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El señor de los bolsillos: El pensamiento económico de J.R.R. Tolkien

En Economía/Pensamiento por
Tiempo de lectura: 4 minutos

El señor de los Anillos, como bien es sabido, es uno de esos libros imprescindibles que han influido y siguen influyendo decisivamente en el pensamiento y la vida de sus millones de lectores. Se han destacado en numerosas ocasiones sus connotaciones filosóficas, religiosas y hasta políticas. Pero, ¿podemos extraer de esa obra magna de la literatura fantástica alguna lección aplicable al ámbito de la economía?

Conviene aclarar el sentido y alcance de la pregunta antes de que la noble mente del amable lector comience a verse invadida por imágenes de tornillos sueltos y codos empinados. No encontraremos (afortunadamente) ecuaciones diferenciales ni modelos econométricos en la obra de J.R.R. Tolkien, pero sí reflexiones y ejemplos sobre comportamientos económicos que nos pueden resultar familiares y sus consecuencias.

Quizá el problema radique precisamente en nuestro concepto de la economía como disciplina. Solemos pensar en largas ristras de números y complejos modelos, pero la economía, como ciencia social y como actividad humana, no puede ser ajena a las cuestiones fundamentales. El “tono cuantitativo” que posee la economía actual no es sino una fachada para darle la apariencia de las “ciencias de verdad” y a la vez evitar cuestiones que pueden resultar peliagudas. Se trata de una consecuencia más de la ruptura de la integridad en el conocimiento humano.

Nuestro empeño idealista en trocear el conocimiento en disciplinas cada vez más específicas no nos ayuda mucho a la hora de tratar de explicar una realidad que se empecina puñeteramente en conservar su naturaleza unitaria.

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Tolkien reconoció cierto interés por los asuntos económicos, que llegó a plasmar en su obra de ficción. En una de sus cartas (la número 154 de las publicadas por H. Carpenter en Letters of J.R.R. Tolkien), refiriéndose a las referencias a la economía de la Tierra Media en sus obras, escribió “estoy más seguro de mi superficialidad en arqueología o heráldica que en economía” y se define a sí mismo como “nada incompetente o desconocedor del pensamiento económico”, llegando a decir que, para las razas mortales, “las situaciones están descritas con tal detalle que la posibilidad económica está presente y puede ser desarrollada”.

Parece ser que el propio Tolkien nos habla de la economía en la Tierra Media como un elemento subyacente en la narración que podría tener un papel más allá de lo estrictamente descriptivo. En su caracterización de las actividades económicas de los hobbits, nos presenta su sociedad como una especie de paraíso agrícola, donde se trabaja y produce tan solo lo que se necesita para una vida feliz, siendo casi el único producto de exportación el famoso tabaco para pipa. La única “industria” es el molino de agua de la familia Arenas, que se usa para moler maíz.

En el capítulo VIII del libro VI de El Señor de los Anillos (que forma parte de El retorno del rey), una parte de la  historia obviada por Peter Jackson en sus películas, encontramos el reflejo más evidente de los puntos de vista de Tolkien sobre la economía.

(Desde aquí spoilers)

Como es sabido, Zarquino (alter-ego de Saruman) y sus esbirros toman el control de La Comarca mediante actividades especulativas que no resultan ajenas a las prácticas de la economía de nuestros días. Teniendo la propiedad de tierras de labor y del propio molino, que ahora quema árboles y produce hierro con fines bélicos, han conseguido el control político de los hobbits, que ahora trabajan para ellos. Los antes alegres y bailarines hobbits son ahora infelices como estofadas perdices. Cuando Frodo, Sam, Pippin y Merry regresan y encuentran La Comarca en tal estado su desolación es total. “¡Esto es peor que Mordor!”, exclama Sam.

Este pasaje refleja dos características fundamentales del pensamiento de Tolkien: la primera, su clara preferencia por la agricultura y la artesanía como actividades económicas “saludables; y la segunda, su aversión a las máquinas, especialmente a las tecnologías destinadas a la guerra, a las que atribuye a veces la capacidad de “hechizar” la voluntad humana y llevarla hacia el mal.

Algunos autores (J. Pearce, M.P. Akers) han querido ver en esa Comarca idealizada de Tolkien un reflejo de una línea de pensamiento acorde con la teoría económica y política denominada Distributismo, que preconiza una amplia distribución de los medios de producción entre la población como solución a los problemas generados por el capitalismo industrial.

Otros estudiosos de la obra de Tolkien (J.Richards y J.Witt, coautores del libro The Hobbit Party: The Vision of Freedom That Tolkien Got, and the West Forgot) caracterizan su pensamiento económico más bien en una línea anarco-liberal, poniendo el énfasis en la necesaria autonomía del individuo frente al poder del Estado (o del anillo).

Desde nuestro modesto punto de vista, la primera de las opciones cuenta con poderosos argumentos a su favor. Tolkien defiende expresamente la pequeña propiedad, e incluso la inconveniencia de ampliarla y convertirla en explotación económica a gran escala (Sam, una vez restituida La Comarca a su original estado, afirma no necesitar más tierra que la que pueda trabajar con sus propias manos).

El pensamiento de Tolkien, marcado por su conocida aversión a la modernidad y el progreso tecnológico, estaba muy influido por la tradición y el Medievo, referencias también básicas para los distributistas.  Además es sabido que era un gran admirador de G.K. Chesterton y que estaba familiarizado con la obra de H. Belloc, ambos grandes exponentes de esta doctrina.

Dejando a un lado la discusión sobre la idoneidad de su alineación con los distributistas clásicos o con los partidarios de reducir la acción del Estado a la mínima expresión, o acaso con ambos, resulta claro que Tolkien poseía un pensamiento económico original, derivado de sus creencias personales y en línea con su visión del mundo, que tiene un reflejo claro en su obra.

La descripción negativa que realiza del desarrollo técnico y de la especulación, junto con su predilección por las maravillas de la creación frente a los inventos de los hombres, son apuntes que Tolkien pone a nuestro alcance y que, al igual que otros aspectos más trascendentes de su pensamiento, no resultan nada desdeñables por su aplicabilidad al momento actual.

Tolkien nos avisa en contra de los peligros de actitudes tan comunes en nuestros días como el gigantismo en economía y en política, la ambición descontrolada y el ansia de poder, de la que el anillo único es catalizador. Se podría decir que en nuestros días ese anillo que nos llama siempre a desear algo más, a compararnos negativamente con los demás, a ambicionar todo aquello que nos parece bueno y no podemos alcanzar, se encuentra, no alrededor de nuestro dedo anular, sino en nuestro bolsillo.

Nuestra cultura del dinero y el consumismo es un marco idóneo para el tipo de tentación que nos vuelve egoístas y envidiosos. Ese Sauron travestido en Mammón nos susurra al oído constantemente, aprovechando y al tiempo retroalimentando nuestra obsesión por todo lo material. Frente a tan poderosas fuerzas que gobiernan nuestra economía y nuestra vida, encontramos consejo y guía en la obra de J.R.R. Tolkien.

Licenciado en CC. Económicas por la Universidad de Alicante y estudiante del Máster en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria. Trabaja como economista en la Administración Pública.

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