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Dolor: experiencia de muerte o germen de vida

En Pensamiento por
Tiempo de lectura: 4 minutos

“Las sales de mis lágrimas amargan
el pan que me alimenta;
me cansa el movimiento,
me pesan las faenas,
la casa me entristece
y he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué me importan los bienes
si he perdido mi dulce compañera…!”.

José María Gabriel y Galán, “El ama”.

Cuentan las leyendas que alrededor del siglo V a. C. en la India vivía un joven Sidarta, del linaje de Gótama y familia de reyes, preservado por su padre de los misterios de la vida y de la muerte. Era el mayor afán de Sudodana que su hijo le sucediera algún día en el trono y gobernara su territorio con destreza y perfección, a lo que servía separar al infante de todo posible contacto con doctrinas religiosas y la realidad del sufrimiento y de la muerte.

Fue un día en que salía de palacio para encontrarse con sus súbditos cuando el inocente Buda (“el iluminado“) reparó en un anciano al borde del camino; una entidad nueva, un algo con apariencia de hombre pero con la cara repleta de surcos que horadara el tiempo. Asombrado por la aparición, inquirió de su cochero Chana el admirable fenómeno. Hasta entonces no había conocido el príncipe el vil destino de los hombres sobre la tierra.

Posteriores encuentros con la enfermedad y la muerte espantarían al muchacho, y lo convencerían dramáticamente de que el “hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa“. Renunciaría a todo cuanto tuviera el agraciado por el destino, y continuaría su vida pendido de la nada, rodeado de apariencias vacuas, a la búsqueda de algo que perdurara por los siglos y a que pudiera aferrarse el hombre, que anhela y nunca obtiene.

Este es el desencanto del alma dolorida, la revelación del individuo que ha enfrentado con pavor la faz del sufrimiento. “Recuerde el alma dorminda, / avive el seso y despierte, / recordando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando“; es esa moderdura letal la que arrancó de Jorge Manrique la primera de las “Coplas por la muerte de su padre”. El dolor es esencialmente experiencia de caducidad.

Pero no es sola caducidad; no es mera conciencia del devenir del mundo, de aquel “Πάντα ῥεῖ” del sabio de Éfeso. Poco le importaba al poeta extremeño (el que me ha servido de pórtico) la mutabilidad del paisaje a lo largo del año, el desprendimiento de las hojas en otoño y el reverdecer de la primavera; el desvío de un río de su cauce o la explosión del volcán que altera la orografía. Los hombres sufren la caducidad, que se define como desastre en potencia, y la ausencia del bien que ardientemente necesitan, no del superfluo que se les antoja; gimen la nulidad del apoyo vital.

Vivían el primer Buda y Gabriel y Galán en ficción de eternidad. Se ilusionaban embriagados proyectando hacia el futuro la calidez del ahora, que les envolvía en caricias y suavidades celestiales. La catástrofe final les condenó al expolio espiritual, a la arrancadura del alma que informa el cuerpo, y envenenó su corazón con experiencias de finitud. Es la pura verdad: todo pasa. “Todo es vanidad“, recuerda Qohelet vociferando en el vacío.

El dolor es siempre punto de inflexión en cada vida: marca el final de la era de la juventud (algunos hay que nunca lo fueron) y preconiza un principio de gris en lo hondo de cada rutilancia. Desinfla el pulmón que se hubo henchido, y arroja a la persona a un nuevo escenario: el cementerio.

Todos pasamos por el cementerio antes o después, vivos y coleando. Algo nuestro queda sepultado en algún momento bajo una losa marmórea, en aquel “templo de la verdad“, como lo llamara Larra. Y desde el epitafio que nombra el tabernáculo de un recuerdo, el pasado agita el presente y le dota de su verdadero significado: no es la nada ahí delante. Esa nada es más: es carencia. Es acabamiento. No es inexistencia: es el final de lo que hubo existido. No es no-ser sino la muerte del ser.

Y aquí nace la nueva vida del hombre para siempre: el niño se hace adulto, y cobra conciencia de que todo cuanto existe no es en realidad. Toda vida pugna con la muerte en la raíz de sí, tratando de asfixiar a la que puja por salir.

Se hace el silencio contemplativo. Un pariente cercano del “rompo mi violín, y me callo” del “Auschwitz” de León Felipe. Del acallamiento de las fosas se eleva la realidad y se aparece, como una fantasmagoría, clara y distintamente al ojo del hombre. Ya se sabe muerte, ineludiblemente. Y es ahí, en ese instante de tumba, cuando se le ofrece el único momento de libertad: encerrar a los muertos tras de sí y pretender no haber visto, llenando una copa de vino y bailando la música más alta, o escarbar una lápida y dormir con un cadáver.

El que huye se deja atrapar. Se sabrá siempre fugitivo porque ha cambiado para siempre, irremediablemente, su forma de comprenderse. Y el que se sabe fugitivo supone, a fuer de la ley de la causalidad, la existencia de su persecutor. La misma huida sostiene, y atrae sobre sí, aquello de que se huye. Rechaza al enfermo y al anciano, haciéndose incapaz de amar en el egoísmo dionisíaco en que se sumerge a voluntad, y casi prefiere ahogarse en él y dormir el sueño elegido. Pero la muerte aguarda en lo más gélido, y nada puede soslayar el instante final que auguran los difuntos. Abandonar a la muerte es someterse a ella en trágica esclavitud; solo quien la acoge en su lecho puede ser libre.

A alguno parecerán estas líneas macabras y de mal gusto. Lo son, en efecto, pero nadie negará que mi palabra es verdadera y mis conclusiones ciertas. Y vomitar en la tiniebla es un principio de cobardía, la del siervo del párrafo anterior. Peor gusto es ofrecer el cuello a los grilletes de Hades. Así que deje usted las náuseas a un lado y ponga el pie, como Orfeo, en la barca de Caronte, hacia el pantanoso éter soterráneo; bese a la muerte y acójala en su tienda, y domine sobre ella para reinar en la vida que se acaba.

Bien es cierto que cobrar esta conciencia puede ser traumático, si se empodera a la Parca de brazaletes dorados y corona fúlgida. De aquí que el Buda proclamara la necesidad de abolir el deseo en lo hondo de los hombres. Sin deseo es imposible la ulterior privación, porque el final de un ser no deseado se convierte en desnuda ausencia en lugar de despojo; porque nada la ata al corazón de un hombre. Pero suprimir el deseo también supone huir de nuestras necesidades: no nos bastamos. ¿Fue Sidarta Gautama esclavo de sus carencias…?

Solo queda la posibilidad de someter a la muerte; despojarla de su trono y sabernos reyes. No vale esa “fe” que dicen creencia sin la razón: es necesario saber.

Como Unamuno “en la muerte de un hijo“, solo cabe acostarse en el lecho con la muerte, con ella en lo hondo del otro, en ese silencio de cementerio, y rogarle al amado bajo la sábana: “abrázame, el deseo está a cubierto en surco de dolor“. Y vuelto hacia el cónyuge caduco, enjugarse la lágrima con certeza y espetar con decisión ante su vida que se acaba: “tú no morirás“.

Orfeo, el dios, lo supo. Y bajó a los infiernos a sobrevivir a Eurídice.

(@ChemaMedRiv) (Chema en Facebook) Grados en Filosofía y en Derecho; a un año de acabar el grado en Teología. Muy aficionado a la buena literatura (esa que se escribe con mayúscula). Me encanta escribir. Culé incorregible. Español.

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