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Voltaire: Contra la superstición, el fanatismo y la intolerancia

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Nos encontramos en la actualidad en una época que podría caracterizarse, entre otras cosas, por un relativismo epistémico y hasta cultural, en el que la negación de verdades unívocas conduce no sólo al escepticismo sino a la confrontación y al conflicto originado por posturas radicales enfrentadas. En este contexto, cuando tras el fin de la Guerra Fría y del mundo bipolar, el extremismo religioso propio del choque de civilizaciones constituye la casus belli de Occidente, cuando desde la reacción la derecha criminaliza a minorías y cuando ciertos colectivos radicalizan sus posturas, conviene recordar lo que pensadores como Voltaire nos legaron hace más de dos siglos.

El patriarca de Ferney

Nacido posiblemente el 21 de noviembre de 1694 en París, François-Marie Arouet fue el quinto hijo del notario François Arouet y de Marie Marguerite d´Aumard, quien falleció cuando su hijo tenía apenas siete años. Estudió en el colegio jesuita Louis-le-Grand entre 1704 y 1711 y durante los siguientes dos años cursó estudios de derecho, época en la cual su padrino, el abad de Châteauneuf, lo introdujo en la libertina Sociedad del Temple.

Aunque desde joven comenzó a escribir, como lo demuestra su tragedia “Amulius y Numitor” de 1706, su pluma satírica siempre le ocasionó problemas, como ocurrió al burlarse de Felipe de Orleans, regente del sucesor de Luis XIV, por lo que fue encarcelado en La Bastilla en 1717. Al salir de prisión y luego de ser desterrado a Châtenay-Malabry, comenzó a hacerse llamar Voltaire, expresión entorno a la cual se han generado múltiples hipótesis a lo largo del tiempo: desde que se trata de un anagrama de la población de Airvault, hasta que es una contracción de volontaire, aunque más probablemente, correspondería a Arouet le jeune, es decir, Arouet el joven.

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Tras su tragedia “Edipo” de 1718, en 1723 publicó su famoso poema épico “La Henriade”, dedicada a la historia de Enrique IV, particularmente durante el asedio de París en 1589. Un incidente con un miembro de la familia De Rohan lo vuelve a llevar a La Bastilla, y tras cinco meses en prisión, partió a Londres, donde vivió entre 1726 y 1729, dedicándose a conocer y estudiar el pensamiento británico ilustrado, específicamente las ideas de John Locke y de Isaac Newton, a cuyos funerales asistió.

De vuelta en Francia, escribió “Historia de Carlos XII” y “Brutus” en 1731, y tres años después publicó sus célebres “Cartas filosóficas”, obra en que defiende la libertad de pensamiento y la tolerancia religiosa, acusando al cristianismo de promover un fanatismo dogmático. La reacción negativa a la obra lo obligó a refugiarse en el castillo de Cirey, donde sostuvo un largo romance con la Marquesa de Châtelet, su “divina Emilia”, hasta su muerte en 1749.

De este periodo son sus obras: “Zaire” (1732), “El templo del gusto” (1733), “Adélaïde de Gueselin” (1734), “Mundano” (1736), “Epístola sobre Newton” (1736), “Tratado de metafísica” (1736), “El hijo pródigo” (1736), “Ensayo sobre la naturaleza del fuego” (1738), “Elementos de la filosofía de Newton” (1738), “Zulima” (1740), “El fanatismo o Mahoma” (1741), “Mérope” (1743), “Zadig o El destino” (1748), “El mundo como va” (1748) y “Nanine o El prejuicio vencido” (1749). En 1746 fue elegido miembro de la Academia Francesa.

Luego de la muerte de la Marquesa de Châtelet, Voltaire acepta la invitación del rey de Prusia, Federico II el Grande, para incorporarse a su corte, siendo nombrado chambelán y caballero de la orden del mérito. Voltaire ya había mantenido correspondencia con el monarca desde 1736 y en 1740 había colaborado en la publicación de la “Refutación de “El Príncipe” de Maquiavelo”, conocido como el “Antimaquiavelo”. Al cabo de algunos años de permanecer en la corte, de corregir los escritos del rey, y de escribir “El siglo de Luis XIV” (1751) y “Micromegas” (1752), las intrigas palaciegas provocan su expulsión de la corte.

