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Te explicamos por qué Madrid es un desastre urbanístico

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Conclusiones en clave urbanística para entender algo de lo que está ocurriendo actualmente en la capital (continuación del articulo Megalópolis, la quimera de la ciudad mundial).

Madrid se ha incorporado decididamente -si bien aún en escala menor- a la ola que manifiestan las grandes aglomeraciones de nuestro mundo global. Aunque parezca irónico, la realidad es que nos encontramos ante una paradoja nuclear: el mundo se ha empequeñecido de tal manera que el hecho categorial al que nos abocamos es precisamente el de la desaparición de la ciudad. Al final, el hombre -ya mero individuo, eso sí sui iuris en su autodeterminación socializada- exiliado en un espacio cada vez más reducido y del que desea huir, de transportes cada vez más veloces que le permitan obtener destinos a su vez vez más lejanos. Estamos ya más cercanos a la ciudad mundial, donde lo colosal arrumba al hombre en favor de los medios: básicamente vía y transporte. Intransitable por sus dimensiones y existencialmente incomunicable. Si toda ciudad es ante todo comunidad, negado lo último, necesariamente se niega lo primero. Simple constatación: al presente el ciudadano desconoce la ciudad en la que sobrevive, sobrellevando su propio exilio interior.

Destruyendo la naturaleza -en su referencia medioambiental-, también arrumbamos la “ciudad” como ámbito natural. Velis nolis, la polución, difuminando la ciudad, expresa una contaminación más determinante.  Resulta una obviedad que la tala masiva sistemática de una población vegetal -bajo una consideración estricta de eficiencia técnica- es un problema, pero como tal es correlativo a nuestro foco inmediato que el verdadero caballo de Troya reside en la despoblación de las ciudades en favor de mastodónticas concentraciones hiperurbanas (Nueva York, Singapur, México DF, Londres, Tokio, Paris, ¿Madrid?…) rodeadas de suburbios y otras zonas en decadencia dejadas a la deriva.  Como sentenciara Sinclair Lewis, el primer nobel de literatura estadounidense, “la planificación en gran escala puede introducir lo nuevo, en efecto, pero sólo a expensas de la destrucción de los mismos valores de la urbe”. 

Una ciudad no es grande por el espacio físico que ocupa o por su número de habitantes sino por su finalidad. La ciudad que tenga por objetivo estar organizada de la mejor forma posible necesitará los recursos adecuados. Tendrá que considerar cuántos ciudadanos debe haber y de qué tipo; y lo mismo con el territorio, qué extensión y cualidades debe tener. Es muy difícil gobernar bien una ciudad demasiado populosa. Así como la belleza se realiza siempre según número y magnitud, la ciudad que une a su tamaño el límite de población oportuno, será la más hermosa. En la naturaleza, las plantas o lo animales tienen una cierta magnitud, y ninguno conservará su propia capacidad si es demasiado pequeño o demasiado grande. Así, también hay medida y límite en la magnitud de las ciudades.

Escribe el teórico cultural y urbanista Paul Virilio que donde existe el problema está también la solución. Si tratamos de presentar en escala logarítmica toda la amplitud del espacio urbano, veremos que las ciudades que el hombre construyó en el pasado implicaban un límite, límite impuesto por la escala humana: la pregunta por el hombre y el modo humano de vivir abre respuestas. Que vayamos encaminados hacia cierto mastodonte no es excusa para evitar la pregunta de cara a afrontar un futuro que ya es presente. ¿Cómo hacerlo? El modo actual es un desastre anunciado. Ciertamente es innegable que los accesos a la ciudad a ciertas horas se hacen imposibles, pese a la gran cantidad de vías circulatorias; el atasco de potentes máquinas y la contaminación se mantienen imperturbables: no hay vía que no nazca en colapso.

