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España, capital mundial del humor

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San MiguelAyer escuché enternecida las declaraciones de un niño francés que afirmaba que Francia es la cuna de los Derechos Humanos.Y me tocó el corazón porque vi, con natural envidia, que un niño en Francia, a tan corta edad, ya se muestra orgulloso de su país y de su pasado, aunque acto seguido me preguntase extrañada: ¿Se referirá a los Derechos Humanos que emanaron del uso indiscriminado de la guillotina en aquella gran plaza parisina donde luego taparon sus vergüenzas llamándola “de la Concordia”?

Todo esto me llevó al debate cibernético que hay en las redes sociales a propósito de la tan manida libertad de expresión. Más concretamente, en su vertiente burlesca y satírica.

Yo no digo que España sea la cuna de los Derechos Humanos, aun a pesar de que me haya enterado de una importante actividad legislativa durante el siglo XVI en estos temas gracias a la lectura de un miembro de la Academia Francesa de Historia, Jean Dumont, cuya lectura recomiendo vivamente.

De lo que no me cabe la menor duda es de que si los españoles brillamos con luz propia en el firmamento planetario –¿me estaré riendo de la Pajin?– es en materia de humor. En eso nadie nos gana.

Aquí hacemos chiste y simpática burla de lo divino y de lo humano sin que nadie se pueda sentir ofendido: los abogados, los europeos, de San Pedro en la puerta del cielo decidiendo quién entra y quién no en el cielo, etc.

Somos unos campeones riéndonos de nosotros mismos y de nuestras deficiencias. Y para muestra la cantidad de chistes y viñetas que nos asaltan a diario tanto a través del ordenador como del whatsapp. Son tantos que a veces una piensa si habrá alguien en España trabajando entre esta vertiginosa actividad humorística.

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Y lo bueno de este humor que ejercemos es que al provocar una sonrisa sobre nuestras propias limitaciones nos ayuda a no caer en un erróneo “chauvinismo” y a ser indulgente con las limitaciones propias y las ajenas.

Este ejercicio del humor hace posible la convivencia y armonía entre mentalidades y peculiaridades propias de países que hace no tanto se enfrentaron en dos guerras mundiales y que hoy en día se sientan alrededor de una misma mesa a intentar compatibilizar intereses comunes o incluso en competencia, como vemos en materia económica.

En España, sin necesidad de remontarse al enfrentamiento dinástico de 1714 (perdónenme pero es que en Cataluña lo sacan hasta en la sopa e incluso en los belenes parroquiales), fuimos invadidos por los ejércitos franceses y nos llevó algunos años mandarlos de vuelta a casa. A pesar de lo cual no sentimos hacia ellos ninguna animadversión y nos unimos a ellos como víctimas que son en el execrable atentado terrorista.

No como Jean Marie Le Pen que culpabiliza del atentado a las autoridades occidentales. Aunque: ¿qué nos van a decir a los españoles, que tras un atentado de las mismas características pero diez veces más cruento vimos como los políticos rentabilizaron el horror ante la masacre para culpar al Gobierno del atentado? Y no por unas viñetas ofensivas sino por una foto del presidente Aznar en las Islas Azores en una cumbre política.

Lo que quiero decir –para sorpresa de todos tras esta larga introducción– es que la convivencia armoniosa de la que gozamos en Europa (vale, no toda Europa) es fruto de la decisión común de mantener un respeto entre todos. Sin respeto no puede haber convivencia.

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A mí me enseñaron en el colegio que el uso corrompido de la libertad era el libertinaje y que mi libertad acababa donde empezaba la libertad de mi prójimo.

Quisiera levantar una bandera blanca a favor del buen uso de la libertad, de la convivencia y de la tolerancia y no del libertinaje, e invitar a todos los que estén de acuerdo con estos principios propios de nuestra civilización a hacer algo efectivo en favor de los que están todos los días perseguidos por sus ideas políticas y religiosas y son masacrados con tanta frecuencia o incluso ejecutados por blasfemia debido a falsas acusaciones de sus vecinos. Porque en Francia –en Occidente en general aunque nos hiera el yihadismo– disfrutamos de una seguridad que envidian todas estas víctimas silenciosas que no son la revista francesa y por las que nadie mueve un dedo ni pestañea año tras año.

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