El pensamiento de Voltaire se erige así como una defensa de la libertad, y aunque algunas de sus ideas han sido rebasadas por el paso del tiempo, otras permanecen vigentes en la actualidad

Tras su humillante salida de la corte de Federico II, Voltaire es rechazado en Francia, por lo que se instaló con María Luisa, su sobrina mayor y amante desde antes de la muerte de la Marquesa de Châtelet, en una finca cercana a Ginebra, a la que llamó Las Delicias. En estos años escribió “Juana de Arco, la doncella” (1755), “Ensayo sobre las costumbres” (1756), “Poema sobre el desastre de Lisboa” (1756), “Estudios sobre los hábitos y el espíritu de las naciones” (1756), “Historia de Rusia bajo Pedro el Grande” e “Historia de los viajes de Scarmentado escrita por él mismo” (1756). Al mismo tiempo, comenzó a colaborar en La Enciclopedia de Diderot y D´Alembert.

En 1757 construyó una suntuosa mansión en las ruinas de un castillo en la localidad de Ferney, y escribió “Cándido o El optimismo” (1759), obra que fue condenada por sus críticas a Leibniz, al clero, a la monarquía y al ejército. Su producción literaria se amplió con la publicación de “Tancredo” (1760), “Historia de un buen bramán” (1761), “La doncella de Orleans” (1762), su célebre “Tratado sobre la tolerancia” (1763), “Lo que gusta a las damas” (1764), “Jeannot y Colin” (1764), su “Diccionario filosófico de bolsillo” (1764), “Del horrible peligro de la lectura” (1765), “Pequeña disgresión” (1766), “El ingenuo” (1767), “La princesa de Babilonia” (1768), “Cuestiones sobre La Enciclopedia” (1770), “Las cartas de Memmius” (1771), “Hay que tomar partido” (1772), “El clamor de la sangre inocente” (1775), “Del alma” (1776), “El filósofo ignorante” (1776), y “Diálogos de Evémero” (1777).

Para 1778, Luis XVI le permite volver a París, y se instala en la casa del Marqués de La Villete, en lo que hoy se conoce como Quai Voltaire. Víctima de cáncer de próstata, fallece el 30 de mayo de ese año, descansando sus restos en el Panteón desde 1791.

Con la Ilustración y La Enciclopedia de fondo

Voltaire perteneció al Siglo de las Luces, ese periodo en que el incipiente desarrollo de la ciencia, la pugna entre racionalismo y empirismo, las ideas políticas, así como las distintas corrientes filosóficas de la época, contribuyeron a una de las transformaciones más paradigmáticas de la historia occidental.

La Ilustración fue un periodo histórico de Europa que comenzó en las postrimerías del siglo XVII y se extendió hasta finales del XVIII, e incluso hasta comienzos del XIX. La trascendencia del Siglo de las Luces radica en que se abandonaron los viejos cánones religiosos de las épocas anteriores, y se defendió el uso de la razón, así como los conocimientos científicos ajenos a toda concepción dogmática religiosa.

Immanuel Kant, en ¿Qué es la llustración? la resumió en la expresión sapere aude, premisa fundamental de este movimiento:

Ilustración es la salida del ser humano de su minoría de edad, de la cual él mismo es culpable. Minoría de edad es la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin dirección de otro. Él mismo es culpable de esta minoría de edad porque la causa de la misma no radica en un defecto del entendimiento sino en la falta de la decisión y del coraje de servirse del propio sin dirección de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el coraje de servirte de tu propio entendimiento! Es, en consecuencia, la divisa de la Ilustración.

Este movimiento significó un rompimiento con las formas medievales aún existentes en el siglo XVII, y tuvo como fundamento el pensamiento filosófico de ese siglo, particularmente el racionalismo y el empirismo, corrientes contrapuestas y que se desarrollaron durante los siglos siguientes. La Ilustración, en su intento por terminar con el fanatismo de la población, incentivó la experimentación y la investigación científica, de la que se derivó la compilación del conocimiento humano en la “Enciclopedia razonada de ciencias, artes y oficios”, conocida como La Enciclopedia, entre 1751 y 1772, obra monumental dirigida por Denis Diderot y Jean d´Alembert.

