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Un asunto nocturno y confuso

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Una vieja novela aparecida en Estados Unidos en 1950 y recientemente reeditada en España del escritor judío Isaac Bashevis Singer me ha hecho confirmar una idea posiblemente poco original sobre el tema de la familia en el judaísmo.

La novela en cuestión se titula La familia Moskat y se ocupa de las vicisitudes de los miembros de la misma en la Varsovia de los primeros treinta años del siglo XX. Singer fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1978 y es considerado el escritor contemporáneo más importante en lengua yiddish. Hijo y nieto de rabinos, abandonó su Polonia natal en 1935 y emigró a Estados Unidos, donde desarrolló su carrera como escritor.

La novela describe minuciosamente el mundo judío de Varsovia antes de su destrucción por los nazis. La ciudad se condensa en la atmósfera que rodea a unos personajes estrechamente vinculados entre sí por todo tipo de relaciones, deseos, expectativas, rencores y, en fin, afectos y sentimientos que, en ciertos momentos, los unen y reconcilian y, en otros, los separan y enfrentan como si del movimiento de un acordeón arrítmico se tratase.

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La familia y sus aledaños, toda esa tela de araña de padres, hijos, tíos, abuelos, primos, hermanos, suegros, yernos, nueras, amigos, conocidos, criados, vecinos, etcétera, son descritos por Singer de manera realista, balzaciana, con tonos entre patéticos y humorísticos, pero siempre con un alto grado de empatía.

El mundo judío de Varsovia viene a ser un microcosmos donde los que por él desfilan, los que en él viven y padecen, forman parte de un mismo y exuberante laberinto humano. Pues los personajes, enlazados como están en un destino afectivo y familiar común, se encuentran muy cerca unos de otros. Es decir, que sus hogares, calles, días y trabajos se hallan incrustados en un espacio urbano intencionadamente reducido que contribuye a acentuar el carácter exasperante de la humanidad retratada en la novela.

Gueto de Varsovia en 1941. Willy Georgin

El conocimiento de la comunidad judía varsoviana por parte de Singer, muy sensible al conflicto entre la tradición y la modernidad, entre el viejo creyente devoto de la Tora y del Talmud y el joven escéptico, perdido y desorientado, que se aferra a la Ética de Spinoza como a una equívoca tabla de salvación, resulta apabullante y sorprendente.

Singer escribe desde una memoria estricta de aquello que vivió en sus propias carnes antes de emigrar a los Estados Unidos. Memoria transfigurada por las leyes que gobiernan la ficción narrativa que sirve para apreciar, y esta es la idea poco original sugerida en mí por la lectura de la novela, cómo la familia, los vínculos familiares poseen una intensidad que roza el delirio en el mundo judío. La familia termina siendo un asunto nocturno y confuso, literalmente extenuante, que agota a los concernidos por la catarata inabordable e inmanejable de sentimientos que desata. Uno llega a tener la impresión, y tómese esta sugerencia a beneficio de inventario, que la religión judía, caracterizada por un ritualismo obsesivo en la vida cotidiana, cumpliría el papel de enmarcar las tensiones de la familia en un contexto que posibilita lidiar con ellas, encauzarlas de alguna manera.

El hombre es, ante todo, un animal familiar y la familia es destino y sus vínculos abocan a una existencia más o menos satisfactoria, pero siempre sofocante.

¿No habrían entendido los judíos, desde la perspectiva más intrahistórica de su evolución, esto es, desde una perspectiva privada y doméstica, que constituye un punto de vista idóneo para el realismo literario, que el hombre es, ante todo y por encima de todo, un animal familiar, que familia es destino y que los vínculos familiares, ciegos e intensos como son, nos abocan a una existencia más o menos satisfactoria, pero siempre sofocante?

Y, en segundo lugar, ¿no hay algo que une a la religión judía con la familia en la forma ritual y ceremonial de un método de vida cuyo carácter extremo desempeña la función de ofrecer un referente mediante el que trascender el impacto emocional de la vida familiar?

En La familia Moskat, si algo queda claro, más allá de desavenencias, desencuentros, fracasos y frustración, es la vitalidad de las comunidades judías, el vitalismo desaforado y embriagador de su exasperante afectividad familiar. Religión y familia, ritual y sentimiento representan, al fin, según la melancólica visión de Singer, que narra sabiendo el abismo que aguarda al mundo que invoca su memoria, una manera de entender la vida tan intensa que roza el delirio. Una manera que engendra una potente intelectualización de la existencia en tanto los desbordantes sentimientos de la familia solo pueden canalizarse a través de una lengua desatada que no para de hablar, maquinar, problematizar las cosas. Por eso, los personajes de la novela no solo están muy cerca unos de otros, lo que acentúa patética y humorísticamente el sentido opresivo de la fábula, sino que la conversación inacabable mantenida al hilo de sus peripecias los une en un mismo y prodigioso destino verbal. Conversaciones y palabras que no curan las heridas, pero sirven para sanarlas gracias a la magia de una ficción novelística en la que los afectos son la otra cara de la religión y la religión, la forma ritualizada de aquellos.

¿Cómo domesticar nuestra condición de animales familiares cuando las viejas creencias se ponen en duda?

Gran Sinagoga de Varsovia, destruida por las SS en 1943.

De ahí que el judío moderno, lector de Spinoza y desorientado en la encrucijada de la tradición y el progreso, de la identidad y la asimilación se encuentre desamparado, como le sucede al protagonista de la novela, Asa Heshel, trasunto del propio Singer, ante el problema de la familia, de su asfixiante intensidad. ¿Cómo tramitar esta intensidad si los aspectos rituales y ceremoniales de la existencia se han vuelto problemáticos? ¿Cómo domesticar nuestra condición de animales familiares cuando las viejas creencias se ponen en duda?

Lo que resulta incontrovertible es que uno puede dejar de creer, pero la familia, como materia bruta de la existencia humana, permanece, creamos o no. El judío moderno se ve obligado a hacer equilibrios en el alambre para no sucumbir emocionalmente al ciego amor de sus seres queridos. Este sería uno de los peajes psicológicos a pagar por la independencia religiosa. Que puede tener muchas y variadas ventajas, pero no la de ayudarnos a lidiar con los exaltantes y abrasivos afectos familiares.

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Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) se dedica a la enseñanza y a emborronar más páginas de las debidas. Sus gustos y aficiones son tan convencionales y anodinos que mejor no hablar de ellos. Le interesa, más que la política, el pensamiento político. Y ha encontrado en la literatura el placer de un largo y ensimismado paseo a ninguna parte. Ha publicado "Anatomía del intelectual reaccionario" (2007), "La barbarie de la virtud" (2014) y "El viaje de la impaciencia" (2018).

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