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‘Inferno y Monarchia’: pensamiento e imaginario de Dante

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Mucho se ha escrito sobre la vida personal de Dante en sus primeros años: de la imprecisión y estimaciones de su fecha de nacimiento, de sus relaciones familiares -del fallecimiento de su madre y la siguiente relación de su padre-, de sus primeros estudios con Miser Brunetto y su admiración por Virgilio, del trascendental primer encuentro con Beatrice y su posterior matrimonio con Gemma Donati, así como de sus hijos. Por ello, analizaremos con detalle la actividad política de Dante, principalmente en Florencia, puesto que de ello surgió parte de la motivación para escribir tanto la Commedia como De Monarchia.

Ubiquémonos en la Florencia de finales del siglo XIII. Se trata de una época convulsa para esta región de Toscana, puesto que la disputa entre güelfos y gibelinos se hallaba presente también en la ciudad del Arno. Lo que había comenzado como un conflicto sucesorio en el Sacro Imperio Romano en el siglo XII se había transformado en la manifestación belicosa de las diferencias entre grupos rivales locales. Dante creció en este contexto –su propio padre había sido un güelfo blanco- y no fue ajeno a la lucha política por el control de Florencia que se suscitó con motivo del enfrentamiento entre quienes apoyaban al papado –güelfos- y quienes respaldaban al emperador –gibelinos- por la definición de la supremacía del poder –temporal o espiritual- y su influencia en los territorios del Sacro Imperio y de la Italia fragmentada.

Dante se sumó a la causa güelfa y participó al lado de los Caballeros Florentinos Güelfos en la Batalla de Campaldino contra los gibelinos de Arezzo en 1289. El propio Dante refiere en Inferno que también combatió a los pisanos durante el sitio de Caprona (1290), y más tarde escoltó a Carlos Martel de Anjou-Sicilia cuando estuvo en Florencia (1294). Los hechos de armas no fueron extraños para Dante, no obstante lo cual, el episodio de Campaldino representa un hito especial por la juventud del Sommo Poeta, que sin duda, marcó su vida.

Pero en este contexto de conflicto entre las belicosas ciudades-Estado italianas, Dante se involucró en los asuntos políticos de Florencia. En 1295, al exigirse la incorporación a los gremios de Corporazioni di Arti e Mestieri para todo aquel que pretendiera ocupar algún cargo público, el poeta se vio en la necesidad de unirse a los boticarios, lo que le permitió acceder al Consejo Especial del Capitano del Popolo.

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Este hecho le permitió al año siguiente formar parte del Consejo de los Cien, y al siguiente, del Consejo del Podestá. Su carrera política llegó a su cenit en 1300 cuando fue embajador en San Gimignano y posteriormente elegido uno de los Priores de las Artes.

La intención del Papa Bonifacio VIII de tomar el control de Florencia, ocupándola militarmente en 1301, hizo que Dante fuera enviado como parte de una misión diplomática para conseguir la paz pero fue retenido en Roma, en tanto el resto de la delegación fue devuelta a Florencia.

Los sucesos trágicos que se siguieron en Florencia fueron un aviso de la propia tragedia de Dante: Carlos de Valois apoyó a los güelfos negros y eliminó a buena parte de sus adversarios, siendo el poeta condenado al pago de una cuantiosa multa y a un exilio de dos años. Al no poder pagar la suma, se le impuso exilio perpetuo bajo amenaza de muerte.

Dante partió a Verona y después radicó en otras partes de Italia –Siena, Verona, Lunigiana, Bolonia, Padua-, pero siempre con el anhelo de volver a Florencia, donde se habían quedado su esposa y sus hijos. Pese a las sucesivas posibilidades de amnistía, el poeta rechazó los términos que se le exigían para volver y falleció finalmente en Rávena, luego de haber contraído malaria durante una misión diplomática en Venecia.

Luego de enunciar brevemente las circunstancias de la vida del poeta a través de su involucramiento en los asuntos políticos de Florencia, hemos de analizar la influencia que el pensamiento clásico grecorromano y escolástico ejercieron en Dante, quien a través de su obra se erigió como un defensor de la noción del derecho natural y de la separación del Estado y la Iglesia ya en los comienzos del siglo XIV.

