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Querida Alicia (en cualquier país, sea o no de maravillas)

En Cultura política/Pensamiento por
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Iba a comenzar con un “a los melómanos nos suele ocurrir que…”, pero no seamos exclusivistas. Se trata de una experiencia bastante común. Recuperamos una canción de hace tiempo. No la hemos escuchado en años. Y, al oírla de nuevo, no sólo recordamos la letra (o parte de ella) sino que revivimos sensaciones. La canción sigue siendo la misma, pero nosotros no, por lo que —en algún sentido— podemos paladearla con cierta virginidad y, si se quiere, reapropiárnosla de un modo más cabal.

Me ha ocurrido recientemente con el disco I’m Not Dead (2006), de la cantante norteamericana Pink (de nacimiento, Alecia Beth More). Mi terreno natural es el rock moderno, pero no me cuesta admitir que sigo a Pink desde aquel Missundaztood (2001) donde encajaba temazos gracias a su voz y al talento letrista de Linda Perry. Realmente, el interés melómano de escuchar los compactos de Pink tiene más que ver con la lista de compositores y productores que incorpora para cada entrega, pues son de lo mejorcito de la industria. Para I’m Not Dead —y para sus dos siguientes álbumes— el fichaje que hizo que escuchara el disco con atención fue Butch Walker, el prestigioso cantautor y productor que ha hecho de todo y con todo el mundo.

I’m Not Dead tiene un poco de todo, desde el pop facilón de Stupid Girls y U + Ur Hand al pop trabajado de Who Knew y I’m Not Dead; desde canciones que son 100% marca de la casa Butch Walker (Long Way to Happy, Tonight) a baladas inevitables (Nobody Knows). Sin embargo, y en medio de una producción de lujo empaquetada para ir directo a cualquier emisora mainstream, aparecía una rareza titulada Dear Mr. President. Y digo rareza no por la música, que es una delicia (estilo folk, guitarra acústica, coros de fondo constantes), sino por la letra, una carta abierta al por entonces presidente de los Estados Unidos a quien, literalmente, pone a caer de un burro.

Cada vez que la escucho experimento la misma sensación, una mezcla de fascinación por la estructura y melodía del tema a la vez que repulsa por el contenido de la letra, que me gustaría analizar y, si puedo, relacionar con algunos trends políticos. ¿Qué valor tiene algo así? Hoy en día, poco. Antes de que, en el terreno de la música popular, la audiencia se fragmentara en los miles de pedazos en que consiste hoy, una canción como Imagine (1971) de John Lennon podía captar los oídos y corazones de un público bastante amplio y hacer notar su influencia durante años y años (a mí me llegó: una profesora, que sería adolescente en los 70, nos la hizo cantar para un festival dentro de un campamento urbano de inglés cuando yo era un chaval). Dudo mucho que alguien recuerde Dear Mr. President en 2030, pero a poco que haya llegado a la suficiente cantidad de oyentes, nos recordará algo esencial: a saber, que las ideas y creencias que conforman la primera capa de nuestra cultura —y, para quienes no se preocupan más, la segunda y la tercera— no vienen de la tradición filosófica, científica o religiosa, sino del arte más popular. Que es popular justamente en la medida que simplifica y banaliza —no sin inteligencia, conste— temas que son difíciles y nada simples.

 

 

