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La soledad del “millennial”

En Asuntos sociales por

“A crowd flowed over London Bridge, so many” (sobre el Puente de Londres la multitud fluía). No es el Puente de Londres, sino Hyde Park. Y tampoco exactamente una multitud, pero sí muchos millennials, universitarios con mochila a las espaldas, auriculares en los odios, solitarios. Todos encaminándose hacia una de las más importantes universidades de Londres. Ciudad irreal, esta vez bajo la luz de una mañana que no acaba de arrancar. Como en el gran poema de Thomas, otra vez, cada cual lleva la vista fija ante sus pies (And each man fixed his eyes before his feet). Vienen muchos de ellos de residencias o pisos compartidos en los que no han hablado durante días con nadie, si acaso unas palabras de cortesía muy británica que distancian aún más.

Algunos de estos estudiantes se forman en las mejores universidades del mundo, las de Londres compiten abiertamente con las top de los Estados Unidos. Aprenden con los mejores profesores, con los mejores investigadores, cuentan con la mejor tecnología, con clases grabadas, con seminarios abiertos, con excepcionales bibliotecas y laboratorios… el máximo de lo deseable.

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Esta mirada fija ante sus pies esconde un secreto doloroso. En el reino de la soledad, en Londres, los millennials son los más solos. La Oficina Nacional de Estadística Británica hacía público hace unas semanas el informe Loneliness – What characteristics and circumstances are associated with feeling lonely? Según ese trabajo, los “jóvenes adultos” con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se sienten más solos que la gente de mayor edad. Investigación que se complementa con otra realizada por la Universidad de Cambridge (Lonely young adults in modern Britain: findings from an epidemiological cohort study) en la que se concluye que un 7 por ciento de los nacidos entre 1994 y 1995 se sienten a menudo solos.

A un porcentaje comprendido entre el 23 y el 31 por ciento no les resulta extraño sentirse aislados o faltos de acompañamiento.

Antes de entrar en clase, o en la biblioteca, se puede desayunar en cualquiera de los supermercados de camino al campus. Londres, que hasta hace unos años era la ciudad en la que no se podía comer dignamente sin gastar una fortuna, cuenta ahora con un supermercado en cada esquina. Ensaladas para uno, platos preparados para uno, alimentos orgánicos para aquel. La fórmula es económica, saludable. Por poco más de tres libras el almuerzo o la cena están solucionados. No hay que preocuparse por cocinar. Está socialmente aceptado comer a todas horas, comer incluso en clase mientras el profesor imparte sus lecciones. No es necesario socializar para alimentarse. En realidad, sentarse a la mesa va camino de convertirse en una costumbre del pasado.

Acaba la sesión de la mañana, han volado dos o tres horas de clases o de estudio. Y a las doce, el almuerzo.

— Hurry up, please. It´s time. (Dense prisa, por favor. Es la hora).

En los comedores del gran centro universitario, los que los utilizan, se disponen como mónadas. Unos junto a los otros, sin hablarse, entre bocado y bocado una mirada al móvil, a los mensajes de las redes sociales, quizás al capítulo de una serie. Almuerzo rápido para volver a la tarea, mucha agitación.

I see crowd of people, walking round in a ring” (Veo muchedumbres vagando en círculos).

Después, una tarde larga, intensa, ciencia hasta dejarles exhaustos. Y en la hora violeta, cuando los ojos y la espalda se alzan del escritorio, cuando el motor humano aguarda como un taxi palpitando en la espera (At the violet hour, when the eyes and back turn upward from the desk, when the human engine waits like a taxi throbbing waiting). A la hora violeta, a la hora de la espera, las soluciones. ¿Qué soluciones? Un reportaje de hace unas semanas en The Guardian (How to cope with loneliness at university) ofrecía las recetas para hacer frente a los problemas que una soledad prolongada puede causar en la salud mental. Voluntariado, yoga, baile, clubes, deportes… los expertos recomendaban no obsesionarse con el trabajo, descansar cuando fuera necesario, buscar actividades en las que incrementar el círculo de los conocidos… fórmulas todas sanísimas… pero quizás insuficientes para una palpitante espera. El rigor solo parece reservado para el estudio, la competencia es muy severa.

¿No habrá nadie que se conmueva por esta nueva tierra baldía que hemos construido para nuestros millennials? ¿No habrá nadie que derrame alguna lágrima de racional y dramática compasión? El tiempo es propicio. Vuelve, Thomas, vuelve y pregúntales, a gritos o entre susurros, “Who is the third who walks always beside you?” (¿Quién ese tercero que anda siempre a tu lado?). Vuelve, Thomas y dilo otra vez: “Cuando cuento, solo estamos tú y yo juntos, pero veo frente a mí, por el camino blanco, siempre a otro que camina a tu lado. ¿Pero quién es ese que va tu vera?, ¿que va a vuestra vera? (When I count, there are only you and I together but when I look ahead up the write road, there is always another one walking beside you).

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Este artículo fue publicado originalmente en Páginas Digital y es reproducido aquí con su permiso.

Emancipación y soledad

En Antropología filosófica/Pensamiento por

Vivimos en tiempos extraños. Tiempos en los que hay más críticos de arte que artistas. Un mundo donde viven mejor los expertos sobre la obra de Bach que sus intérpretes. La creación, con su absoluta liberalidad, ha sido sustituida por la técnica.

