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Tradición y tradiciones

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Hoy, que han pasado ya cuatro días de la gran chorrada, reflexionemos.

Reflexionemos sobre los magos, los camellos y Facebook; sobre alcaldes del populacho, más que del pueblo, que han sido los verdaderos reyes de las infantiles cabalgatas. Sobre el encono de políticos de retaguardia que juran odio eterno a los modistas epifánicos y, por encima de todo, sobre la supuesta burla de facciones de un mismo partido (distintas caretas para el mismo actor) a las ínclitas tradiciones de nuestros padres que, dicen, son católicas antes que profanas.

Porque no, damas y caballeros: el trágico espectáculo del quinto día del año del Señor 2016 no ha humillado a nadie. Más allá de las intenciones de seres de carne y hueso que dicen hablar en nombre del Todo; allende los heraldos olímpicos de la divina voluntad populachesca, que no popular, la obra no ha ido donde se ha pretendido que ha llegado.

Un insulto a las Sagradas Escrituras, a la piedad ancestral que ha informado nuestro pueblo de tantos siglos, a la religión de la mayoría de los españoles (abanderando datos del CIS): así han vendido muchos en las redes sociales la barbaridad de moda. Soldados de sofá en campos virtuales, difundiendo campañas en Change.org y RT ardientes de ira; movilizaciones inmobles de activistas de fantasía y ventosas picas de punta de emoticono poblando los espacios del hombre. Y se rasgaban las vestiduras en el Templo hebreo de las formas. Aquí me callo, que mi querido lector (ante todo querido) quizá se cuente entre ellos y no es cuestión de abrasar la entraña.

Cabalgata de Madrid de 2014

¿Acaso la modernidad de Gaspar o el rap de Baltasar han desmejorado nuestra religión? ¡Oh colega de trinchera, que has errado el tiro! Quijotadas ante molinos, por encendidos que sean la pasión y el amor con que protegemos lo que más queremos, saldrán vencidas a la postre, y ensagrantados nuestros brazos de sudor y lágrimas. ¡Un golpe a nuestras tradiciones! ¡Diantre, diantre! ¿Qué es eso de tradiciones?

¡Las tradiciones de nuestros padres, alma de España! Y se nos llena la boca de honorables proclamas y odas a la beatitud de la patria. ¿Pero qué son las tradiciones?

Dijo uno que la memoria colectiva de un pueblo: el relevo generacional, el ser mismo de un grupo que se identifica en cuanto tal. Individuos que no se consideran agotados en sí mismos, sino mejor definidos por su vínculo e integración en una comunidad. En una familia. “Me llamo Juanito“; así se presentan algunos, y se dicen del todo. “Me llamo Íñigo, y soy hijo de mi madre“, y se considera mejor señalado. “Soy Pedro, que así me nombraron mis padres en la cuna, y soy español“: éstos son los de las tradiciones tatuadas en el pecho y los de la devoción a los abuelos; los que más que individuos se consideran pueblo, y lo defienden con tesón.

Como Juanito con fiereza se revuelve en la horca, porfiando en roer la soga que amordaza su garganta, para defender la vida que instintivamente guardamos de las amenazas, así Pedro muestra los dientes entre rugidos, con el color de la sangre en las pupilas y la audacia de los valerosos, cuando dan la estocada al toro de España. Se la dan a él porque es ella también.

Pero junto a la insigne Tradición que los buenos defienden con la vida (son palabras sinónimas) se apocopan manifestaciones de relativa trascendencia. Nadie diría que en el regalo de cumpleaños lo importante es la realización del acto tradicional: entregar el regalo en un momento solemne, en concurrencia de todos los queridos, sopladas las tantas velas cuanta edad que solas alumbran la tiniebla; como si los años de vida del amigo fueran el único gozo, el único fanal en las vidas de los asistentes. Lo importante es el cariño con que entregamos una porción de nosotros al amado que honramos, y en ese recogimiento familiar celebramos la gran efeméride. Cada signo concreto no tiene valor sino por la significación que otorga, y a ella sirve. Y no es nada el canto de cumpleaños sin el amor que celebra: ritualismo vacío. Naderías artificiales.

Cuando una tradición pierde su significado, pierde su definición. La Tradición nos define como pueblo; la tradición sin Tradición es una ceremonia social de minúscula entidad, una superchería, abalorios “retro” de lo que un día fue. Perifollos y nada más, diantre (que hay interjecciones que no convienen a un artículo). A lo sumo memorias de la Historia, piezas de museo que protegemos en cuanto tal, pero no en cuanto vida.

Cabalgata de Madrid de 2016

Las hogueras de san Juan ya no son tradición cristiana: son motivos de jira, de bulla alrededor de una pira. Y los Reyes Magos, la superna cabalgata intocable (#YoSoyCabalgata), desde hace mucho no es más que la ficción de unos magos que regalan a los niños. Y punto pelota. La Tradición que fue hace mucho dejó de ser; la de los Reyes de Oriente que adoran al Niño, y ofreciendo sus regalos a los niños a Él los asimilaban; el día en que, junto al de Navidad, más cercanía tenían los infantes de nuestra España con Jesús de Nazaret, y etc. El primigenio significado lo perdimos tiempo ha, y ya no define nuestro pueblo: lleva siendo tradición mutada, que ha evolucionado a una noche mágica de invenciones, desprovista de cualquier referencia cristiana.

No, señores. No, lector firmante en Change.org. No estás defendiendo, contra el traje rosa y cutre de Gaspar y el HipHop de Baltasar, la Tradición cristiana: defiendes una corona medieval y una capa de Emperador, un camello y los pajes de edades pretéritas. Si acaso defiendes la ilusión de un crío. Pero no ya la cultura cristiana: ésa te la arrebataron hace años y no gritaste nada. Ante el silencio, verdugo, de los que hoy se desgarran la garganta, unos magos que son magos antes que Reyes eclipsaron al Niño Dios que antes adoraban.

Hoy simplemente los Reyes han cambiado de manera muy accidental: hasta hay una Reina en varios supuestos. ¿Pero y qué? Poco me importa si los Reyes de 2017 cabalgan una moto, y la tradición, el abalorio, vuelve a mutar. Quizá le importe a los niños porque creen que los Reyes vienen del medievo o del feudalismo. Y ésa, paradójicamente, es la prueba de que se equivocan los de la injuria religiosa.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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