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Mito y Revolución o cuando la ficción supera a la realidad

En Cultura política/Pensamiento por
Tiempo de lectura: 8 minutos

Los mitos que se creen tienden a convertirse en realidad” nos enseñó Orwell. El mito (mythos) se crea para que se crea en él, publicitando a unos y denigrando a otros, y por ello, ha movido y moverá a las masas para un fin concreto. No es solo una simple narración maravillosa, sobrenatural o fantasiosa, de pueblos primitivos sujetos al destino divino o a la intemperie de la naturaleza, fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes heroicos (el “primitivismo religioso” apuntado por Frazer o Tylor). Es, ante todo, una Historia donde los hombres crean personajes arquetípicos o fenómenos deslumbrantes que encarnan aspectos universales de la condición humana a imitar o a superar, desde la extraordinaria admiración o desde la radical animadversión, atribuyéndoles cualidades o excelencias que nunca antes habían tenido. En este caso, la ficción supera, y transforma, la realidad. Para Carpentier, “el mito sólo es reflejo de una realidad” construida.

Lo mítico es el modelo a seguir o a denostar; una creación sociocultural e instrumental de naturaleza colectiva, eso sí peculiar y recurrente en el homo sapiens desde que aprende jugando (hacia el homo ludens de Huizinga) hasta que aprende imitando (hacia el homo videns de Sartori). Y concebida para determinar quién manda y quién obedece (siguiendo la “ley de hierro de la oligarquía” de Michels), cómo tomar el poder y de qué manera legitimar a quién lo obtiene (recordando las Tesis de Abril de Lenin), si gobierna el Leviatán público del Estado (desde Hobbes) o la mano invisible del Mercado (desde Smith), cómo debe producirse y cómo debe consumirse (leyendo a E.F. Schumacher), a quién seguir en las redes sociales y a quién admirar cada noche. No es un mero cuento, leyenda o fábula, aunque pudiera parecerlo; es el gran relato que permite enseñar y convencer al otro de una veracidad común, a modo de publicidad epocal para la generar la confianza, el convencimiento, la fidelidad.

Platón ya lo advirtió. El mito no se oponía al Logos; era una de sus herramientas, en concreto, para comprender y explicar lo real, imitando una idea original, eterna e inmutable, enlazando sensaciones e ideas, comunicando lo que aún lo considerado inaccesible para el común de los mortales, para el miembro de la masa, para su limitada capacidad de razonar. Ocupaba, paradigmáticamente, el lugar donde no llegaba la razón, hablando en un lenguaje simbólico amplio y plástico que permitía superar la farragosa explicación racional por una sutil e intuitiva explicación más popular.

El mito tiene vida, es parte de la vida. Presenta una función social (Durkheim dixit) tanto en las sociedad preindustriales como modernas. Para Mircea Eliade, el mito edifica modelos ejemplares de todos los ritos y actividades humanas significativas en un tiempo y un lugar, desde lo más simple o como asegurar la alimentación, hasta lo más trascendental o como descifrar el origen del mundo.

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Toda época, cronológica o historiográficamente definida, por ello, tiene sus propios mitos, fundadores o terminales (aunque generalmente parecidos en su génesis y finalidad), y cada sociedad presente en el mismo, desde su peculiar elite dirigente (tradicional, carismática o racional, siguiendo a Weber) los construye para explicar a súbditos y ciudadanos, empleados y clientes, las causas y consecuencias de sus creencias legitimadoras que permiten abrazar o cuestionar los procesos oficiales de socialización identitaria, desde un tiempo atemporal e inalterable que fundamenta los proyectos comunitarios vigentes o a construir. Mauss definía así el mito como una “forma de condensación de representaciones simbólicas”.

Hay pueblos que se consideran milenarios y naciones que se llaman eternas, sucesos casi mágicos en los que creer y milagros de la técnica a los que entregar nuestras esperanzas, héroes vistos como sobrenaturales y famosos que aspiran a quince minutos de gloria, orígenes muy llamativos e historias de superación que pretenden impactar, ideas a las que seguir obedientemente y banderas que agitar en todo momento, obras a las que no se puede dejar de admirar y productos que se deben comprar compulsivamente. Hoy y ayer; es “la realidad humana del mito” que ilustraba Giambattista Vico, recogida por los estudios antropológicos de civilizaciones pasadas y por los análisis sociológicos del tiempo moderno.

