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II centenario de Marx: un fantasma que (aún) recorre Europa

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Pocas teorías en la historia occidental han sido tan analizadas, estudiadas, valoradas, criticadas o incluso condenadas, como la marxista. Este año, bicentenario del natalicio de Karl Marx, nos conduce a una reflexión en torno a una de las figuras intelectuales capitales del siglo XIX, uno de los pensadores elementales para entender la actualidad y un crítico del sistema económico cuyas aportaciones, algunas rebasadas por la Historia y otras aún vigentes, constituyeron la base de una de las grandes utopías del siglo XX.

De Tréveris a Londres

Nacido el 5 de mayo de 1818 en la calle Brückengasse #664 en Tréveris, antigua provincia prusiana del Rin, fue el tercero de nueve hijos de Herschel Mordechai (luego Henrich Marx) y Henriette Pressburg. Persuadido por su padre, en 1835 ingresó a la carrera de derecho en la Universidad de Bonn, pero debido al notable desinterés que mostró por la ciencia jurídica, fue trasladado a continuar los estudios en la Universidad de Berlín, en donde se inclinó más por la filosofía y la historia.

En 1836 se comprometió con Jenny von Westphalen, baronesa de familia aristocrática, casándose en junio de 1843, dos años después de concluir su tesis doctoral, a la que tituló “Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro” (Differenz der demokritischen un epikureischen Naturphilosophie), cuyo contenido, que incluía una defensa del ateísmo de Epicuro, le llevó a presentarla en la Universidad de Jena, mucho más liberal que la de Berlín.

En 1842 se trasladó a Colonia, donde trabajó para el periódico radical “La Gaceta Renana” (Rheinische Zeitung), al que la censura cerró al año siguiente. Ese mismo año publicó Sobre la cuestión judía (Zun Judenfrage) y más tarde Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (Zur Kritik der Hegelschen Rechts-Philosophie), en que abordó la religión.

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En los últimos meses de 1843, luego del cierre de La Gaceta Renana, Marx se trasladó con su familia a París para colaborar en “Los anales franco-alemanes” (Deutsch-franzosische Jahrbücher). Para 1844 escribió Manuscritos económicos y filosóficos (Ökonomisch-philosophische Manuskripte aus dem Jahre) y conoció al socialista Friedrich Engels, con quien escribió La sagrada familia (Die heilige Familie) en 1845, La ideología alemana (Die deutsche ideologie) en 1846 y La miseria de la Filosofía (Misére de la philosophie. Réponse à la philosophie de la misére de M. Proudhon) en 1847. El mismo año de 1845 escribió su conocida Tesis sobre Feuerbach (Thesen über Feuberbach), en que critica el materialismo contemplativo y al idealismo teórico, que podemos resumir en su frase:

Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Tras la publicación del Manifiesto del Partido Comunista en 1848, Marx trasladó la sede de la Liga de los Comunistas a París, y después regresó a Colonia y comenzó la publicación de La nueva Gaceta Renana (Neue Rheinische Zeitung). Expulsado y con prohibición de regresar a Francia, Alemania o Bélgica, al año siguiente se trasladó a Londres, donde permaneció el resto de su vida.

En 1852 escribió El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Der 18. Brumaire des Louis Napoleon), en que aborda la Revolución de 1848 y el ascenso de Napoleón III. En 1859 publicó su Contribución a la crítica de la economía política (Zur Kritik der politischen Ökonomie), y para 1864 se convirtió en el líder de la Primera Internacional de Trabajadores y sostuvo enfrentamientos con los anarquistas dirigidos por Mijaíl Bakunin. En 1867 publicó el primer volumen de su obra cumbre El Capital (Das Kapital), cuyos tomos segundo y tercero serían terminados y publicados tras su muerte por Engels. Durante esa década trabajó en sus Teorías de la plusvalía, que suelen considerarse el cuarto tomo de “El Capital”.

Habiendo enviudado en diciembre de 1881, la salud de Marx decayó y, debido a una bronquitis, falleció el 14 de marzo de 1883 en Londres. En 1954 se construyó la lápida monumental con un busto en su tumba en el cementerio de Highgate.

El Manifiesto del Partido Comunista

Una mención especial merece el “Manifiesto del Partido Comunista” (Manifest der Kommunistischen Partei), ensayo encargado por la Liga de los Comunistas a Marx y Engels, y publicado en febrero de 1848. Este texto, a lo largo de los 170 años que acaba de cumplir, ha sido traducido al ruso, polaco, yiddish, finés, ucraniano, húngaro, checo, croata, eslovaco, español, esloveno, francés, inglés, italiano, portugués, búlgaro, serbio, rumano, danés, sueco, ladino, noruego, japonés y chino, además del alemán en que originalmente se editó.