«Dear Mr. President, come take a walk with me», empieza la cantante. Bien, alcemos la imaginación. «Let’s pretend we’re just two people and you’re not better than me. I’d like to ask you some questions if we can speak honestly». Un momento. ¿Imaginemos que «tú no eres mejor que yo»? Muchos críticos alabaron la honestidad de la cantante y su valentía al atreverse con una canción así, pero a mí no deja resultarme insultante la prepotencia de una declaración así desde el comienzo. ¿Por qué presuponer que tu interlocutor cree que es mejor que tú? Mal comienzo, sin duda, para entablar una «conversación honesta» como reclama la cantante y, en general, para el diálogo sobre las cosas que nos importan. La tradición del diálogo es de lo mejor que ha dado Occidente al mundo, pero —ya sea proponga de modo refinado, tipo Habermas, o de modo combativo, tipo nuestros políticos cuando discuten o dicen negociar— la costumbre de poner condiciones para una «conversación honesta» trastoca el orden natural del diálogo, anteponiendo lo que sólo puede descubrirse post-facto y pretendiendo que sólo hay una manera (ideal) de hallar la verdad. En realidad, como tantos y tantos expertos en comunicación han demostrado, es la fijación de esas condiciones la que, en gran parte, determina la consecución de una verdad concreta, a saber, la que interesa al “fijador” de condiciones.

«What do you feel when you see all the homeless on the street? Who do you pray for at night before you go to sleep? What do you feel when you look in the mirror? Are you proud?». Tantas preguntas me dejan descolocado. No creo que a nadie que observe con atención a los homeless en la calle se le quede el cuerpo tranquilo: por más que apartemos la mirada, siempre hay una historia personal detrás de cada sin techo. Ahora bien, ¿qué sentido tiene preguntar a un presidente si se siente orgulloso por ello? Nadie sensato se enorgullece de la indigencia. Pero la cuestión de la pobreza excede la capacidad de resolverla de cualquier mandatario. La prueba de ello son las ingentes cantidades de dinero, programas, ayudas y demás iniciativas que una y otra vez lanzan y relanzan los presidentes de casi todos los países. Obviamente, siempre se puede hacer más. Pero también se puede hacer mejor, distinto, o se puede no hacer nada. En cualquier caso, preguntar a un presidente si se siente «orgulloso» o a quién reza cuando tiene a tanta gente viviendo en la calle es una burda manipulación: la pobreza no es culpa exclusiva de un dirigente.

Lo que sigue va en la misma línea. «How do you sleep while the rest of us cry? How do you dream when a mother has no chance to say goodbye? How do you walk with your head held high? Can you even look me in the eye and tell me why?». Se trata de preguntas imposibles de contestar unilateralmente en una «conversación honesta», más que nada porque son preguntas que implican también al que pregunta. Uno puede entender que, ante los males del mundo, la gente quiera preguntar a alguien ¿¿por qué?? La diferencia, creo, es que a medida que maduramos nos damos cuenta que el mundo no se comprende de manera binaria, que hay más que “buenos” y “malos”. Mirar a la realidad —y a la gente que nos gobierna— como si fuera una contraposición de Bárcenas contra Iglesias, capitalismo-que-mata contra Estado-que-salva, derechos-para-todos contra privilegios-para-pocos, y demás simplezas no ayuda a entender lo que ocurre, sólo a mistificarlo.

Además, ¿en qué mundo vive Pink donde todos “lloran”? Se entiende como recurso retórico, pero un presidente también es humano y también llora. Excluirlo de esa categoría y ponerlo en una caverna desde donde mira fríamente al resto de mortales no ayuda a entender lo que hacen los políticos. Tampoco ayuda la acusación de que, por culpa del presidente, las madres de soldados no tienen oportunidad de despedirse de sus hijos. Sí la tienen. No deseo la muerte a nadie, pero los familiares de militares —y de policías, guardias civiles y demás— son bien conscientes de los riesgos que corren sus allegados. Ciertamente, los políticos tienen la responsabilidad de no lanzarse a guerras imprudentemente, pero también la tienen de defender a sus países de agresiones. La imagen de las madres es una alusión velada de Pink a la última guerra de Irak, una cuestión que Occidente prefirió cerrar en falso con la muletilla de que se trataba de una guerra “ilegal” cuando el verdadero problema no debería ser si una guerra es legal o ilegal —ese es un criterio contextual que, además, sólo tiene sentido si ambos bandos comparten presupuestos— sino más bien si es justa o injusta. Por lo demás, evitar entrar en guerra no terminará con la imagen de las madres a las que se hurta la posibilidad de despedir a sus hijos, como ha puesto de manifiesto últimamente la cruel actividad de Estado Islámico.