Jung identificaba los mitos con aquellos símbolos fundados en el “inconsciente colectivo“, desde los “arquetipos” y sus aparatos rituales; y Lévi-Strauss subrayaba la “función transformadora” de los mismos con fines de legitimación presente e histórica de continuidad, tanto retrospectiva (lo que fuimos) como prospectivamente (lo que seremos), entre el pasado que dice que ha mandado y el futuro que dice que debe seguir mandando. Instrumento valioso, por tanto, que moldeaba sutilmente identidades personales al servicio del fin colectivo, ya que para Julien Freund:

“El mito es una creencia creada por el hombre, frecuentemente ligada a la cuestión de los orígenes (se trata de motivar la acción por una genealogía ejemplar), que nace de un choque psicológico. No se remite pues al pasado,  como habían creído los “primitivistas”, sino a lo eterno.  El mito no nos esclarece sobre lo que ocurrió, sino sobre  lo que se producirá, sobre lo que se busca producir. Si es  fecundo, si responde a la demanda colectiva, si es aceptado por la sociedad en su totalidad, o por un segmento  importante de esta, entonces se renueva por sí mismo: su  socialización va aparejada con su sacralización. El mito se  sitúa más allá de lo verdadero y lo falso, el bien y el mal, lo  justo y lo injusto. Únicamente es fecundo, o no lo es. Tiene o no un valor operativo, determina una actividad sociopscicológica o no la determina. No podría pues ser refutado, sino simplemente aprobado o reprobado”.

Soñamos, luego existimos. Imaginamos que superamos las barreras de la biología y podemos restar minutos al devenir, aspiramos a ser parte de algo más grande que nos identifique o nos diferencie, deseamos poder ser todo y que los demás nunca lleguen a nada, idealizamos lo que no tenemos y lo que queremos tener, y deseamos el rápido éxito propio o el brutal fracaso ajeno. El mito, esa creación tan humana que nos da una explicación global desde creencias, dogmas y ritos propios (en su propio contexto, con sus propias palabras), y que narra el destino colectivo ficticio al que queremos sumarnos o del que queremos escapar realmente, que debe cumplirse construyéndolo material o espiritualmente o que hay que evitar a toda costa.

El mito contemporáneo: la Revolución

Pero esta secular narración no es mera distracción fabulosa; al contrario aparece, historiográficamente, como ese ingenio sociocultural construido, desde lenguaje (real y simbólico) y en el discurso (político-social), para la legitimación y movilización de los proyectos imaginados que alteran, desde la arcaica tradición oral a la posmoderna propaganda mediática, las verdaderas cualidades de las personas que nos rodean y de las cosas que nos impresionan, otorgándoles un valor definitorio por el que luchar, por el que movilizarse, por el que creer.

El tumultuoso y emotivo ‘Finale’ de ‘Les Miserables’ de Hooper (2012)

Y la Revolución es el gran mito de nuestra Historia contemporánea. Bien lo supo Camus cuando escribió que “los mitos tienen más poder que la realidad. La revolución como mito es la revolución definitiva”. La “revolución de las masas”, advertida y polemizada por Ortega y Gasset, quizás supuso el punto de inflexión. Quedaba atrás la edad moderna, con sus estamentos compactos y gremios codificados, con sus conflictos dinásticos y su ética aristocrática. Las masas impactaban en la Historia.

Políticamente, cuando los sans-culottes se convirtieron en la fuerza de choque de la nueva elite burguesa en su fundacional Revolución francesa; este mito, esta palabra comenzó a recorrer Europa y América como bandera de libertades inimaginables y represiones inmisericordes, de avances políticos ilustrados y feroces contrarrevoluciones restauradoras. Y, económicamente, cuando los inventos técnicos pudieron producir en serie, y el obrero llenó fábricas y ciudades en el seno de la multiforme Revolución industrial (con su famoso éxodo del desmitificado mundo rural a la mitificada metrópoli emergente). Las masas revolucionarias o utilizadas revolucionariamente, la “muchedumbre” para Ortega, anunciaban un tiempo histórico nuevo en Occidente y en las naciones occidentalizadas, de profundo cambio cuantitativo (crecimiento demográfico sin parangón, desafiando las predicciones de Malthus) y cualitativo (crecimiento cultural y mental o la “subida del nivel histórico” orteguiana).

“La muchedumbre, de pronto, se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a las baterías, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay coro” (Ortega).

La etapa quizás fundada por la toma de la Bastilla en 1789, parece revelar la esencia instrumental del mito revolucionario, desde la noción advertida por Eliade de perpetúa pretensión de “renovación del mundo”. Sinónimo de progreso o sinónimo de desorden, de libertad real a alcanzar o de libertad formal a inventar en la era de las masas. Una palabra como bandera, como símbolo, como movilización: llenó numerosos libros y por ella se quemaron muchos de ellos, al reinterpretar ese mito cosmogónico tradicional del “fin del Mundo”, el propio o el ajeno, como sueño o como pesadilla.