Vivimos en la era de los museos y los catálogos. Nos encontramos más cómodos contemplando un retablo de El Greco en una sala cerrada, con la iluminación “adecuada”, que en una iglesia oscura durante el culto y creemos que el Officium Hebdomadae Sanctae de Tomás Luis de Victoria debe ser escuchado en un auditorio con una buena acústica.

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Reflexiones de un eremita confinado en familia

En Cuarentena/Pensamiento por

He hallado en mi indolencia de hombre confinado la fórmula magistral de la pedagogía doméstica, aquella urbanidad dulce y relajada de un esmerado paterfamilias. ¿A qué me dedico durante las horas centrales del día y el resto? ¿Qué pensamientos me ocupan? Bueno, este es uno de esos asuntos que solo se pueden afrontar con la bata manchada de tinta. Los lamparones de mi batín, como la barba que me he dejado crecer y que me llega casi hasta la cintura, al igual que la deslucida melena que me cuelga de los hombros y que mi mujer persigue ciega de amor para cortármela mientras duermo, hablan de una existencia lánguida y quimérica. Ya solo leo en posición horizontal y mi olfato divaga sobre qué habrá hoy para comer como principal tribulación de la jornada. La cocina y el dormitorio han sido ocupados física y moralmente por mi espíritu desde que la lentitud de la existencia me ha descubierto pliegues olvidados del alma.

Descanso y leo, como y me acuesto, despierto y me duermo. La vida es sueño y transcurre soñolienta y apaciguada por las infinitas regiones del hogar. Cuánto me pasó inadvertido de la casa en que vivo cuando me dedicaba a ir al trabajo por la mañana y volver por la noche. Entonces el hogar hacía las veces de parada y fonda en el tedioso y mezquino viaje del hombre moderno a sus diarias obligaciones. Ahora estas han sido sustituidas por la más placentera disipación, me empleo a fondo en esta tesitura de disfrazar las horas de logros y hechos que no pasan de ser conjeturas y entelequias de una mente abrumada por el sopor y la felicidad. En torno a ella, doy vueltas y más vueltas como un ratoncillo despreocupado de felinos malignos. Sentirse prisionero en los muros del hogar constituye una experiencia única que nos resarce de virus y enfermedades.

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Conocimiento: cómo bordear el absurdo y el hastío en la cuarentena

En Cuarentena/Distopía por

Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina.” (A. Camús, La peste).

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La némesis médica: “los hombres gimen con dolores de parto”

En Asuntos sociales/Bioética/Distopía/Religión por

Mateo, 24 «Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. […]; 17. el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; 18. y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto […]. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 36.Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, […]. 38.Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, 39.y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. 40.Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; 41.dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. 42.«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor».

Este pasaje del evangelio no trata de ser agorero, ni fundamentalista, describe una situación. El evangelista no habla de castigo divino, está narrando una predicción científica. Hoy sabemos que nuestro sol estallará en pedazos, que las estrellas están en movimiento con todo el universo hacia la entropía. Hemos conocido catástrofes guerreras, naturales, biológicas, o tecnológicas… pero todas pasan al olvido… y los humanos seguimos jugando a creernos dioses al instante siguiente de la devastación.

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Twitter o la diarrea colectiva

En Distopía por

Últimamente, cada vez que entro a Twitter, tengo sensaciones escatológicas.

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Delibes y el fin del mundo

En Democultura/Literatura por

Todo tiene un final. Los hombres mueren, aunque nieguen esa palabra; nadie se lleva la riqueza a la tumba, aunque se atesore con avaricia; la injusticia podría acabar si un pueblo se dedicaba a ello; e incluso la magia del progreso se agota cuando la contaminación ya no se puede esconder. Mueren los hombres, pero permanece el Hombre en sus dramas y sus esperanzas. La muerte era, para Miguel Delibes [1920-2010] el desenlace inevitable y no siempre justo de una vida no siempre vivida: “al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”.

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Houellebecq. Cuando la felicidad es una idea sin sentido

En Literatura por

“¿Era capaz de ser feliz en soledad? No lo creía. ¿Era capaz de ser feliz en general? Creo que es la clase de preguntas que más vale no hacerse” (Serotonina).

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ESPECIAL Juego de Tronos. Final de partida

por


Final de partida

Tiempo estimado de lectura: 25 minutos

Ante el adiós definitivo del mayor fenómeno televisivo de la década, en Democresía hemos querido huir de la marea de teorías gratuitas y adivinaciones vacías que, cual Ejército de la Noche, anega internet estos días. ¿Para qué? Para reflexionar a fondo sobre algunos de los aspectos narrativos, filosóficos e históricos que mejor definen Juego de Tronos: su espíritu contradictorio a medio camino entre lo épico y lo cínico, su inspiración en algunos episodios del medievo y la modernidad, la compleja vigencia del héroe clásico en el personaje de Jon Snow y el papel del cinismo en la identificación del espectador con la serie. Porque más allá de los juegos de acertijos, Poniente puede ser un espejo fascinante en el que mirarnos.

Entronar la historia: el final de Juego de Tronos


por Ricardo Morales Jiménez

En un universo cíclico, donde la luz y la oscuridad se van dando la réplica para ser el tablero del juego de tronos; donde se necesitan enemigos a la medida de las circunstancias; donde la codicia, la tiranía y la deriva de los idealistas -aquellos que justifican el mal para instaurar el bien- quiebra cualquier acto generalizado de nobleza y de bondad; en este entorno ha vencido la memoria. O su cauce natural, la historia.

