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Albert Boadella, Tabarnia y la religión laica del independentismo

En Cataluña/España por
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“Casi no he tenido que hacer fantasía, la realidad a mí alrededor ha sido mucho mejor”. Es difícil que un dramaturgo de la talla de Albert Boadella, con estudios internacionales de interpretación, fundador de la compañía Els Joglars, la friolera de ocho años como director artístico de los teatros del Canal y diferentes reconocimientos en el ámbito creativo pueda decir algo así con el aplomo con que lo dice. Pero ocurrió: el martes 22 de mayo, el presidente de Tabarnia en el exilio, fue el protagonista del II encuentro Alumni UFV by Democresía.

Se puede y debe destacar que el recorrido que ofreció Boadella por la visión y sentimientos de una persona no independentista en la Cataluña de los últimos años parecía un acto tan automático como el de cualquier ser humano andando, sin pensar ni dudar al hacer un camino de vuelta a casa.

Sin grandes aspavientos y muchos ejemplos, contó la historia de su tierra como una historia personal, con la pertenencia característica de alguien marcado por su estancia en Francia y el sentimiento patriótico del país galo. Durante casi dos horas contestó a las preguntas de Ignacio Pou, Ricardo Morales y del público presente en el encuentro, acerca de qué está pasando tanto en las instituciones catalanas como a pie de calle. Habló también, como es lógico, de Tabarnia y de su último libro¡Viva Tabarnia!.

De Jordi Pujol a Quim Torra, pasando por todo el bloque independentista, Boadella no duda a la hora de definirles: “parecen auténticos miembros de mi compañía”. Según el cómico, por mucha inventiva que él pudiera situar sobre un escenario, de nada serviría: ellos a la semana ya la habrían dejado en nada.

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Para explicar lo que sucede culturalmente en Cataluña, el dramaturgo compara el nacionalismo con una suerte de “religión laica”: un movimiento a través de la cual se retira de la base del pensamiento a la razón y en su lugar se coloca la fe, no en un dios sino en el independentismo. Movilizando, cuenta, de esta manera a las personas de las iglesias a la causa independentista. “En mi pueblo se ha pasado de 100 personas en misa a 3 y el independentismo ahora es un 103%, así se explica”.

Según afirma, esta ideología ha ido forjando una estética nacionalista hasta tal punto “que hace que en Tramontana, cuando el viento es muy fuerte y se vuelan las cosas, se ve un ir y venir de objetos amarillos”. Pero, aunque ahora son los lazos y objetos de este color en solidaridad con los presos derivados de la consulta ilegal del 1 de octubre y otras manifestaciones, la simbología no es algo novedoso: “Los catalanes han practicado esto bien con Els Segadors, que es un himno repugnante contra todos nosotros”.

En contraposición con el resto de España, en la que la insignias nacionales son normalmente asociadas a una ideología y no a una pertenencia y tratadas peyorativamente como cosas ‘fachas’, en Cataluña “han hecho lo que no ha hecho el resto de España con la simbología, allí hay un exceso de lo que en el resto de España hay un defecto”.

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Siempre podría caber que, con toda esta explicación, o a pesar de ella, hubiese una mínima salida, una brecha por la que encontrar el encuentro a través el diálogo. Pero tras -en esta ocasión sí que hubo- unos instantes de reflexión, la respuesta era clara: el diálogo es muy difícil con la fanatización que se ha desarrollado.

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Son ya dos las generaciones educadas “en el odio a todo español y lo español” y sobre eso no se puede cimentar un encuentro. Se ha ido creando una distancia y diseñando la diferencia hasta en el catalán por el que “hasta han cambiado palabras para que no se parezca al español”.

Por todo esto, nace de la mano de Albert Boadella y Jaume Vives la afamada Tabarnia. La unión de Tarragona y Barcelona, en las que hay una mayoría no independentista, pero que no tiene ningún rasgo político ni intención alguna de convertirse en algo político más allá de ser “un espejo que muestre el ridículo” de sus pretensiones a los nacionalistas. Pero esta no puede ser una respuesta efectiva ni tiene intención de serlo porque, sentencia el ‘presidente de Tabarnia en el exilio’ que “hay que exigir al Estado que actúe”.

“No se puede tolerar que el español no sea lengua vehicular o que se multe a una tienda por no rotular en catalán. Hace falta que 155 se aplique bien, no un 155 de hasta la puntita y nada más, que se aplique la ley”, reclamó Boadella, que explicó también en esta línea cómo ha sufrido pintadas, que le tiren bolsas de basura o corten los setos de su casa tras sus reivindicaciones como Tabarnia.

El fundador el Els Joglars no ocultó que a él le hubiese gustado dedicarse al teatro pero asegura que, por las circunstancias, eligió involucrarse y gastar una parte de su vida a este campo socio-político. Reivindicó la necesidad del civismo entendido como una participación activa y no quedarse al margen como simples “espectadores de la política”.

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Y es esto lo que justo él echa en falta en su profesión, que el gremio del teatro no mantenga el “pensamiento único”, porque esto ya no son los 80s y la gente tiene demasiado que perder como para revolucionarse. O quizás no.

 

Próximamente, el vídeo completo del encuentro democresiano con Albert Boaella.

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Periodista en CESAL. Estoy aprendiendo siempre. Me apasionan la política, las causas sociales y la literatura. Soy un poco laísta cuando puedo y acentúo los 'sólo' cuando significan solamente. Formo parte del equipo de Democresía.

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