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Periodistas: ¿Sirve de algo lo que hacemos?

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El domingo recibí un mensaje a las 21:15 de la noche:

-Duda existencial: ¿Tú crees que nuestro trabajo sirve para algo? (Era de una periodista amiga mía tras una jornada laboral de 12 horas)

-Pues a un nivel básico, damos un servicio, somos vasos comunicantes. La gente necesita enterarse más o menos de qué va la cosa y nosotros se lo contamos… Eso tiene un valor. Pero imagino que tú hablas de cambiar las cosas.

Básicamente…

En su momento le dije que la respuesta corta a eso era ““, pero que el tema requería ser rociado con algún tipo de bebida espirituosa para abordarlo de forma apropiada. Sirvan estas líneas a modo de propedéutica.

Periodismo, nivel 1

Un veterano periodista al que debo parte de lo que sé sobre este oficio señalaba en esta misma revista el mes pasado la conveniencia de acabar con el “periodismo de declaraciones“, es decir, el periodismo que consiste en convertir al profesional de los medios en recadero, y no solo en recadero sino en arma arrojadiza que emplea cualquiera que pretenda utilizar la opinión pública contra algún tipo de contrincante.

No han sido pocas las veces que a lo largo de mi incipiente carrera periodística me he tenido que tragar la indignación para transcribir y publicar “X ha dicho A“. “¡Pero si A es mentira!“, suelo decir. A lo que normalmente me responden: “pero X lo ha dicho“.

El criterio de noticiabilidad es en este caso que X es alguien relevante para la opinión pública, o bien porque ocupa un cargo institucional fuera o dentro de la administración y los partidos políticos o porque es un personaje con algún tipo de relevancia social o económica. El contenido de lo que diga, en todo caso, al profesional del periodismo (en lo que llamaremos el nivel 1), le toca un pie siempre que haya alguna forma de cogerlo para que parezca nuevo.

Pongamos un ejemplo:

  1. María Dolores de Cospedal (PP) dice en un acto con militantes: “El pacto entre Ciudadanos y PSOE lleva encubierto un referéndum en Cataluña“. Es decir, que nos da un titular.
  2. María Dolores de Cospedal sabe que no es verdad, pero aprovecha una confusión en unas declaraciones en una entrevista de radio de Carme Chacón (PSOE) que habló de votar en Cataluña refiriéndose a que, ante una hipotética reforma de la Constitución, esta habría de votarse también en Cataluña. Dicha confusión llegó a ser ‘trending topic‘ en Twitter.
  3. Los medios de comunicación titulan: “Cospedal acusa a PSOE y Ciudadanos de acordar secretamente un referéndum en Cataluña” (o algo parecido).
  4. El ciudadano medio, que con toda seguridad no hace un seguimiento exhaustivo de la actualidad, se queda con el siguiente mensaje: “El PSOE y Ciudadanos han pactado secretamente un referéndum en Cataluña“.
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Es así de fácil: la objetividad consiste en ser fiel a los hechos y los hechos son meramente declaraciones. Podrá argumentarse que es al lector y no al periodista a quien le toca hacer criba de los mensajes y forjarse su propia opinión, y se argumentará con cierta razón.

Aún así, tampoco deja de ser cierto que este tipo de periodismo, el del nivel 1, si bien trae pocos quebraderos de cabeza a los medios y resulta más o menos barato y fácil de llevar a cabo (y aún así, misteriosamente hay quien oculta o inventa información deliberadamente), expone al periodismo a convertirse en lo que en buena medida es ya en España: una herramienta más de la pugna por el poder, el terreno de juego indispensable (por ahora) de la política.

Lo mismo sucede con los infinitos estudios, estadísticas, informes, etc. que elaboran empresas, organizaciones y lobbies con la misma intención (de forma un poco más elegante): arrojar titulares que se conviertan en espacios comunes de la discusión política.

En palabras de Luis Gonzalo Díez, el objetivo es convertir realidades sociales complejas en “bloques sin fisuras, estructuras simbólicas cuyo sustrato estadístico las transforma en torres inalcanzables para cualquier tentativa de comprensión moral de lo que representan”.