Juego de Tronos, como bien indica Lucero más adelante en este mismo especial, es una serie histórica. No ya solo por los paralelismos inequívocos con ciertos aspectos del feudalismo y la lógica de los conflictos de las grandes familias reales, sino, sobre todo, porque la memoria -lo que ha ocurrido y lo que ocurrió antes de que ocurriese lo ocurrido-, es el recurso que posibilita la toma de decisiones en los momentos de vida o muerte, de opción libre por el bien mayor o por el mal de aparente inevitabilidad.

Solo puede quedar uno... Y no es quien la horda de fans reclama que sea el rey del Trono de Hierro

Cuando Tyrion recuerda la historia de la liberación de la Bahía de los Esclavos en confesión con Jon Snow, enmudece por haber sido partícipe de una masacre que ni la peor Cersei Lannister habría sido capaz de pergeñar. Danerys de la Tormenta, aquella que había sido apodada como la "rompedora de cadenas", anudaba su suerte y el destino de la civilización de Westeros a la máxima Targaryen: miedo, fuego y sangre.

¿Hasta dónde se puede reinar bajo el calor de la locura en un universo corrompido? Por lo visto durante estas ocho temporadas, hasta el desbordamiento del amor. Porque siempre han de haber unas condiciones mínimas -en ellas incluyo la historia personal de cada personaje. Véase el caso de Cersei y Jaime- para que éste se pueda llevar a cabo con unas mínimas garantías. Y Jon Snow, por la memoria acumulada durante todo su viaje, no podía corromperse por un amor concreto como el que vivía por Daenerys.

Jon, al supeditar los millones de historias personales que le son del todo ajenas en detrimento de su interés particular, muestra la libertad del personaje al que se le pregunta en lo más íntimo de su corazón por el deber de sus actos. Y responde por todos: justos y pecadores. Esta decisión, no está exenta de crueldad. Pero es que la vida, como machaca Peterson cada vez que se le ofrece la oportunidad, es dura y cruel. Juzgar los actos y obrar en consecuencia. Puede que sea insignificante esta reacción y seguramente esté aquí la limitación de lo que somos, pero ¿de qué otra manera se pueden tomar decisiones?

Apuñalando a Dani, Jon condicionaba su existencia a una más que probable calamidad; si es que no a la muerte misma. Sin embargo, bajo la firme creencia de que los asesinos merecen existir, se puede ordenar el bien en un lugar como Poniente, arrojando algo de luz sobre este inquietante nudo relacional y de ambigüedades morales a las que hemos estado sometidos durante los últimos nueve años.

De haber optado por lo contrario, por no hincar el puñal en el pecho de la nueva “reina de la noche”, su heroicidad habría sido de hojalata, un cachivache para contentar a los sedientos de finales felices y no de finales verosímiles; a los tragaldabas de tramas y artefactos pirotécnicos, de bodas EMO de Shrek y Fiona, que proyectan en todo lo que ven sus interpretaciones de justicia y calidad. Su cinismo, como veremos más adelante desarrollado por Alan Regueiro. 

Daenerys Targarean es asesinada ante la impotencia de Drogon - IMDB

Como bien sentenció Tyrion, poco antes del entronamiento de Bran Stark, el Tullido, como nuevo rey de los Seis Reinos, lo que une a un pueblo no son las huestes, el oro o las banderas. Son las historias.

“No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia. Nadie puede detenerla, ningún enemigo puede vencerla”.

Sea esta una auto loa o no la que se marcan Benioff y Weiss, lo que es incuestionable es que han dejado una historia para la posterioridad en el mundo de la series. Y esto hay dos formas de vivirlo: con la gratitud amarga de una despedida sentida por haber sido vivida con emoción hasta el final o con el resquemor de que no se hayan atendido los vicios y confusiones proyectadas en un producto televisivo por un fan descontento.

Como en Poniente, la decisión la deberemos tomar atendiendo a nuestra propia historia.

Brienne de Tarth escribe la página para la historia de las proezas de Jaime Lannister - IMDB

Épica y cinismo: la disputa por el alma de Poniente


por Ignatius Reilly Jr.

Hace unos días recibí una invitación de la Sociedad de Estadistas Alto-Medievales para firmar un comunicado de repudio, a la vez que un pedido de indemnización, por una afrenta escandalosa, una profanación desvergonzada, humillante –un escupitajo en la cara, vamos –cometida por la HBO hacia la especie humana (que incluye, entiendo, a los medievalistas).

Aunque estaba ocupado en redactar una carta de corrección fraterna a Viggo Mortensen, me llamó la atención el tono iracundo del comunicado, pues al fin y al cabo, en dicha Sociedad siempre prima el decoro y la cortesía. Así pues, detuve mi cariñosa misiva al hincha de San Lorenzo, y empecé a escarbar en el escándalo. Me quedé francamente sorprendido por lo que encontré: el tercer episodio de la octava temporada de Juego de Tronos había producido un exponencial incremento en el síndrome de Napoléon. Twitter se había convertido en un remolino infinito de catedráticos en estrategia militar carolingia, aspirantes a Escipiones africanos, generales condecorados, herederos legítimos de Temístocles, receptores certificados de genes del Genghis Khan (aunque esto último no cuenta).

Antes de firmar el comunicado de repudio quise ver con mis propios ojos la causa de tanto alboroto. Me puse a ello.

