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Contra Cristián Campos: Adiós al ruido y la furia

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Hace pocos días el columnista Campos arremetió contra el socialismo del siglo XXI, que se construye no sobre la realidad de la injusticia social sino a partir de un curioso proceso digestivo, que consiste en devorar y hacer suyo cualquiera clamor victimista. Es un proceso necesariamente dialéctico, de distinción y señalamiento condenatorio del culpable.

Nace por y para la confusión y conduce inexorablemente al resentimiento. Su figura queda bien retratada por una espiral de vértigo. La batería de ideas que Campos incluye en su diatriba es cada cual más estúpida y peligrosa que la anterior, y es desalentador ver cómo sin embargo estas ideas arrasan en las mentes de muchos, definen los deseos y proyectos vitales de las personas, se cuelan en los guiones de las películas y series que todos vemos e incluso determinan la imagen corporativa que las marcas quieren dar de sí mismas en las redes sociales, no vayan a quedar marcadas.

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Yo mismo, Ignatius Reilly Jr. soy un producto de este aberrante estado de cosas. Una reacción cómica, un personaje (nunca he sido un pseudónimo) que entre la perplejidad y la carcajada he escrito en la misma línea que Cristian Campos sobre las mismas ideas trastornadas que él ha metido en la bolsa del socialismo. Y viéndolo a él, que lo ha hecho tan bien, he caído en la cuenta de que mi camino ha llegado a su fin. Por ello es este mi último artículo, y con él, me disolveré en la imaginación de mi creador.

He caído en la cuenta que esta cultura contra la que me revuelvo es una cultura suicida, que acabará consigo misma. En dos o tres generaciones, ya no quedará rastro de ella, porque esta gente no quiere ni puede formar familias, es decir no tiene ni educa hijos.

Las ideas que con tanto ahínco propugna esta Voz pública a través de todos los canales a su alcance, crean personas y proyectos vitales enfermos de muerte. Individuos ególatras y narcisistas ávidos de consumo y suvenires. Frente a esta cultura de inmaculados dialécticos, ahí están las denostadas familias numerosas de muchos musulmanes, y algunos católicos y algunos judíos. Jonathan Pageau ponía este ejemplo en una entrevista que escuché hace poco: si vas a una playa en Canadá estos días, te encontrarás dos familias, una al lado de otra: la primera, dos cultos y refinados canadienses de cuarenta años sentados pulcramente con sus iphones, tal vez con un hijo, lo más seguro, un perro. Al lado, una familia de inmigrantes árabes, que llegan con sus bártulos, sus gritos, muchos hijos, la abuela, el tío recién llegado, tal vez un perro, etc. ¿Cuál de los dos cuadros manifiesta más vida?

Que griten y rasguen sus vestiduras todo lo que quieran, estos buenos desquiciados sin identidad ni comunidad, y sigan peleándose por santificar las sombras que desean ver proyectadas en lo profundo de la Caverna, griterío de opiniones basadas en opiniones de opiniones… de opiniones. Prefiero no alzar la voz allí, sino salir corriendo, comprar un móvil de los de antes –sin internet, twitter, etc –limitarme a la biblioteca y sobre todo al tiempo verdadero con mis hijos (que también incluye la biblioteca). Así pues, adiós querido Ignatius Reilly Jr. Y si Homero, Platón, Agustín y tantos otros hombres ilustres me dejan, visitaré de vez en cuando a mis buenos contemporáneos, Luri, Maiquez y quien sabe, tal vez también al mismo Campos.

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Nací en una cloaca de convento del Siglo XVI. Así como el nauseabundo pescado despertó un olfato hiper-sensibilizado en Jean-Baptiste Grenouille, la relajación en la vivencia de la Regla de aquellos monjes despertó en mí una brutal intolerancia por las variadas formas del alma moderna. Reaccionario implacable, soy seguidor del cardenal Cayetano y Donoso Cortés. Me enloquecen las salchipapas, símbolo del imperio Español, y me pierde mi devoción por Mourinho.

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