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A la defensa del derecho natural

Es a partir de su destierro de Florencia cuando Dante comienza la redacción de sus grandes obras literarias, pero es también la época de su madurez filosófica, y un análisis hermenéutico de sus escritos de ese momento, parece indicar de forma inequívoca su postura defensora de la concepción del derecho natural.

La noción de una ley natural pertenecía a la filosofía y al derecho desde mucho tiempo antes del poeta. La reflexión racional que conduce a concebir un derecho intrínsecamente valioso se había producido desde la Grecia clásica, pasando por la naturalis ratio en Roma y retomada por el pensamiento medieval, siendo en Santo Tomás de Aquino en quien encontró a su mayor exponente.

Contemporáneo de Duns Scoto, Ramón Llull y Guillermo de Ockham, Dante no dedica su pensamiento a oponerse a la premisa medieval generalmente aceptada de que philosophia ancilla theologiae. Podemos afirmar que el pensamiento filosófico y político del poeta se encuentra influenciado de forma notable por Platón –de quien se inspiró para la clasificación de pecados manifiesta en Inferno: incontinencia, bestialidad y malicia-, por la axiología e ideas políticas de Cicerón y Aristóteles –tomadas de sus tratados De amicitia y de la Ética-, de Santo Tomás de Aquino –de quien podemos percibir su estructura doctrinal-, y en cierta medida, del pensamiento de Boecio –que puede rescatarse de su conocido tratado De consolatione philosophiae– y de la espiritualidad franciscana de San Buenaventura.

Por supuesto que la noción del Estado en la Edad Media no respondía a las características del Estado-nación, paradigma que apenas comenzaba a surgir en las regiones europeas donde había una difusa conciencia nacional, sino a la idea de la ciudad-Estado, que era la expresión territorial mínima de un orden jurídico y, en igual medida, al imperio como manifestación del dominio unificado de varios territorios.

La justificación de la existencia del ente estatal en Dante se encuentra en el tratado De Monarchia, mismo que fue escrito por el poeta entre los años 1309 y 1313, y en el que concentran sus ideas políticas, no alejándose del pensamiento filosófico de la época, pero estructurando una cuestión que pareciera conformar una dicotomía: la fundamentación del Estado en el derecho natural creado por Dios, pero sosteniendo la necesidad de que exista separado de la autoridad eclesiástica.

El argumento que de forma recurrente manifiesta el poeta, relativo al origen del Estado, es notable cuando asume que la existencia misma del imperio como forma estatal responde a una exigencia de la ley natural, puesto que toda autoridad procede de Dios y actúa para la consecución del bien común y la realización del ser humano, en una prístina expresión del pensamiento aristotélico-tomista.

El Sommo Poeta afirma en su tratado lo siguiente:

«Si se trata de una ciudad cuyo fin es tener los medios suficientes para vivir bien, es necesario también que tenga un gobierno único, no sólo en un régimen político recto, sino también en un régimen desviado. De lo contrario no sólo desaparecería el fin de la vida civil, sino que la ciudad dejaría de ser tal. Finalmente, si se trata de un reino particular, cuyo fin es el mismo que el de la ciudad, pero con mayores expectativas de tranquilidad, es necesario que haya un solo rey que rija y gobierne».

Es en la afirmación anterior donde Dante justifica la existencia del Estado, puesto que dota de orden, paz y tranquilidad a la sociedad, contribuyendo así a la consecución de los fines de la naturaleza humana. Esta consecución también se consigue por medio de la justicia, misma que es impartida en el Estado por el Monarca, constituyéndose así otro argumento que determina la existencia del Estado conforme a la ley natural: «La justicia alcanza su plenitud en el mundo cuando la imparte un sujeto de voluntad sin trabas y de sumo poder; ahora bien, tal sujeto es sólo el Monarca; luego sólo el Monarca tiene en el mundo la justicia en su plenitud».

