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El acertijo de la España vacía

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La “España vacía“, fórmula acuñada por Sergio del Molino en la obra homónima, ha suscitado en nuestras sentimentales conciencias dos fenómenos íntimamente relacionados: la nostalgia del agro y la solemnidad periodística. Algo hay en dicha fórmula, y de ahí el irrebatible ingenio de su autor, que convoca emociones profundas de nuestra memoria colectiva, de lo que creemos haber sido, de lo que imaginamos que somos y del presagio que ambas certidumbres nos imponen como un acertijo sin resolver.

Pues la España vacía viene a ser una misteriosa resonancia, un inquietante recordatorio de pueblos muertos y campos desiertos y, también, una especie de agudo pitido que nos hace volver la cabeza hacia atrás a fin de reparar en los fantasmas que sobrevuelan las grandes y oscuras ciudades que habitamos. Puede que la fórmula haya tenido éxito en cuanto apunta, más que a una vida rural difuminada en las sombras, a una vida urbana llena de paradojas y ambigüedades. Como si la primera de esas dos vidas actuase como un espejo donde la segunda, en forma de desolación y decadencia, de abandono y olvido, de soledad y ruina, dilucidase un símbolo elocuente de sí misma.

No de otro modo cabe explicar la repentina nostalgia del agro que nos ha entrado y de la que los medios dejan constancia con su obsesiva y pueril persistencia habitual. Llama la atención en los telediarios no tanto las imágenes con que se ilustra la despoblación (los pocos viejos que quedan, el éxodo de los jóvenes, los comercios y servicios reducidos a la mínima expresión, ese colegio sin niños ni alma…) como la solemnidad impremeditada que destilan tales imágenes, la dimensión simbólica que el ladrido de perros escuálidos en calles de piedra y madera alcanza en nuestra mirada de espectadores aturdidos. Nos duele la España vacía y el sentimiento, aparte de confuso, está impregnado de misterio.

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Clásicos de la modernidad como Jean-Jacques Rousseau y Thomas Jefferson abominaban de las grandes ciudades y de sus disolutos habitantes. El vicio, la corrupción, el lujo, las modas, el vivir pegado a la opinión ajena, sometido al imperio de otras voluntades, en fin, todo eso que hoy en día ha sido centuplicado por el capitalismo de turboconsumo supuraba, para Rousseau y Jefferson, gases tóxicos y nauseabundos que cabría encapsular bajo el nombre de alienación. La ciudad aliena al hombre, lo corrompe y desnaturaliza y le hace vivir una existencia donde el parecer prevalece sobre el ser, el amor propio sobre el amor de sí, las pasiones sociales sobre las inclinaciones naturales. Rousseau y Jefferson compartían una visión sobria y parsimoniosa del ser humano, defendían la autenticidad y la sencillez, apostaban por la independencia y la autosuficiencia, renegaban de esa laboriosidad compulsiva y esas fantasías del lujo y el consumo que inyectan en nuestras mentes de animales sociales los deseos mal administrados, pasiones como la vanidad, la ambición, la envidia y la codicia. Para ellos, la mejor de las condiciones humanas es la del cultivador de la tierra y el mejor hombre, el campesino de un Estado libre. Por eso, consideraban un asunto capital cómo se distribuye la gente por el territorio, cuáles son las ocupaciones mayoritarias y si, en definitiva, la moral del campo prevalece sobre la inmoralidad de las ciudades y mantiene a estas circunscritas en sus justos y estrechos límites. Si algo no podían soportar Rousseau y Jefferson era el paisaje de campos despoblados, de tierras sin habitar ni cultivar; de esas concentraciones urbanas que fomentan toda suerte de vicios y no proporcionan al hombre la posibilidad de constituir un auténtico hogar en el que poder ser honesto, laborioso y sincero con uno mismo y con los demás.

Más que cantar las virtudes del agrarismo, lo que hicieron el ginebrino y el virginiano fue entregarse a una conmemoración del pastoralismo. Es decir, lo que les atraía del mundo rural no tenía que ver, en primer término, con un determinado modo de producción, la agricultura, sino con las metáforas y simbología del estilo de vida construido en torno a ese modo de producción. En esto, ambos seguían los pasos del Virgilio de las Bucólicas y las Geórgicas. Su ensoñación pastoral les descubrió un paisaje de virtudes que fomentan la independencia, la autosuficiencia y la felicidad. Todo ello en una escala de medianía, de escasa ambición, de conformidad con lo que se es y se tiene. Para Rousseau y Jefferson, el secreto de las economías domésticas y familiares reside no en la adquisición y ampliación de la propiedad privada, sino en el sabio empleo de los bienes que uno mismo ha producido. Bienes estimables antes por su uso que por su consumo, bienes de labradores y artesanos ajenos a las modas pasajeras y definidos por su funcionalidad, baratura y durabilidad. En la sabia relación con los bienes, con la familia, con los vecinos y con uno mismo, radicaría el elixir pastoral de la vida buena predicada por los dos ilustrados contra las Españas vacías de todas las épocas.

Para Rousseau y Jefferson, el secreto de las economías domésticas y familiares reside en el sabio empleo de los bienes que uno mismo ha producido”.

