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Catalanes: ¡siempre seréis españoles!

En Cataluña/Elecciones 27S/España por
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img_art_14518_6388Decía Jacques Maritain, inmerso ya en la Europa de la posguerra y sintetizando la larga erudición de los filósofos clásicos, que en la realidad social del ser humano, en el hecho colectivo, debían diferenciarse dos entidades materialmente semejantes pero diferentes en cuanto a la forma.

Hablaba de “communitas” y de “societas” para referirse al grupo humano. Communitas sería aquél al que se pertenece por nacimiento, y societas designaría la asociación (disculpen la redundancia), nacida de un consorcio de voluntades creadoras, de una pluralidad de hombres en aras de un fin predeterminado.

De la comunidad, siempre según el autor francés, debían predicarse análogamente las notas que en Metafísica u Ontología se predicaban del concepto “natura“, en concreto aquélla por la cual esto es esto y no aquello, previa a la esfera de la libertad. Así ocurriría, por ejemplo, con la comunidad más básica posible, que es la familia. Nadie pertenece a una familia concreta por decisión propia ni puede liberarse del título a voluntad: uno nace, no se hace un apellido concreto. Siempre seremos hijos de nuestros padres por mucho que maniobremos en contrario. La ciencia aún no ha avanzado lo suficiente como para operarlo.

Y con la sutileza de la pluma filosófica, pero sin sentar cátedra, Maritain, como hubieran hecho quienes le precedieron, llamaba la atención sobre la cercanía de las palabras natura y natio en la misma familia lingüística. Ambas tenían una raíz etimológica común, que era curiosamente el término “nascor“, nacer en nuestro castellano.

Y definía aquella comunidad gigantesca (que no sociedad) como el colectivo que comparte una misma cultura y sentir sobre un mismo territorio, unido por lazos análogos a los de fraternidad. Así como el hermano ama al hermano por haber sido ambos engendrados de una misma madre en una misma familia, los connacionales nacerían unidos por un vínculo sui géneris, constituido por el nacimiento de madres vecinas ya vinculadas según lo dicho, en los campos de una comunidad que sería llamada con justicia Patria.

No casa bien el arcaísmo escolástico con el existencialismo de nuestro siglo: en el mundo de hoy, lo que no puedas escoger no existe. Nada hay dado indefectiblemente por naturaleza, todo es mutable; desde los apellidos figurantes en el Registro Civil hasta el sexo de uno (y dentro de poco la propia humanidad será objeto de oferta y demanda), todo es fruto de una decisión, deliberada o no.

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Todo lo que somos lo somos porque queremos, y no somos nada con antelación. Es célebre la distinción sartriana entre el ser-en-sí, o lo que es esto y así y no puede alterarse, y el ser-para-sí, el ser personal, aquél que se autodetermina en su totalidad; que llevado a sus últimas consecuencias sólo posee de antemano el mismo ser libre con que después se decidirá a sí mismo.

Pero como buenos librepensadores, deberíamos enjuiciar críticamente el dogma recibido de la antigüedad, y observar atentamente si es cierto que todo en el hombre son elecciones (“electa“) o si por el contrario el elemento fáctico de la existencia arroja necesariamente un algo anterior, predefinido (“data“). A modo de ejemplo, reduciendo al absurdo la propuesta filosófica y sembrando la duda (espero que no el pánico): ¿es posible elegir no ser racional? ¿Puede alguien optar por no ser libre?

Alguien dijo que no, que estábamos condenados a la libertad.

El fenómeno nacional está fuera de duda. Uno no elige amar a su Patria como no elige amar su alquería (y no me refiero a la rojigualda, por mucho cariño que se la tenga); uno viaja a París y cuando en el destierro escucha una voz castellana con acento “andalú” se le hincha el pulmón de súbito, brinca el corazón y los ojos se le abren como platos. Cuando juega la Selección, jugamos todos; y cuando se regresa del exilio, una brizna de viento acaricia la piel desnuda y eriza el vello del brazo del compatriota, y recuerda los campos de Castilla, los parajes de Aragón, la tierra de Andalucía. Y se siente en casa aunque esté en la del vecino. Quizá porque, como dijera santo Tomás, la semejanza es causa del amor y el amor causa la semejanza.

