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Ahí tienes tu casa: adórnala (II)

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El que reforma parte de una aceptación de lo que hay. El progresista, de un rechazo a lo dado. Este era el punto de partida con el que arrancábamos la primera parte de este artículo, y es la tesis de fondo que sustenta esta entrega. De momento, sólo nos hemos referido al reformador. Pero, antes de avanzar, ¿es sostenible una tesis tan tajante? Algunos hechos, al menos, deberían tambalear semejante aseveración.

(Este artículo proviene de otro anterior)

Así, por ejemplo, podemos comprobar que en EEUU el impulso de los movimientos grassroots —un tipo de activismo local que promueve causas que puedan insertarse en el debate nacional— no pocas veces es recogido por partidos y asociaciones de izquierda. Y más cerca nuestro, en Reino Unido, hace ya algunos años que surgió una variante dentro de la izquierda, de corte nacionalista y comunitaria, que pretende devolver al laborismo sus raíces socialistas cristianas “y reconectar con la vida local: la iglesia, la cooperativa, el pub, la reunión política”. Por no hablar de los movimientos sociales, mareas, confluencias y asociaciones asamblearias que, en España, tradicionalmente han dado votantes a las formaciones de izquierda radical.

Si se tiene en cuenta que izquierda suele equivaler a progresismo (tanto en el acervo común como en la literatura especializada, donde ambos términos refieren una misma orientación hacia el mundo y la política), la existencia de estos fenómenos participativos y ciudadanos podría cuestionar que el progresista rechace lo dado. Al fin y al cabo, la naturaleza local y “concreta” de estos movimientos suponen para el progresista un vínculo con lo real muy serio.

Sin embargo, y sin movernos del terreno de los hechos, en EEUU hay formaciones y asociaciones (el Tea Party, el movimiento provida) que también surgen de lo local y en modo alguno son progresistas sensu lato; en Gran Bretaña, la corriente Blue Labour aún está alejada de la tendencia hegemónica del laborismo; y, en España, si algo ha caracterizado a los nuevos movimientos sociales es su disgregación, la disparidad de sus objetivos (algunos más realistas que otros) y su falta de permanencia en el tiempo.

 

La alianza del progresismo con las demandas locales no es del todo vinculante, sino selectiva, negociable y vaporosa.

 

La alianza, entonces, del progresismo con las demandas locales no supone una vinculación del todo vinculante, pues es una alianza selectiva, discutida, negociable y, al final, vaporosa. Lo que ocurre porque suele ser una relación romántica, basada en la restauración de un ideal de clase social casi extinto o en circunstancias históricas y coyunturales —como la identificación en España de nacionalismo e izquierda con el pueblo por oposición al franquismo (Germán Yanke, Ser de derechas, Temas de Hoy, Barcelona, 2004)—, pero en modo alguno basada en el amor a lo concreto y el respeto a su forma.

En todo caso, aunque los hechos puedan ser elocuentes, nunca pueden terminar de demostrar una tesis como esta, que debe tomarse como una hipótesis interpretativa más que como una prueba irrefutable. Veamos hasta dónde puede funcionar la hipótesis de la mano de más lecturas dispersas.

 

Escribir y re-escribir la Historia

En una conversación reciente sobre la escena política contemporánea, Alan Badiou y Marcel Gauchet daban con la confrontación entre el progresista y el reformista pero empleando otros términos. De esta manera, habría un reformista respetable que sería aquel que experimenta en política, imagina nuevas formas y está abierto a la revolución; y un reformista diríamos vulgar, que ya sólo busca conservar las conquistas del pasado, contentar a la mayoría y evitar cualquier tipo de revolución. “En los hechos”, dirán, “el reformismo se traduce en un redistribucionismo light”.

La referencia a los hechos aquí no es nada falaz pues, en política, la teoría es precaria y se suele imponer lo pragmático: a lo mejor, en la teoría, el reformismo es una cosa que, en la práctica, termina por no ser, razona Badiou. Con todo, el lector perspicaz seguramente se habrá dado cuenta de la permuta. Pues, en efecto, lo que Badiou denomina reformismo respetable no es sino puro progresismo, esto es, la promesa de un nuevo mundo que transforme el presente.

