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Cuarentena

Agresividad y nueva política: navajeo dialéctico en tiempos de la COVID-19

En Cuarentena/España por

“Pues tú más”. Así podrían resumirse, en un ejercicio de síntesis radical, bastantes de las sesiones parlamentarias de estos días. Tanto del Congreso de los Diputados como de los parlamentos autonómicos, quienes no han dudado en aprovechar la situación para decir “esta boca es mía” y aparecer como los verdaderos y únicos gestores eficaces de la crisis.

Lo que observa el español que asiste a estas sesiones es un continuo navajeo dialéctico, discursos repletos de palabras hirientes, monólogos incendiarios donde abunda la propaganda y la voluntad de concordia brilla por su ausencia. Palabras hirientes, por cierto, que rebasan las fronteras de la incriminación entre los propios diputados y que se dirigen desde el púlpito a grupos enteros de ciudadanos: políticos que levantan la espada ya no hacia otros políticos, sino por ejemplo contra el conjunto de votantes de otro partido. Y al ciudadano que ha perdido el empleo, que no sabe si va a poder abrir su negocio de nuevo, que ha perdido a alguien… En definitiva, al ciudadano que está pasando un trance doloroso, que el político de turno le insulte o le ridiculice, le inflama.

Tenemos la sensación de que no hay diálogo, como dijo el propio Sánchez: que el Congreso ha dejado de ser la casa de la palabra para convertirse en un burdo ring de boxeo. Y el poco diálogo que hay es torticero, se realiza a escondidas, como si se tratara de una relación de niños pequeños, en la que uno se enfada cuando su amiguito juega con otros niños en el patio. Ministros que no conocen decretos que se emiten, compañeros de coalición que se enteran por la prensa de cómo su querido le ha puesto los cuernos, partidos que en todo este circo ibérico aprovechan para barrer para casa. Niños defendiendo su castillo. El problema es que “su castillo” resulta ser el conjunto del Estado. Y de eso se están dando más cuenta los ciudadanos que los políticos.

Pero la degeneración del lenguaje político –de nuestro tiempo– hay que buscarla tiempo atrás. Recuerdo el nacimiento del movimiento 15M, hace ya once años. Ese movimiento transversal surgió a raíz del enfado que la ciudadanía tenía con el gobierno y políticos de turno, así como con la forma de hacer política. El 15M vino a cambiarlo todo y las calles parecían ser un escenario mucho más efectivo que las urnas. Pero el vástago político del movimiento 15M, Podemos, trajo también un lenguaje distinto a la política: era un lenguaje agresivo, de combate, que canalizaba unos sentimientos concretos de animadversión hacia “la casta” y que defendía que la brecha entre políticos y “pueblo” era insalvable. Se dieron cita sentimientos como el miedo, la indignación o la rabia y el discurso social mutó. Considero que todavía no se ha hecho un estudio lo suficientemente preciso de cómo este nuevo lenguaje –por otro lado, más viejo que el sol, ya que es un lenguaje que sí se veía, por ejemplo, en la política del primer tercio del siglo pasado– ha afectado a la convivencia democrática. Lo que es seguro es que desde el epicentro de ese movimiento emergió un lenguaje que no le era propio a nuestro sistema político actual, era un lenguaje “contra-político”.

Hoy aquella brecha entre casta y pueblo probablemente sea la misma. Pero lo que vino para quedarse es ese lenguaje combativo, que ha penetrado mucho más y que el resto de viejos y nuevos partidos hacen también suyo. Hemos venido señalando al enemigo como práctica casi deportiva: al que es casta, al fascista, al “progre”, al sindicalista, al que lleva la bandera tal, al que habla en el idioma que sea… Los políticos han perdido las formas y el respeto por los ciudadanos a los que sirven, probablemente porque las formas se han perdido, en general, en los distintos ámbitos de nuestra vida diaria. Es más, muchos de estos nuevos políticos han denunciado esas formas, como algo elitista o carnavalesco, algo ajeno al “pueblo”, y por eso su desaparición está siendo un paso esperado. El problema es que las formas, también en el Congreso, son el depósito de un saber hacer basado en el bien de todos, y canalizan el respeto que hay entre personas a pesar de sus diferencias. Si volamos el puente, volamos la posibilidad de encontrarnos.

El Gobierno tiene la responsabilidad de cuidar de su ciudadanía, de toda. Pero este gobierno, que en su día denunció la brecha entre élites y “pueblo” ha decidido ridiculizar a parte de ese “pueblo”. Observo con pasmo cómo algunos de los miembros más autorizados de los partidos políticos ridiculizan las caceroladas de reciente creación; cayetanos, pijos… No nos tenemos que quedar en la anécdota: humillar es de las actitudes más peligrosas que existen. Sólo inflama más. El Dr. Alfred Fernández, quien dedicó la mayor parte de su vida a los Derechos Humanos en las Naciones Unidas de Ginebra, solía repetir una frase: “la humillación está en la raíz de muchas guerras”. Porque en la humillación subyace una voluntad peligrosa: apartar de la discusión, sin razonamiento suficiente, a cualquier adversario. El que ridiculiza está diciendo “tu voz es la de un idiota, no merece ser escuchada”, mientras se le quita nuestra dignidad de seres racionales y políticos. En esta situación, la pretensión de quien humilla es rebajar el estatuto del ciudadano humillado al de un mero necio. Quiere tener ciudadanos “de segunda”, con voces apagadas, algo inconciliable con la idea de una democracia real. Así que en menos de una semana tenemos caceroladas por todo el país. ¿Sorpresa? Ninguna: a nadie le gusta ser insultado, menos aún si el insulto viene de aquel que tiene la misión de servirle (sí, el Estado).

