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Rilke, el odioso vacilón

En Pensamiento por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Nosotros somos los errantes.
Pero el paso del tiempo
no lo toméis en cuenta
frente a lo que perdura.

Todo lo apremiante
habrá ya pasado;
pues sólo lo permanente
puede consagrarnos.

Oh, no pongáis, muchachos,
el valor en la velocidad,
ni en el intento de vuelo.

Todo está en calma:
sombras y claridades,
el libro y también la flor.

Rainer Maria Rilke

Es una cuestión ésta que siempre recurre, que siempre regresa. Cada cierto tiempo un odioso bloguero tiene que recordarla, o una extraña desazón en una tarde de domingo revuelve el tuétano más íntimo y educe la existencial arcada: el mundo se acaba.

El problema vuelve y vuelve; retorna como las estaciones, como la oscuridad tras el crepúsculo y el crepúsculo tras la tarde, día a día todos los meses del año. Amenaza la tranquilidad de una mañana diáfana, soleada, y cuando el hombre reúne de cielo y tierra capacidad suficiente para repeler la agresión etérea sabe que no ha vencido, y se dice con cierto temor: “volverá“. Y así sucede.

Es curioso, porque nadie en el mundo habla del delincuente reincidente; nadie habla del cierrabares de Rilke ni de su hiriente soneto, pero todos lo hemos interiorizado. Todos lo sabemos recitar de memoria e hipócritamente apagamos la brasa candente con un escupitajo. U orinando barbaridades.

Quizá sea usted que lee uno de esos hombres afortunados que no vaga sino camina por este mundo perdido. Si es así, le felicito, y le insto a que se sienta dichoso y bendecido por el azar o lo que fuera. Pero no es usted el común, el español medio, el cadáver exhumado de los campos de Castilla o de Aragón. El común es aquél que llega al hogar y no encuentra a nadie; saluda a gritos a la nada, pregunta al viento si hay alguien en casa (o más bien suplica que lo haya), y convencido de su soledad, de su vil abandono, se abalanza sobre el televisor y pone en órbita el volumen. El común es aquél que si va en el metro y todo está en calma, agarra unos auriculares y les arranca un sonido. Es aquél que si está leyendo y el libro enmudece, lo arroja y comienza una película. El común es el aterrado por el silencio.

El silencio, no hay nada más malo que el silencio. La quietud mansa que todo lo acaricia, que todo lo respeta, que todo lo permite. El mutismo para el que fuimos creados, porque no debemos olvidar que no hay nada más artificial que el ruido.

El común es un drogadicto que huye, se evade, pero su droga la permite y aun encomia la ciudad, esa mole de seres a agradar. El común teme la verdad. Y por eso siempre vuelve el soneto de Rilke. Porque sólo hay dos formas de repeler una mosca cojonera: sacudiendo el aire o aplastándola. Y el silencio se rehúye, no se aniquila.

Rainer Maria Rilke

El mismo autor checo escribía en otro soneto, en la misma línea, sobre la naranja: “Esperad… El sabor… Y ya se escapa“, porque desde el mismo momento que “la habéis poseído, deliciosamente se ha convertido ella en vosotros“. Sencillamente desaparece, se evapora. Kant decía que es propio de los buenos sabores desvanecerse en un instante. Y fiado del mismo presentimiento, en otro lugar Rilke apunta, dispara y derrite: “Manzana llena, pera y plátano, grosella… Todo esto habla en la boca de la vida y de la muerte“.

El hombre disfruta, literalmente, como un enano. ¡Y hace bien! No seré yo el misántropo que lo vedare. Caen en gracia versos como aquéllos de Machado:

En todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

Pero no hemos de olvidar cómo continúa y acaba, a estrofa seguida, la joya de padre andaluz:

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

Al final, sólo importa una cosa: lo que queda. Lo que pasa se pierde y se agota en su mismo recuerdo. Ayer no vuelve, y consagran su perdición los libros de Historia. Y es esta realidad amarga lo que congeló el alma de Unamuno y le hizo plañir con desgarro:

¡Ayer, hoy, mañana!
Cadena del dolor con eslabones de ansia.

Ansia: és esa la clave antropológica y la causa del problema. El ansia viva, y felizmente me hago eco del cómico manchego. Esa ansia, llama inmisericorde, es la responsable de que el demoníaco soneto (que no debiera ser tal) regrese insaciable a emborracharse de sangre. El ansia es un bicho inmortal; no se puede apagar a golpes porque se revuelve cual jabalí y alcanza siempre a su agresor. Al ansia hay que darle de comer algo inacabable; nunca se cansará de devorar existencias, pero la podemos mantener feliz con un densísimo platazo. Un platazo inacabable, porque “sólo lo que permanece puede consagrarnos“.

Quizá sea usted que lee uno de esos hombres felices que tienen lo que quieren, uno de ésos contados que son capaces de sentarse a fumar un cigarro y respirar hondo (si es fumador novel), hinchando el pulmón de sabrosa serenidad. Quizá haya usted edificado sobre piedra, y su roca fuerte, inamovible, sostenga una vida colmada en su mismo cimiento. Lo cierto es que no es el común. El común es aquél que cuando ha de elegir un grado universitario (o un módulo, lo mismo nos da) se fija más allá de las cifras de paro en las del sueldo medio como criterio fundamental. El común es aquél que escoge entre varias opciones el mayor placer, la sensación, el ocio o la adrenalina. Él mismo es el que rechaza la estabilidad, y por encima de la chimenea del hogar anhela viajes inacabables y conocer mundo.

Y cuando llega la quietud, sufre, y abofetea el soneto.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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