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Justicia, no igualdad, ¡justicia!

En Asuntos sociales/Mujer y género/Pensamiento por
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Escucho en cierta cadena de televisión: “Les contamos el caso de una señora que ha sufrido desigualdad” (lo que seguía era lo mismo de casi siempre: un caso de injusticia presentado como desigualdad). ¿Que ha sufrido desigualdad? ¡Pero cómo va a haber sufrido desigualdad si la vida es esencialmente desigual! ¡Esa señora ha sufrido la vida, entonces! La vida es desigual (pero no como la marca Desigual, que, para ser franca, debería llamarse Todosigual). Esa señora puede haber sufrido y seguramente haya sufrido una injusticia tremenda e inaceptable, pero no ha sufrido desigualdad. Le voy a explicar por qué.

Muchas supuestas igualdades están fundamentadas en una tremenda injusticia. ¿No es evidente? No todos necesitamos lo mismo. Cada uno precisa cosas diferentes para ser lo mejor que pueda ser. Nuestro mundo sufre una esquizofrenia entre: los estudios de mercado, es decir, la demanda de una cada vez mayor personalización de los servicios; y los programas ideológicos mundialistas, es decir, el deseo de imponer la dictadura de la igualdad con la mayor contundencia que imaginarse pueda.

Que una señora cobre una pensión de viudedad insuficiente cuando merece algo más es una injusticia como una olla, no un caso de desigualdad. A esa señora, que ha cuidado de sus hijos, su marido, su casa y de sus propios padres, le corresponde una mayor pensión porque es de justicia que la tenga. No obstante, habríamos de dirigir nuestra mirada a los hijos, ya mayores, y preguntarles qué van a hacer ahora ellos por su madre. A lo mejor están esperando a que un emprendedor desarrolle una aplicación que escuche y haga compañía a su madre por ellos y que, incluso, atienda las necesidades de su anciana madre por ellos.

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De forma sibilina se está equiparando el concepto de igualdad con el de justicia. Supone una corrupción absoluta de lo que entendemos por justicia pensar que ésta se reduce a igualdad. La igualdad puede ser la muerte de la justicia. La igualdad del comunismo, por ejemplo, hace que las cartillas de racionamiento de la posguerra sean la cosa más justa que ha parido madre. Tela.

Que no, que no todos necesitamos lo mismo. A este respecto, hay una gran mentira revoloteando sobre el ámbito de la educación de los hijos. Dicha falsedad es raíz de muchos problemas en el desarrollo del carácter. He aquí la mentira: “No sabemos qué hicimos mal con nuestros hijos. A todos les hemos dado lo mismo. A todos les hemos tratado por igual”. Queridos progenitores A y B, han contribuido ustedes a la infelicidad de su hijo. Han tranquilizado su conciencia pensando que esa igualdad era justicia. Así se aseguraron ustedes el ver la televisión tranquilitos, sabiendo que a todos sus hijos les daban lo mismo y les trataban por igual. Insensatos. Cada uno de sus hijos necesitaba algo distinto (de ustedes mismos, fundamentalmente). Dando lo mismo a todos los hijos parece que los hijos les daban lo mismo.

He aquí la raíz de la buena comprensión de la igualdad. La igualdad es más fácil de aplicar que la justicia. La igualdad implica menos lío, menos embrollos sobre decisiones éticas. “Te quitas de problemas”. Resulta especialmente conveniente desprenderte del problema de pensar en el otro, de pensar en su bien. Además, eso de pensar en el bien del otro está muy mal visto. “¿Quién es usted para meterse en mi vida?” No te metas en la vida de los demás, serás infeliz, te irá mal.

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La igualdad anula las diferencias entre los hombres y les convierte en esclavos, en máquinas o en tuercas y tornillos producidos en serie. Estas tuercas y estos tornillos servirán para unir los elementos de una gran estructura, nuestra sociedad, que alguien ha diseñado; llamémosle “arquitecto paciente”. Como buen profesional, el arquitecto paciente ha llamado a la empresa de las tuercas y los tornillos (que resulta ser propiedad de un primo de su mujer). Ha dicho en la fábrica de qué tipo quiere las tuercas y los tornillos, sus características y sus propiedades. La fábrica adquiere el material, lo trabaja convenientemente, asegurándose de que cumple los requisitos del arquitecto paciente, lo empaqueta según la normativa y lo envía al cliente. Si hay alguna pieza defectuosa, el arquitecto, que es paciente y sabe esperar, la manda de vuelta a la fábrica. Una vez allí, en función del grado de defecto, o desechan la pieza o intentan corregirla para que cumpla su propósito.

La igualdad nos convierte en estas tuercas y tornillos, fabricados por encargo y que el gran arquitecto de nuestro tiempo emplea para construir una sociedad que ha sido pensada en un despacho (el de la logia luciferina correspondiente a su territorio, amable lector) y diseñada con escuadra y cartabón. Así de sencillo. Seremos felices oprimidos por la gran estructura porque nos sabremos parte de algo más grande, una parte absolutamente inmovilizada, pero parte, al fin y al cabo. Podemos vivir felices en la injusticia, por qué no. Es más fácil.

Que no, que la igualdad no se sufre. Lo que se sufre es la injusticia. Lo que nos atormenta es la igualdad deshumanizante y los titulares de algunos medios. El fin del periodismo también tiene que ver con esto, es decir, con la descomposición del lenguaje y la tumefacción indefinida de las neuronas de los redactores y de su público.

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