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Érase una vez…

En Columnas/El astigmatismo de Chesterton/Elecciones 20D/España por
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Érase una vez un país extraordinario.

Repleto de rostros, rasgos, lenguas e intereses.

Con montañas, ríos, valles, desiertos, rincones de azahar y sendas con escorpiones a ambos lados.

Durante mucho tiempo, pues este país fue nación antes que cualquiera, ilusionistas y magos de capas largas y gastadas fueron haciendo y deshaciendo sus embrujos y pociones, sin tener muy en cuenta —pues jamás faltaron té con churros a los brujos— a los que a las faldas de los castillos y abadías se peleaban por cuatro migas de pan negro.

Sin ser la envidia de nada ni de nadie en el mundo, salvo por sus místicos y letras de oro,

 pasó los siglos haciéndose pequeñita, pequeñita, hasta que se quedó tan flaca que ni las descomposiciones humanas la tuvieron en cuenta para Jugar.

Fue debido al orgullo y la constancia del carácter de los miembros  tostados al sol de este país y gracias a una ingente ayuda proveniente de vecinos, misiles y muros, que hinchó el pecho de nuevo. Lo hizo hasta verse lo suficientemente fuerte —no respetando su tradición pero sí su impulso de seguir a rueda del mundo— como para creer que cada uno de sus ciudadanos podía llegar a ser la mente que pensase por todos a raíz de las decisiones individuales plasmadas en un papelito y un sobre. Los brujos, los ilusionistas, los magos, los del pan negro, los que no existían, los que existieron, los que existen, los que existirán y algún que otro calavera. Todos iguales. Todos distintos.

Y así pasaron un puñado de años muy felices para este país. Porque todos tenían coche. Y a casi todos les gustaba la playa, las montañas con nieve y remolques y los ríos que venían de lagos navegables para las barcas de recreo. Y sus hijos aprendían costumbres exóticas y llevaban peinados nuevos muy divertidos.

Pero poco a poco, los brujos volvieron a resurgir (¡Oh, no!), con el sayo más recortado pero con las uñas más largas. La sabiduría de sus antecesores se había convertido en una canica perdida y su soberbia les había llevado a crear lo inimaginable y ser aplaudidos. Inventaron cursos y aeropuertos y loterías y mensajes de ánimos y comisiones y fraudes fiscales con palabras enmudecidas por los vientos confusos, que solo traían brisas a los brujos y que desde la cueva madre eran motivados, con una vela casi extinta,  a alumbrar el camino construido que  tan “hartos trabajos había costado crear”. Durante mucho tiempo, casi todos los miembros de este país habían salido a la calle a reventar a pedradas a los escorpiones, por si venían las moscas.

 Solo que con ello habían machacado una parte genuina y de valor incalculable para el hombre de este país.

Durante este oscuro y extraño periodo se fueron sucediendo las noticias y los hechos. La mayoría de los habitantes de este país perdieron sus moradas a la orilla del mar, dejaron de salir a celebrar con jamoncito del rico los logros y se acostumbraron a ver la mortadela en sus estantes frigoríficos. Sus hijos, antes tan lozanos y pizpiretos, haciendo carrera en el bar de la universidad, entristecieron su mirada y cargaron el petate para ir con sus conocimientos del mundo y de la vida a tirar las cañas de otros universitarios del mundo con más conocimientos sobre ellos mismos y con los escorpiones encima de la mesa. Acariciándolos con cuidado… Los más jóvenes, que no sabían nada porque los padres no les decían nada, intuyeron una siniestra moda, viendo a los futbolistas y a los youtubers tristes haciendo bromas, y volvieron a llevar los peinados de la guerra y las películas viejas.

Sin embargo, ¡llegó una luz del Sol! Como venida de un secreto  jamás revelado de esta nación antigua, como un coro de gafas, bastones y palestinas que reclamaba lo que nunca había sido este país. Afirmaban en perfecta armonía que con poco trabajo, déficit y algo de magia, todos podríamos bañarnos en nuestras ideas, edificando nuestros pasos en la ternura, la desobediencia y el amor. Estas personas, enfadadas con razón y estómago hinchado de tanto pan con pan, fueron guiadas por las onomatopeyas de los nuevos grillos, que tomaban aire y enseñaban sombras bajo las piedras del muro, esperando su momento, sobreviviendo a base de sorbitos de chicha criolla.

El caso es que toda aquella argamasa de ciudadanos inquietos y disconformes, que al principio movían las manos  así (abre la mano y agítala fuerte. Mejor si llevas pulseras) para ver quién iba a por el papel del baño, fueron encajando a base de prime time en la caja tonta. Y gustaron y asustaron. A brujos y existentes. Y se adueñaron de palabras sobre las que construir sus nuevos castillos para poner a los de arriba abajo, a los de abajo arriba y a los de en medio debajo de los de arriba, que ahora están debajo porque alguna vez fueron arriba sin jamás haber pasado por en medio.

 De este modo, en muy poquito tiempo lo viejo y lo nuevo se enzarzaron a gritos, insultos, un puñetazo, mordiscos al sentido común y movimientos feos de las manos.

Hasta que de pronto (¡tachán, que tata chan!) la gente tuvo que ir a la gasolinera, desayunar un gofre, sacar dinero, pasear al perro, acariciar al gato, desnudarse y vestirse, ducharse, hacer la comida, hacer los deberes, jugar al FIFA, leer “Diario de un Peregrino” (no, no, esto es mentira. Nadie leyó a Coelho aquel día), cambiar bombillas, peinar muñecas, reírse de sus amigos y poner el papelito de antes dentro de unas cajas de plástico.

¡Y llegó la felicidad al país! ¡Porque a todos les fue bien! Los que más brujos tenían, o eso dicen los vientos, ganaron. Los que existieron y ya casi no existen, también ganaron aún con el peor resultado de su historia. Los grillos se pusieron a contar la historia que les estoy contando ahora (saltándose algunos cachitos) y hablaban de fusilamientos o algo así mientras celebraban haber ganado. Y los de la luz tibia, pues se quedaron en  eso, en luz tibia, pero celebraron poder ser luz tibia. El resto… Mmm. Pues. No sé.  Mal, yo creo. Pero como tampoco importan tanto porque sus papelitos valen más o menos que el resto porque sí pues… ¡Qué felicidad! Pero, qué mal también. Claro.

La cosa es que después de aquel día vinieron las navidades. Una fecha con mucho plástico en los huesos y donde la gente hace un montón de cosas para que todos se junten para contar esta historia y, de este modo, no volver a verse hasta el año que viene para contarse la misma historia y, entre tanto, han engordado; y han vuelto a reventar a su escorpión; pero nadie habla de él porque se enfadan y luego se piden perdón y se mandan whatsapps con un señor de color con un gorrito de navidad y así y así todo el rato.

La cosa es que después, en La Nueva Era Política, tocó usar una de las palabras favoritas de todos, de los grillos,  los tibios,  los existentes que ya casi no existen y los brujos: <<Ha llegado “El cambio”. Es momento de “El pacto”>>.

Y hablaron y hablaron y hablaron mientras las cosas seguían como estaban porque los tostados al sol se empeñaron en quererse más que nunca y en afianzarse en que la historia, tal y como está contada, es una porquería.  Pero a fin de cuentas una porquería más si se compara con la maravilla de hacer volar una cometa un fin de semana de diciembre en el campo, sin nada de viento y con calor de primavera.

P.D: ¡E imagínate qué chulada si encima hay un niño mirándote, pidiéndote los hilos mientras grita “¿Voy a volar?”!

 

 

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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