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La elección de la identidad

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Nacionalismo identitario vs. liberalismo progresista como dialéctica ideológica en el siglo XXI

Una convocatoria electoral, intrascendente tradicionalmente, señaló la esencia ideológica de la Identidad colectiva en el nuevo tiempo histórico de la Globalización (o Mundialización, en un sentido más completo).

La elección del nuevo Presidente de Austria en 2016, cargo más honorífico y representativo que ejecutivo, llenó las portadas de la prensa de medio mundo. Norbert Hofer, del nacionalista FPÖ, y Alexander Van der Bellen, del minoritario partido ecologista, se disputaban en una reñida segunda vuelta un cargo que durante medio siglo a casi nadie importó. Por primera vez en la Europa postbélica, un candidato más allá de la derecha tradicional podría convertirse en Jefe de Estado de un país occidental.

Y la clave de esta elección prefiguraba una dialéctica emergente en el plano de la Historia de las Ideas. Casi todo el espectro político partidista (del conservador ÖVP a la socialdemocracia del SPÖ), los principales sectores económicos y las instituciones europeas se unieron para apoyar al candidato verde, finalmente ganador por solo unos miles de votos que valieron de poco al anularse esta segunda vuelta por errores en el proceso de conteo del voto (entre denuncias de fraude o el reconocimiento de fallos puntuales). El análisis sociológico de la estructura de los resultados, para sorpresa de los “viejos proletarios”, mostró como la mayoría del voto rural y obrero, de las clases más humildes, fueron al nacionalismo identitario, mientras que el voto urbano y universitario, principalmente burgués, fue al progresismo liberal.

 

Austria demostró la nueva dialéctica ideológica: la mayoría del voto rural y obrero fue al nacionalismo identitario, mientras que el voto burgués fue al progresismo liberal.

 

Austria demostraba con datos cuantitativos y hechos cualitativos esta nueva dialéctica ideológica. La recurrida distinción derechas-izquierdas, más allá de su valor simbólico en la contienda partidista, dejaba de ser útil en términos de interpretación historiográfica. Jacobinos y girondinos, revolucionarios y reaccionarios, socialdemócratas y democristianos, progresistas y conservadores. Distinciones que la experiencia austriaca demostraba fútiles para el tiempo presente: un nacionalismo profundamente estatista y declaradamente social (en clave siempre identitaria) frente a un progresismo que vestía de sostenible y justo el capitalismo (en clave inevitablemente liberal).

Liberalismo progresista versus nacionalismo identitario. La protección de los derechos laborales, la soberanía económica, más o menos integración europea, el antiamericanismo o la rusofobia, la intervención del Estado y el control del Mercado, la aceptación de refugiados y la gestión de la inmigración, la defensa de la Familia y la Vida, la islamofobia o el antisemitismo; éstos son algunos temas que, puestos a prueba por la realidad de programas políticos, alianzas estratégicas y el voto de los que lo han perdido casi todo o tienen miedo a perderlo, demuestran la inoperatividad interpretativa de la citada y sacrosanta dialéctica entre izquierdas y derechas.

Es necesario, pues, desde el ejemplo didáctico de la historiografía, principiar una justificación de esta nueva dialéctica como explicación plausible de las causas y consecuencias de los fenómenos contemporáneos de construcción y destrucción de la Identidad colectiva en el Viejo continente.

En primer lugar, podemos determinar un amplio “consenso liberal-socialista” representado en la pretendida como neutra construcción burocrática de la UE, políticamente construido sobre los viejos bipartidismos abiertos a incorporaciones sistémicas (liberales, ecologistas, centristas), culturalmente sostenido en el proceso de homogeneización antropológica (y lingüística) del modelo socioliberal norteamericano, económicamente en busca del equilibrio entre lo público y lo privado, y socialmente atrapada por la liberalización moral que conlleva el cuestionamiento estructural y demográfico del Welfare State.

Y en segundo lugar, señalamos un emergente movimiento político-social nacionalista, patriótico, identitario (también denominado en algunos de sus componente como de ultraderecha o extrema derecha), de creciente importancia electoral al calor de los efectos en la UE de la crisis económica de 2008 y de la crisis de refugiados de 2015; y que celebraron unánimemente como su gran éxito el Brexit, o elección ciudadana de la salida del Reino Unido de la Europa comunitaria.

En el Occidente continental, mientras resulta marginal en los países mediterráneos (sometidos a la memoria histórica de regímenes autoritarios pretéritos y con amplia presencia de los llamados “populistas de izquierdas”, a excepción de la limitada presencia  parlamentaria de Amanecer dorado en Grecia o de Elam en Chipre), se asiste al crecimiento paulatino de sus formaciones políticas nacionalistas-identitarias; que pueden ser agrupadas, solo a modo heurístico, en dos grandes corrientes más diversas que homogéneas, en función de las diferencias o coincidencias entre posiciones estatistas o antiestatistas a la hora de hablar de lo público, y entre liberales o conservadores en función de temas morales.

