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Soy un cínico, ¿sirvo para este oficio?

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A nivel semántico, cínico siempre me había sonado a cítrico. A algo que se le echaba a la tónica con un poco de ginebra y cicuta un martes por la noche. Es curioso -ahora lo veo de este modo-, cómo nuestra falta dominante muchas veces se esconde en un chiste, en una curiosidad, en un apunte aparentemente inocente en la solapa del diario.

No fue hasta que Álvaro Abellán nos puso entre las manos en primero de carrera la obra de Kapuscinski, ‘Los cínicos no sirven para este oficio’, que entendí que tenía que tomar una decisión capital para mi vida: sabiéndome como era, aceptar las consecuencias de ser periodista. O al menos de presentarme como tal.

Puede que ahora el palabro “periodista” esté hueco, carcomido por tantas triquiñuelas admitidas por lo gerifaltes del sector, por tantos vanidosillos que han hecho carrera por juguetear con el horizonte de sucesos. Puede que ahora sea una etiqueta con la que entran los chulapos pasados de rosca en el verano, los plumillas de saldo, los amantes del fact-checking a través de Wikipedia. Sin embargo, en su momento, ser periodista significaba anudarse a la verdad, a la aventura y a algo de literatura.

Recuerdo un seminario que tuvimos con Pedro Meyer sobre reporterismo. Nada más empezar, nos pidió a todos una breve explicación de por qué habíamos apostado por el hambre. Cada quien dio sus motivos: Lamas, Carreños, Carboneros y otros bustos parlantes con casa en Aravaca. La sorpresa del señor Meyer cuando escuchó a alguno de nosotros decir Hemmingway, Tintín o Larra no fue pequeña. Lo cual, en cierto modo, entrañó la paradoja del pupilo enseñando al maestro. Primera norma del periodista: nunca des nada por supuesto. Y dar por supuesto que hoy en día no existe una bola de locos dispuestos a hipotecar cinco años de universidad y otros tantos de profesión por una carrera anodina, es no creer en la fuerza de la ficción en nuestra propia vida.

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La supervivencia profesional en este sector es difícil. Buena parte del alimento del periodista, ante el eco de las tripas, es el ego. Las dádivas orejiles. Esta vulnerabilidad, que es fruto de la mecánica de reconocimiento instantáneo y compartido, nos impide discernir sobre lo que es moralmente deseable para conducir nuestro día a día. De este modo, nos inclinamos hacia la comodidad del espacio conocido -no seguro- del subterfugio, eufemismo de las mentiras más guarras y pringosas.

El cinismo se puede asociar a multitud de oficios, pero en ningún caso debiera vinculares al periodismo. Un periodista sin escrúpulos con cierto reconocimiento a sus espaldas es, en una tertulia, como un mono con una metralleta. Puede que ni sepa lo que esté haciendo y no apunte a ningún lado en particular, pero las probabilidades de balazo entre el público, de que diga “este tío /tía no tiene ni puta idea”, es elevadísimo.

Y un periodista sin crédito, aunque sea el mismísimo buscón, es un periodista sin oficio.

“La hipocresía oculta pensamientos inconfesables; el cinismo los confiesa y los pone en práctica como si estuviera diciendo y haciendo lo contrario de lo que dice y hace” . Esta sentencia, presente en “Razón y cinismo” de Cesar Espada, que tuvo a bien referenciar Regueiro en el especial Juego de Tronos, debiera estar muy a mano cada vez que algún juntaletras se pusiera en disposición de sentar cátedra. Tal vez así, dejaríamos de ser una parte del problema para empezar a arrojar algo de luz en el panorama actual.

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(@RMoralesJimenez) Aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Director de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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