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El “eterno retorno” de Maquiavelo

En Cultura política/España/Pensamiento por
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Niccolò di Bernardo dei Machiavelli

Maquiavélico” es un adjetivo que pronunciado pone los pelos de punta. La verdad es que la significación que le ha dado el pueblo castellano es desde luego serpentina e incluso algo tétrica: que actúa con astucia y doblez, se lee en el DRAE, y el mismo diccionario atribuye una acepción muy semejante a la voz “maquiavelismo“: modo de proceder con astucia, doblez y perfidia.

No seré yo quien contradiga la histórica voluntad popular. El intelectual italiano se lo tiene muy bien ganado.

A inicios de S. XVI sale a la luz la obra “Il Principe“, firmada por nuestro autor, sin duda alguna la obra de mayor renombre del téorico político. Estaba dedicada a Lorenzo de Médici, y es un haz de consejos políticos ordenados al objetivo de los “príncipes”, que al parecer es perpetuarse en el poder.

Sí, han leído bien: uno de los mayores pensadores en ciencias políticas (si se puede llamar ciencia a la política) saltó a la fama y a los libros de Historia por una cuestionable contribución a la Humanidad: una guía práctica para mantenerse en la cresta de la ola el político, y no para servir al pueblo cuyo gobierno presida (y no al pueblo que gobierne; al menos así debiera ser: la democracia es autogobierno, no la opción entre gobernantes).

La crítica filosófica mayoritaria lo enmarca en la tradición empirista, pero yo me atrevería a avanzar un paso más allá y acusarlo al pie de su tumba de descarnado nihilismo, a lo menos de absoluto indiferentismo: proclama a voz en grito la muerte del ser, la relatividad de la existencia.

Da igual cómo son las cosas en realidad; da igual si el sol sale desde Oriente y se pone por Occidente, da igual si el hombre es un sujeto de derechos por su inalienable dignidad, da igual lo moral o lo inmoral (¿qué es la moral sino la cristalización de años de convencionalismos sociales? ¡Vacua herencia…!): no importa lo que es, importa lo que aparece, cobra relevancia para nuestro “filósofo” únicamente lo que se pueda advertir en el devenir de los tiempos y sólo en la medida en que sea útil para el fin: poder, poder y más poder.

Si el pueblo quiere gladiadores, dale gladiadores y te amará. Ése es el sentido de la frase “panem et circenses” (pan y circo) del genial poeta latino Juvenal, que denunció airado la práctica despótica del Senado romano de contentar al pueblo para comprar el voto. ¡Así era fácil lucir el emblema SPQR…! (“Senatus Populusque Romanus“, el Senado y el Pueblo Romano). Ahora: ¿que el juego de los gladiadores era indigno e inhumano? ¡Ése es problema de los gladiadores…! No importa lo que sea el circo ni lo que sea un gladiador; me trae sin cuidado qué es el pueblo o qué es un votante: lo verdaderamente relevante, lo único que existe, la única verdad, es que si ofrezco gladiadores obtengo el poder.

Ése es el cimiento de “Il Principe“: la atención a los dos pilares que constituirán las verdaderas armas del “gobernante”. Por un lado, la divinización de la “Fortuna“, o la suerte del reino, la dirección que va tomando en su devenir histórico el Estado al frente del cual se halla el gobernante; y por el otro, la “virtú“, la capacidad del político para adecuarse al modus essendi de la nación, para someter a la ciudadanía a sus intereses individuales y entronizarse sobre la diosa Fortuna. El “príncipe virtuoso” será el que consiga darle al pueblo lo que quiere en cada momento y así ser amado por él. “Recuerda, Lorenzo, panem et circenses“, parecía decirle Maquiavelo a quien lo metiera en la cárcel, “con eso triunfarás”.

