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El golem catalán

En Cataluña/España por
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El misticismo judío ha mantenido con vida durante siglos las historias relativas al golem.

Hablamos de un gigante de barro que al meterle el shem -palabra divina continente del nombre de Yahvé- en la boca, “una chispa” animaba al barro y este operaba y actuaba conforme a las órdenes de su valedor.

Existe una leyenda en la ciudad de Praga que dice que en la Sinagoga Staranová -una de las más antiguas de Europa- en el desván, yace inerte, desgastándose a favor del polvo, el golem del Rabino Yehuda Loew. El gran Maharal de Praga, que así es como se le conoce hoy en día, fue el responsable de darle vida a este “monstruo” de arcilla con la intención de proteger al pueblo semita de los acosos que sufrían allá por el siglo XVI.

Todas las noches, el rabino -que ponía entretanto al barro a trabajar en las labores de mantenimiento de su hogar y de la sinagoga- retiraba el papel de la boca para que este volviera a su estado natural: el barro inanimado.

Un viernes, poco antes del sabbat, al rabino se le olvidó retirarle el papel y el golem perdió el control.

Fue el griterio del gueto el que puso en alerta a Yehuda Loew, quien acudió a su hogar a ver los estragos de la criatura. Muebles, libros y animales muertos.  El pobre rabino, que hasta la fecha había estado tan orgulloso de su golem, de su masa animada, le retiró el shem y cerró el desván, con el Frankestein de barro dentro, para siempre.


A lo largo de los últimos cuatro años hemos visto en acción al golem catalán.

Sin alma, sin razón, sin corazón, sin rostro amable.

Construido, cuenta la leyenda, un 14 de noviembre de 1714, por rostros y espíritus anónimos, elevados a los altares de una idea que con el paso de las diadas ha terminado por convertirse en una ideología.

Dirigido por un conjunto de fariseos de la torá catalana, de demócratas sin ley, donde las argumentaciones mágicas y desvirtuadas, para componer un relato fantástico cuyos anhelos son separar, dividir, estigmatizar, martizar y “construir” en una Europa de leyes y principios contrarios a la hoja de ruta marcada por el Gobierno y su cuadrilla, son tomados a burla y como entelequia peligrosa por parte de las instituciones europeas.

Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, fue tajante: “quien actúa contra la Constitución de un Estado miembro estará actuando contra parte de ese marco legal europeo. Esa actuación nunca podrá ser reconocida a nivel europeo ni podrá surtir efecto alguno”.

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Pero Romeva sigue de peregrinación, de comercial de este golem de barro. Caben serias dudas de si está tratando de vender el procés o un nuevo producto ecológico de Don Limpio.

Ante la falta de shem, de una palabra que revele algo de verdad en todo este batiburrillo, los zarandeadores del régimen independentista han apostado por otros sucedáneos, metiendo a bulto palabras como “¡Mierda! ¡Fascista!” en el golem catalán. Referencia directa a la fiscal jefe de Barcelona a la salida del juicio “injusto” a Artus Mas.

Neus Munté, fue tajante: “Todo eso entra dentro del libre ejercicio de la libertad de expresión, porque hay miles de personas que estaban viendo cómo se producía un juicio injusto“. “En todo sueldo ha de entrar la aceptación de la crítica por las maneras de hacer”.

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A Puigdemont, defenestrado Artur Mas y disuelto el partido que dirigía por la distopía del 3%, le  acusamos de astigmatismo inductivo. El método lo pilota; eso de pasar del detalle al concepto general. De atribuir los escaños del parlamento al pensamiento único catalán. Lo que pasa es que lleva mal regladas las gafas. Porque es preocupante que no le escandalice el gueto que se congrega en torno a los tribunales en un declarado y deliberado entusiasmo coactivo. Si Cataluña alguna vez se independiza  y alguna vez decide ser una democracia, tendrá que ponerle empeño en que sus tribunales y fiscales, no políticos, puedan trabajar con libertad. 

La serie “Los Soprano” en el tercer capítulo de la primera temporada, viene a simbolizar de manera enigmática el temor ante el golem, ante el Frankestein, que opera sin razones, fuera de sí, alejado del deber ser, embebido en una dinámica destructiva.

Cada día que pasa sin revisar las bases de este desafío dialéctico, se están apuntalando las murallas  del fraccionamiento social de una sociedad que ya se ha dividido en demasía los domingos por la tarde frente al televisor y que ha desterrado el asunto “política”, igual que los Alcántara en el primer lustro de Cuéntame, ante el encuentro familiar. 

Y el Gobierno de España no acierta con una respuesta. Y los medios de comunicación (incluyendo este) no atinan con la óptica y el tratamiento de esta cuestión.

Porque al final solo hay una cosa que puede quedar meridianamente clara para los que vemos esta cuestión desde la barrera o desde el fango de unas ideas hechas políticas con las que uno no simpatiza.

El drama de Cataluña no es el procés, sino el coste social que están dispuestos a asumir sus dirigentes para llevarlo a cabo. Y entremedias, generaciones de odio y crispación hacia la abstracción de España.

Quizás convenga a aventureros del Junt Pel Si y asociaciones de trasgos y faunos, pasarse por la judería de Barcelona e ir de puerta en puerta en busca de algún rabí que les cuente los estragos que un golem fuera de sí, como lo es ya el independentismo en Cataluña, puede llegar a provocar.

Harán falta muchas décadas de polvo para convertir esta locura en una leyenda más del bestiario español.

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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