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El tonto es más peligroso que el malo

En Cataluña/Elecciones 27S/España por
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Seamos sinceros: más allá de los límites legales, los catalanes tienen toda la legitimidad del mundo para expresar de alguna manera su pretensión de independizarse o no del resto de España ya sea por medio de cauces acordados entre todos o manifestándose a través de otras vías (cultural o socialmente).

El independentismo, si bien en los términos en que se plantea atenta directamente contra la legalidad, según todas las fuentes autorizadas, no es ideológicamente “peligroso”, como pueden serlo determinados sistemas de pensamiento propios del siglo pasado y que sí suponen un atentado directo contra la dignidad y la libertad del hombre (el comunismo y el nazismo son ejemplos de ello). Al menos por ahora.

Ahora bien, lo que de verdad sorprende y lo que puede suponer un peligro real para los catalanes (entre los cuales me incluyo) es la extraña deformación de la democracia en dos direcciones (que en realidad son una):

La primera, la moralización de una causa al servicio de la cual todo lo demás es accesorio, incluso la libre competencia de las ideas y decisiones de los demás. Prueba de ello es el hecho de que hay quien ha montado en cólera por la decisión de la Junta Electoral de obligar a la televisión pública a emitir actos de todos los partidos, dado que ha invertido ingentes cantidades de dinero y medios en dar bombo a las movilizaciones en pro de la independencia.

Tanto es así que la nueva definición que ha adoptado la noción de democracia consiste, ya no en la representatividad de los ciudadanos en el poder público sino en la obligación de cada uno de los actores (públicos y privados) de plegarse a la voluntad de la mayoría, existan o no competencias democráticas para tomar decisiones en nombre de aquellos.

Así, si empresas o los bancos advierten de que abandonarán Cataluña ante una hipotética independencia (por poner un ejemplo de esta semana) lo hacen como “traidores” al pueblo y a modo de “chantaje” a la democracia, al servicio de las garras imperialistas de España, y no en calidad de personas que ven peligrar su modo de vida ante la deriva de un proyecto que, según todas las previsiones, tiene un riesgo grande de estrellarse.

Y aquí es donde entra en juego la segunda de las direcciones: tanto si Cataluña es viable económica y socialmente a medio o largo plazo como si no, el verdadero peligro que corre es el hecho de haber construido un sistema ideológico completamente ajeno a las señales de la realidad.

El otro día, los británicos tuvieron su rato de sano humor escuchando al cabeza de la lista independentista explicando en la BBC que, en realidad, solo él sabía cómo había que interpretar la Constitución y que, cuando quienes la escribieron definieron como “indisoluble” la unidad del Estado, en realidad quisieron decir otra cosa.

 

 

En la misma entrevista y hoy mismo, Romeva ha defendido también que, aunque toda la UE ha expresado repetidamente que cualquier territorio que se independice quedaría fuera de la unión, en realidad no se refieren a Cataluña (¿Cómo iban a dejar fuera a Cataluña, si es la monda lironda?).

Ambas son cuestiones que deben estudiarse con sumo cuidado, pues, tanto si Cataluña tiene derecho a independizarse como si no, determinarán el éxito o fracaso de su proyecto.

Lo triste es que ha tenido que decírselo Obama, Merkel, Juncker, David Cameron, Mariano Rajoy y el expresidente catalán del Parlamento Europeo, Josep Borrell (a quien han vetado en la televisión pública catalana).  Incluso se lo ha dicho el actual vicepresidente de la Comisión Europea por Twitter, y Romeva persiste en su obcecación.

 

 

 

 

 

Mi consciente y persistente fe en el hombre me obliga a creer que el amigo Romeva está completamente alienado por la ideología (y que, por tanto, no existe en él la maldad del engaño deliberado a la ciudadanía), pese a que las declaraciones de los líderes de su lista y de las organizaciones que la respaldan empiezan a parecerse a aquel chiste del más grande de los hermanos Marx:

 

democresiaGroucho

 

Sin embargo, casi preferiría que la inopia del circo de Junts pel sí y de quienes les jalean se debiera más a la maldad de quien recurre a la mentira que a la alienación de quien no puede, no quiere o no sabe salirse del sistema ideológico en que está inmerso para ver las causas  y consecuencias reales de las propias decisiones.

Al final, salvo contados casos, la estupidez puede ser más cruel y destructiva que el odio, dado que quien odia siempre tiene claro a quien odia, pero para el estúpido cualquiera es sospechoso de los propios males.

Si tengo razón, no les quepa duda de que, en caso de independizarse, la pérfida España seguirá siendo la causa de todos nuestros males, y quienes lo pagaremos seremos los “fachas” que, siendo catalanes, no nos resignemos a comulgar con la causa. He ahí el origen del totalitarismo, que –recordemos– solo es posible si viene de la mano de la “democracia”.

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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