El problema, claro, es con qué criterio se efectúa esa transformación, en qué dirección habría de encaminarse, que marco referencial se adopta para tal operación. Pues la acción política —al igual que toda acción humanasiempre incluye un contenido intelectual, más o menos articulado y más o menos consciente. Habría que preguntarse, por tanto, qué ideas y creencias subyacen a la acción política progresista, de qué mentalidad se nutre, qué ideología genera, en qué adoctrina, qué teorías adopta como suyas… Sin embargo, cuando Badiou piensa en el progresista como experimentador en política a lo mejor sí está dando en la diana pues, como veremos más adelante, el progresista (o izquierdista) se define más por lo que rechaza que por lo que hace

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Por otro lado, el reformista vulgar al que se alude implícitamente en la conversación sólo tiene de reformista que acepta lo recibido, pues en realidad se acerca mucho a la tipología que Michael Oakeshott dibujaba en su ensayo “Qué es ser conservador” cuando escribía que

ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, preferir lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica.

No obstante, aunque es cierto que este reformismo vulgar o conservadurismo es adverso al cambio y crítico con la innovación, Badiou y Gauchet no terminan de comprender la naturaleza de lo que hablan. En otras palabras, si el conservador o el reformista no son innovadores ardientes es por su inclinación a disfrutar el presente, porque con el cambio se pierden cosas que habían aprendido a disfrutar (fueran o no mejores) y, sobre todo, porque el cambio por el cambio amenaza la propia identidad (si no nos aferramos a lo familiar nos volvemos irreconocibles).

El conservador, prosigue Oakeshott, no puede ser indiferente al cambio, sólo que prefiere efectuarlo siguiendo un criterio. Por ejemplo, que se dé a ritmo lento, atendiendo a las consecuencias y haciendo ajustes, que responda a algún defecto específico y, sobre todo, que se asemeje al crecimiento. Es esta diferencia en los criterios —la promesa de emancipación en el progresista, un intento por hacer crecer lo que ya hay en el reformista— lo que llevaba a Ortega y Gasset a rechazar el progresismo y criticar el desprecio al pasado de sus adalides, su instalación en un futuro que nunca llega, su tendencia a la abstracción, su creencia en la marcha irreversible de la Historia hacia la superación y plenitud y, finalmente, la irresponsabilidad ante la realidad. Y es que, como escribía en España invertebrada (1921),

sólo debe ser lo que puede ser, y sólo puede ser lo que se mueve dentro de las condiciones de lo que es […]. El ideal de una cosa, o, dicho de otro modo, lo que una cosa debe ser, no puede consistir en la suplantación de su contextura real, sino, por el contrario, en el perfeccionamiento de ésta (Obras completas. III, Revista de Occidente, Madrid, 1966, p. 101).

En el fondo, es esta lógica de gratitud ante lo recibido —que se busca preservar y enriquecer— y de aceptación de su grandeza —irreductible a su condición de producto exclusivamente humano— lo que distancia al reformador del progresista. Este último, en efecto, pretende que no hay nada por encima o antecedente al hombre y sus capacidades. Su actitud es la propia del racionalista en la política, que cree que lo que ha descubierto por sí mismo es más importante que lo que ha heredado y para el cual, como resume Michael Oakeshott,

1968Oakeshottnada tiene valor sólo porque exista (y ciertamente no porque haya existido durante muchas generaciones); la familiaridad no tiene ningún valor, y nada debe dejarse sin un escrutinio. Y su disposición hace que entienda y se dedique con mayor facilidad a la destrucción y la creación que a la aceptación o la reforma.

Hay en el progresista una visión de la Historia que le lleva a preferir el futuro, ningunear el presente en tanto presente o regalo y despreciar el pasado en tanto pesado o lastre. Literalmente. Por más que pueda evocarlo, del pasado al progresista sólo le interesa aprender lo que ha de impugnarse o, si acaso, denunciar la censura pretérita de aquello que ya entonces anticipaba los avances del presente. Esta peculiar relación con la Historia —y la creencia evolucionista que le cuelga— no es, empero, exclusiva del progresista. De hecho, empapa nuestra cultura hasta tal punto que aparece tanto en sus manifestaciones más genéricas, como el lenguaje (siempre positivo cuando habla de cambio), como en las más populares, caso del arte y la ficción.

 

Hay en el progresista una visión histórica que le lleva a preferir el futuro, ningunear el presente y despreciar el pasado.