La reconstrucción será larga, pero la sociedad civil es fuerte y tejerá de nuevo con todo su vigor el entramado social y económico que se ha hecho trizas en tan poco tiempo. No obstante, para ello parece necesario que los que van a tomar el mando recuerden de dónde les viene la legitimidad, y que están ahí para ser los primeros en servir. Y, por descontado, será necesaria una madurez política que nos recuerde que vale la pena mantener las formas, aunque sea solo para poder dejar el puente en su sitio y poder visitar las antípodas ideológicas de vez en cuando. Eso nunca viene mal.

Reflexiones de un eremita confinado en familia

En Cuarentena/Pensamiento por

He hallado en mi indolencia de hombre confinado la fórmula magistral de la pedagogía doméstica, aquella urbanidad dulce y relajada de un esmerado paterfamilias. ¿A qué me dedico durante las horas centrales del día y el resto? ¿Qué pensamientos me ocupan? Bueno, este es uno de esos asuntos que solo se pueden afrontar con la bata manchada de tinta. Los lamparones de mi batín, como la barba que me he dejado crecer y que me llega casi hasta la cintura, al igual que la deslucida melena que me cuelga de los hombros y que mi mujer persigue ciega de amor para cortármela mientras duermo, hablan de una existencia lánguida y quimérica. Ya solo leo en posición horizontal y mi olfato divaga sobre qué habrá hoy para comer como principal tribulación de la jornada. La cocina y el dormitorio han sido ocupados física y moralmente por mi espíritu desde que la lentitud de la existencia me ha descubierto pliegues olvidados del alma.

Descanso y leo, como y me acuesto, despierto y me duermo. La vida es sueño y transcurre soñolienta y apaciguada por las infinitas regiones del hogar. Cuánto me pasó inadvertido de la casa en que vivo cuando me dedicaba a ir al trabajo por la mañana y volver por la noche. Entonces el hogar hacía las veces de parada y fonda en el tedioso y mezquino viaje del hombre moderno a sus diarias obligaciones. Ahora estas han sido sustituidas por la más placentera disipación, me empleo a fondo en esta tesitura de disfrazar las horas de logros y hechos que no pasan de ser conjeturas y entelequias de una mente abrumada por el sopor y la felicidad. En torno a ella, doy vueltas y más vueltas como un ratoncillo despreocupado de felinos malignos. Sentirse prisionero en los muros del hogar constituye una experiencia única que nos resarce de virus y enfermedades.

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Cuando todo esto pase

En Cuarentena/Distopía por

Habrá un momento, puede ser dentro de meses o de años, en el que toda esta crisis quede lejana en el retrovisor de la memoria. Los familiares de fallecidos seguirán extrañando los abrazos que no pudieron dar en velatorios y funerales, en la retina perdurará el dolor de ver lugares de entretenimiento convertidos en morgues y las calles de las nuevas metrópolis convertidas en un escenario cualquiera esperando a los actores. Los afectados por los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo serán, en muchos casos, parados de larga duración. Personas trabajadoras convertidas en vulnerables e imposibles de reincorporar al sistema laboral por múltiples causas de índole económica o formativa que no serán más que excusas y eufemismos muy prácticos para abaratar costes. En resumen, sanará la herida pero perdurará la cicatriz de la brecha social.

Cuando este momento pase de ser rabiosa actualidad a un hecho histórico, el espacio de análisis de los gobiernos se limitará drásticamente: ¿cuánto se tardó en decidir que se prefería una sociedad más pobre pero con menos bajas?, ¿hubo decisiones valientes o tibias?, ¿había comunicación y coordinación o primaron otros factores? Entre una infinitud de preguntas que difícilmente serán respondidas porque, en la nueva normalidad, la nueva política ya estará embadurnada del barro que tanto le afeó a la antigua.

El romanticismo del aislamiento en el que todo el mundo hablaba de un “cambio significativo” quedará eclipsado por una vuelta a la carretera de miles de coches que lucharán contra la descontaminación, empresas que no entenderán qué pueden mejorar, sociedades precozmente olvidadizas. Volverá el ritmo frenético, si es que alguna vez se ha ido, y la falta de espacios y tiempos para una reflexión activa que lleve a conclusiones prácticas.

