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Por un patriotismo de lo cotidiano

En España por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Al ejercer nuestra libertad experimentamos a menudo cierto temblor. Hay en ella algo fascinante y trágico a la vez. Nos da miedo – como decía Erich Fromm – y a la vez la anhelamos. Como hombres modernos que somos, hijos de nuestro tiempo, reconocemos que sin ella corremos el riesgo de deshumanizarnos, y de que solo con ella podemos articular nuestra vida religiosa, política y social. La libertad, por presentarla en positivo, es “don”, como supo ver Miguel de Cervantes. En la llamada “civilización europea” (Guizot), la lucha por la libertad política es desde Grecia hasta la actualidad nuestra seña de identidad, el gran estandarte europeo, si bien, constantemente amenazado por enemigos y supuestos benefactores. La libertad se asemeja así a una doncella en constante peligro de profanación.

En este pequeño artículo, y en un momento en el que la sombra del nacionalismo, el gran enemigo de las libertades y “la peor de todas las pestes” (Stefan Zweig), planea de nuevo sobre Europa, y más concretamente sobre España, quiero reivindicar un “patriotismo de lo cotidiano”, que excluya el nacionalismo español y el nacionalismo catalán, y que permita reconstruir la convivencia en Cataluña y en el resto de España.

Me atrevería a decir que en casi todos los seres humanos, como “animales políticos” (Aristóteles) que somos, existe una enorme tensión interna entre nacionalismo y patriotismo, entre pulsión instintiva y disposición a la virtud. Así podemos definir el nacionalismo como una ideología del hechizo, profundamente totalizadora. Un patriotismo enfermo, radicalizado e irracional, que nace de las vísceras y que por ello es propenso a la violencia verbal e incluso física. El nacionalismo en sus cotas más elevadas conduce al racismo e incluso al imperialismo. La historia, como “maestra de la vida” (Cicerón) nos alerta con multitud de ejemplos, muchos de ellos llamativamente contemporáneos. El lamento de almas sensibles como los escritores austriacos Stefan Zweig o Joseph Roth, que sufrieron las consecuencias de la sacudida nacionalista en el siglo XX, todavía se puede seguir escuchando en las hermosas páginas de sus libros. Por el contrario, el patriotismo, templado por la razón, es agradecido hacia la herencia recibida. La conserva, la pule, la adapta o incluso la cambia, si es necesario, para garantizar la paz y la supervivencia de la comunidad política. Por eso el patriotismo es crítico, es decir, es capaz de ver las virtudes y los defectos de sus gentes y se muestra siempre vigilante para detectar cualquier abuso de poder por parte de sus gobernantes. En nuestras sociedades, este patriotismo no puede ni debe renunciar a los preciosos métodos que tenemos para proteger nuestras libertades individuales y colectivas: la democracia, la división de poderes, la libertad de expresión, y por qué no decirlo, la transmisión de la cultura a los más jóvenes.

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Si analizamos con pinceladas rápidas la España actual, y aún con el riesgo de simplificar en exceso, podemos observar como en los últimos años se han incrementando los testimonios de catalanes que aseguran, de primera mano, que la convivencia en Cataluña está rota. Familias que se dividen, que dejan de dirigirse la palabra por diferencias políticas, amistades de toda la vida que se distancian o se rompen… Además, las noticias de incidentes casi diarios que nos transmiten los medios, y cuyas imágenes resultan difíciles de borrar de la mente, hacen que prime el pesimismo. El nacionalismo catalán parece con más fuerza que nunca y las urnas así lo demuestran. En el resto de España, y aunque no de manera generalizada, parece que surgen o tal vez rebrotan viejos gritos que piden recetas rápidas, basadas en una falsa y peligrosa ecuación: “todo lo catalán es per se antiespañol”. Este argumento es nacionalista pero “del otro lado”, es el modus operandi del nacionalismo español, instalado en la sospecha y el recelo hacia la lengua catalana, la señera, la autonomía, las tradiciones y los modos de vida del pueblo catalán. Responder al nacionalismo catalán con nacionalismo español supone un choque de trenes a alta velocidad…

Paradójicamente, la mirada sobre España que tiene el nacionalismo español, vinculado a un centralismo algo miope, es muy reductiva. Un estudio atento y sereno de la historia de nuestro país, muestra que España es una polifonía de pueblos, plural y diversa, y que su heterogeneidad no daña nuestra comunidad política, todo lo contrario: la vertebra y enriquece. Miguel Hernández en su poesía Viento del pueblo (1937) realiza una bellísima descripción de esta diversidad:

“Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza…”

En definitiva, ante una situación tan delicada como la actual surge una pregunta muy legítima: ¿Y yo que soy un ciudadano de a pie, normal y corriente, puedo hacer algo? ¿Todavía estamos a tiempo de reconstruir la convivencia o tal vez sea demasiado tarde? En mi opinión, con una actitud tolerante podemos lograr mucho, hay que huir del enfrentamiento, la descalificación y el insulto así como de las “guerras” de banderas. Por otro lado, ya que muchos dirigentes políticos de “ambos lados”, se encuentran en el fondo cómodos con esta irritante y desquiciado “debate”, que tanto rédito electoral produce, especialmente en Andalucía, Cataluña o Madrid, prescindamos de delegar en ellos, en los políticos, todas las responsabilidades y pongámonos nosotros manos a la obra para reconstruir la convivencia. Sería deseable que la gente de a pie practicara un patriotismo de lo cotidiano. Pero… ¿y esa abstracción se puede concretar? Quizá sí, tal vez con gestos sencillos, anónimos, nada ostentosos, de cercanía y comprensión hacia la particularidad catalana, podamos no abrir más heridas y tratar de sanar las ya existentes…

El horizonte y el campo de acción que se abre antes nosotros es enorme, pensemos en la acogida que hacemos de los catalanes que visitan nuestros pueblos y ciudades. O al revés, en las posibilidad que se abren en nuestros viajes laborales o turísticos a Cataluña, en las relaciones con amigos catalanes, familiares, o con simples desconocidos, sean nacionalistas o no… Es en esta cotidianidad donde nos jugamos el futuro, las libertades y la paz de nuestros pueblos…Catalans us necessitem!

Profesor, licenciado en Historia del Arte y pianista. Escribo como contestación quijotesca frente al poder, que pretende “destruir lo humano” como decía Luigi Giussani, anulando nuestra libertad, nuestra razón y nuestra sensibilidad ante la belleza. Pero sobre todo escribo por necesidad existencial, porque sigo en búsqueda y necesito compartir lo que me ocurre...

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