. Será el fin de nuestra civilización.

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