«Dear Mr. President, were you a lonely boy? Are you a lonely boy? Are you a lonely boy? How can you say, “No child is left behind”? We’re not dumb and we’re not blind. They’re all sitting in your cells. While you pave the road to hell». Esta estrofa me noquea, pues es un dulce envenenado. Comienza con cierta ternura —¿quedo mal si añado “femenina”?— preguntando al presidente si fue un «niño solitario» y recuerda, lejanamente, al análisis que ya en su día hizo Arno Gruen en ¿Es posible un mundo sin guerras? Sobre el dolor como origen de la violencia (Herder, Barcelona, 2008) cuando explicaba que, en el origen de la personalidad de tantos poderosos que aceptan la guerra o la maldad humanas como algo natural e inevitable hay una falta de empatía resultado de una educación sin ternura que no tuvo en cuenta las necesidades del niño más allá de lo elemental (alimentación, sueño, higiene). Pero, a continuación, Pink mezcla churras con  merinas cuando acusa al presidente de «dejar tirados a los niños», haciendo un juego de palabras con la ley de reforma de la educación de 2001 —suscrita por republicanos y demócratas y no abolida sino reformada por Obama recientemente. Nuevamente, se vuelve a cargar sobre una sola persona todos los males: de la falta de educación a la cárcel, y de la cárcel al infierno. En este punto, Pink y su letrista Billy Mann son tan inconcretos que queda como una acusación exagerada y, claro, injusta.

Pero lo mejor viene ahora. «What kind of father would take his own daughter’s rights away? And what kind of father might hate his own daughter if she were gay?». La respuesta es simple: ninguno. Pink se hacía aquí eco de los rumores que, en su día, hubo sobre el posible lesbianismo de Barbara Pierce Bush y de las dificultades de Dick Cheney, entonces vicepresidente, para mantener una postura contraria al matrimonio gay al mismo tiempo que apoyaba a una hija abiertamente homosexual. Pero las implicaciones de estas líneas van mucho más allá.

Quizá por eso es el punto de la canción que más me enfada, primero porque el homosexualismo político es una tendencia cultural y contingente: en teoría sujeto a las mismas críticas que cualquier movimiento, en la práctica intocable, con lo cual socialmente juega una partida amañada. Pero, segundo y más importante, me enfada porque no creo que ningún padre odie a su hijo/hija. Otra cosa es que, justamente en la medida que les ama, apruebe o desapruebe ciertas elecciones. Esta es una de las grandes mentiras de la cultura adolescéntrica en que vivimos, a saber, la idea de que un “buen” padre es aquel que aprueba y acompaña a su hijo/hija en cualquier cosa que el hijo/hija quiera, desee o elija. Y, así, nos encontramos con tantos padres desorientados y distraídos, muchos de los cuales necesitan (necesitamos) cursos de formación donde lo primero que se enseña es… ¡que pueden intervenir en la educación de sus hijos!

«I can only imagine what the first lady has to say. You’ve come a long way from whiskey and cocaine». Este es un golpe bajo, porque Pink trae a colación el pasado del presidente Bush como alcohólico y juerguista, que también Oliver Stone explotó en la película W. (2008). La implicación es clara: cualquiera con un pasado no tiene ningún derecho a juzgar ni prohibir nada a nadie. Este tipo de exigencias de pureza moral son muy comunes en nuestro tiempo, en que la gente es muy dada a exigir transparencia para todo y dimisiones por cualquier motivo. En el contexto de la canción, es sencillamente hipócrita: incluso aunque Bush hubiera sido abstemio y aplicado en su juventud, es muy dudoso que Pink aprobara el que el presidente pueda opinar sobre los “derechos” de gays y lesbianas. Si gays y lesbianas quieren algo (por ejemplo, casarse), no hay argumento que pueda negarlo, pues se trata de adultos que eligen lo que quieren y tienen derecho a elegirlo en la forma que quieran. Y sin restricciones de ningún tipo, ni de la naturaleza, ni de la historia, ni de la tradición, ni de los derechos de los demás.