Son tantísimos los estudios presuntamente sociológicos que se elaboran y envían a las redacciones todas las semanas que el medio de comunicación, abrumado por la necesidad (real) de ganar unas cuantas visitas a la web, delega en el autor del estudio la responsabilidad sobre la veracidad de lo que allí se cuenta. No en balde, la mayor parte de los resúmenes ejecutivos de los informes que recibimos se saltan directamente la parte metodológica que orienta sobre el rigor del estudio realizado. Total, no nos iba a dar tiempo a mirarla.

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Pongamos otro ejemplo:

  1. Titular: “Casi uno de cada tres españoles están en riesgo de pobreza o exclusión social
  2. Contenido del estudio: Es una cifra que se ha repetido hasta la saciedad y que, sin embargo, no detalla en la mayoría de las informaciones, por ejemplo, en qué situaciones se considera que una persona es pobre y a partir de cuándo una persona incurre en riesgo de pobreza.
    Al final atendiendo a los datos, resulta que se trata de una pobreza “relativa”. Es decir, un margen de ingresos respecto al conjunto de la sociedad que poco dice acerca de la situación real de quien se encuentra en dicho margen: su alimentación, su vivienda, sus necesidades particulares, el precio de la vida en su zona, etc.
  3. Consecuencias/conclusiones: De todo tipo, pero visiblemente políticas. Es una cifra que se ha esgrimido en un sinfín de debates parlamentarios, sin que pueda ser rebatida por su complejidad.

Hay que señalar, claro está, que no todos los movimientos de este tipo son malintencionados. Muchos de estos estudios son de ONG que pretenden, lanzando un mensaje fuerte, provocar una reacción social que movilice a la gente a colaborar más y a los partidos a tomar medidas para combatir un problema concreto.

No obstante, las consecuencias y conclusiones que se derivan de manipular la realidad son imprevisibles e incontrolables sea cual sea la intención de quién lleva a cabo dicho movimiento y son consecuencias, no lo olvidemos, que no necesariamente hacen justicia a aquellos a quienes se achacan las culpas.

Ocurre, sin embargo, que aquí se ha hecho una primera reducción del periodismo a un simple “somos vasos comunicantes“, que entiende la información como un mero objeto de consumo y los medios como poco más que redes sociales que se enteran un poquito antes que los demás que lo que sucede y lo empaquetan en links para ser arrojado al albero de Twitter y Facebook.

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El periodista, en el nivel 1, se desquita por partida doble de su responsabilidad informativa hacia la fuente, por un lado, y hacia el público, por otro. Su única responsabilidad consiste en reproducir fielmente los mensajes y trasladarlos con el mayor éxito posible. Nada que ver, desde luego, con la gloriosa imagen de perros guardianes de la democracia con que a los plumillas nos gusta pensar sobre nuestro trabajo.

Más bien somos la aguja (todavía afilada) que otros (generalmente quienes tienen el poder y el dinero para hacerlo) emplean para inyectar en la masa social sus fichas para el juego de la política, bien sea para ganar unas elecciones, impulsar una iniciativa legislativa, desacreditar otra o, simplemente, para mantenerse en el tablero.

Próximo episodio: Periodismo nivel 2

El periodismo, claro está, no se nutre solamente de declaraciones. Hay también en España buenos periodistas que hacen reportajes, que desvelan situaciones de injusticia, que advierten de peligros que amenazan a la sociedad y que traen a los periódicos problemas que, pese a que podrían pasar desapercibidos por su lejanía, son y deben ser tenidos por importantes.

¿Qué ocurre cuando no se les tiene en cuenta?

La pregunta de mi amiga —¿Sirve de algo lo que hacemos?– va en esa línea: ¿Es posible que la gente esté tan dormida o desencantada, o nos hayamos vuelto tan cínicos, que seamos incapaces de reaccionar? ¿Qué credibilidad le queda al periodista? ¿Estamos suficientemente pertrechados para realizar el trabajo que se nos pone por delante?

A todo ello le dedicaremos el siguiente artículo de esta serie que comenzamos hoy.

 

FOTO: Zoe Barnes, periodista y una de las protagonistas de la primera temporada de House of Cards.

(@IgnacioPou) Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista, actualmente trabajando en Europa Press y estudiando Ciencias Políticas y Máster en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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