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La Pareidolia nacionalista

En Cataluña/España por
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La pareidolia consistente en el reconocimiento de patrones significativos como rostros humanos, caras o formas, en estímulos ambiguos y aleatorios como objetos inanimados, siendo una deformación psicológica de la realidad a través de la percepción visual.

Cuando una elite políticosocial se anquilosa en las instituciones que dan forma a una suerte de gobierno, se produce una calcificación de la maquinaria que rige los destinos de una sociedad, pasando de tener unos intereses universales a unos intereses sectarios y excluyentes. Éstos, empiezan sólo a producir en beneficio de una casta apoltronada en un poder que suele desarrollar sus actividades en un oscurantismo favorecedor para una corrupción endémica. Fue Tácito quien dijo que “Cuanto más corrupto es el estado, más leyes necesita”, pero no es tanto el nivel cuantitativo de sus entramado legislativo sino el cualitativo que hace referencia a la calidad de las normas que lo rige.

Los procesos segregacionistas derivados de postulados nacionalistas son por lo general, propuestas revolucionarias camufladas en falsas democracias para que las clases acomodadas y burguesas, previo adoctrinamiento y agitación de una parte de la sociedad, se hagan con el control total de las instituciones de un territorio administrativo (económicas, mediáticas, legislativas etc.) y así asegurarse un poder incontestable con el que seguir corrompiendo y expoliando a sus conciudadanos.

Mientras, estos últimos, distraídos por el sentimiento tribal, piensan que luchan en pos de una causa justa y colectiva que les beneficiará a corto plazo en su rutina diaria anhelando una quimera que se ha elevado a un dogma de fe. Es a estos ciudadanos a quienes esta insaciable maquinaria manda a la calle y a los espacios públicos para desangrarse emocionalmente mientras esa élite espera amoldarse definitivamente en los asientos que engalanan sus ilustrísimas posaderas.

Este tipo de procesos, terminan agrandando en el futuro una brecha social y económica dentro de una comunidad que además, había sido adoctrinada en un fuerte sentimiento de pertenencia y adhesión a la causa, la cual tenía en sus representantes políticos e institucionales el mas claro referente visible y oficial de este entramado psicosocial.  Esa brecha incesante hará que las próximas generaciones busquen culpables ante la falta de resultados tangibles de todo aquello en lo que creyeron y les contaron, pero seguirán sin encontrar un respuesta válida que les satisfaga. Por ello, los descendientes de estas élites, volverán a hincar sus miradas en lo ajeno para culpabilizar de los males de sus conciudadanos a los que está fuera de este entramado psicosocial. Una vez reseteada la memoria colectiva, el juego vuelve a empezar y el estómago vacío de esta insaciable ideología vuelve a rugir al ritmo del fervor que despierta en el sentimiento colectivo una crisis económica e identitaria que lejos de buscar en la reflexión razonada los orígenes de su inquietud existencial, tomará el camino de la visceralidad, la ansiedad y la urgencia para calmar su insoportable necesidad de alivio existencial.

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Los nacionalismos son explosivos y muy ágiles en el sprint final hacia el poder, pero necesitan hornearse a fuego lento y requieren de una paciencia inusitada por parte de quienes los cultivan, puesto que la lobotomización social es un proceso lento aunque cada vez mas eficaz gracias a la cantidad de elementos de comunicación masiva de que ahora disponemos. El adoctrinamiento trabaja en una escala de intensidad que se desarrolla por franjas de edades y clases sociales, y siempre desde abajo hacia arriba, pues las mentes más jóvenes son las que más capacidad tienen de ser improntadas gracias a estar en procesos de formación de la personalidad y las clases más bajas, son la más susceptibles de estar azotadas por el hastío y la desilusión que produce la carestía económica, por lo que es fácil inocular las premisas que vayan forjando un sentimiento de angustia que sólo tendrá en los postulados nacionalistas y excluyentes un antídoto válido para aliviar esta desazón.