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Dejando de lado que toda ciudad es expresión natural del alma que cobija y expresa, y siguiendo la teoría del dinamismo ideal de Toynbee, el verdadero problema reside en la consideración que tenemos de nuestras ciudades. Las seguimos tratando como si fueran estáticas. El cambio ya se está produciendo y es preciso estudiar las tendencias actuales. Invertirlas es muy complicado e incluso en muchos casos constituirían mayor problema que solución. Lo que sí es cierto es que hay conceptos básicos como el espacio que necesita el hombre para vivir o las dimensiones de una vivienda, que no han variado. Entonces, si el hombre no necesita mayor espacio que el que ha necesitado anteriormente, ¿por qué la densidad demográfica es cada vez menor?

La teoría de la dinápolis ideal se ha seguido en ciudades como Islamabad o Tema, en Pakistán y Ghana respectivamente, ciudades nuevas; pero hay otros casos que sin duda resultan más relevantes para nuestra comparativa, y concerniente a ciudades ya existentes, como son Washington, Copenhague o Beirut. Se realiza un estudio, del que resulta un análisis que establece un plan; sugiere soluciones en función de las características y problemática de cada ciudad en concreto. Para Washington, considerada la convergencia de presiones provenientes de todas direcciones se atendió al río Potomac como su crecimiento natural. En el caso de Beirut, la solución ofrecida fue formar un núcleo alejado del principal, de espaldas al mar y de cara a la masa continental. Copenhague planteaba la dificultad del centro: salvaguardar su configuración histórica, de modo que su crecimiento natural se proyectó hacia el interior del país, para una población prevista de uno a cinco millones en el curso de un siglo.

Madrid alberga tres gobiernos y sus correspondientes títulos, de donde una de las dificultades: doble capitalidad y condición de Villa. Si bien todo se andará, cuando la socialización madure, la administración local carece de competencia regulatoria específica. Madrid ha sido y continúa siéndolo cuestión de Estado y ahora un centro de empresas.

Como pretensión de Gran Ciudad, presenta una milla de oro y cuatro torres. La extensión del eje norte-sur englobaría las vías A-II y A-IV. Por lo demás, se ha operado en el tiempo por absorción, saturación y soluciones-dormitorio. Ideológicamente presenta una solución de continuidad entre el ensanche liberal, la planificación falangista y la socialdemocracia intervencionista de alcance asfixiante. Así, tras los ensanches sucesivos obtendremos un primer PGOUM de comienzos de los años cuarenta. Carece de lo que podemos expresar una “categoría histórica”.

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En cuanto al tamaño, observamos que pese al número de kilómetros que alcanza Madrid, 607 km2 -seis veces Barcelona o París, y desde una extensión primera de 66 km2-, la dificultad principal es que los cambios espaciales en Madrid son consecuencia de una anexión sucesiva sobre municipios del entorno. Hay en este sentido un crecimiento en lo espacial que no deja de serlo relativo. El incremento cualitativo es el poblacional; necesariamente inducido a costa de resolver la meseta en erial.

Como problemas presenta, modo aparente, la extensión (comparado con otros municipios de superior o parecido tamaño, vemos que no existe mayor dificultad que un mayor grado de compromiso en su gestión administrativa); en segundo lugar y verdadero caballo de Troya: su densidad de población; es aquí donde se originan los cambios estructurales dentro de la ciudad limitando al mismo tiempo notablemente su capacidad a la hora de establecer un empeño mínimo de urbanismo, ya que la ciudad es discontinua. Se tiende a pensar en el centro, el cual se presenta estructurado, pero… ¿la periferia?, ¿los suburbios?, zonas no ya limítrofes pero sí exteriores al radio de la circunferencia central. En cualquier caso, ¿no es el centro por la periferia? Sin embargo, parecieran ámbitos recíprocamente extraños. El centralismo fagocitante -resultante de la ausencia de una real y efectiva descentralización- atrae una densidad poblacional que excede la capacidad de integración vital.

