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Negar la Transición

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A mediados de los años 60, un desconocido Gabriel García Márquez se puso a escribir. Dedicó 18 meses a dar forma a Cien años de soledad. Era una historia que llevaba dentro, que había madurado durante una década en su interior. Necesitaba contar esa historia. Pero el colombiano nunca pensó que estaba escribiendo el libro más importante, tal vez, del siglo XX.

A principios del siglo XVI, cumplidos ya los 50, Leonardo Da Vinci comenzó a dar forma al Retrato de Lisa Gherardini. Era un retrato más, otro retrato por encargo de los muchos que había creado a lo largo de su próspera vida. Puso lo mejor de sí pero seguro que el florentino no pensó en pintar el cuadro más reproducido, más admirado y más popular de la historia.

Las grandes obras se hacen, no pensando en su grandeza sino en hacerlas. Sólo una vez terminadas empiezan a crecer.

El pasado 1 de junio, en el acto con motivo del Segundo Aniversario de Sociedad Civil por el Debate, Iñaki Gabilondo aseguraba que “los políticos de la Transición hicieron lo que hicieron, tal vez, porque no pensaron en hacer grandes cosas. No pensaron en pasar la historia y en solemnizar. Simplemente se pusieron a hacerlo”.

 

No puedo estar más de acuerdo con Gabilondo que, alejado de las turbulencias de la primera línea de la política y del periodismo, está aplicando una agudeza nada desdeñable a sus análisis. Días después, tuve ocasión de hablar de nuevo con Iñaki Gabilondo con motivo de un reportaje que tenía que preparar para los Telenoticias de Telemadrid a propósito de los 40 años de las primeras elecciones democráticas.

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Gabilondo profundizó en la misma idea. Los políticos de la época conocían la teoría pero no la práctica; y no había unas reglas claras así que había que ponerse a la tarea e ir hilvanando, de forma simultánea las normas y la construcción de la democracia. Algo parecido le pasó a los periodistas, recuerda Gabilondo. No había costumbre de practicar periodismo en libertad y hubo que aprender sobre la marcha. “Estábamos construyendo un tiempo nuevo – dice Gabilondo – con la particularidad de que ninguno sabía como se hacía”. No fue tan mal la cosa. Ni mucho menos.

Voluntad de hacer cosas o de deshacerlas. Voluntad de crear o de destruir. Voluntad de mirar hacia delante o hacia atrás.

En el mismo reportaje, Fernando Ónega, siempre preciso con el bisturí de la palabra, me decía “a los que están poniendo en cuestión la Transición. A los que están diciendo que aquello fue, más o menos, un apaño entre amigos. Yo les digo, sencillamente, mentís y lo sabéis. Buscáis, seguramente, desmontar el sistema político del 78”.

¡Cuánto más fácil resulta deshacer, desmontar y destruir que hacer, montar y construir!

Suelo decir, porque lo creo así, que la sociedad civil y la política no son tan diferentes. De alguna forma, los políticos y su comportamiento son fiel reflejo del tipo de personas que componemos la ciudadanía de un país en su conjunto. En ese mismo acto de Sociedad Civil por el Debate, su Presidente, Manuel Campo Vidal, aprovechó su habilidad para trabajar con los matices. Dijo el periodista aragonés que no es cierto que los políticos no nos representan, “lo que hace falta, a lo que aspiramos, es a que nos representen mejor”.

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Foto de EFE publicada por Elconfidencial.com

El pasado 28 de junio, el Congreso de los Diputados acogió un acto en recuerdo de ese 40 Aniversario de las primeras elecciones democráticas. El señor Protocolo (al que se busca desde entonces) dejó fuera a Juan Carlos I, probablemente, el último verdadero autor de la Transición que sigue vivo y sin el acto de homenaje que se merece por ello. Ocasión perdida. Error monumental. Injusticia clamorosa. Dicho, todo ello, desde mi más profundo republicanismo.

Imagen de EFE publicada por Elconfidencial.com

Ese mismo día, Unidos Podemos organizó un homenaje, en el Congreso, en memoria de las víctimas de la dictadura. Legítimo. Justo. Lógico. Fuera de sitio, de momento, de sentido. Un acto que daba la razón a Fernando Ónega. Hay quienes se empeñan en etiquetar a los españoles de forma binaria. Buenos-malos. Blancos-negros. Sin matices, sin gama de crisis. Sin colores.

Hay que aumentar el cromatismo – insiste Gabilondo – para aprovechar el empuje formidable y la capacidad transformadora de la sociedad y de la política”. De la política, no de los políticos, aclaro yo. Porque los políticos se han olvidado de la enorme capacidad transformadora de la política. Unos por pasividad, por quietismo, por falta de altura de miras… Otros, porque sólo miran para atrás, porque no saben que quieren construir, porque arriesgarse a hacer es el primer paso para, tal vez, equivocarse. “La política – apunta Gabilondo – tiene una gran capacidad. Puede hacer cosas que parecen imposibles. Lo que pasa es que los políticos de ahora no se lo creen, o no se han fijado, o se les ha olvidado”.

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Colas para poder votar en junio de 1977.

Campo Vidal, en la misma línea, recuerda que uno de los objetivos fundamentales de Sociedad Civil para el Debate es agitar el panorama “para que los políticos hagan cosas”. Cosas reales y necesarias para el conjunto de la sociedad. Un pacto por la educación; un compromiso serio con la investigación científica y técnica; una reforma integral de la justicia; un compromiso serio y completo con las personas con dependencia;…

Coincidían Iñaki Gabilondo y Manuel Campo Vidal en que la sociedad civil, al inicio de la Transición, era muy potente y estaba mejor estructurada que la política. Tal vez por eso, la política se nutrió de la sociedad civil (de las asociaciones vecinales, de distintas agrupaciones y colectivos,…) en esos primeros años hasta descapitalizarla.

Ahora, que parece que la sociedad civil va recuperando su pulso propio, como apunta María Rey en su libro Juego de Escaños, hay que estar alerta para que la política atienda las necesidades y las reclamaciones de la sociedad civil. Pero tenemos que evitar que la fagocite de nuevo. Sí. Pero con la misma intensidad tenemos que evitar que unos pocos reescriban la historia reciente de todos.

Porque, como dice Fernando Ónega, “el mero hecho de que dos Españas, enfrentadas históricamente, hayan sido capaces de darse un abrazo, de firmar la reconciliación nacional. Eso es un hecho histórico que me parece indigno que alguien lo pueda negar como operación política propagandística propia”.

Profesor en Next International Business School. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense, en Ciencias Políticas por la UNED, Master en Community Manager y Social Media por la Universidad de Barcelona y Doctorando por la Complutense. Durante mi carrera profesional he desempeñado el cargo de Subdirector de Informativos de Telemadrid. En la actualidad soy miembro de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales, ponente en Congresos Internacionales de Comunicación Política y coautor de varios libros

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