El nacionalismo alemán se dio cuenta tras el fallido Putsch de Munich de que la calle sólo podía ser tomada con el voto, pues esto además provocaba una especie de salvoconducto para poder justificar procesos que de otra forma no se arrogarían un discurso de legitimad moral y política. Es aquí donde encontramos el hecho común del retorcimiento del sistema democrático para primero, justificar toda acción que pueda o parezca disociarse de todo lo que representa el respeto a las leyes vigentes o normas de convivencia que son aceptadas y respetadas por el entorno social, y segundo, para otorgar desde la escenificación mediática y social de un espacio ilusorio de legitimidad al comportamiento y el sentimiento de reivindicación por el cual se acepta de manera inconsciente que la causa tiene una justificación al colocarse dentro del derecho a expresar una opinión individual en los marcos que se estandarizan como correctos e irrefutables. El extraño paralelismo discontinuo entre el nacionalismo o el radicalismo exacerbado y el jacobinismo surgido en la revolución francesa, evidencia esta tensión casi antagonista que defiende una revolución radical dentro del entorno democrático, lo que dio paso al llamado régimen del terror. Pero este símil se rompe en un punto de inflexión determinado por el interés de cada ideología a la hora del control institucional y su obediencia a la ley una vez alcanzados los objetivos revolucionarios, ya que el jacobinismo tenía entre sus principales premisas “la indivisibilidad de la patria y la obediencia a las leyes y la constitución.

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Pero lo que no se cuenta, es que la democracia no es solo una cuestión de acciones que se derivan del derecho individual y colectivo, sino que por delante de ellos, o al menos a la par, va el indisoluble cumplimiento de las obligaciones también colectivas e individuales para con las normas que permiten la convivencia entre seres y sensibilidades de diferentes ideologías, creencias y convicciones.

 

Cualquiera de nosotros entiende que cuando se detecta un acto delictivo tipificado por la ley, quien incurre en él debe ser puesto a disposición judicial bajo las garantías democráticas que se desprenden de este código. Pero las leyes y su cumplimiento no pueden estar al albur del capricho social o de las circunstancias del momento. Por eso, en cuanto se pone en marcha la maquinaria judicial que sustenta la norma, aparece entonces una de las herramientas fundamentales de nacionalismo, que no es otra que el victimismo alarmante y autocomplaciente donde la soflama se infla gracias a una legitimidad auto adquirida y arrogada de facto. Los sentimientos viscerales no pueden ser una excusa para saltarse las normas de convivencia en nombre de una democracia retorcida, porque democracia es ante todo convivir. Los nacionalismos utilizan la perversión del lenguaje para construir relatos con los que colonizar las mentes de una sociedad generalmente hastiada, indefensa y vulnerable tanto por agentes externos como internos.

Es una de las ideologías más antiguas que se conocen porque es intrínseca al ser humano, pero al mismo tiempo, y esto es irrefutable, una de las que más miseria ha sembrado en las sociedades inoculadas por su esencia. Por ello, cuando dentro de una comunidad unida por unas costumbres, ritos y símbolos representativos y culturales, prende el chispazo del tribalismo nacional, nace en una parte de esa población “un relato, con una estética y ética muy marcada” como dijo Borrell, donde un rodillo intelectual energizado por la arenga que irradia de las instituciones, termina convirtiéndose en un “estado neodictatorial con una narrativa dominante”, excluyendo a todo aquel que se salga u oponga a ella. Entonces se genera un estado de ausencia que permite al nacionalismo dar una falsa sensación de homogeneización total del pensamiento.

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Sólo nos queda comprender y educar a las nuevas generaciones en que jamás llegara el progreso merecido a una sociedad donde la mitad de sus ciudadanos piensa que la otra mitad es prescindible.

 

Imagen de portada correspondiente al viñetista Jesús Rubio, colaborador de Democresía.

Luis María Ferrández, (Madrid, 1977), es Doctor en Ciencias de la información por la Universidad Complutense de Madrid. Compagina su carrera docente con la profesional como guionista y realizador. Es profesor en la universidad Francisco de Vitoria donde imparte varias asignaturas relacionadas con la cinematografía y la narrativa audiovisual. A su vez, es profesor de cine en la escuela de arte TAI. Como guionista, productor y director ha hecho dos películas: “249, la noche en que una becaria encontró a Emiliano Revilla” y “La pantalla herida” y varios cortometrajes de ficción. Ha trabajado en los equipos de dirección de varias películas además de desarrollar proyecto de cine y TV en varias productoras. Es analista de guiones con más de 50 producciones asesoradas en los últimos años.

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