El núcleo de la cuestión es el tema poblacional, pero las nuevas configuraciones sociales extreman las dificultades. Muy notablemente, la socialización del individualismo, tanto para la edad juvenil, la adulta como muy particularmente la anciana (atiéndase el dato muy reciente de la Secretaría de Estado para la Soledad en Inglaterra). Es de temer que no hay solución urbanista capaz de dar salida a esta cuestión: el deterioro de la calidad poblacional. Esto coadyuva a una calificación de Madrid, como ciudad de paso.

El tema no es Madrid, o, al menos no es sólo Madrid “ciudad”, sino la entera provincia -en la departamentación liberal de Javier de Burgos-, o en su enunciado autonómico, la entera región. Madrid expresa lo provincial-regional, fallida la solución pretendida relativa a la capitalidad de una “ciudad-distrito federal”. Se opera y ha operado no mediante soluciones dinámicas y vitales, sino por absorciones progresivas y contra las poblaciones sucesivamente aledañas. Oímos hablar de proyectos urbanísticos, de nuevas leyes, establecer normativas más estrictas, de dotar a la ciudad de un consejo urbanista más preparado o de un mayor presupuesto destinado al planeamiento…todo  deviene inútil.

El primer paso para la recuperación, es el de considerar las unidades urbanas: la pequeña plaza, el vecindario, el barrio, la pequeña comunidad, etc. Hay que dotarlas de un mayor respeto que antes. Hay que establecer objetivos a largo plazo. A corto plazo, los objetivos no solucionan los problemas presentes porque para el tiempo de dar la solución ya ha surgido otro distinto y el plan queda obsoleto, lo estamos viendo constantemente en todas las soluciones propuestas a fecha de hoy.

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En segundo lugar, atender la solución natural. Madrid es una ciudad que, bajo el sistema del núcleo rodeado de anillos concéntricos, no ha cesado de atraer población a su alrededor. Si aplicásemos el sistema de Doxiadis -ciudades dinámicas-, lo conveniente es atender el enclave de la ciudad que ofrece menor resistencia, y hacia él que habría orientarse. El centro sólo debería de crecer en esta dirección, no en varias como actualmente. De modo que mientras el centro se desenvuelve en esa dirección, se van ocupando a su alrededor las partes nuevas de la ciudad y a partir de ese momento ya se prevé el siguiente paso, que será establecer nuevamente el punto del nuevo centro que más convenga al posterior desarrollo de la ciudad en esa nueva dirección y así sucesivamente. Así, si la ciudad crece de manera continua se establece su expansión en forma de parábola. Si su crecimiento se detiene, la ciudad se cerrará uniendo los extremos de la parábola.

La verdadera solución en estos casos consiste en decidir que las ciudades deben de ser convertidas en zonas estáticas lo antes posible.

Para el caso de Madrid, que puede pensarse que es el de aquellas ciudades que consisten más bien en redes o centros que sirvan a zonas urbanas distintas que ya han confluido entre sí, la solución no consiste ya en permitir que los centros existentes sigan creciendo, dado que los polos generales ya se encuentran asfixiados, y no pueden extenderse por ningún lado sin afectar tanto a su propia área como a las áreas colindantes. La verdadera solución en estos casos consiste en decidir que, como estas zonas han confluido y carecen de ulterior espacio para crecer, deben de ser convertidas en zonas estáticas lo antes posible. Por lo tanto, la población adicional atraída por la ciudad total, habrá de ser absorbida por nuevos centros; y como toda la zona pasará a un nivel de orden superior, será preciso crear otro centro de un nivel mucho mayor fuera de las zonas ya edificadas, a fin de aliviar la presión y prestar servicio no solo a las ciudades ya existentes, sino también a las nuevas que se establecen en los alrededores. De esta manera conseguiremos solventar el desarrollo de la ciudad, salvando su crecimiento y configurando su dinamismo.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y es reproducido aquí con modificaciones con su autorización.

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