No contenta con esto, Pink la carga en la última estrofa con la supuesta holgazanería del presidente. «Let me tell you ’bout hard work. Minimum wage with a baby on the way. Let me tell you ’bout hard work. Rebuilding your house after the bombs took them away. Let me tell you ’bout hard work. Building a bed out of a cardboard box. Let me tell you ’bout hard work. Hard work. Hard work. You don’t know nothing ’bout hard work. Hard work. Hard work». Nadie duda que una embarazada cobrando el salario mínimo no viva apurada, ni tampoco que sea duro dormir en una cama hecha de cartones. Pero el trabajo de los políticos es de todo menos descansado u holgazán. Entre otras cosas, supone asumir que, al menos durante el tiempo del mandato, se tiene que estar de guardia las 24 horas, casi sin vida privada ni momentos para el ocio, y siempre en el ojo del huracán de las críticas del resto. A mí —y a tantos otros, como Peter Riddell o Edurne Uriarte— el trabajo del político me parece durísimo, aunque entiendo que no lo parezca en comparación con el que apenas tiene para comer. Y es que se trata de una comparación en planos diferentes. Uno trabaja para sobrevivir, el otro para que el primero no tenga que trabajar para sobrevivir. Pero por más que el político se esfuerce por que eso no pase, al final siempre queda algo de supervivencia en nuestros trabajos: sólo en nuestra imaginación trabajamos en lo que nos da la gana. En el mundo real, si nuestro trabajo no le es útil a alguien, es raro que podamos vivir de ello (y, claro, en la medida en que le sea útil a alguien, ese alguien pondrá condiciones).

Evidentemente, la canción no quiere hablar de eso, sino de lo poco que, según la idea extendida, le costó a Bush labrarse su camino a la presidencia. Y es cierto. Pero, nuevamente, sólo en la imaginación los políticos vienen de “abajo” y se mantienen donde están sólo por su mérito. Hace falta mucho más que eso. Bush hijo no era nuevo en política, pues ya había probado suerte a finales de los 70 (en que fracasó) y a mediados de los 90 (en que fue gobernador de Texas con bastante éxito). En todo caso, incluso si llegó a presidente de EEUU de manera “fácil” y quizá fraudulenta (ganó con menos votos que su rival tras un polémico recuento en Florida), convendría juzgarle más por su gestión que por sus orígenes.

Pero… claro, para eso hay que mirar con honestidad al otro, incluso si no piensa como tú, y hacerlo con interés, aprecio y ganas de entender(se). Cosa difícil si se asume lo que la canción concluye: «Dear Mr. President, You’d never take a walk with me. Would you?».

 

Post-data

 

Poco de todo esto tiene que ver con nuestra situación política nacional y mundial, es cierto. Se trata de consignas de 2006, sobre algunos temas que —aparentemente— han pasado la página de la Historia (guerra iraquí, matrimonio gay), contra un presidente de otro país, que ya ni está y que, para muchos, ejerció un estilo liderazgo también superado a favor de un talante más cooperativo y multilateral (que ahora, según The Economist, podría estar en retroceso).

