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Cataluña: de la independencia al bono basura

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No les desvelaré nada si les digo que España y la UE se encuentran inmersos en una recesión económica grave y profunda, cuyas causas van mucho más allá –al menos en los países denominados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España)– de las recesiones cíclicas que, según los economistas, experimentan las economías de vez en cuando, para después volver a la senda del crecimiento económico.

A diferencia del famoso Crack del 29 (la mayor depresión económica que ha conocido el mundo hasta hoy) o de otros periodos de recesión más o menos largos y profundos, la actual recesión económica mundial (debido a la explosión de una burbuja financiera) ha derivado en algunos países (los PIGS, entre ellos) en una crisis de deuda, producida a su vez por un déficit de competitividad que hace a estos países imposible remontar sus cuentas en el mercado global.

Esto lo habíamos escuchado ya antes, pero ¿Qué significa?

Para entenderlo, conviene saber que, teniendo en cuenta que la tendencia de los países es al crecimiento económico, se permite y es saludable que los Estados se endeuden, teniendo en cuenta que con cada año de crecimiento del PIB, el porcentaje de la deuda que tenían antes es menor respecto a su PIB (su riqueza). Esto se debe a que, aunque la deuda sea la misma que cuando su riqueza era menor, al tener una economía mayor les resulta más fácil pagarla.

Ocurre, sin embargo, que si se acumulan muchos años con déficit en las cuentas públicas (mayores gastos que ingresos) la devolución de la deuda y los intereses (el precio que se paga por el préstamo) es cada vez mayor y el Estado tiene que destinar una mayor parte de su presupuesto a pagar la deuda. Este presupuesto deja de invertirse en aquellos sectores que generan crecimiento, por lo que se hace cada vez más difícil que el crecimiento económico compense el endeudamiento.

Esto es precisamente lo que ha ocurrido en España: al producirse una recesión grave como la que comenzó en 2008, que produjo una caída en la demanda del mercado internacional y un déficit de oferta de dinero para prestar, a España se le ha juntado la tormenta perfecta: si ya le resultaba imposible crecer más que endeudarse, durante estos años ha visto mermados sus ingresos por la recesión y, debido a la crisis financiera (escasez de oferta de fondos para invertir) y a que la deuda española es poco competitiva (cada vez hay más dudas de que pueda pagarla, aunque parece que ahora da una tregua) la deuda se vuelve más cara todavía y tiene que destinar mayor parte de sus fondos a pagarla.

Es por esta razón que la estrategia del actual Gobierno, en lugar de aplicar una política económica de crecimiento, como se haría de forma habitual en cualquier recesión (para lo que es necesario aumentar el endeudamiento), ha sido la de tratar de equilibrar las cuentas del Estado para que un eventual aumento del gasto y la inversión puedan producir de facto el crecimiento económico deseado.

 

¿Qué ocurriría en una Cataluña independiente?

En este contexto, azuzado sin ninguna duda por la crisis económica y la carestía en los hogares, viene produciéndose un incremento de la presión independentista en Cataluña, bajo la acusación al resto de la nación de “lastrar” económicamente a la región y la promesa de una edad de oro como república independiente.

Más allá de la razón o no del argumento del “lastre español” del que no pretendo hablar aquí, es inevitable que surjan dudas acerca de la segunda promesa:

En primer lugar, quienes afirman que, pese a que en un primer término se producirían turbulencias, a medio plazo Cataluña sería un país boyante, parecen creer que el “nou país” sería una especie de Estado in media res, cuyo único reto sería el de realizar las inversiones necesarias para configurar las estructuras propias de un Estado moderno.

Sin duda olvidan que, dejando a un lado la parte proporcional de la deuda del Estado Español que nos correspondería (me incluyo como catalán que soy) –y que en el conjunto del Estado está cercana al 100% del PIB– Cataluña tenía el año pasado el equivalente a un 32% de su propio PIB comprometido como deuda autonómica.

Así pues, se diga lo que se diga, parece ser que el “nou país” nacería por de pronto en una coyuntura de crisis de deuda agravada por los retos que supone la creación de un nuevo Estado en términos económicos y por la siguiente realidad.

El segundo punto que valoran quienes sueñan con un futuro dorado en una futura república catalana es el hecho de que Cataluña es uno de los principales motores económicos de la nación española. Así, si durante la primera década hemos visto al mundo admirarse del “milagro español” en términos de crecimiento económico, cabe afirmar que buena parte de este milagro se debe también al desarrollo económico que ha experimentado la región.

Sin embargo, lo cierto es que el “milagro español” tiene lugar como consecuencia del acceso a un mercado ingente que se produce desde la introducción del Espacio Schengen en Europa (libre comercio en la UE) y de la adopción del euro. Durante años, la disponibilidad de una moneda fuerte ha permitido a España mejorar su acceso al mercado internacional sin necesidad de mejorar su competitividad, al experimentar un crecimiento exponencial debido al reciente acceso a todos los mercados del euro en condiciones de igualdad.

Ha sido precisamente durante esta época durante la que España (como el resto de los PIGS) ha cubierto su falta de competitividad en los mercados internacionales a base de endeudamiento, invirtiendo y reinvirtiendo para mantenerse sobre la ola de crecimiento económico hasta que ha llegado la primera recesión económica de gravedad.

Justamente, Europa, al darse cuenta del error de haber permitido que esto sucediera, ha impuesto límites al endeudamiento de las economías europeas en lo que se conoce como Pacto de Estabilidad y Crecimiento Económico, cuyo cumplimiento es (en la teoría) obligatorio para los países miembros de la eurozona (aunque hemos visto que los países económicamente más potentes se lo han saltado cuando ha sido preciso) y desde luego innegociable para quienes quieran entrar a formar parte del club europeo.

Así pues, en el caso de una hipotética independencia, lo que nos encontraríamos es una Cataluña, al menos provisionalmente expulsada de la UE (tal como han reconocido los promotores del proyecto independentista), sumida desde el inicio en una fuerte crisis de deuda que dificultaría su crecimiento, sin acceso libre a los mercados que hasta hoy representan toda su clientela y tratando de construir unas estructuras de Estado sin disponer de fondos propios ni de financiación.

Ahora ve tú y cumple las condiciones presupuestarias necesarias para reingresar en la UE.

Bien que hagamos el gilipollas y juguemos a que no somos españoles, pero si la pantomima incluye tirarse a un pozo para ver qué ocurre, yo no juego.

 

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(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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