 

Acabé de ver el episodio, horrorizado de la sonrisa que se torcía en mi cara a pesar de mis esfuerzos por reprimirla. Me había gustado. ¿Épica? ¿Cabía hablar de épica en Juego de Tronos? No era solo yo quien se había visto sorprendido por esta posibilidad. Algunos caballeros de la escuela de Alonso Quijano –pienso en García-Máiquez – iban rompiendo lanzas a cada capítulo, convirtiendo la misma posibilidad épica de Juego de Tronos en el verdadero tema épico de la serie: ¿Vencerá el espíritu épico al dragón del cinismo omnipresente?

Ned Stark, Jon Nieve, Sir Jorah... No cabía duda de que representaban héroes de la vieja escuela, la del mito. En Jon Nieve es explícito: aceptación del llamado, salida del hogar, enfrentamiento al dragón-caos que lo devora (experiencia de muerte), resurgir transfigurado y retorno, para liderar en el bien común. En él, el bastardo sin nombre, ha quedado marcado a fuego el nombre de su 'padre' Ned –solo un padre marca de esa manera –o lo que es lo mismo el sentido del honor. Como un guerrero germano, se debe a la línea de sus ancestros, de sus antepasados. Actúa, decide y camina cargando a la espalda, como Eneas a su padre, el legado de los hombres buenos que estuvieron antes que él.

Sin embargo, los estetas refinados que aplauden el cinismo de Juego de Tronos dicen: “es un personaje hueco, entre ingenuo y estúpido, igual de patético que Ned Stark y que el pagafantas de Sir Jorah”. Todo esto de la épica les provoca bostezo, y así como muchos de ellos son intolerantes a la lactosa o el gluten, la virtud en la pantalla les provoca picazón. Es lo que tiene estar más allá del bien y del mal.

Hay pues dos ejércitos rivales disputándose el alma de Poniente. Sólo puede quedar uno, pues son presencias que ocupan todo el escenario, que se imposibilitan mutuamente. Para la épica, el bien y el mal libran un combate que lo es todo. Para el cinismo no hay bien ni hay mal, solo desesperación camuflada en risita irónica o en regodeo ante el sofoco de cualquier valor positivo o en demoníaco disfrute de contemplar la caída. Intrigas, giros de trama, vicios brillantes hacen la serie interesante para los cínicos, mientras que cualquier amago de épica los enfurece.

Por esta razón, la serie Juego de Tronos resulta ser un monstruo bifronte, con dos almas que pujan hacia lados contrarios y amenazan con desgarrarlo. Lo que me temo que pasará –que ya ha pasado –es que no es posible que triunfe ninguna, porque el desgarro es tal que la bestia no sobrevivirá al mismo. Es un producto contradictorio, una mixed review, que ha mezclado dos sustancias inconmensurables, que dan por resultado agua mezclada con aceite.

Juego de Tronos: un tablero con mucha Historia


por José Antonio Lucero

Juego de Tronos es una fantasía épica ambientada en un mundo medieval que nació como una saga literaria en el año 1996 (¡sí, hace más de veinte años!), llamada “Canción de Hielo y Fuego” pero no ha sido hasta 2011 cuando saltó a la fama de la mano de HBO y su maravillosa serie cuya octava temporada está a punto de acaba de finalizar. Y, ¿sabéis qué? A pesar de que esta es una fantasía donde salen dragones, un ejército de zombies y mucha magia capaz de matar a un personaje o resucitar a otro, existen muchos paralelos históricos en los que George RR Martin, su creador, se inspiró para crear su maravilloso universo. ¡Ojo, cuidado con algún spoiler si no has visto la serie al menos hasta su séptima temporada!

El feudalismo medieval… en Juego de Tronos

Los personajes que salen adelante en Juego de Tronos son aquellos que saben cómo moverse en el gobierno de sus estados. Y aquí viene otra gran similitud de Juego de Tronos con la historia medieval. El funcionamiento interno de los reinos. Hagamos un breve repaso.

Durante la Edad Media, los reyes no tenían todo el poder. No eran reyes absolutos con un poder divino, como ocurría con reinados como el de Luis XIV de Francia en el siglo XVII. Durante la época medieval, los reyes dependían de sus señores, porque el verdadero poder en los territorios lo tenían los nobles que gobernaban un feudo y tutelaban a sus habitantes. Es decir, los señores feudales. A todo este sistema de relaciones sociales y económicas que ocurría durante la Edad Media lo llamamos “feudalismo”.

¿Y si los señores gobiernan en los territorios de un reino, qué pinta un rey en la Edad Media? Buena pregunta. Pues precisamente no mucho. O no todo. La del rey medieval era una figura difícil. En primer lugar, en muchas ocasiones era elegido, a semejanza con la práctica germana que se propagó en Europa tras el final del Imperio romano. El rey era un señor feudal elegido por los demás señores feudales, quien le daban la potestad para gobernar el reino, a sabiendas de que una figura real que sirviese de árbitro entre ellos era necesaria. Pero el rey era “primus inter pares”, es decir, el primero entre iguales. Si a los demás señores feudales no les gustaba cómo gobernaba el rey, podían rebelarse contra él y poner otro. Así funcionaron durante siglos los reinos medievales de Gran Bretaña, Francia o la España visigoda.

Y esto también podemos aprenderlo en Juego de Tronos.

