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Grecia: bajo el techo de Europa

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Podría pasarle a cualquier familia: En ocasiones el mayor de los retoños del hogar se desvía, y su corrupción acaba haciéndose tan grande que, para evitar el desequilibrio y la extensión de la podredumbre a los demás hijos, sus padres terminan por echarle de casa, por el bien de todos.

Hay dos prismas desde los que no se debe mirar la cuestión griega: la primera, como si la pertenencia al euro y la legitimidad del proyecto europeo dependiera obligatoriamente de un proceso “irreversible”, sin estar sujeto a condiciones.

Salta la vista que, de ser así, la propia UE perdería toda capacidad de progreso y de corresponsabilidad entre los Estados que forman parte de ella. No sería justo.

La segunda, como si la decisión de mantener o echar al hijo de casa fuera únicamente una cuestión de análisis del equilibrio coste-beneficio,  no solamente desde el punto de vista económico (que ya se da prácticamente por perdido) sino también geoestratégico y político.

La corrupción griega es algo difícil de obviar. No, no ha sido cosa de unos pocos. Es un Estado que ha alcanzado el estatus de “políticamente fallido“. Ya no solamente por falsear sus cuentas macroeconómicas para acceder a la eurozona, sino por sus niveles de evasión fiscal (estimada en un 30% del PIB)  y por la desquiciante dinámica de amiguismos y el jolgorio que han llevado a las situaciones más absurdas en un país en el que ni el gobierno sabe cuántos funcionarios hay (se estima que podrían ser hasta el 20% de la fuerza laboral del país). Por dar solamente algunos datos…

A los datos se oponen dos argumentos: (1) la culpa no es de todos los griegos (probablemente no, aunque es difícil estimarlo) ni del nuevo Gobierno, sino de los anteriores; y (2) serán los “inocentes” quienes más sufran tanto un eventual “enderezamiento” como una eventual salida del euro.

Ahora bien, más allá de estas dos opciones (salir o quedarse), no existe, como pretenden algunos, la de un nuevo rescate sin la garantía de reforma. La podredumbre ha de quedar fuera de casa, con Grecia o sin ella, y la demanda de “ponerse al día” en los usos del hogar que exige Europa no es, ni mucho menos, una demanda antidemocrática, sino todo lo contrario.

No es planteable que los “acreedores” (esa palabra que suena tan mal y que, sin embargo, significa todos nosotros) tengan que asumir obligatoriamente continuar pagando el desorden griego, solamente porque estos han elegido “democráticamente” que ya decidirán ellos cómo y cuándo se ponen a ordenar.

Es inocente pensar que en realidad lo que falta es “voluntad política” por parte de Europa, y que bastaba con inyectar una y otra vez miles de millones de euros de los impuestos de los trabajadores del resto de la UE hasta que, por arte de magia, Grecia deje de estar podrida.

Lo cierto es que las familias griegas dependen a día de hoy para su sustento de un sistema perverso, en tanto que profundamente corrupto y profundamente deficitario, y que ha terminado por hundirse. Más que rescatar el sistema, que sin el dinero de otros países volverá a estar en poco tiempo muerto y enterrado, lo que hay que hacer es arrancar las zarzas y dejar –como mucho– la cizaña junto con el trigo.

Parece que la única solución posible pasa por inyectar un “chute” de dinero en la economía Griega, aún sabiendo que las probabilidades de recuperarlo en los plazos establecidos son escasas, con el objetivo de otorgar a Grecia un margen de maniobra suficiente como para ponerse al día. Lo que no es planteable es meter ese dinero en un país que, especialmente tras la llegada de Tsipras al poder, se niega a reconocer la perversidad que ha llevado al país a la ruina.

Grecia ha solicitado ya un tercer rescate por valor de 50.000 millones de euros, posibilidad que la UE no ha negado en ningún momento pese a que a nadie se le escapa que, sin esa cantidad, la deuda es y será inasumible por mucho tiempo. ¿En qué se diferencia eso, a efectos prácticos, de una quita de la deuda? En que no supone eludir la responsabilidad de responder ante el resto de los europeos y cumplir el compromiso de hacer las cosas bien.

Está claro que habrá que ver qué condiciones está dispuesto a aceptar Grecia y, sobre todo, si tiene credibilidad después de tanto engaño. Solidaridad no es ser tonto, solidaridad es ayudar a quien quiere ser ayudado, en lugar de persistir en el error. Y, si no: puerta. Dios no lo quiera.

(@IgnacioPou) Fundador de Democresía. Soy un catalán felizmente afincado en Madrid. Agnóstico futbolístico (para mi tranquilidad) pero católico. Periodista. Máster y doctorando en Filosofía. Amante de la filosofía, la antropología y la política, todo ello enmarcado en una vocación por comprender y comunicar más y mejor. En ello consiste la misión de mi vida.

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