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Lu Congresu de lis Diputadis

En España/Pensamiento por

Hace un par de días, con motivo de la conmemoración del día de la mujer trabajadora, dos formaciones políticas registraron una proposición no de ley para cambiar el rótulo del Congreso en pos de la igualdad real entre hombres y mujeres: ‘Congreso de los diputados y diputadas‘.

Ya sabemos que la facción morada es muy deudora de los círculos feministas y que la elección del color identitario en modo alguno fue casual. De hecho, extremadamente causal. Y no es la primera vez que el neocomunismo de moda monta un circo público para tontos y tontas (ahora la coletilla es obligada). No es la intención del artículo que empieza darle bombo a la estupidez más habitual, barata demagogia, cada día que guarde un mínimo de significado para el colectivo antes feminista que femenino, que no hay nada más machista que el adjetivo “femenino”. Pero la gesta de la semana, cuyo motivo es ya clásico, bien merece un comentario aparte.

La lengua es un conjunto de signos que posibilitan la comunicación entre emisor y receptor si éstos comparten un mismo código, lección básica de filosofía del lenguaje que todos traemos aprendida. El signo, a su vez, puede diseccionarse en significante y significado, letra y concepto, materialidad y espiritualidad del término cuyo nexo lo constituye el código común antes referido.

La razón de ser del significante es servir al concepto, a la idea.

Somos seres de intelectualidad (al menos si no eres de los del circo de arriba) además de materiales, y uso “intelectualidad” para facilitar el consenso. Pero lo cierto es que nadie puede apelar desde la mente a otra mente para efectuar la comunicación; es necesario encarnar el pensamiento y alojarlo en un concierto de palabras para lograr expresividad una vez digerido por el destinatario del discurso. Hasta que los transhumanistas obtengan el poder de la telepatía será así entre nosotros los inferiores. Necesitamos recurrir a la carne. De ahí el asombro que nos produce el arte de escoger el término perfectamente idóneo, que dominan los poetas y que tanto alabo.

Bien es cierto, y aquí comulgo con las bases de la revolución feminista del lenguaje, que el significante puede modular la comprensión del significado. La RAE establece como primera acepción del término “hombre” la alusión a la especie, y así en primer lugar la definición “ser animado racional, varón o mujer”. Es la segunda el significado “varón“, y no hay nada que más exaspere a los lingüistas feministas. Es muy cierto que el uso del vocablo en referencia a la humanidad arroja sobre los castellanoparlantes un matiz de virilidad que puede hacer primar el ser masculino sobre el femenino en la comprensión de la especie. Y se refuerza aún más esta virtualidad para quienes sostienen, en la línea de aquella tradición filosófica, que el lenguaje determina el pensamiento.

Para estos feministas es necesario mutar el habla en orden a mutar la comprensión de la realidad.

¿Más ejemplos del modo de comprensión que dicta el nudo significante? El uso del plural del masculino para englobar un conjunto que contiene tanto masculinos como femeninos. “Los perros” para aludir a cien perras más un macho. O la figura retórica de la aliteración, acomodando los fonemas de un signo a su significado; ejemplos, el clásico “bajo el ala leve del leve abanico” de Rubén Darío, o la encantadora “tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes, sedienta de catástrofes y hambrienta“, de Miguel Hernández. O más remotamente pero asimismo ejemplar, los sustantivos formados por onomatopeyas.

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Ahora bien: en la era del seseante que escribe empedernido como habla (¡cuántos hasías en lugar de hacías sostendrá en el ser la sacrílega web de Yahoo…!) o de la popular mutación de “a ver, muchachos” a “haber, muchachos” (a veces incluso el delictivo “haver” que me quita el sueño), creo que es risible la confianza en un adarme de sensibilidad lingüística en la plebe, excluida cualquier connotación despectiva. Al castellanohablante medio, y me atrevería a subir algo más el listón, no le entran remordimientos de conciencia si no acentúa “camión” o escribe “vellaco“. Claro está, cuando se da cuenta del craso error. Estamos a un paso leve de aniquilar la concordancia de género entre artículo y sustantivo y referirnos a los piedras o a las tábanos. ¿Tanto nos afectará el rigor de la omnipresencia masculina en el habla?

Más allá de la sensibilidad de los hablantes, otra cuestión: la costumbre (adelanto que no me gusta un pelo) de nombrar tanto el masculino como el femenino cuando nos referimos a una pluralidad, la del “queridos hermanos y hermanas” del predicador que algún día será el “queridas señorías y señoríos” en el Congreso, o quizá Congreso y Congresa (o Congresi, buscando el neutro latino); dejando a un lado los casos en los que ha podido ser contraproducente, ¿no ha avisado demasiado al usuario de la equidad en el lenguaje? ¿No usamos ya el plural masculino en sentido equívoco, con dos significados distintos y no uno solo modulado; con pretensiones de igualdad cuando nos referimos a los dos géneros?

En el castellano no hay género neutro: sólo masculino y femenino. Cuando amaine la ventolera de los feministas y las feministas exaltados y exaltadas, la artificiosa construcción a que me he referido, la de “los diputados y las diputadas” en vez del exiguo diputados, desaparecerá paulatinamente. Ahora es sólo una forma más correcta en el ámbito de los discursos oficiales, y nunca calará en el habla coloquial, en cumplimiento del dogma ineludible de la lingüística: la economía del lenguaje.

Caben dos vías de solución ante el riesgo de machismo en la estructura del habla: o inventar un género neutro y variarlo todo, mudando trabajo por trabaji porque también las mujeres tienen derecho al empleo o familia por familiu porque la responsabilidad doméstica es también del varón, o bien educar la mentalidad, para que el uso de los términos se desprenda de un hipotético sexismo. Y para esto, me reitero: es necesaria una mínima sensibilidad de que el hablante más repetido carece.

Paradójicamente, mientras seamos tan poco ilustrados, no habrá riesgo de barbarie.

Al menos mientras no alcancen el mínimo de Gloria Elizo, una de las constituyentas de Podemos en el Congreso de lis Diputadis, que consideró sexista la alusión exclusiva al presidente, ignorando que “presidente”, antes que sustantivo, es participio de presidir y como tal ajeni a cuestiones de género y de génera. A ese nivel de ilustración es al que comienzan las más grandes catástrofes.

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(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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