Pero hay algo en la letra y la actitud de Pink —y en la de una importante porción de la población y del establishmentque me sigue sonando muy cercano. En parte, tiene que ver con un vivir de y en la utopía, como si hubiera que recomenzar de cero cada vez que llega un político al poder —habitualmente, tras suceder a otro de talante conservador. Pero, en parte, tiene que ver con una forma de entender las relaciones humanas —y, sí, la política— de un modo partisano e ideológico, por más elegante que sea. Una actitud que, aunque se dice cercana al suelo, en realidad privilegia la consigna antes que el dato. Y una actitud, en fin, que niega la complejidad de la relación con el otro y la sustituye por la simplificación esquemática que, amablemente, te dice “si no estás con lo que pienso, estás fuera”. No deja de resultar paradójico que este modo de pensar haya vuelto a cobrar fuerza en las formaciones políticas populistas de izquierda que resurgen en todo el mundo. Tras años de criticar (y envidiar) a los periodistas, políticos e intelectuales conservadores por dominar la comunicación, fijar el marco y el uso de palabras y conceptos talismán, pareciera que los activistas, artistas y políticos progresistas quisieran superar lo mejor del criterio “ilustrado” con el que se han guiado históricamente para retomar la lucha ideologizada que tan bien ha funcionado (y funciona) fuera de la política institucional.

Lástima que el ejemplo del Obama temprano no haya cundido. Cuando, antes de llegar a la presidencia, publicó La audacia de la esperanza (Península, Barcelona, 2007), en su primer capítulo justamente añoraba la época en que los políticos de izquierda y derecha eran capaces de convivir dentro y fuera del Congreso. Más aún, frente a la polarización propiciada por los republicanos durante las legislaturas de Bush Jr., Barack Obama no llamaba a una polarización en sentido inverso sino a volver a cimentar la política en la noción del bien común (p. 12) y a trascender la prefabricación ideológica (p. 36). Para ello animaba a recordar lo que los ciudadanos comparten (p. 28), pues siempre que exageramos o demonizamos, simplificamos excesivamente o ponemos demasiado énfasis en nuestras propuestas, perdemos. Siempre que rebajamos el nivel intelectual del debate ideológico, perdemos. Es precisamente la búsqueda de la pureza ideológica, la rígida ortodoxia y lo previsible de nuestro actual debate político lo que nos impide encontrar nuevas maneras de acometer los desafíos a los que nos enfrentamos como nación (pp. 43-44).

Leída hoy, una declaración así da cuenta del estilo pragmático (e ilustrado, sí) característico de la administración Obama. Eso no significa que el antiguo abogado y profesor universitario no haya caído e incluso promovido una explicación menos racional y más “narrativa” de las políticas adoptadas en su mandato. Ni que esta obsesión por el storytelling no se haya trasladado a la esfera política occidental y, seguramente, haya aumentado la sordera en el debate político. Al menos, así me lo pareció en el debate a 9 del pasado 9 de diciembre en nuestro país, en que los nueve partidos convocados contaban una historia distinta sobre la situación de España y la prospectiva para el futuro pero sin apenas entrar a discutir la historia del contricante, en muchas ocasiones —como es el caso de los partidos nacionalistas e independentistas— porque se trata de relatos inconmensurables.

Todo esto no hace más que indicar una constante. El esfuerzo por llevar adelante una política madura exige eso que los politólogos llaman una “cultura política” a la altura, lo que incluye a políticos, instituciones y electores. Pero, aún así, el sueño de un debate parlamentario y una ciudadanía inteligente es eso, un sueño: por encima o al lado de la razón, conviven en nosotros sueños y emociones que no son estrictamente racionales o lógicos. Por si fuera poco, el terreno de la política es contingente y revisable. La simplificación ideológica o narrativa puede ser legítima siempre y cuando promueva un debate real, un encuentro con el otro o contenga una propuesta de sentido. No siendo este el caso, la carta de Pink se antoja como un ejemplo más de vieja nueva política que, ojalá, seamos capaces de superar con inteligencia… e ilusión.

Buenos Aires, 1979. Soy "profesor de Filosofía" (los demás juzgarán si soy "filósofo") en la Universidad Francisco de Vitoria, y trágica e inevitablemente atraído por el pensamiento político, la ficción audiovisual y literaria y, como aficionado, por la música rock. Inspirado por Hannah Arendt, lo que más me interesa es comprender. Lo que más detesto, la palabrería y los tópicos.

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