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La banalidad de nuestro mal (I): Comercio Justo

En Economía/Pensamiento por
Tiempo de lectura: 4 minutos

Jerusalén, Israel, 1961

Cuando Hannah Arendt fue enviada a cubrir para el New York Times el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, lo único que no descubrió en el líder nazi fue un despiadado asesino, un enfermo mental o un sádico, pese a haber sido uno de los responsables directos de los campos de concentración en los que fueron quemados, fusilados o forzados a trabajar hasta la extenuación millones de hombres, mujeres y niños.

Adolf Eichmann

“Ninguna relación tuve con la matanza de judíos. Jamás di muerte a un judío, ni a persona alguna, judía o no. Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía. Lo niego rotundamente –defendió el acusado durante el interrogatorio– Sencillamente, no tuve que hacerlo.” (‘Eichmann en Jerusalén‘, 1961. Hannah Arendt)

La descripción que la filósofa judía hizo de la personalidad de aquel hombre, y que le valió los ataques de quienes la acusaron de tratar de exculparle, fue, a falta de una imagen mejor, la de alguien incapaz de hablar sus propias palabras (“llegaba a constituir un caso moderado de afasia“) que solventaba su problema adoptando las expresiones y esquemas mentales propios del sistema en el que trataba de progresar, la Alemania nazi.

Los jueces tenían razón cuando por último manifestaron al acusado que todo lo que había dicho eran «palabras huecas», pero se equivocaban al creer que la vacuidad estaba amañada, y que el acusado encubría otros pensamientos que, aun cuando horribles, no eran vacuos (…) Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar

Hannah Arendt

Arendt consideraba cómico (además de grotesco y terrible) observar al burócrata nazi disertar durante un interrogatorio policial con visible indignación por el hecho de que, pese a haber cumplido tan bien lo que se esperaba de él, no había logrado progresar más en su carrera.

No figuraban en absoluto en el peso de su conciencia los cinco millones de vidas que contribuyó decisivamente a destruir. De él subraya: “Si tenía algo sobre su conciencia, no eran asesinatos, sino, como resultó, el haber abofeteado, en una ocasión, al doctor Josef Löwenherz, jefe de la comunidad judía de Viena, que después se convirtió en uno de sus judíos favoritos“.

***

España, 9 de mayo de 2015

Todas estas cifras no nos traspasan la piel, hablamos de millones como de una manera muy fácillamentó el pasado martes, 6 de mayo, la presidenta de la Coordinadora Estatal de Comercio Justo (CECJ), Mercedes García de Vinuesa– quisiera que lo viésemos de una manera diferente, porque se nos olvida. A veces nos insensibilizamos para seguir el día a día“.

Hoy, sábado, se celebra el Día Mundial del Comercio Justo (al fin y al cabo cada día es el día de algo, con tal de que a alguien se le ocurra proclamarlo) y este año va dirigido a denunciar los abusos de buena parte (la mayoría) del sector textil en los países en los que obtiene su materia prima y en los que realiza producción. Más allá de la efeméride, que muy probablemente pasará desapercibida, es una ocasión tan buena como cualquier otra para recordar una parte de la realidad que a menudo obviamos voluntariamente.

Habrá quien dirá, como se escucha habitualmente, que no se puede reclamar sueldos occidentales para países en desarrollo, sino que estos han de ser proporcionales, y que solamente con crear empleo en estos países ya se está contribuyendo al desarrollo de las familias y economías locales.

Habrá que preguntarle a estos qué clase de desarrollo es el que se está promoviendo en todos aquellos casos en que el salario de los trabajadores por una jornada de 12 horas no es suficiente para sobrevivir con unas mínimas condiciones de dignidad. También Eichman se decía a sí mismo que su plan hubiera sido ayudar a los judíos a construir la patria judía, y que en realidad los estaba reuniendo a todos en Madagascar.

Hannah Arendt nos descubrió cómo, mediante la “banalidad del mal”, personas buenas o, como poco, mediocres, podían ser instrumentos fundamentales de una maquinaria destinada a consumar a diario los peores horrores. Basta con que el entorno en el que vivimos sea lo suficientemente armonioso y atractivo como para reprimir (voluntaria o inconscientemente) cualquier tentación de mirar detrás de la cortina.

¿Qué se puede hacer?

A día de hoy, las alternativas de consumo éticas son prácticamente invisibles o están poco desarrolladas en la mayoría de los casos. Generalmente no se ajustan a las dinámicas de consumo reales, pese a que poco a poco vemos como algunas compañías empiezan a incorporar en sus productos materias primas procedentes de cultivos ecológicos o se esfuerzan por obtener garantías que certifiquen que proceden de trabajo en condiciones dignas. Pero son pocos los avances en este sentido.

A ello se suma el escandaloso silencio informativo al que a menudo se someten (nos sometemos) los medios de comunicación en lo referente a los escándalos de este tipo, por la implicación de grandes compañías, buena parte de ellas españolas, que tienen en su mano la coacción económica.

Sin embargo, sí existen algunas alternativas, más o menos accesibles y, comparativamente, más o menos asequibles según el bolsillo. En España, el número de tiendas no son más de un centenar, aunque algunos productos ecológicos o de comercio justo ya se ofrecen en parte de las grandes superficies de distribución.

Más que una revolución, el camino pasa probablemente por ir incorporando a nuestro día a día dinámicas de consumo responsable, para que el precio de lo que compramos, no lo paguen otros con sus vidas. No se trata de hacer como en el famoso ‘spot’ y convertirse en guerrillero o ermitaño para no mancharse las manos, pero es necesario estar lo suficiente atentos y tener la realidad lo suficientemente presente, como para estar prestos a “seguir a la rana verde” siempre que se cruce en el camino.

 

Este artículo continúa en: ‘La banalidad de nuestro mal (II): Convivir con lo invisible‘ (octubre de 2015)

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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