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Para ti, mi amor, mi individuo de la mayoría silenciosa

En Cataluña/Elecciones 27S/España por
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En este artículo no van a encontrar ningún posicionamiento ideológico, ninguna declaración del gurú de turno salido de la think tank de la factoria aznariana. Tampoco un discurso nacionalista, histórico ni salves al orgullo patrio (alguno por ahí arriba cree nos morimos de ganas de volver a la cota de malla y a las ballestas para reconquistar sus ideas).

Estas líneas son una reflexión en voz bajita sobre los millones de personas que en esa comunidad autónoma han asistido progresivamente, desde el parto democrático, a una estafa piramidal de sus derechos de ser representados y gobernados por la responsabilidad y la virtud moral, máxima escondida en los cajones más mohosos del ejercicio de la política.

El catalán ha visto atónito como sus expectativas de futuro y de estabilidad, principio básico de los estados modernos actuales, corría con travesura en un juego de vasos que han pilotado tipos más pillos que el mejor de los trileros gaditanos en tiempos de “La Pepa”.

Es una duda más que razonable, que ni las oraciones más de andar por casa han resuelto, plantear la existencia de la “mayoría silenciosa” a la que el gobierno ha hipotecado su futuro más inmediato. Curioso, ¿Verdad? Atribuir a quienes a duras penas figuran en las encuestas (y no digamos en el parlamento) algo tan importante como definir qué va a ser España desde el punto de vista de la otoñal entelequia popular. Rajoy ya nos ha explicado que según la Ley Fundamental, España seguirá siendo España hasta la noche de los tiempos.

En cualquier caso; esta llamada progresiva a medios, empresas, individuos y gatos con ademanes humanos a hablar sobre las bondades de refugiarnos todos bajo el cacharrito de la “Ñ”, me ha hecho tejer un paralelismo algo arriesgado sobre el gobierno y la desesperación que García Márquez decidió colorear en Florentino Ariza durante su existencia en “El Amor en los tiempos del Cólera”.

Desde Madrid suena una serenata de violín mal aprendido que viaja tarde, echémosle la culpa al azaroso viento, por el cementerio de los pobres hasta llegar sin sabor, más triste que despierta, a una altiva Fermina Daza. Y ésta entiende lo que suena. Y siempre lo entendió durante las décadas que duró aquel ritual. Y en su mutismo estuvo su esplendor, su atractivo. Pero resulta que ahora los acordes vienen galopando anunciando ultimátum de un enamorado que antes se conformaba con el afán de tocarle al orbe y que ahora exige un grito definitivo de correspondencia antes del próximo amanecer.

La España del 2015, como tantos otros países en tantas otras cantinas del mundo, se está bebiendo a palo seco su crédito histórico a base de chupitos de hiel.

La sequedad del “proceso soberanista” ha llegado a coger forma de interrogantes para aquellos que solo veían esta andadura como un reclamo más o menos acertado de legitimidades y competencias del que había sido un partido de gobierno local, “serio y responsable”, que durante años cumplió con torpeza humana universal (quiero decir: gran capacidad de hacer cagadas y no reconocerlas) la tarea que se le había encomendado: llevar la seguridad de un Estado en tiempos de paz y prosperidad a medidas concretas de carácter social que influyan en el progreso de las comunidades más básicas; Las familias y los individuos que forman parte de ella.

“¿Y qué hago el 28 de septiembre? ¿En qué va a quedar todo esto? ¿A dónde llevo a mis hijos a la escuela? ¿Y si sale? ¿Nos tendremos que marchar? ¡Ay por Dios! ¿Y si no sale? ¿Hasta dónde nos van a llevar? ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Y si se me escapa el castellano en el bar al hablar con mi hermano de Alicante? ¿Y si me escuchan por la calle? ¿Cómo será eso de cambiar el pasaporte? ¿De qué color será? ¿Cambiarán las señales de tráfico? ¿Y mis ahorros?”

El fracaso del encuentro con el otro, el empeño de seguir creyendo después de muchos años de cama matrimonial en el imperio de los monólogos, es el punto de arranque del ciclo de violencia mimética al que estamos asistiendo, que ya tiene perfectamente acuñado en cartón cutrón al chivo expiatorio (“¡España nos roba por encima del 3% de comisión!”), y que ha terminado por erradicar de las paredes óseas del individuo el fundamento uno de sus seguridades. “El suelo que piso es amable, fuerte y robusto. Aquí puedo preparar mi tierra. Aquí contemplarán mis seres queridos, cuando mi cuerpo solo sea la sombra de una piedra, el hombre que yo fui y que quise llegar a ser”.

Lleguemos al fin de esto. Por más que se empeñen en hacer de noche el día, sacando a las estrellas de sus balcones celestes para que ondeen bien sujetos a telas y postes, sigue habiendo algo extraordinario en los apolíticos que luego son entrevistados por la historia de su pueblo en La 2 o en Discovery Max. Son ellos al final los que son preguntados por su devenir, por su ubicación, por cómo vivió aquella última Diada, aquellas definitivas elecciones. Dónde estaba su familia o qué cenó aquella noche. Son ellos la voz a la que recurre el mundo en última instancia para saber la verdad.

Porque los actores principales, dice la historia, se acaban diluyendo en las responsabilidades de sus actos, siendo encasillados como propulsores de un cambio que jamás llegaron a vivir con plenitud porque sus carnes resultaban ser igual de pestilentes que las del resto, con la diferencia de que ellos acaban muriendo sin saber en tierra el calificativo final que la misma historia otorga a su acierto, osadía, hazaña o locura. No ven en vida el resultado de sus expectativas finales porque estas son escritas por personas a las que les gusta amar por encima de construir un nombre propio general que nada tiene que ver con su cotidianeidad más singular.

Creo que es prudente dudar que Hitler en el 37 pensase que la historia le recordaría como un fanático suicida que hizo temblar al mundo.

Esto último me vale para una intuición.

En el mismo momento en el que un salafista de manual del Ministerio de Interior es encarcelado en Marruecos tras volver arrepentido del esperpento de la yihad, en ese momento el Estado Islámico ha perdido la guerra contra la vida y la libertad.

En el instante en el que un Nazi convencido siente el hormigón de su alma cada vez que tiene que volver a cargar el camión con cuerpos desnutridos para convertirlos en ceniza, es ahí cuando el Tercer Reich se desmoronó por completo.

Si un catalán, sin España ni Castilla, desde su necesidad “vital” de aire nuevo, portavoz de las asociaciones civiles que llevan un sí “cueste lo que cueste”, tras el resultado del 27 –S, piensa que se ha podido equivocar, sea cual sea el resultado, ese ejercicio de reflexión en el impacto de la ola, será lo más auténtico, más honesto y más humilde que haya hecho durante su viaje por el limbo legal.

Es a ese tipo al que desde ahora, yo; Estado, iría a buscar.

Con mayor o menos intensidad. Con mayor o menor capacidad de influir en su realidad y en la realidad impuesta. Si un individuo pone su brújula a mirar en dirección distinta a la que le deben atribuir sus genes, su formación, su tierra, su lengua, su contexto, su amor, su trabajo, su familia, sus amigos… En ese mismo momento no hay delirio que combata contra la capacidad de esa persona de libremente equivocarse a favor de su comunidad más íntima, de su yo más personal, donde reside el anhelo de morir sabiéndose guarecido por un nombre que va más allá del “Yo soy catalán, castellano o español”.

Señores, hablamos de un hombre íntegro y probablemente feliz. Y es a ese tipo en concreto, déjate de mayorías silenciosas, al que yo hablaría sin dudarlo para que acuda a votar el 27-S.

(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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