A continuación, el poeta dedica el desarrollo del tratado a enunciar las razones por las que el Imperio Romano prosperó, puesto que atribuye su éxito y su extensión territorial en las regiones que después adoptarían lenguas romances y un sistema jurídico romano-germánico a la voluntad de Dios, en su intención de establecer una paz imperante y duradera.

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En el Libro II de De Monarchia, el poeta equipara al derecho con el ideal de justicia, puesto que lo describe en la forma siguiente: «El Derecho es una proporción real y personal del hombre a hombre, que si se observa mantiene a la sociedad, y si se destruye, la corrompe».

Estado laico y unidad italiana

Dante fue un defensor no sólo de la ley natural como sustento de un derecho intrínsecamente valioso, sino también de la secularización del Estado. El argumento central de su tesis se halla, como hemos visto, en la concepción del emperador como sujeto soberano dotado de imperium por Dios, separado del poder espiritual.

La obra cumbre de Dante, la Commedia, escrita presuntamente entre 1304 y 1321 –año de su muerte-, reúne ciertos elementos que, analizados a la luz de su biografía y de otras obras suyas –además de De Monarchia, podemos citar el Convivium– permiten conocer su pensamiento político secular.

En primer término, no podemos soslayar el contexto político en que vivió el poeta. La pugna entre güelfos y gibelinos que para él concluyó con su destierro se hace presente prácticamente desde el comienzo de la obra. Podemos escuchar en voz de Ciaccio, quien se halla en el tercer círculo del Infierno –condenados por la gula-, atribuir a la soberbia, la envidia y la avaricia el constante conflicto de Florencia y hace referencia con ello al enfrentamiento permanente entre blancos y negros por el control de la ciudad.

Asimismo, ya encontrándonos en el sexto círculo del Infierno –donde se hallan los herejes epicúreos- Farinata degli Uberti hace una clara referencia al exilio de Dante como consecuencia de su posición política, y lo mismo hará Miser Brunetto Latini en el séptimo círculo –donde se encuentran los violentos y, en su caso, por violencia contra la naturaleza al haber cometido sodomía- quien además vuelve a referirse a las causas del conflicto en Florencia que habían sido citadas por Ciaccio.

Otro episodio singular sobre el enfrentamiento entre güelfos y gibelinos lo encontramos cuando Dante y Virgilio se hallan atravesando la Antenora, uno de los cuatro recintos del noveno círculo del Infierno –donde se encuentran los traidores-. En este recinto en el que se castiga a los traidores a la patria, Dante pisa a un traidor aprisionado en el hielo, quien le cuestiona si es parte de la venganza de Montaperti. Esta referencia hace que Dante sospeche que el traidor en cuestión es Bocca degli Abati, un militar güelfo de quien se cree que cortó la mano del portaestandarte de las tropas florentinas en la Batalla de Montaperti en 1260. Este acto hizo que, al caer la bandera que guiaba a las tropas, éstas se dispersaron y por ello los gibelinos tuvieran ocasión de resultar victoriosos.

Parte de esta relación contextual implícita en los versos de la Commedia, también la podemos encontrar en la opinión que le merecían al poeta algunos pontífices que sitúa en su Inferno durante el épico viaje con Virgilio. En pleno conflicto entre güelfos y gibelinos, Dante ubica en el Anteinfierno a Celestino V, quien fuera encarcelado por su sucesor en el solio pontificio, Bonifacio VIII, luego de su renuncia al papado.

Se ha considerado por lo menos curioso que un defensor de la separación de la Iglesia y el Estado y de la autonomía de éste frente al poder espiritual, como lo era Dante, fuera enviado en una embajada con el propósito de conciliar con Bonifacio VIII, un pontífice que pretendía intervenir en los asuntos de las ciudades italianas.