El mito de la Revolución puso nombre a sucesivas reacciones ucrónicas sobre el mundo en su perfección inicial y a innumerables propuestas de superación utópica de todo lo existente, de toda herencia, de toda enseñanza. “El mito– señala Eliade- cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los comienzos”. Y la primera génesis mítica de la Revolución contemporánea, superando la Reforma y oponiéndose a la Reacción, se situó el seno del mundo liberal-burgués (con sus excesos jacobinos y sus consecuencias napoleónicas). Los herederos de la Ilustración comprendieron la fuerza de dicha palabra, de su significado, de su capacidad de movilización. Era el medio para aplicar como progreso el triunfo de la razón kantiana (Vernunft) o para alcanzar desde la transformación aquella voluntad detectada por Schopenhauer (Wille), mitificando o desmitificando los sistemas político-sociales de construir o destruir desde un origen elegido y hacia un destino manifiesto.

Pero pronto se detectó que el impacto transformador, prodigioso y colosal si se quiere, de lo revolucionario como mito superaba tanto los diques antiguos como los recién construidos para encauzar las fuerzas del nuevo ideal. El protagonismo de lo masivo no solo conllevaba la soñada transición del anticuado vasallo rural y gremial al moderno ciudadano urbano y democrático. La imaginación del mito contenía, también, en el seno de la sacralizada “voluntad humana (el fin revolucionario supremo frente a tradiciones y convenciones), sueños ajenos al triunfante universo liberal-capitalista (en sus diferentes manifestaciones); germinaban, e incluso se probaban, propuestas colectivistas utópicas y científicas, estatistas o comunitaristas, obreristas y corporativistas, anarcocomunistas o anarcocolectivistas, antiindividualistas o antidemocráticas, la mayoría presentes en el escenario de la Revolución social de 1848. Para liberar al oprimido y para oprimirlo aún más, para destruir el Estado o hacerse con su control, para vivir o revivir una nueva comunidad.  Propuestas que, en su clave totalitaria/autoritaria, tomaron en poder en muchas naciones durante la trascendental era de entreguerras: de la mítica liberación obrera de la doble Revolución rusa de 1917 a la mística nacionalista derivada de la llamada Revolución conservadora de los años treinta (Konservative revolution).

Lenin saludando al pueblo ruso.

Las masivas batallas y matanzas durante la Segunda Guerra Mundial diseñaron un nuevo orden mundial tras la conflagración. De ella, el mito revolucionario salió victorioso en el seno de uno de los bandos triunfadores, el soviético, como la “revolución permanente” troskista o como la “revolución en solo país estalinista, y se descubrió como amenaza nuclear y global para el otro gran vendedor, el norteamericano.

La palabra revolución fue, quizás, una de las claves simbólicas de la era histórica llamada Guerra fría, recorriendo los escenarios a uno y otro lado del telón de acero, en la Revolución comunista cubana de 1959 o en la Revolución anticomunista húngara de 1956. Pero todo instrumento depende, siempre, de quién lo use y para qué se use, y nuestro mito comenzó a ser parte de las aspiraciones de nuevas masas occidentales transformadoras: la Revolución liberal y sexual de Mayo del 68 alumbraba esa “democracia de masas” fundada en la representación partitocrática y los derechos sociales, y la Revolución capitalista y tecnológica de la Globalización difundía un “consumo de masas” inevitable tras el derrumbe, casi global y profetizado por Fukuyama, de la última “dictadura de las masas proletarias” con la caída del Muro de Berlín.

Hay, por tanto, mitos sagrados y profanos, metafísicos o costumbristas, pretéritos o actuales, útiles o inútiles. Su impacto en imaginario personal o colectivo siempre lo decide, como lo parece demostrar esta breve historia del mito revolucionario. Dicen que son supuestamente ficticios en su origen, impostores de la verdad racional y adulteración consciente de almas cándidas; pero aparecen en la realidad de la Historia como parte de nuestras más íntimas experiencias pasadas, de nuestras posibilidades presentes y soñadas, y de nuestras expectativas futuras que nos impulsan o nos frustran. Si se cree firmemente en ellos o hacen que creamos en ellos más firme aún, como descubrió Orwell, nuestros mitos serán parte fundamental de la vida misma que disfrutamos o padecemos. Para vivir en el mito, parece que a lo largo de los siglos solo ha hecho falta ser simplemente humanos.

Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional.

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