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The Newsroom (X): entre el más cínico y «el más tonto»

En Dialogical Creativity/Periodismo por
Tiempo de lectura: 4 minutos

The Newsroom termina su primera temporada retomando los dos encuentros que desencadenaron toda la trama. Ya analizamos en Veredicto final cómo en el encuentro con el otro despierta la propia vocación. En esta ocasión son dos mujeres las culpables de que Will McAvoy abandonara la comodidad de un Periodismo neutral y sin compromisos y consagrara su vida a que Estados Unidos vuelva a ser «el mejor país del mundo». Puedes revisar la primera secuencia de la serie, con el conocido discurso de Will, para volver de nuevo a este corte y disfrutar mejor de un cierre de temporada redondo.

Disfrutar de un final de temporada a la altura de toda la serie es razón suficiente para recoger este vídeo. Pero tengo otras dos razones para hacerlo: clarificar qué quiere decir la expresión «el más tonto» y reflexionar sobre el papel de los becarios en una redacción.

Lo primero que conviene aclarar es el concepto de «el más tonto». Como vimos en la entrada anterior, un reportaje calificaba a Will como «el más tonto» por dejarse embarcar en una cruzada en nombre del buen Periodismo. Ese reportaje casi le cuesta la vida y, luego, su vocación. Sin embargo, el capítulo va precipitando otros significados, esta vez positivos, de la expresión «el más tonto». Sloan dice que es un término económico, y que la bolsa necesita a personas que sean «el más tonto». Es más: que Estados Unidos es el país por excelencia para quienes quieren ser «el más tonto». Ese idealismo del más tonto que nos puede costar la vida enlaza con la pretensión de ser quijotes a la que Mac y Will se embarcan al principio de la temporada.

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El Quijote es un personaje definido por una ilusión. La palabra ilusión tiene, en todos los idiomas –incluido el inglés- un sentido marcadamente negativo. Ilusión es sinónimo de engaño o autoengaño, de fascinación, de apariencia. Sin embargo, la palabra ilusión, en castellano (en la tierra del Quijote), tiene un significado ambivalente. Originalmente tiene un sentido exclusivamente negativo. Pero con el paso de los siglos va adquiriendo otro marcadamente positivo. El Quijote pudo ser inspiración para este cambio. Espronceda es el primer poeta que deja constancia escrita e incontestable sobre el uso positivo de esta palabra, que Julián Marías califica como una genial «innovación romántica» [Recomiendo el sencillo y profundo Breve tratado de la ilusión de Julián Marías, Alianza, Madrid, 1984].

En positivo, la ilusión significa la anticipación imaginada de una realidad querida y, al menos a priori, difícil, pero realizable. Así, para construir un futuro mejor es necesario, primero, imaginarlo y, a continuación, ilusionarnos con la realización de lo que imaginamos. Ahora queda claro por qué Marías sostiene que debemos al castellano una aportación fundamental para comprender al hombre. Porque no se puede comprender al hombre sin comprender qué significa ilusionarse, en el sentido positivo de la expresión.

Pues bien: todo este ex cursus sobre el desarrollo del concepto de ilusión era necesario para comprender la evolución que nos propone Aaron Sorkin respecto del concepto de «el más tonto». Para Sorkin, «el más tonto» es una expresión que en boca de los cínicos significa exactamente eso: «el más tonto». Sin embargo, ya Kapuscinski dijo que «los cínicos no sirven para este oficio» llamado Periodismo. En boca de un Will honesto y comprometido, «el más tonto» será aquel capaz de imaginar un mundo mejor y de gastar su vida en lograr ese sueño. Dándole la vuelta a la expresión, McAboy logra reírse de los que se ríen de él.

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Podemos preguntarnos si entre ser un cínico o ser «el más tonto» hay un término medio. Sin duda, la gama de grises es muy amplia y cada uno de nosotros somos un mundo. Lo más probable es que actuemos algunas veces como cínicos y, otras, como tontos. Dicho eso, la profesión periodística juega con un material tan sensible –las personas, sus proyectos y la convivencia social- que creo que no hay una sola acción profesional que no caiga en alguno de esos dos extremos. En el quehacer periodístico no cabe la acción indiferente. Cada acción periodística contribuye o bien al cinismo o bien a la construcción de un mundo mejor.

¿Para qué sirven los becarios?

La segunda lección que nos deja este corte es el valor del aprendiz en una redacción. Hubo una época en que el becario era un chico de los recados. Otra, en la que descargaba al redactor del trabajo desagradable. Últimamente, se trata a los becarios como un profesional más, solo que peor pagado. En todos esos casos, la situación es injusta.

Un becario es un profesional en periodo de formación. Eso significa que hay que introducir al becario en la dinámica de la profesión… y acompañarlo y guiarlo en cada uno de los procesos y actividades que debe interiorizar. Esto, al menos teóricamente, es fácil de ver. Sin embargo, solemos descuidar otra cuestión, que tanto el becario como el profesional deberían tener siempre en mente: un becario es una promesa de futuro.

Un becario es una ilusión. Por eso no es casualidad, sino genialidad en el guión, que el mismo día en el que McAvoy acepta reconocerse como «el más tonto» sea el día en el que contrata como becaria a aquella estudiante inocente que le sacó de su cinismo. Los becarios son una imagen futuriza de que los valores y la misión del profesional actual va a tener una continuidad y vigencia en el futuro. Es responsabilidad del profesional legar un buen testigo al becario. Y es responsabilidad del becario responder a las expectativas del profesional. En esa clave, uno y otro encontrarán el modo de articular adecuadamente su relación.

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Entonces, ¿para qué sirven los becarios en una redacción? Para lo mismo para lo que les sirven los jóvenes a los adultos: para saber que hay futuro. Para saber que «Es por ti por lo que Estados Unidos es el mejor país del mundo».
Este artículo forma parte es el último de la serie “The Newsroom, una lección de Periodismo“, publicado originariamente en Dialogical Creativity y reproducidos con permiso del autor. 

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