¿La aplicación práctica? Con un pueblo que se despreocupa imprudente y culpablemente de la política, ocúpate de su bienestar y su ocio y ríndete tributo en tu trono. ¡Qué bien vista estaba, qué bien caía en nuestra España de ayer aquella expresión tan luminosa: “no, yo es que paso de la política“! ¿Lo recordáis? ¡Ah, tonto…! Qué tontos éramos. Y hoy ya nadie pasa de la política.

Bien lo vio Nicolasín (que no el pequeño Nicolás), y así recomendó. Siempre que pueda, el político debe tener contento al pueblo, debe caer bien por ahí abajo: por muy perfectamente que haya hecho los deberes el candidato que se presenta a la reelección, nadie va a votar al capaz pero feo. Porque es iluso el que cree que hoy los ciudadanos votan: la mayoría absoluta la determina “el photoshop“; los medios de comunicación, las redes sociales y YouTube. Cuando el pueblo quiere sofá, dale sofá y el pueblo te amará; cuando el pueblo quiere sexo, drogas y rock ‘n’ roll… Pues ya sabes. Eso, y a ser populista.

Es curioso que en España nunca antes había importado tanto la corrupción política: es algo que por desgracia ya estaba ahí, y sin embargo es sólo ahora, sólo cuando descubrimos que lo que han robado entre el PP y el PSOE (disculpad la sinécdoque) equivale a lo que ha sido recortado en Educación o en Sanidad, cuando se alza la voz, se levantan los puños y se grita contra todo. ¡Ah, curiosidades de la vida…! ¡Si son los del panem et circenses de ayer…! El PP y el PSOE han conseguido en muy poquito lo imposible: que al español medio le importe la política. ¡Gracias Rajoy, Zapatero, Rubalcaba! Habéis logrado insuflar un adarme de seriedad en el vulgo.

Pero hay momentos en la Historia de cualquier pueblo, y bien lo sabía Maquiavelo, en que deja de valer la sentencia de Juvenal, porque el pueblo deja de amar a su Príncipe, como en aquellos Estados Generales en la Francia de 1789 que atravesaba una voraz crisis económica. En esos casos, la virtú debe adaptarse al cambio de Fortuna, y dominar con destreza y mano izquierda la situación. Claro que la mano izquierda llama a la derecha cuando se siente impotente, y ahí el consejo del pensador italiano: cuando no consigas que el pueblo te ame, y de hecho te odie, haz que te tema, o te derrocará su ira. El último Capeto no consiguió someter a Francia al régimen del miedo, y por eso fue el último, y lo último que vio una guillotina.

Ahí quedó la obra del deleznable estratega, hasta que en el S. XIX otro hombre de gran influencia lo desempolvara. Se trata ni más ni menos que del veneradísimo Friedrich Nietzsche, poeta alemán, y siempre poeta antes que filósofo. Normalmente, los fanáticos del gran nihilista pretenden olvidar (y hacer olvidar) que su ídolo era un ávido lector de Maquiavelo, y que él mismo confesaba su profunda idolatría. Probablemente porque no quieren dar lugar a la sospecha de que la teoría de la voluntad de poder (una profundización en el mismo tema, en la que se advierte un grandísimo paralelismo con su querido predecesor) es la consecuencia última de su filosofía enfadada, airada contra la tradición judeo-cristiana. “Si Dios no existe, todo está permitido“, se lee en Los hermanos Karamazov, del magnífico F. Dostoievski. Esto también es curioso. Y aún más que la mayor resistencia a la tiranía y a la opresión a lo largo de la Historia haya sido el discurso teológico, desde las Etimologías de san Isidoro de Sevilla o De Civitate Dei de san Agustín de Hipona hasta León XIII o Pío XII, y no la izquierda. Ahí dejo datos desparramados, y quien quiera, que piense.

