Catalanicidad fecundante

En España por

Una de las peores cosas de esta década de procés es cómo ha contaminado la ética y la estética de la protesta política. Hagan la prueba de sustituir mentalmente por esteladas las banderas españolas de las manifestaciones de algunos barrios madrileños. El paralelismo viene de lejos. (O de todo lo lejos que cabe en este paréntesis que ha detenido el tiempo).

El descontento contra la gestión del Gobierno de Pedro Sánchez empezó a exteriorizarse mediante caceroladas. Aunque nació en Francia en el siglo XIX, esta forma de, digamos, expresión, ha estado especialmente presente en las últimas décadas en América Latina. Allí ha tenido un protagonismo transversal. Aquí ha estado más patrimonializada por el podemismo y por el independentismo catalán. Éste último ha llegado a usar el método para perturbar la estancia de los policías nacionales llegados desde otras comunidades autónomas durante octubre de 2017.  Ahora, algunos madrileños desfogan su descontento político aporreando un instrumento de cocina en el balcón. No es el retrato más estimulante de un cierto estrato social. Todavía no hemos visto balcanizada la calle Velázquez. Es un alivio. Pero empieza percibirse en cierta burguesía capitalina el espíritu revolucionario que invadió al buen convergente hace alrededor de ocho años. “Aquests són de set a nou-nou i mitja”, me dijo este otoño una vecina de la capital catalana, con cierta sorna sobre el horario reivindicativo. Entre el confinamiento y las costumbres tirando a noctámbulas, en Madrid la cosa tarda un poco más en animarse.

Es parecida la puesta en escena y es parecido el espíritu. La indignación madrileña empieza a dar por bueno que disentir de una ley legitima para desobedecerla. Es el motor que ha guiado al independentismo desde 2012. El mensaje resulta un poco incongruente. Ya hemos dejado escrito aquí que la gestión del Gobierno ante este reto deja, siendo generosos, mucho que desear. Ante ese panorama, lo razonable sería extremar uno mismo las precauciones. No parece cuestión de dejar en manos de este ejecutivo el posible rebrote. Así las cosas, abarrotar las calles es una actitud irresponsable que banaliza el contexto trágico en el que tiene lugar. No hay más que ver uno de los contraproducentes efectos conseguidos: los creadores de opinión del “no se podía saber” subrayan ahora las dimensiones de la pandemia para criticar estas concentraciones. El lógico reproche al disparate del 8-M pierde fuerza. Se puede discutir si el estado de alarma es o no el mejor vehículo para conducir esta situación, transcurridas ya nueve semanas. Y queda mucha crítica que hacer. Pero, sencillamente, no es el momento de llevar a cabo una manifestación en la calle. Y menos sin hacer el mínimo esfuerzo por trasladar una imagen de respeto al distanciamiento. Llegó a verse a la reportera de Antena 3 TV Elena Salamanca rodeada por individuos que la imprecaban. Nunca subestimes la influencia de las CUP.

Al firmante le faltó tiempo para evocar a Berlanga. Sin duda las estampas de Núñez de Balboa habrían nutrido planos-secuencia memorables. Revisa uno las imágenes esperando que asome de un momento a otro el marqués de Leguineche. Después apareció el arrepentimiento. Fue cuando se escuchó a políticos argumentar su crítica en la renta per cápita de los habitantes de un distrito. Lo decían en serio. Han salido a relucir los “cayetanos”, en referencia a la canción de Carolina Durante. Un compendio de prejuicios clasistas que enloquece a cierto establishment mediático y cultural. Qué dirían de Vox llamando peyorativamente a los residentes de un barrio obrero por el mero hecho de serlo. Cualquier análisis sobre estas concentraciones pierde buena parte de su posible fuerza en cuanto emplea el término “pijo”. Mientras, en Moncloa, Iván Redondo acaricia un gato. Qué mejor homenaje a San Isidro que que otro venga a hacerte el trabajo. La caricatura que lleva dos años esbozando convertida en carne mortal por voluntad propia.

El 3 de febrero de 1978, José María Carrascal publicó en ABC un artículo en el que abogaba por impregnar la vida española de influencia catalana. “(…) no se trata de sustituir la hegemonía madrileña por la barcelonesa (…) Lo que aquí sugerimos es cosa muy distinta y más profunda: que la catalanicidad pase a ser parte operante del alma española, hasta ahora no fecundada por ella (…)”. Enhorabuena, señor Carrascal. Deseo cumplido 42 años después. Sí, se refería a la Cataluña dinámica y moderna que se convirtió en una envidiable locomotora económica, no a la que está presidida por un individuo que participa en los cortes de carretera que complican la vida de sus propios administrados. A veces hay que tener cuidado con lo que se desea.

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(Madrid, casi 1984). Licenciado en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. He trabajado en Intermedios de la Comunicación, Onda Cero Radio, Popular TV, esRadio y Trece. Actualmente dirijo el programa XTRA! en Non Stop People (dial 23 de MoviStar+).