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Silencio y nos salvaremos

En Pensamiento por

Los hombres, si conocemos, deformamos. Esta es la gran verdad sobre la mirada del único ser con capacidad intelectual —presuntuoso término este derivado del latín “leer dentro (de lo real, se entiende)—.

La idea, que en griego significaba “lo que se ha visto“, es algo así como la suma de dos factores: el objeto real que se presenta y la estructura subjetiva con que se entiende lo de delante. Las flores que posee tu mujer son aquellas que le estás regalando, ¡oh atentísimo marido!, con algo de ella misma. Si está enfadada, probablemente sean muy distintas las tuyas de las suyas, siendo únicas ahí fuera.

Grabada en la memoria se me ha quedado aquella cita de Lorca: “También sobre el alma nieva. / La nieve del alma tiene / copos de besos y escenas / que se hundieron en la sombra / y en la luz de quien las piensa“. Todos aportamos algo a aquello que conocemos, hasta el punto de, en cierto modo, transformarlo.

Existe una diferencia fundamental entre el sabio y el idiota, y radica en la capacidad del primero de guardar silencio, precisamente para no aportarse a lo que suena.

El sabio escucha, contempla; el idiota advierte un haz de percepciones diluidas en la gran orgía de los sentidos y los juicios. El sabedor se ha desprendido ascéticamente de todo lo que llevaba para poder apoderarse de lo nuevo, y el necio, convidándolo a su gran bacanal espiritual, ese mundo más o menos caótico que todos tenemos dentro, ha fundido lo de fuera consigo mismo.

Por eso solo los hombres templados, aquellos capaces de dominarse despojándose higiénicamente de lo innecesario, de lo superfluo, deberían ostentar el carné de opinantes. Porque los viciosos se entontecen; los adictos se cierran sobre sí y pierden el poder de trascenderse hacia el mundo. Para los amigos materialistas, odiadores de las moralinas de los clásicos, de la santidad de la palabra virtudeste bofetón de su amante la ciencia, que hablará por boca de la moral.

Imagínense ustedes un mundo en silencio, donde los hombres pasearan sumidos en un mutismo reflexivo, ora observando el candor y el gorjeo de unos gorriones apostados sobre una lánguida ramita en la copa de un árbol, erguido sobre una pradera extensa revestida de verdor, al pie de una imponente montaña, ora la artificial, diríase que menos verdadera, fachada pulida y perfectamente recta de las torres de Madrid. El mundo sería mucho más sí mismo, y menos idea. Habría verdad, y se sabría que la ciudad es una mentira.

¿Quién es el blasfemo que se lleva unos auriculares al campo?

En el principio de los tiempos existía silencio. Un silencio sepulcral —nunca mejor dicho— en el que había nada. No había, que es lo mismo. El espacio idóneo para que un único ser resonara melodiosamente sobre las paredes del Universo, y alguien lo conociese, lo escuchase, lo contemplase. Sin interferencias.

Solo hubo sabios en el principio de los tiempos.

Según el Génesis, Eva y Adán se perdieron al escuchar un rumor nuevo que lo cambió todo, que hizo de las cosas ideas. “La manzana le pareció apetitosa“, relata el narrador. El árbol de la ciencia del bien y del mal —que no nudamente “de la ciencia“, como pretendiera Pío Baroja— se confundió con la fuente de poder que haría dioses de ellos. A la silente atención siguieron el ruido y la destemplanza. Adán se volvió idiota introduciendo el mundo en la orgía de su interioridad.

¡Pandora, regio trono de mentiras, si hubieras enmudecido…! El mundo se perdió porque una embustera —la machista feminización que yo también aborrezco es de Zeus— le dio la espalda y fue a buscarlo en una estrecha ánfora.

El mundo se redimirá cuando los hombres escuchen palabras en silencio. La Palabra, esa verdad radical. Cuando los seres resuenen solitarios en una vasta nada que les dejare lucir, en la flamante armonía de la unidad. Cuando la idea sea solo cosa.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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