Seguro que a la mayoría de vosotros ya os suena esto que he estado explicando. ¿Recordáis como fue elegido Jon Nieve Rey en el Norte? Analicemos esa escena.

En ella nos encontramos con una reunión de nobles, llamada asamblea en época medieval. Estas personas que acompañan a Jon Nieve y a Samsa Stark son señores de otros territorios de Invernalia. Es decir, suponemos que, al igual que los reinos medievales de nuestra historia, Invernalia estaba dividido en señoríos a cargo de otras casas pequeñas, como los Mormont, por ejemplo. En un pacto de vasallaje, todos estos señores, a sabiendas de que necesitan un Rey en el Norte, acuerdan que este título recaiga en Jon Nieve. Pero, al igual que ocurría en el medievo, Jon Nieve se ve acorralado en muchas ocasiones por la presión de estos señores debido a sus decisiones, hasta el punto de que algunos están a punto de rebelarse contra él.

Lannister vs. Stark: 'la Guerra de las dos Rosas'

Juego de Tronos comienza con la muerte de un hombre, John Arryn, la mano del rey. Tras ello Ned Stark se convirtió en la mano de Robert Baratheon y dejó Invernalia para viajar a Desembarco del Rey. Y, bueno, supongo que ya sabéis cómo sigue la historia.

Este comienzo es muy parecido a una historia de la que muchas personas consideran es la gran inspiradora de Juego de Tronos; la Guerra de las Dos Rosas, ocurrida en Inglaterra en el siglo XIV. El comienzo de la Guerra de las Dos Rosas puede establecerse en el temprano 1377, a la muerte de Eduardo III. Su hijo mayor había muerto antes que él y fue nombrado heredado su hijo Ricardo II, de diez años, por delante de los tres hijos sobrevivientes de Eduardo. La omisión de toda una generación dio lugar a toda una serie de reclamaciones que se fueron sucediendo a lo largo de años y descendencias hasta que se forjaron en dos ramas y dos emblemas: Lancaster y su rosa roja, que serían los Lannister, y York y su rama blanca, que serían los Stark. Las dos grandes casas enemigas de Juego de Tronos. A lo largo de años y años de guerras, con sucesiones en el trono, pactos, traiciones y subidas y caídas de los diversos reyes, se pueden apreciar en la historia semejanzas claras entre los personajes históricos y los de ficción, como verás a continuación.

Los emblemas de la casa Stark y Lannister -  Maquetación by Democresía

Los Lannister y su paralelo con la historia

Uno de los personajes más poderosos de Juego de Tronos es Cercei Lannister. En este poderoso personaje femenino también podemos encontrar varias similitudes en la historia. La fuerte personalidad de Cersei podría vincularse a la de Margarita de Anjou, uno de los personajes centrales de la citada Guerra de las Dos Rosas. Esta reina de Inglaterra quería ejecutar el mando como hacían los hombres en ese momento y no tuvo pudor a la hora de tramar planes que asegurasen su poder a largo plazo. Aunque podemos asociar la personalidad de Cersei a la de Margarita, podemos encontrar otro vínculo entre ella y Jane Shore. Shore fue una amante de Eduardo IV de Inglaterra que se opuso al reinado de Ricardo III cuando éste lo sucedió en el trono. Aunque Ricardo odiaba a Shore por motivos políticos, la castigó alegando hechos asociados a su supuesta promiscuidad. Jane Shore tuvo que andar por las calles en ropa interior y descalza en 1483. ¿Recordáis la poderosa escena de Juego de Tronos en la que Cercei paseaba desnuda por Desembarco del Rey oyendo aquello de “vergüenza, vergüenza, vergüenza”? Asimismo, la relación incestuosa entre Cercei y su hermano Jaime tiene paralelismos con otras acusaciones de incesto que ocurrieron en la historia, como la de Ana Bolena, a la que acusaron de acostarse con su hermano; o la de Lucrecia Borgia con su hermano César Borgia.

Como ya sabes, Cercei es la madre del tiránico rey niño Joffrey Baratheon. Un personaje al que odiarás como yo, seguramente. Este personaje también encuentra un paralelo en la historia, de nuevo en la Guerra de las Dos Rosas. A Ricardo II de Inglaterra lo nombraron rey con tan solo 10 años. Evidentemente, no tenía experiencia en el campo militar y no sabía cómo reinar. Pasó a la historia como un monarca con mucho poder y poco autocontrol, y sobre todo por ser muy vengativo, igual que Joffrey. ¿Recordáis cómo murió Joffrey? Qué satisfacción, ¿a que sí? Pues su muerte en la conocida como Boda Púrpura también tiene un paralelo con la muerte de Eustaquio de Boulogne. Murió repentinamente mientras comía una tarta. Nadie sabe si murió envenenado, ahogado o de una embolia.

El auténtico padre de Joffrey no es Robert Baratheon, sino su también tío Jaime Lannister, quien durante la serie pierde una mano. Esta historia guarda similitud con la de Gottfried von Berlichingen, o como se le conocía, “Gotz de la mano de hierro”. Como Jaime, Gotz nació en una familia noble antes de servir como un caballero Imperial. Durante la batalla, la mano de Gotz fue cortada por un cañón. Gotz se diseñó una mano ortopédica de hierro y siguió combatiendo bajo el sobrenombre del caballero de la mano de hierro.

