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(Anti)terapia de confinamiento: educa tu mirada

En Cuarentena por

He de confesar que en las últimas horas, días, semanas he buscado con disciplinada pertinacia una forma original de abordar la cuestión del coronavirus.

“No puedes aburrir a tus cuatro lectores”, me repetía a mí mismo. Pues bien, comparto con ustedes mi frustración. Cuando creía haber hallado una perspectiva originalísima, reparaba en que la había leído el día anterior en tal o cual periódico. Cuando ya me ufanaba para mis adentros de haber ideado un enfoque nuevo, me daba de bruces con Twitter, donde este o aquel usuario había desarrollado “mi” enfoque en un luminoso hilo. Tras varios fracasos consecutivos, he terminado resignándome y asumiendo que uno no puede pretender ser original a estas alturas de la historia, con más de dos milenios de civilización ya andados y Platón, Aristóteles, Cristo y Chesterton de por medio.

Imposible no odiar la cotidianidad. Apenas hay sobresaltos; los cambios son imperceptibles.

Supongo que algún gurú más inteligente que yo les habrá hablado ya del riesgo de la monotonía durante el confinamiento. Al fin y al cabo, cimentamos nuestro día a día sobre una rígida rutina: vamos de la ducha al escritorio donde está el ordenador; del escritorio donde está el ordenador, al balcón en el que leemos; del balcón en el que leemos, a la sala reservada para nuestros ridículos ejercicios físicos; de la sala reservada para nuestros ridículos ejercicios físicos, al cuarto de la televisión. Imposible no odiar la cotidianidad. Apenas hay sobresaltos; los cambios son imperceptibles.

Algún gurú nos sugerirá modificar sustancialmente nuestra rutina entre un día y otro. “¡Que no haya semejanzas entre el lunes y el martes! Si ayer leíste La Ilíada, hoy disfruta de El Quijote”. Pero la propuesta no nos convence del todo. Ni nuestra mente es lo suficientemente ingeniosa para idear tanto cambio, ni nuestra casa lo suficientemente grande para albergarlo. El plan del gurú, que tan bien suena, devendrá ineluctablemente en frustración. Generará, en fin, unas expectativas que no podrá satisfacer, una sed que no podrá saciar.

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A nuestro modo de ver, más que un problema de actividad, se trata de un problema de actitud. No es que la rutina sea tediosa; es que nosotros, acostumbrados al ruido y al vértigo de la vida anterior, somos incapaces de captar belleza en la quietud. No es que sea monótona; es que ya no conseguimos distinguir aventura en lo rutinario. En uno de sus artículos, Chesterton enunciaba una máxima que hoy nos viene pintiparada: “Una aventura es un inconveniente debidamente considerado; un inconveniente es una aventura indebidamente considerada”. Con sólo una frase, nuestro autor dio un vuelco de ciento ochenta grados al mundo. El defecto ya no está tanto en el objeto que se muestra como en el sujeto que lo percibe, ya no está tanto en lo real como en lo visual.

Eso, por supuesto, no se le había ocurrido a nuestro gurú, que prefiere aprender de Paulo Coelho a hacerlo de Chesterton, pero es exactamente así. El trayecto desde nuestro escritorio hasta la cocina para servirnos una taza de café puede depararnos mil y una sorpresas, y no verlas como tales será problema nuestro. Quizá todas las tazas estén en el lavavajillas. Quizá nuestro molesto hermano, enteramente dependiente del café para dar pie con bola en el trabajo, haya acabado con todas las capsulas. O quizá nuestra madre, tan tajante cuando se lo propone, nos prohíba ingerir más cafeína, alegando que luego no podremos conciliar el sueño. Siempre habrá algo que, debidamente considerado, quiebre la monotonía y encienda nuestro espíritu de aventura.

Si esto es así en los días de confinamiento, imaginen cómo será en los días normales. Sí, en esos días en que nos adentramos en las profundidades de la tierra para tomar el metro o sacar el coche del garaje, o en que nos elevamos hasta las alturas porque nuestra oficina está en la duodécima planta. Pero, de nuevo, el problema reside en la mirada. Estamos tan aprisionados por la estrechez de lo virtual que somos incapaces de admirar la grandeza de lo real. Bien puede pasar ante nosotros una ninfa, que no repararemos en ella. Probablemente el acontecimiento nos pille encorvados, tecleando frenéticamente una pantalla, en postura cada vez más semejante a la del primate.

Director de la editorial Homo Legens. Graduado en Periodismo y Relaciones Internacionales. “Non intratur in veritatem nisi per caritatem”.

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