Pero quizás la contribución más destacada de este movimiento se dio en el ámbito del pensamiento político. Los filósofos ilustrados, particularmente Voltaire, Montesquieu, Rousseau y Locke, cimbraron las estructuras del régimen monárquico absolutista, con las propuestas de la división de poderes y del constitucionalismo resultado del contrato social, teorías que revolucionaron Europa a finales del siglo XVIII y América a comienzos del XIX.

La Ilustración, arraigada principalmente en Francia, desarrolló una nueva teoría del Estado, en una concepción que lo distinguía de la figura del monarca, que de manera medieval seguía justificando su poder en el derecho divino, y sentó las bases de las revoluciones liberales bajo el reclamo de derechos civiles y políticos. El uso de la razón llevó incluso a cuestionar la naturaleza misma de instituciones antiguas, como el Estado y la Iglesia, y el surgimiento de las consideraciones relativas al Estado como producto del paso del hombre de un estado de naturaleza a un estado bajo un contrato social, esto es, de cesión de libertades a cambio de derechos.

De esta manera, el movimiento ilustrado fue causa directa, junto a otras de orden material, de la independencia de las colonias británicas en América, de la Revolución Francesa y de los movimientos de emancipación de las colonias españolas en el continente americano. Es indudable que el pensamiento político de los ilustrados, entre ellos Voltaire, contribuyó a definir la realidad en la que hoy vivimos.

Écrasez l´infâme! (¡aplasten a la infame)

No deja de resultar curioso que el pensamiento de Voltaire, pese a haber sido sumamente influyente en su época y aún en el presente, no sea enseñado en las universidades o en las cátedras de filosofía principalmente por su falta de sistematicidad, puesto que sus ideas siempre se encontraron dispersas en su prolífica producción literaria.

En sus obras, Voltaire se muestra contrario a la intolerancia y el fanatismo, particularmente religioso, y defiende tanto el libre pensamiento como la libertad de cultos, considerando que las guerras religiosas son una expresión bárbara. Siendo deísta, critica tanto el fanatismo católico como el protestante, llegando a estimar que ambos son equiparables en crueldad. Los sucesos de la Noche de San Bartolomé de 1572 lo convencen de ello.

En sus “Cartas filosóficas”, Voltaire elogia a Inglaterra por considerar que ha sabido reconocer las libertades individuales y ha creado un ambiente en el que pueden coexistir diversas religiones, a la vez que ha permitido avances científicos y la difusión de ideas innovadoras. En esta primera obra de 1734, Voltaire valoraba a la tolerancia como elemento indispensable para favorecer la economía, la convivencia armónica, la cultura y la libertad.

Voltaire atribuía a la superstición y el fanatismo grandes males para la humanidad, y dedicó toda su vida a combatirlos. En la Francia del siglo XVIII, ubicaba a la Iglesia amalgamada con el Estado, lo que traía efectos perniciosos para la población. Estudiado el conocido caso de François-Jean Lefebvre, llamado “el caballero de La Barre”, quien en 1766 fue torturado, decapitado y quemado por no haberse quitado el sombrero durante una procesión, Voltaire encontró en él un ejemplo perfecto de lo que puede ocasionar la superstición y el fanatismo. El caso despertó tal interés en él, que dirigió un minucioso informe a Cesare Beccaria, el célebre autor del tratado “De los delitos y las penas”, que serviría de base para lograr la rehabilitación del joven en 1794.

Algo similar ocurrió con el caso de Jean Calas, un comerciante protestante de Toulouse que en 1762 fue torturado en la rueda, estrangulado y quemado por creerse que había asesinado a su hijo por convertirse al catolicismo, aun cuando todo apuntaba a que se había tratado de un suicidio. Interesado en el caso, Voltaire escribió su “Tratado sobre la tolerancia”, logrando la rehabilitación de Calas en 1765.