La trascendencia de este ensayo radica en el lenguaje sencillo y práctico con que fue escrito, con la clara intención de ser comprendido y difundido entre la clase proletaria. El documento, escrito durante la juventud de Marx y Engels, es previo al desarrollo de la economía marxista, pero proyecta los fundamentos prácticos de su teoría, particularmente su visión materialista de la historia.

El ensayo se encuentra conformado por un preámbulo y cuatro capítulos:

I. Burgueses y proletarios
II. Proletarios y comunistas
III. Literatura socialista y comunista
IV. Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición

En la edición de 1883, el propio Engels escribe:

La idea fundamental e íntima del Manifiesto, a saber: que la producción económica y la estructura social que resulta forman indefectiblemente, en cada época histórica, la base de la historia política e intelectual de esa época; que, por consecuencia (después de la desaparición de la primitiva propiedad común del suelo), toda la historia ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre las clases explotadas y las clases explotadoras, entre las clases dominadas y las clases dominantes, en los diferentes estados de su desenvolvimiento histórico; pero que esa lucha atraviesa actualmente una etapa en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede emanciparse de la clase que la explota y oprime sin emancipar al propio tiempo, y para siempre, a toda la sociedad de la explotación, de la opresión y de la lucha de clases”.

I. Burgueses y proletarios

En este primer apartado expone desde su inicio la concepción materialista de la historia propia del marxismo: “La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases”.

Marx y Engels hacen un repaso histórico de las clases opresoras y oprimidas que han existido desde la época romana y hasta la sociedad burguesa moderna, haciendo especial énfasis en las características de ésta última, surgida a partir de revoluciones en los medios de producción y forjadora de un mundo a su imagen.

Al mismo tiempo, explican el surgimiento en la sociedad industrial del proletariado, la clase obrera, que al no poseer los medios de producción como la burguesa, hacen depender su existencia de su fuerza de trabajo, que inevitablemente debe vender al capital, para después ser despojado de su salario por otros elementos pertenecientes a la misma burguesía: los prestamistas, los comerciantes, los arrendadores.

Vaticinaron que, como pasó en los modos de producción precedentes, el capitalismo llevaba en sí mismo el germen de su destrucción, por lo que la emancipación obrera y la abolición de la propiedad privada se producirían como designio histórico, sin que la burguesía pudiera evitarlo.

II. Proletarios y comunistas

A continuación, Marx y Engels explican que los comunistas, como partido obrero, no tienen intereses distintos a los del proletariado. Los comunistas tienen como propósito lograr que los proletarios adquieran conciencia de clase y se pueda destruir la supremacía burguesa y conquistar el poder político para la clase obrera.

El objetivo fundamental de los comunistas será no la abolición de las relaciones de propiedad, ni la abolición de la propiedad privada en general, ni con ello de la propiedad personalmente adquirida por el trabajo, sino la abolición de la propiedad burguesa, a la que consideran la expresión más perfecta del modo de producción capitalista.

III. Literatura socialista y comunista

En un primer punto, Marx y Engels se refieren al socialismo reaccionario, esto es, a la crítica que la aristocracia hacía contra la opresión feudal, así como la pretensión de un socialismo cristiano.

Refiriéndose a los pequeños burgueses como clase oscilante entre el proletariado y la burguesía, señala la existencia de un socialismo que busca restablecer los medios de producción antiguos y con ello impedir su sustitución por los factores de la producción capitalista.

Posteriormente se refieren al pretendido socialismo verdadero alemán, que abordó la lucha de la burguesía alemana contra la monarquía absoluta y feudal, representando así los intereses de los pequeños burgueses.

En cuanto al socialismo conservador o burgués, señalan los autores que se funda en burgueses que tratan de remediar los males de la sociedad para consolidar a la burguesía. En este apartado encuentra a los economistas, filántropos, humanitarios, benefactores, protectores de animales, quienes buscan preservar una sociedad sin los elementos que la revolucionan, esto es, una burguesía sin el proletariado.

Al abordar el socialismo y el comunismo crítico-utópico, los autores aclaran que los sistemas socialistas y comunistas aparecen en el primer periodo de la lucha entre proletariado y burguesía, pero no reconocen en la clase obrera ninguna independencia histórica ni movimiento político propio, no obstante lo cual, procuran la defensa del proletariado, que existe para ellos como la clase que más sufre y padece en el modo capitalista, por lo que desean mejorar las condiciones materiales de vida de los trabajadores, repudiando toda acción política y revolucionaria.