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Los súbditos de la misma nación tienen un mismo pensar y un mismo sentir. Los guiris proseguirán in aeternum su solemne lamento: Spain is different, y los alemanes jamás nos entenderán. Sólo un patriota puede entender a otro patriota. Y esto, nos guste o no, es así. Nunca existirá a priori tanta cercanía entre un polaco y un italiano como entre polacos o entre italianos, o al caso, entre españoles.

Pero ocurre que la communitas bien puede ser herida en su más profunda esencia, y así como renegó el hijo pródigo de la casa paterna, una franja regional puede arramblar con la despensa del padre y fugarse con sus enseres a tierras lejanas (aunque fueran de la misma familia), a malgastar provisiones y legados más allá de la vigilancia del ascendiente. Porque los hombres son imprevisibles, y los más cualificados para tirar piedras contra su propio tejado.

Ese sentir, ese pensar, esa cultura, pueden ser aniquilados como todo bien corruptible. Los siglos XX y XXI españoles, si nos han enseñado algo, ha sido a corromper la Historia y reescribir libros de texto, tanto en castellano como en catalán. Puede el hombre enajenarse en una idea, en un fantasma, y henchirse de orgullo o hasta caer en idolatría de una imaginación fraudulenta, de modo muy similar a como hace 80 años se alzaba la diestra sobre un hombre y una bandera consagrando la vida. Y sentían una “españa”, Dios sabe cuál, como entidad superna a la que dedicar la existencia. “Dios sabe cuál” me he atrevido a escribir, porque mientras se entonaban apologías de un símbolo representativo se hacía escarnio y se aniquilaba con fiereza el ente representado. Al menos en muchas ocasiones.

Puede el hombre extraviarse y llamar padre al sobrino. Poco más que un papel sellado de un registro, o en su caso una locución en el resultado de una prueba de paternidad, hacen prueba frente al hijo de su filiación si no la hubo conocido hasta la madurez. Aun en el caso de los adoptados, es traumático muchas veces cuando se dan cuenta al fin de que su madre no es su madre, y si es traumático es porque la apariencia era tal. Y recrear circunstancias es tarea ardua, pero posible.

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Lo de Cataluña es un drama: millones de personas desconociendo como hijos de prostitución la cama en la que fueran engendrados. Ciudadanos convencidos de que su región, aun siendo patria chica como dijera León Felipe, no lo es, sino Patria grande, nación materna. Una madre esterilizada desde la cuna, que apenas unos años gozó de la autonomía que a todas se debe. Un Estado por derecho (y por Derecho), al que se le niega soberanía, sometido con intolerable vileza por un ente extraño y opresor.

Lo de Cataluña es un drama. Pero allende la tragedia, y hablando desde la subjetividad del catalanista convencido, la apariencia es apariencia, y sólo lo probado merece la categoría de certeza. Más allá del mundo de las opiniones, de la creencia particular, se halla la veracidad de la proposición, la adecuación entre la idea y la realidad, y este obstáculo será siempre insalvable, porque la veritas es una e inmutable. Adelante, llamadme carca y fascista, pero por mucho que duela el adoptado será siempre adoptado, aunque llore, patalee, crea o elija ser hijo por consanguinidad.

Es un drama que el hijo reniegue del padre, de sus hermanos, perjurando no haber sido engendrado de las carnes de que procede, y que amorosamente a él se dieran.

Esa verdad es que, pase lo que pase (¡os duela, catalanistas españófobos!), ellos siempre serán españoles. Esa verdad es que la communitas española precede a su societas pretendida nación. La verdad única es que su “Cataluña nacional” no existe: es un falaz invento de pecadores. Y hagan lo que hagan, no podrán escapar de sí mismos mientras no se cuelguen de un árbol, y los tiros de momento no van por ahí.

Sempre sereu espanyols.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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