Al comenzar la obra, Voltaire es fulminante:

El furor que inspiran el espíritu dogmático y el abuso de la religión cristiana mal entendida ha derramado tanta sangre, ha producido tantos desastres, en Alemania, en Inglaterra, e incluso en Holanda, como en Francia; sin embargo, hoy la diferencia de religiones no causa ninguna perturbación en estos Estados; el judío, el católico, el griego, el luterano, el calvinista, el anabaptista, el sociniano, el menonita, el moravo y tantos otros viven como hermanos en esas regiones, y contribuyen por igual al bien de la sociedad.

Voltaire fundamenta sus consideraciones en el derecho natural, afirmando que cualquier supuesto derecho de la intolerancia es absurdo y bárbaro, y resume su argumentación en la premisa “No hagas lo que no querrías que te hiciesen”.

Por lo que hace a su pensamiento político, es necesario mencionar el “Antimaquiavelo”, la obra en la que, junto a Federico II, se dedica a refutar los argumentos maquiavélicos expuestos en “El Príncipe”, rechazando sus premisas por considerarlas nocivas para los gobernantes.

La obra está organizada a manera de análisis de “El Príncipe”, de hecho usando los mismos títulos, pero en cada apartado refuta los argumentos que Maquiavelo esgrime para justificar el uso de la razón de Estado como máxima del actuar político:

Las máximas de Maquiavelo son tan contrarias a la buena moral como el sistema de Descartes lo es al de Newton. El interés lo es todo a los ojos de Maquiavelo, desempeñando el mismo papel que juegan los torbellinos para Descartes. La moral del político es tan depravada como frívolas resultan las ideas del filósofo. Nada puede igualar la desfachatez con la que este abominable político enseña los crímenes más espantosos. Conforme a su manera de pensar, las acciones más injustas y atroces quedan legitimadas en cuanto tengan puestas sus miras en el interés o la ambición.

Y cuando aborda la figura de César Borgia, modelo de gobernante para Maquiavelo, en la obra se es implacable:

¡Las crueldades cometidas por mandato suyo son tan innumerables que nadie sería capaz de inventariarlas con exactitud! Así era el hombre que Maquiavelo prefería a todos los grandes genios de su tiempo y a los héroes de la antigüedad, el modelo donde encuentra la vida y las acciones dignas de servir como ejemplo a los que sonríe la fortuna.

[Me atrevo a tomar el partido de la humanidad en contra de quien quiere destruirla,] y debo combatir a Maquiavelo de un modo contundente, con el objeto de que quienes piensan como él se queden sin subterfugios y no se mantenga en pie ningún baluarte para su maldad.

Posteriormente, analiza las virtudes del gobernante, pero no desde una perspectiva ingenua, que sería equidistante del pensamiento maquiavélico, sino de manera realista. Al analizar la libertad, por ejemplo, no cae en la disuasión de concebir a la libertad como algo absoluto, pero tampoco señala como convenientes las limitaciones que Maquiavelo sugiere imponer a los gobernados.

El pensamiento de Voltaire se erige así como una defensa de la libertad, y aunque algunas de sus ideas han sido rebasadas por el paso del tiempo, otras permanecen vigentes en la actualidad. Advirtió de los peligros de la superstición y el fanatismo, particularmente religiosos, y aunque era opositor tanto del catolicismo como del judaísmo, de las ideas de Montesquieu y de Rousseau, y pese a no ser un metafísico optimista como otros ilustrados, es innegable que el pensamiento de Voltaire no sólo contribuyó a los movimientos liberales que marcaron el inicio de la época contemporánea, sino que su defensa de la tolerancia para promover una coexistencia pacífica, bien podría aplicarse en nuestros tiempos, en los que la radicalización de posturas e ideologías se ha convertido en una amenaza permanente a la civilización.

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Orgulloso nativo de la Ciudad de México. Abogado de profesión, burócrata por ocupación, luterano, estudioso de la Filosofía, la Teología y la Psicología. Apasionado de las letras, la narrativa histórica, el terror y el horror cósmico, lector asiduo de Nietzsche, Kafka y Lovecraft. Combino la docencia universitaria con la política, atento a Octavio Paz, guardando distancia con el príncipe. Seguidor de Schopenhauer, pero creyente en Facundo Cabral.

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