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El enfrentamiento del poeta con este papa –quien a la postre resultó además ser artífice indirecto de la caída y exilio de Dante- puede verse también reflejado en la Commedia, cuando el Papa Nicolás III, en el octavo círculo del Infierno –donde se castiga a los fraudulentos, y específicamente a los simoníacos-, reclama la presencia de Bonifacio VIII para que sufra el merecido castigo por sus pecados. Y ahí mismo se habla también de Clemente V, uno de los sucesores de Bonifacio VIII y puesto en el solio pontificio para beneficio del rey Felipe IV de Francia, quien lo llevó a trasladar la sede papal a Avignon y a condenar a la Orden del Temple para confiscar sus riquezas.

Ahora, analizando la secularización del Estado en Dante, vemos que el propio poeta la describe más detalladamente en la tercera parte de su tratado De Monarchia, donde refuta los argumentos teológicos y la exégesis de la Biblia que los partidarios de la supremacía papal argüían para defender sus pretensiones de dominio temporal, y posteriormente establece las premisas bajo las cuales sustenta su postura de separación entre la Iglesia y el Estado:

«Que la autoridad de la Iglesia no sea causa de la autoridad imperial se prueba del siguiente modo: cuando una cosa tiene toda su virtud sin la existencia o la virtud de otra, esta última no es causa de la virtud de la primera; ahora bien, el Imperio tuvo toda su virtud sin la existencia y la virtud de la Iglesia; luego la Iglesia no es causa de la virtud del Imperio y, consiguientemente, tampoco de su autoridad, pues su virtud y autoridad se identifican».

Sin embargo, cabe destacar que la intención de Dante no es, en modo alguno, asumir una actitud jacobina y condenar al papado y a la Iglesia, sino simplemente separar la autoridad espiritual y el orden eclesiástico del poder temporal perteneciente al Estado. En esta separación veía posible el fortalecimiento de Florencia y, en conjunto, de todas las ciudades- Estado, principados y repúblicas, que desearan independencia y una sujeción a las normas religiosas que no excediera precisamente los límites de la fe.

El Sommo Poeta lo describe al concluir De Monarchia:

«La verdad de esa última cuestión no hay que tomarla en sentido tan estricto que el Príncipe romano no esté sometido en nada al romano Pontífice; pues la felicidad mortal de algún modo se ordena a la felicidad inmortal. El César, pues, debe guardar reverencia a Pedro, como el hijo primogénito debe reverenciar a su padre: para que, iluminado con la luz de la gracia paterna, irradie con mayor esplendor sobre el orbe de la tierra, a cuya cabeza ha sido puesto por sólo Aquél que es el único gobernador de todas las cosas espirituales y temporales».

Ahora bien, la idea de la secularización del Estado en Dante obedece no sólo a concebir la laicidad como resultado del conocimiento de la ley natural que concede autonomía al poder temporal frente al espiritual, sino también a las aspiraciones a la unidad y a lo que hemos visto como la monarquía universal.

Sin embargo, la imposibilidad cada vez mayor de unificar a la Europa cristiana para establecer lazos de unión cimentados en la Fe, el comercio y la tradición jurídica y política, hace que el anhelo de Dante, ante el inevitable advenimiento del Renacimiento, se centre en Italia, a cuya unidad apeló como lo haría dos siglos más tarde otro defensor de la secularización del Estado y la política, florentino también: Nicolás Maquiavelo.

La influencia de Dante trascendió los siglos finales de la Edad Media. No sólo fue creador de la literatura en idioma italiano –junto a Giovanni Boccaccio y a Francesco Petrarca-, sino también uno de los primeros humanistas, cuya obra ha sido analizada y estudiada por personajes tan equidistantes entre sí a través de los tiempos, desde Francisco de Quevedo hasta Jorge Luis Borges, y que permanece vigente hasta nuestros días.

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Orgulloso nativo de la Ciudad de México. Abogado de profesión, burócrata por ocupación, luterano, estudioso de la Filosofía, la Teología y la Psicología. Apasionado de las letras, la narrativa histórica, el terror y el horror cósmico, lector asiduo de Nietzsche, Kafka y Lovecraft. Combino la docencia universitaria con la política, atento a Octavio Paz, guardando distancia con el príncipe. Seguidor de Schopenhauer, pero creyente en Facundo Cabral.

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