Son muchos los estudiosos del tema que han jurado y perjurado que Adolf Hitler tenía a F. Nietzsche como lectura de cabecera. Todo parece indicar que el poeta era su Biblia personal. Hitler: aquel asesino despiadado, unánimemente encuadrado en los regímenes de extrema derecha. Pero no una extrema derecha estanca: Nietzsche ha sido uno de los máximos exponentes de la extrema izquierda hegeliana (esto sí que lo proclaman con orgullo, sacando pecho, sus seguidores fanáticos), al igual que su maestro, Arthur Schopenhauer, que fue a su vez discípulo del autor de extrema izquierda Ludwig Feuerbach, comentarista de Hegel. Y L. Feuerbach tuvo aparte otro gran seguidor (o quasi-plagiador de su obra): Karl Marx. Por lo que es de fácil deducción que K. Marx era tío de F. Nietzsche, y el comunismo y el nazismo parientes mucho más cercanos de lo que se piensa.

Hoy no es posible un régimen del terror en el Estado, no mientras el Estado siga siendo de Derecho. Pero sí que cabe una nueva forma de virtú que se haga con el favor de la Fortuna cuando el pueblo odia a su Príncipe: la Revolución, la Rebelión, la Resistencia.
Es muy fácil: sólo hace falta carisma, liderazgo y algo de habilidad. Bueno, y hacerse con “el photoshop” que compra las mayorías, claro. No hay más que decir lo que todos sabemos, pero con tonos enfadados y exaltados, y conseguir que el pueblo, enfadado y exaltado porque ya no tiene panem et circenses, vea en uno la expresión o la encarnación si cabe de la propia rabia, del propio furor. Porque a nadie de estos iracundos le importa nada más que mostrar su ira. Porque en un 28,3% de electorado español encabronado, a nadie le importa que un tal Pablo Iglesias ame la política chavista en Venezuela; a nadie le importan sus elogios etarras a Bildu (de los que de repente parece que reniega), al levantamiento de la izquierda radical y un etc que voy a cortar ahora mismo (me estoy cabreando mucho y no quiero acabar votando a Pablo Iglesias).

Un PP “virtúoso” que reniega de su programa electoral porque han cambiado los vientos de la diosa Fortuna, un PSOE “virtúoso” que pretende contentar a todos con sus últimas declaraciones cambiando completamente su discurso para adaptarlo a la ventolera de la diosa Fortuna, y un Podemos “virtúoso” que enarbola el levantamiento popular para recabar el electorado afincado en el huracán emergente de la novación (con un claro precedente en España) de la Fortuna. Un Pablo Iglesias que sólo vive en la cólera; que sólo tendrá oportunidades en la medida en que el pueblo esté enfurecido (al menos si continúa con su discurso actual). Bienvenidos a España, la España de los elegidos y no de los electores.

Esta es la verdadera corrupción política: la corrupción de la política; el Gürtel y compañía son meras consecuencias. Quizá alguna vez esta honorable profesión fuera anhelo de construcción y de progreso: hoy, que vemos que la corrupción es inherente a lo alto del sistema, que se ha ido generalizando en la copa de los partidos y de la administración, es palpable el maquiavelismo español, en la derecha y en la izquierda. Nos tratan como medios para su fin: el poder. Pero no carguemos las tintas y los fusiles contra los políticos: si el maquiavelismo funciona, es por la insensatez del pueblo, por su profunda estupidez, por su imprudencia; somos nosotros los que premiamos la doblez con nuestro voto, y nosotros los que posibilitamos y aun alentamos la corrupción con la idiotez que demostramos en las elecciones.

Decid lo que queráis de Rajoy y de Zapatero: a ellos los trajimos tú y yo, tu voto y el mío, dos conciencias engañadas (o que se dejaron engañar). La pregunta es: ahora que vemos, ¿aprenderemos de nuestros errores? ¿Eliminaremos el efecto atacando la causa, o dejaremos en la tierra la raíz de las malas hierbas? ¿Votaremos por panem et circenses, por sentimientos bonitos y laudables, por cabreos irracionales, o con seriedad y responsabilidad? El mañana, español, es tuyo y mío; el cambio en la política (el cambio a mejor), la reestructuración del sistema, está en tu papeleta y en la mía: de ti dependemos todos, así que ten cuidado. Vota con responsabilidad.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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