De las últimas imágenes de esta octava temporada de Cersei Lannister - IMDB

En Juego de Tronos también hubo una reforma religiosa…

Comencemos estudiando el papel de la religión en Juego de Tronos. Al igual que durante nuestra Edad Media, la religión también tiene gran importancia en el universo de George R. R. Martin. En Juego de Tronos nos encontramos con dos grandes corrientes religiosas, primero, la Fe Roja, profesada por Thoros y Melissandre, que comparte muchas similitudes con el Zoroastrismo, una religión en la que el fuego se considera un medio mediante el cual conseguir el discernimiento espiritual y la sabiduría, y en la que los adoradores oran a menudo en presencia de fuego o en los templos de fuego. Asimismo, también es de destacar la llegada del Gorrión Supremo al poder en Desembarco del Rey preconizando un cambio en la religión y en el estado para luchar contra la corrupción. Una trama muy similar al nacimiento de la religión Protestante en el siglo XVI mediante la reforma de Martín Lutero.

Los idus de marzo… a los pies del muro

Y viajemos al Norte para centrarnos en un personaje, Jon Nieve. En el norte nos encontramos con un enorme muro que separa los reinos de Poniente de las tierras más allá del muro, en la que nos encontramos con salvajes y otras criaturas de las que mejor no hablar. En la historia ya hubo un gran muro como este. Bueno, en realidad, dos. El muro de Adriano, que se construyó en el confín norte del Imperio romano, Gran Bretaña; y la Gran Muralla China, que separaba el reino civilizado de china de las tribus invasoras mongolas. Ahí, en el gran muro, Jon Nieve fue asesinado al final de la quinta temporada en una gran semejanza con el asesinato de Julio César, traicionado por sus subalternos por su relación con los salvajes. Julio César, en paralelismo, llenó su ejército de salvajes y bravos galos y sus nuevas ideas, al igual que las de Jon Nieve, chocaron con la férrea e inamovible tradición, lo que desembocó en ambas muertes a puñaladas. Al final, Julio César descubrió que uno de sus grandes apoyos, Bruto, le había traicionado uniéndose a sus asesinos. Al igual que el pequeño Olly, quien le asestó la última puñalada a Jon. La muerte de Jon Nieve y los idus de marzo del 44 a.C. ¿Te suena?

 

Y vamos con el gran personaje de Juego de Tronos. Daenerys de la Tormenta de la Casa Targaryen, La Primera de su Nombre, Reina de Meereen, Reina de los Ándalos… y bueno, ya sabéis el resto. Daenerys creció exiliada en Essos para esconderse del Rey Robert Baratheon tras la revolución que despojó del trono a su padre. ¿Qué paralelismo encontramos en la historia? Enrique VII creció en Francia para evitar ser capturado y asesinado por Eduardo IV. Cuando llegó a Inglaterra sus buques ondeaban sus estandartes con el símbolo del dragón, igual que cuando Daenerys deja Essos con su flota de Inmaculados y sus tres dragones volando sobre ella. Pero a Daenerys la conocemos mejor por su faceta de “rompedora de cadenas” (al menos hasta esta última temporada). Y es que a la madre de dragones le gusta(ba) muy poco la esclavitud, como a personajes de la historia como Espartaco o William Wallace. Es, además, una revolucionaria, tal y como hablaba de ella, por ejemplo, la reina Cercei. Y es que con la llegada de Daenerys a Poniente nos encontramos con el conflicto revolución-contrarrevolución tan de nuestro siglo XX. Conflicto que surgió ante la aparición de ideologías como el marxismo, que abogaba, precisamente, por la rotura de las cadenas que esclavizaban a la clase obrera.

Robert Baratheon, Joffrey Baratheon (¿Lannister?) y Daenerys Targaryen. Dos reyes y una aspirante al Trono de Hierro

Juego de Cínicos: “Si crees que esto tendrá un final feliz, es que no has estado prestando atención”


por Alan Regueiro

La ficción o el relato fantástico dice más del lector que de las acciones que allí se relatan. Su propiedad es la de, mediante el juego del relato mítico, la imagen épica y el diseño fantástico, mostrar las cualidades humanas más comunes, para que el lector o el espectador se encuentre, necesariamente, identificado con alguno de los personajes, o se reconozca en algunos de los roles que allí se representan.


Trasladarle a un mundo fantástico y tensional, es, ante todo, jugar con la idea de posibilidad, proponiendo olvidar la propia realidad para asumir otra, sin dejar de ser quien uno es.

Esta es, entre otras, la genialidad que hace, desde hace 8 años, de la serie “Juego de Tronos” algo espectacularmente atrapante. Sugerir permanentemente, un cierto tipo de paralelismo con la realidad del espectador, sin importar la edad, el sexo o en qué parte del globo se encuentre. Por dar un ejemplo, seguramente se ha visto el vídeo del capítulo tres de la temporada ocho, que ha dado vueltas por las redes, el cual es sencillamente espectacular. Este capítulo se proyectó en un bar- desconozco donde- y, en el momento (cuidado: haré spoiler), en que Arya Stark clava la daga en el vientre del Rey de la Noche, el bar explota de la alegría eufórica, al nivel de haber ganado el último partido de la Copa del Mundo.

Posicionar al público a punto tal de sentir hasta el aleteo de un dragón sobre la propia cabeza. El hallar y percibir con exquisita sensibilidad sentimientos comunes como: decepción, dolor, gozo o la euforia de los personajes; haciendo que, quien se involucre con la serie, verdaderamente tome partido, asuma decisiones y se proyecte en la escena.