Volvamos a la de nuestra época y preguntémonos si la nostalgia en que nos estamos cebando no sería en buena medida el residuo vergonzante de una virtud perdida. Virtud cuya quimera posee una larga tradición, y de la que Rousseau y Jefferson participaron abiertamente como pensadores temerosos del progreso. El pastoralismo implícito en la fórmula de la España vacía ha destapado por vía emocional, con esa solemnidad de cartón piedra de un telediario que nos informa de lo condenado a desaparecer, un temor larvado, el miedo que, repentinamente, experimentamos por el hecho de que el último refugio de lo sólido y perdurable se venga abajo. Nuestras vicisitudes sentimentales, que son las que guían el curso de nuestros poco elaborados pensamientos, nos han hecho intuir que la España vacía implica el declive de una virtud sin la que el gran ogro urbano terminará por devorarnos en una apocalipsis de individualismo, consumismo y hedonismo. En la trama de esa sentimentalidad que ha explosionado gracias al ingenio verbal de Sergio del Molino, se distingue la ecuación moral de la política de Roussseau y de Jefferson: campo y ciudad deben convivir en un estado de equilibrio presidido por la hegemonía cultural del campo sobre la ciudad, del pastoralismo sobre los tiempos modernos, de un estilo de vida sencillo, austero y parsimonioso sobre otro vertiginoso, arrasador y competitivo.

Nuestra solemne e inane nostalgia no da, lógicamente, para tanto, pero sí es perceptible en los espasmos de la misma la resonancia de unas visiones intelectuales profundas y complejas. Estas, aunque sea en forma de agitación emocional, de un periodismo bucólico que ha descubierto el poder de los signos que evocan un pasado irremediablemente irrecuperable, colean tras los pueblos muertos y los campos desiertos, imágenes espectrales que actúan como un espejo negro de todo lo que hemos dejado atrás a cambio de un mundo moralmente ambivalente. Siendo este, mucho más que aquellas imágenes, el verdadero acertijo a resolver pues las primeras no hacen sino poner al segundo en el punto de mira.

Nos gustaría ver los pueblos renacidos, los campos cultivados, los colegios bulliciosos porque así el agro, esa otredad invisible que damos por descontada, volvería a jugar su papel nivelador como anclaje sólido de realidades líquidas. La España vacía nos permite constatar que hasta el último reducto de las virtudes ancestrales pertenece al silencio. Que aquellas virtudes fuesen en el pasado lo que se dice de ellas en el presente es harina de otro costal. Lo importante es que con ellas, con su quimera, como Rousseau y Jefferson demostraron, se puede abrir una perspectiva en la locomotora del progreso desde la que contemplar paisajes de seguridad y autenticidad a medida que nos adentramos en túneles cada vez más oscuros. Ahora, el vacío constatado implica que esos paisajes que nos daban un poco de sosiego en la agitada marcha al fin de la historia se han terminado esfumando y, en su lugar, en ese horizonte desolado que se extiende a ambos lados de la autovía, solo queda una creciente oscuridad, la cruda verdad sobre un estilo de vida urbano y globalizado sin red protectora bajo sus pies, sin virtud a la que recurrir en caso de incendio. Se acerca el día en que, al despertar, la casa del pueblo y el abuelo ya no estarán allí.

La España vacía nos permite constatar que hasta el último reducto de las virtudes ancestrales pertenece al silencio”.

Rousseau, que era insistente en sus geniales desvaríos, tiene una teoría sobre la despoblación rural. Según él, una de las causas fundamentales de que el campo se quede sin cultivadores es esa forma de locura moderna que consiste en desear ser otro diferente de quien somos. Y si existe un factor responsable de que los hombres se sientan insatisfechos con su condición sencilla y honesta es la lectura de novelas. Solo una imaginación recalentada por ficciones que narran historias de pobres ambiciosos puede ayudar a entender el motivo de que las luces de la ciudad se cuelen en las cabañas de los campesinos y seduzcan a estos con una vida de fantasía y deleites. Hasta el punto de que los “habitantes del agro”, dice Rousseau con indignación, busquen “amontonarse en las ciudades”. Las novelas corrompen el espíritu y los “habitantes del agro”, como las castas muchachas, no deben leerlas o solo deberían leer aquellas que no les llenen la cabeza de pájaros y los reconcilien con sus objetos cotidianos, sus deberes y sus honestos placeres. Ahora bien, sostiene el ginebrino, “necesitan espectáculos las grandes ciudades y novelas los pueblos corrompidos” pues, desencadenado el mal, el remedio está en el propio mal, única manera de contener la deriva hacia el abismo. En las grandes ciudades y en los pueblos corrompidos, el tiempo que se pasa leyendo novelas salva al pecador de dedicarse a actividades mucho más dañinas, del mismo modo que el vicioso espectador de una obra de teatro resulta menos peligroso para la moral pública en la sala atento a cómo un hijo degüella a su padre o se acuesta con su madre que en la calle maquinando y medrando.

Si las novelas despoblaron los campos y vaciaron España cuando nada valía y todo importaba, y dado que hoy en día en que todo vale y nada importa pocos se dedican a pervertirse con semejante lectura, ¿no habría que estar esperanzado con un próximo revival rural? Pues, señor Rousseau, por qué no interpretar el declive de lo que usted llama “obras de imaginación” como una oportunidad para regresar al pueblo y volver a ser virtuosos, sencillos y honestos. ¿O es que los usos actuales de las nuevas tecnologías no juegan a favor de ese purificador embrutecimiento del que los oscuros, imaginativos y corruptos habitantes de las ciudades estamos tan necesitados? Así que, adictos al móvil y las tablets, desconfiad de los cenizos que echan pestes de vuestro inocente y frugal hábito. Remáis en la buena dirección y gracias a vosotros la España vacía, sin esperar demasiado, será el mal sueño de una época depravada que sucumbió a su exceso de imaginación.

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Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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