Así, un primer bloque hace referencia a los partidos del norte de Europa, más centrados en la defensa del llamado estilo de vida occidental con sus implicaciones étnicas/raciales: el Partido de la libertad holandés de Geert Wilders, el UKIP inglés, el Partido popular danés, los demócratas suecos o los verdaderos finlandeses de Timo Soini.

Un segundo bloque, con muchas propuestas regionalistas, ponen a la Europa cristiana o al Estado social como axiomas casi irrenunciables: la Lega Nord en Italia, el FPÖ austriaco, el belga Vlaams Belang, el Frente nacional francés o Alternative für Deutschland (AfD) en Alemania.

Mientras en la Europa Oriental, junto al renacido mundo euroasiático de autoridad y tradición (Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Rusia), el nacionalismo identitario tocaba poder, alcanzaba el gobierno en la católica Polonia (del victorioso PiS al nacionalismo extremo presente en el nuevo movimiento Kukiz), en la prorrusa o proeuropa Serbia (con el SNS de Tomislav Nikolic y Aleksander Vucic) y en la Hungría cristiana y soberana de Viktor Orbán (del gobernante Fidezs y del llamado nacionalismo extremo más numeroso en Europa, Jobbik); además, determinaba el gobierno en la Croacia en crisis (el ambivalente HDZ), en Eslovaquia (el SNS de Andrej Danko), en la conflictiva Macedonia (el VRMO de Nikola Gruevski) o en la desunida Bosnia (el SNSD de Milorad Dodik), y en constante avance en Letonia, Estonia o los países balcánicos.

Pero este fenómeno histórico no responde simplemente a una lógica eurocéntrica; Europa dejó de ser hace tiempo el centro del mundo. Este fenómeno identitario, salvando las distancias espacio-temporales, responde a una lógica globalizadora.

 

Mientras se proclamaba el fin de las antiguas fidelidades, resurgían con virulencia viejos califatos, imperios, fronteras y conflictos.

 

Cuando Fukuyama anunció “el fin la Historia” no sabía que la misma, como magistra vitae, nunca muere; quizás sea olvidada, posiblemente falseada, pero siempre deja un rastro que la historiografía puede reconstruir. Y cuando se proclamaba el fin de las antiguas fidelidades, de la identitas fundada en lo terrenal o en lo divino, en beneficio de una moderna y liberal identidad global basada en el consumo masivo e inmediato de tendencias y modas preestablecidas o dirigidas, resurgieron incluso con virulencia viejos Califatos, viejos Imperios, viejas Fronteras, viejos Conflictos.

En Asia, China, mezclando comunismo de partido único y nacionalismo secular, y al calor de su imparable crecimiento económico, reclamaba su liderazgo; el mundo turco comenzó a vincular, bajo el mandato de Erdogan y su AKP, nacionalismo e islamismo mediante el recuerdo del pasado otomano y la reivindicación de la comunidad lingüística túrquica (desde Albania y Bosnia en Europa, hasta las estepas de Asia central); y árabes y persas, sunís y chiís se enfrentaban por la hegemonía en las tierras de Mesopotamia. En África, potencias emergentes en la zona subsahariana (de Ruanda al Congo, de Nigeria a Angola) o se sumían en luchas interétnicas internas por el poder en países seccionados por la escuadra y cartabón de las antiguas colonias o reivindicaban su soberanía nacional ante la influencia de los aspirantes a neocolonizadores.

En la África septentrional (de Egipto a Argelia), tras el fracaso de la “primavera árabe” del presidente Obama, nacían islamismos tentados por el salafismo o por la vuelta a los principios autoritarios de los viejos dictadores laicos (de Ben Alí a Gadafi). En América resistía el grupo bolivariano de Latinoamérica (Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua) pese a las breves experiencias de ex-aliados (la Argentina kichnerista y la Brasil lulista), el evangelismo político pretendía marcar la agenda en Centroamérica (de Guatemala a Costa Rica), y en los mismos EEUU surgía, no tan por sorpresa, el fenómeno Trump y su “make America great again“, florecido desde la aguda reacción identitaria de la decadente, y otrora idealizada, América blanca, rural, postindustrial.

Nombres y apellidos de buena parte de los actores geopolíticos, en Europa y en el mundo, protagonistas de este horizonte histórico globalizado, aún por descifrar en su origen y de atisbar en su alcance, que puede marcar un episodio fundamental de nuestra Historia contemporánea. Y que, ideológicamente, aporta un nuevo paradigma interpretativo quizás más preciso para dar sentido y significado a las expresiones y elecciones de millones de ciudadanos aún sometidos a los miedos y sueños, a las certezas e incertidumbres, a los símbolos y a las herencias de la Identidad colectiva posmoderna: una identificación principal, estable y compartida basada en la tradición, desde la exclusividad cultural o la autoafirmación moral; o una identificación plural, fundada en el multiculturalismo capitalista y la libertad de elección en el mercado.

“Siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que hay otra cosa que se llama albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción”.

G.K. Chesterton.

Profesor de la Universidad de Murcia, es historiador, doctor en política social e investigador acreditado en análisis historiográfico y social a nivel nacional e internacional.

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