Juego de Tronos pone sobre la mesa ciertos sentimientos de cinismo, de euforia, incluso de coraje que, en cierta medida, todos llevamos dentro, guardados en el baúl de lo inconsciente y que, libremente podemos depositar en la serie con la seguridad de poder hacer una catarsis que no dure más de dos horas y permitir salir ilesos de ahí. Nos parece oportuna la reflexión de Lucrecio: “Nos causa júbilo observar los males de los que estamos exentos”.

La conjetura en este artículo se basa en observar cómo el modelo de los personajes principales, especialmente el modelo del cínico que es trasversal a toda la serie, es lo que, en el fondo, capta al espectador, como si este modelo fuese la manifestación inconsciente de algo personal, que provoca, al verlo cierta satisfacción o tranquilidad, ya que permite al público participar de la trama, haciendo consciente la propia miseria. Eso sí, con la seguridad de hacerlo desde fuera de la serie.

Pero la mayor admiración se supone que surge principalmente por la inteligencia que poseen, por la retórica que utilizan, pero, sobre todo, por el cinismo con el que hacen frente a la circunstancia.

'LITTLE FINGER' HA DEMOSTRADO SER EL GRAN CÍNICO DE WESTEROS A LO LARGO DE TODA LA SERIE - Maquetación by Democresía

¿Por qué se puede afirmar que es interesante el análisis de este aspecto? Porque aun cuando se trata de una realidad que es completamente ajena al día a día del espectador; le vincula un sentimiento de profunda pertenencia con los protagonistas y con lo que allí sucede. Con la cualidad propia, de que, si es el cinismo lo que hace de Juego de Tronos lo que es, y el espectador espera con ansias ver capítulo tras capítulo, para, de alguna forma verse a sí mismo en él, podemos decir, que, en el fondo, se es inconscientemente, más cínico de lo que se piensa.

A partir de esto, también, le vinculan sentimientos, inseguridades y fantasías varias. Porque lo que los personajes sienten no es tan distinto, aunque parezca mentira, a lo que puede sentir el espectador en su cotidianeidad. Puesto que, la tensión por sobrevivir, por ganar, por ser más, por evitar sufrir, es, en el fondo, una tensión universal. Todos conocen, o tienen en mente una persona que encarna en su carácter a Cercei, por ejemplificar: alguien que, al mismo tiempo, provoque rechazo, temor y furia.

Porque el cínico duda, permanentemente y de modo irónico, de la sinceridad en las intenciones de los hombres. Comprende que las acciones siempre son de dudoso mérito. Si se piensa, por ejemplo, en el último capítulo de la séptima temporada:' El dragón y el lobo', Jon Snow y Daenerys Targaryen buscan convencer a Cersei a que acepte una tregua para dejar de lado sus diferencias y concentrarse en 'El rey de la noche'. Sinceramente, ¿el espectador creyó en las buenas intenciones de Cersei?

El cinismo impide gestionar lo que se siente. Es el nihilismo disfrazado de ironía venenosa.

Los guionistas de Juego de Tronos han logrado abrir las ventanas corrompidas por lo cínico. Y lo que los ha hecho grandes, es que, probablemente y sin saberlo, respondieron a la demanda de una sociedad que necesitaba ver este fenómeno con claridad e involucrarse con ello.

En lo relativo a valores, animarse a ponderar la serie como un cultivo de virtud podría ser un pecado contra el buen gusto estético de la misma. La propia serie es un comercio despiadado de intereses.

Sentimientos nobles como el amor, la empatía o similares quedan relegados a los personajes secundarios. Los personajes principales, en su mayoría se constituyen y se conforman esencialmente con mirar el mundo desde la atalaya del cinismo.

En primer lugar, como estrategia de conquista: Juego de Tronos es el Monopoly más extenso de la historia.

En segundo lugar, y más fundamentalmente, el cinismo vale como medio de vínculo con el otro, que representa principalmente, una amenaza, una inseguridad permanente para los intereses personales.

Hay una mezcla que pone en rigidez al espectador en relación con lo que “se debe” y con lo que “se quiere”. Kant también forma parte de Juego de Tronos. Y esto, al espectador, le termina fastidiando. Quien sigue la serie Juego de Tronos, se enfrenta permanentemente a lo largo de ocho temporadas a un cierto tipo de imperativo categórico. Lo anhela, pero le escapa al mismo tiempo. Ese imperativo que reza: “Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal” parece que necesariamente está presente buscando en algún momento aparecer en algún personaje, solo que no ocurre. En el “cinismo de Juego de Tronos” no hay una ética fundamental. El cínico desprecia la moralidad estándar. No busca ideales de sabiduría, por eso es cínico el inmoral, el desvergonzado que, como vemos en la serie, ahorca, pero también ahoga. Siempre con una sonrisa en los labios.
El arte del cínico es estimar con desprecio. No se inventa sentimientos, tampoco los finge. Simplemente muestra su desprecio con cierta apariencia estimativa:

“La hipocresía oculta pensamientos inconfesables; el cinismo los confiesa y los pone en práctica como si estuviera diciendo y haciendo lo contrario de lo que dice y hace” . (Razón y cinismo, Cesar Espada) 

Se puede decir que la serie Juego de Tronos, es la excusa perfecta para adentrarse en las catacumbas del propio cinismo que se proyecta de modo ficcional, aprovechando la posibilidad de tomar conciencia frente a la trama, poder también tomar distancia, y preguntarse de donde salen las percepciones personales y, ante todo, no perder la capacidad de explorarse y maravillarse frente a uno mismo.

