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36 años de “connivencia” en Democracia

En España por
Tiempo de lectura: 2 minutos
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Foto: Contando Estrellas (Flickr)

 

Suele decir un buen seguidor y comentarista de este blog que en España somos expertos en aprobar leyes que no pensamos cumplir.

Es algo que ya en su día desesperó a ‘Pepe Botella’ (no el marido de la alcaldesa de Madrid sino el hermano de Napoleón), que permitió cierto grado de libertad durante la dictadura y que en los últimos años ha beneficiado a la ‘casta’ política de la que tanto nos quejamos (y a muchos, muchísimos, defraudadores de impuestos y pícaros en todos los estratos sociales).

Es algo que forma parte de nuestro carácter, por lo general desenfadado y socarrón, y que nos ha permitido vivir bajo las situaciones políticas más injustas, pero que también nos hace profundamente incapaces de lograr hacer de nuestra España el Estado moderno, social y eficiente que, según creo, deseamos la mayoría de la ciudadanía.

Hoy se cumplen 36 años del nacimiento oficial de nuestra aún joven democracia, más de tres décadas de convivencia, hay que decirlo, bastante exitosa para lo que cupiera esperar. Eso no quita que hay errores imperdonables en nuestro certificado de nacimiento como nación moderna que han hecho inevitables algunos de los callejones sin salida a los que ahora nos encontramos y en los que ahora no voy a entrar.

Ahora bien, la otra parte de los problemas, los que afectan a la “calidad democrática” y a la protección de los derechos fundamentales, esos no tienen que ver con nuestra Carta Magna. Es cierto que la Constitución no pasará a la historia de la literatura política y legal, que es ambigua, poco ambiciosa y que concede demasiado espacio –por ambigua— a la interpretación del desarrollo de los derechos que en ellas se recogen. Aún así, es documento suficiente para forjar sobre él unos estándares de legalidad que garanticen la protección y seguridad jurídica de todos los ciudadanos.

Connivencia (RAE): “Disimulo o tolerancia en el superior acerca de las transgresiones que cometen sus subordinados contra las reglas o las leyes bajo las cuales viven.

En consecuencia, cabe juzgar que la degradación política de que nos quejamos es consecuencia, más bien, de una mala praxis continuada, de un desarrollo deficiente de las leyes a partir del marco constitucional, de unas estructuras creadas a medida para evadir el cumplimiento de la intención constitucional. Hecha la ley, hecha la trampa. Eso, más que convivencia en democracia, es connivencia en democracia.

No es implanteable una reforma de la Constitución. Decir lo contrario sería mentir, aún más cuando la que tenemos tiene deficiencias obvias. Sin embargo, es más que verdad que sería un error mezclar churras con merinos y pretender, a la vez, que el olmo dé peras, esperando que la solución sea dar muerte a un texto legal (a todas luces inocente, por incumplido), cuando el problema es moral y de falta de “voluntad” (de “querencia”) política –sí– pero también popular.

 

 

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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