IV. Posición de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición

En este último apartado, Marx y Engels concluye su análisis señalando que los comunistas luchan por intereses de la clase obrera, y pese a que en distintos países apoyan a otros partidos políticos, no pierden de vista el objetivo de crear conciencia de clase en el proletariado para establecer las condiciones necesarias para combatir a la burguesía y llevar a cabo la revolución proletaria.

Culminan con una de las frases más conocidas de este ensayo histórico, que resonará en los movimientos sociales de la segunda mitad del siglo XIX y hasta la lejana Rusia, donde se pondrá en práctica con el surgimiento del primer Estado socialista:

Los proletarios no pueden perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!

Del materialismo dialéctico al materialismo histórico

Sería imposible tratar de reducir todo el pensamiento marxista a unas cuantas palabras, además de que sus teorías han dado origen a incontables interpretaciones, críticas, apologías y condenas a lo largo de más de siglo y medio desde la publicación de sus obras más conocidas: El Manifiesto del Partido Comunista y El Capital.

Sin embargo, no es posible soslayar la notable influencia que tanto Hegel como Feuerbach tuvieron en Marx. La Fenomenología del Espíritu, que describe la evolución dialéctica de Europa en un esquema histórico en tres partes, sirvió sin duda para la formación de una de las ideas centrales de Marx y que estará presente en su pensamiento en forma permanente: El trabajo como paradigma de la vida humana en sociedad, de ahí que los modos de producción se correspondan con las etapas de desarrollo de la civilización occidental, civilización que tendrá como basamento constante las relaciones de producción que sostendrán toda la superestructura social.

Dialéctica vs. Dialógica

Por otra parte, la influencia de Feuerbach la encontramos en la crítica que este último hace a la tesis hegeliana en la que encontraba, tras el Espíritu absoluto, al Dios cristiano y que establecía que la conciencia determina el ser. Feuerbach, materialista, estima que el ser es previo a la conciencia, que es el ser humano quien creó a Dios y no al revés. Marx ajustó esta idea y del materialismo abstracto pasó a considerar condiciones sociales concretas vinculadas estrechamente con el ser humano como producto del trabajo, de una acción productiva y transformadora del mundo. Esto llevó a Marx a afirmar que “toda vida social es esencialmente práctica”.

Si bien ha sido conclusión generalmente aceptada por los estudiosos del marxismo que la influencia de Hegel y Feuerbach corresponden a las primeras etapas del desarrollo filosófico de Marx, también es cierto que no podemos ignorar las aportaciones del idealismo y el materialismo alemanes en la obra del autor de El Capital. Quizás los términos de economía marxista que aún hoy nos resultan tan familiares, como acumulación, plusvalía, proletariado, fuerza de trabajo, división del trabajo, entre otros, no habrían sido los mismos sin su inspiración original.

Y aun así, sabido es de todos la trascendencia de la teoría marxista para la Historia contemporánea. Este año que se celebra en Europa el bicentenario del natalicio de Marx, nos permite valorar nuevamente la obra de este pensador, aun cuando el año pasado volvió a ser objeto de debate la vigencia de los postulados marxistas que llevaron a la Revolución de Octubre, particularmente a más de un cuarto de siglo de la desaparición de la Unión Soviética y de la implosión del bloque socialista en un mundo hasta entonces bipolar.

A dos siglos de distancia, con Rusia como potencia nuevamente emergente, pero alejada del marxismo y con sus otrora satélites siendo en su mayoría democracias capitalistas, con China que supo sobrevivir a los embates y hostilidad de Occidente para convertirse en un gigante comercial con una economía socialista de mercado, y con el aislamiento de Cuba y la férrea proscripción de cualquier alternativa socialista en América Latina,

¿Qué queda del marxismo? Indudable es que, pese a no haberse producido el fin de la dominación y explotación capitalista y el advenimiento de una sociedad sin clases, Karl Marx logró no sólo interpretar el mundo, sino transformarlo.

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Orgulloso nativo de la Ciudad de México. Abogado de profesión, burócrata por ocupación, luterano, estudioso de la Filosofía, la Teología y la Psicología. Apasionado de las letras, la narrativa histórica, el terror y el horror cósmico, lector asiduo de Nietzsche, Kafka y Lovecraft. Combino la docencia universitaria con la política, atento a Octavio Paz, guardando distancia con el príncipe. Seguidor de Schopenhauer, pero creyente en Facundo Cabral.

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