Este cambio significativo lo viven, lo vivirán muchas familias que partieron de una situación triste y llegarán a una situación desoladora; que tendrán que educar a sus hijos en la precariedad, que tendrán que agachar la mirada al llegar las facturas, que tendrán que trabajar en B para poder comer y una gran lista de ‘tendrán que’ porque les quedará poca elección. A no ser que nos pongamos de acuerdo en que todo esto no suceda, que no se queden solos.

Durante esta crisis he visto con mis ojos, los mismos que ven a algunos políticos polarizar el ambiente, a una madre de familia llorar al ver que en el paquete de alimentos que una ONG le entregaba iba un puñado de pañales. Pregúntate: ¿cuándo fue la última vez que lloraste? E inmediatamente después piensa que para muchas madres hoy -no ayer, ni mañana- la ausencia de un saco de pañales es un verdadero drama vital.

He escuchado, con los mismos oídos con los que oigo las caceroladas contra unos u otros desde mi casa, cómo se le quebraba la voz a una chica de no más de 25 años explicando que no le quedaba nada para comer. Ella, brillante en los estudios, ha visto paralizada la beca internacional con la que se costeaba alojamiento y manutención mientras su familiar más cercano está a más de siete mil kilómetros de distancia.

Quiero no olvidar nada de esto, ni cómo un amigo me hablaba del último día que estuvo con su madre, horas antes de que falleciese. Cómo su abrazo fue cuidar de ella, una última caricia que se desprendía a través de un gesto sin contacto y una gran carencia, no de algo material, sino de una despedida arrebatada.

Cuando todo esto pase, no quiero una sociedad más rica, la quiero más solidaria; no la quiero libre de mala conciencia, la quiero cargada de gestos tangibles que nos recuerden que, lejos de los telediarios, el mundo era otro; que tan cerca del ruido pudo haber un silencio estremecedor como el llanto contenido por la necesidad de un plato de comida o de un abrazo y un “no te vayas todavía, por favor, todavía no”.

Nostalgia de los jardines

En Cuarentena por

He de admitir que, confinado como estoy en un piso del centro de Madrid, envidio a las personas que viven a las afueras, en casas ajardinadas. Tal vez idealice su cotidianidad, pero las imagino leyendo Crimen y castigo bajo el agradable sol primaveral, paladeando una copa de vino tinto mientras un jilguero canturrea a su lado o incluso jugando al tute sobre el césped recién cortado. Y, en el preciso momento en que tales fantasías me asedian, cruza mi mente, como un espectro ágil y sombrío, la idea de que el mundo es un lugar de injusticias y de que yo estoy en el nutrido bando de quienes las padecen.

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Para qué sirve un Gobierno

En Cuarentena/España por

Un Gobierno no es un “think tank”. Es un Gobierno. Para hacer las funciones de un “think tank” ya están los “think tank”. El razonamiento, digno de Groucho Marx, resulta pertinente cuando se piensa en el ejecutivo de Pedro Sánchez. La presente crisis pone en cuestión las prioridades que han marcado el debate público en los últimos tiempos. Se acuerda ahora uno del “pin parental” y se le dibuja en el rostro la sonrisa condescendiente de quién evoca alguna gansada juvenil. ¡Éramos tan tontos! Abundan las bolas de cristal con prolijas predicciones del futuro. Aquí no vamos a llegar tan lejos. Pero sí dejaremos constancia de un pálpito: los grises gestores, pendientes de antemano de aquello que su ciudadano todavía no puede saber que le preocupa, cotizarán al alza frente a líderes carismáticos construidos a base de markéting político e ideas-fuerza paradójicamente débiles. Los acuerdos prácticos para el conjunto de la sociedad deberían imponerse al enfrentamiento prefabricado que busca del votante la adhesión propia de un hincha futbolístico.

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Vecinos chivatos

En Cuarentena/El astigmatismo de Chesterton por

Esta cuarentena nos ha traído una nueva subespecie urbana. Se trata de los vecinos chivatos.

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(Anti)terapia de confinamiento: educa tu mirada

En Cuarentena por

He de confesar que en las últimas horas, días, semanas he buscado con disciplinada pertinacia una forma original de abordar la cuestión del coronavirus.

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Conocimiento: cómo bordear el absurdo y el hastío en la cuarentena

En Cuarentena/Distopía por

Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina.” (A. Camús, La peste).

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Días de monástica y escolástica reclusión

En Cuarentena/Distopía por

De entre las historias monacales, siempre inspiradoras de una espiritualidad singular, que uno recuerda hay una que parece especialmente adecuada para la ocasión. Es la de un novicio que, recién ingresado en un monasterio situado en las montañas, decía llevar una vida extremadamente feliz, debido sobre todo a los diarios y largos paseos montaraces que disfrutaba con inocencia y gratitud. Hasta que de pronto, un día, su director espiritual le dijo que renunciara a dichos paseos. Detrás de esa renuncia, que llevó con resignación y solo con el tiempo acabó comprendiendo, había tanto un espíritu de genuina obediencia como una sabia enseñanza sobre el papel de lo mundano en el orden del ser. Puede que la situación de reclusión que muchos vivimos actualmente, siendo tan diferente a la experiencia del monje, tenga sin embargo un poco de ambas cosas.

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