 

 

Jon Snow y la dudosa caducidad del héroe clásico


por Jorge Begega

Los héroes ya no sirven para nada.

El arquetipo clásico huele a cerrado y acumula polvo en viejas cintas de VHS o en sus reediciones en Blu Ray. Ya no hay héroes como los de antes, representantes de una moral intachable, sino superhéroes con taras y letra pequeña. Gente que prefería hacer otra cosa o cuyos vicios los alejan de los valores de las sociedades a las que defienden. Los héroes, sí los del viaje del héroe, son dodos. Animales condenados a extinguirse por la voracidad de sus adversarios y la incapacidad de utilizar las mismas armas que utilizan sus enemigos para destruirlos.

Juego de Tronos lo dejó claro. Cuando le cortan la cabeza a Eddard Stark delante de sus hijas se lo estaban diciendo a las niñas: “Tu padre de bueno es tonto”. Y ellas lo comprenden. Y tanto que lo comprenden.

La muerte del Señor de Invernalia lanza a sus hijos a una realidad para la que no están preparados. Unos mueren y las otras se tienen que transformar para sobrevivir a los peligros que su padre temía.

Entonces, la muerte del héroe no es solo una tendencia cultural, sino una declaración de intenciones narrativa.

El final del 8x03 constata lo que pensaba mucha gente. El Rey de la Noche y su ejército de escombros son solo un McGuffin. Que sí, que la serie empieza con ellos y que canción de hielo y fuego y que todo lo que tú quieras, pero a la hora de la verdad su único propósito dramático es demostrarnos que Jon es el héroe que todos debemos ser. Que mas allá de su mirada de tragedia griega y su pose shakesperiana es un tipo que mola y que si hay que hacer cosas de héroe, todos quietos, que las hace él. Aunque su recorrido en la trama (o su propia trama, más bien) no sea útil en el arco principal de la historia, aunque sus peripecias no pongan en riesgo el verdadero pastel de la serie: El Trono de Hierro. Sobre todo, tras ver “La larga noche”, en la que descubrimos con decepción que la metralleta de los muertos era en realidad un tirachinas.

Mientras todos los demás personajes se pegaban navajazos en el barro él luchaba por la única causa que merecía la pena, y lo dejaba bastante clarito. Pero en lugar de ser un personaje motor que toma decisiones, la trama lo va arrojando a los lugares en los que mejor puede sacar a relucir su código ético: “Es que yo no quería ser Lord Comandante de la Guardia de la Noche” .“Es que yo no quería enamorarme de una salvaje” .“Es que yo no quería ser el legítimo heredero al Trono de Hierro”. “Es que yo no quería resucitar”. “No, yo no voy a tomar postre pero por si acaso trae dos cucharillas” . Pesado.

La serie marginaba al personaje tanto narrativamente como geográficamente hasta prácticamente aislarlo en una trama sin la cuál la historia principal podría seguir funcionando. Pero claro, necesitábamos algo de épica en el Norte con tanto desgraciado en el Sur, mientras la serie iba aumentando en sexo, sangre, fuegos artificiales y cinismo, mientras se le permitía al fan especular con teorías cada vez más retorcidas con Cerseis, Daenerys, Meñiques y Enanos los guionistas le doraban píldora al guaperas de arriba, al chicarrón del Norte, para que quedase claro que todavía había algo de humanidad en la serie.

Como si nos tuviesen que pedir perdón por las violaciones, las torturas y las muertes horribles. En un mundo sucio, corrompido y sin ningún atisbo de esperanza Jon es el faro buenista ante tanta mezquindad.  La única respuesta ante algo que debería cambiar, como bien refleja Varys en el 8x04. Pero también un arquetipo caduco: ¿hubiese sobrevivido Jon en el Juego de Tronos del otro lado del muro? ¿Su heroicidad le mantendrían con vida o hubiese acabado como su padre y su hermano? ¿De verdad hacen falta tipos que salgan de su mundo ordinario, sientan la llamada de la aventura, se encuentren con un maestro etc etc?

Juego de Tronos parece empeñada en demostrar que sí, aun no sabemos si sometida a los mandamientos del género o en un empeño por dejarnos buen sabor de boca después de tanta sangre (una toallita de limón después de un atracón de gambas).  Porque en su universo, Jon es en realidad un personaje desfasado, un muñeco diseñado con manual de guión, que no encaja en un mundo tan cínico en el que la épica y la heroicidad son ingenuidades; rémoras de un pasado ñoño.

Me atrevo a adivinar que Juego de Tronos no se inmolará no poniendo a Jon en el Trono. Sobre todo después de tantas piruetas narrativas, puntos de giro que trafican con lo verosímil y una legión de espectadores ansiosos por ser testigos del último truco de los guionistas.

Porque quizá su final más iconoclasta podría ser el más conservador: Jon en el Trono y Poniente convirtiéndose en un lugar mejor. Y porque aunque la serie no lo echase de menos, Jon es el héroe que el espectador necesita. Por lo menos de momento.

 



Estos artículos pertenecen exclusivamente a los autores y a Democresía. El uso de cualquiera de sus partes, deberá ser adecuadamente citado. Gracias por hacer juego limpio y valorar nuestro trabajo

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