 

Cualquiera que haya visto algún capítulo de Caso abierto (Meredith Stiehm, 2003-2010) sabrá de lo que estoy hablando. En este procedimental, un grupo de policías investiga crímenes no resueltos de años anteriores. La serie no es ninguna joya de la televisión, pero la mirada que ofrece acerca del pasado expresa muy bien la comprensión del tiempo de la mentalidad progresista. En un sentido elemental, lo hace por la premisa de que con las técnicas de hoy se puede resolver lo que antes no fue posible. Pero, en los casos más sonados, lo que hace tan efectivo al equipo de la detective Lilly Rush no es su arsenal forense, los laboratorios o las bases de datos, sino la claridad que ofrece la perspectiva del tiempo y, sobre todo —he ahí el mensaje oculto de la serie—, el cambio de mentalidad, que hoy sitúa como crímenes intolerables lo que antes se dejó pasar como injusticias o faltas cuya no-resolución no afectaba a la estabilidad del orden social. Es este nuevo clima condenatorio lo que empuja a los perpetradores a confesar sus crímenes pasados, y no la acumulación de indicios y evidencias (irreparablemente deterioradas).

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En realidad, la función narrativa que cumple el equipo de policías no es tanto el dar con nuevas pruebas cuanto más bien “sacudir el avispero”, volviendo a preguntar y removiendo viejos remordimientos. De alguna manera, viene a sugerir la serie, el progreso exige cerrar lo malo que el pasado no supo o no pudo purificar. Por eso, simbólicamente, la superioridad del presente no es sólo científica sino, sobre todo, moral. Cuando los asesinatos involucran a mujeres, homosexuales, personas de clase baja, miembros de minorías étnicas —ora como víctimas, ora como testigos— y hasta animales, el juicio de la serie es severísimo: no hay ni un ápice de comprensión hacia la mentalidad del pasado que, irremediablemente, comparece como retrógrada, superada y hasta recordada con vergüenza por quienes comulgaron con ella.

 

¿No hay progreso en la reforma?

De esta guisa, el progresista vive instalado en la adoración del cambio —el cual siempre se presume, en algún sentido, favorable— y orientado en su hacer por el mito del Progreso hacia un futuro incierto pero ideal que está llamando a la puerta y que requiere un trabajo por purgar los elementos que impiden su advenimiento: moral, costumbres e instituciones heredadas… y, hoy, riqueza “mal repartida”. Curiosamente, en esto el progresista comparte el actual ethos capitalista, que Boris Groys dibuja con ironía al describir como, en la mentalidad común de hoy, lo único que impide el cambio constante es la falta de dinero.

En efecto: hoy en día, cuando uno va a la casa de unos conocidos, a una escuela, una iglesia o un bar y pregunta por qué lo que ve allí es como es y no de otro modo, la respuesta que recibe inexorablemente es que ya hace mucho que está el plan de hacer algo totalmente distinto, mejor, más moderno, a un mayor nivel de eficiencia, de progreso tecnológico y de diseño actual, pero que, lamentablemente, sigue faltando el dinero […]. Aunque en la modernidad se celebra la creatividad como origen de todas las cosas, no es a la creatividad que le deben su forma real todas las cosas, sino a su limitación, a su interrupción, a su clausura por subfinanciamiento (La posdata comunista, Cruce, Buenos Aires, 2015, pp. 68-69).

Todavía la economía supone, para el progresista, un principio de realidad que se le impone… a regañadientes (y que, por cierto, explica por qué la izquierda suele gestionar tan mal la economía). Pues si por algo se reconoce al progresista es por su rechazo a la realidad. De ahí que, estrictamente hablando, no pueda haber progreso en la reforma, en tanto uno niega lo que hay para decir lo que debe haber, y el otro parte de lo hay para apuntar lo que puede haber. En su fascinante análisis de las identidades políticas, Héctor Ghiretti lo explica mejor cuando recuerda que la naturaleza originaria de la izquierda es su rechazo general y sistemático al orden de la realidad, que la sitúa “en un estado de rebelión u oposición permanente contra el orden establecido […]. Desde esta perspectiva, el núcleo duro de la izquierda debe situarse en un nivel metaideológico, en el plano de las actitudes o talantes generales ante la realidad”. Por todo ello, sentencia Ghiretti, es que el ser de la izquierda radica en el no-ser, una esencia que explica la tensión irremediable que aqueja a los partidos de izquierda cuando tienen que pasar a la acción. Pues, en efecto,

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cada una de esas transiciones implica ensuciarse las manos con el ser, acomodarse a su estructura invariable, renunciar a las flamígeras e incandescentes perspectivas críticas y teorías revolucionarias para remangarse y operar con la realidad misma: pasar a la derecha.

No he encontrado una demostración más elocuente de todo esto que la publicidad electoral de Izquierda Unida cuando sintetizaba esta actitud como una de “pelea contra esta realidad” y teñía emocionalmente el montaje y superposición de imágenes icónicas.

 

 

Hay un vínculo muy natural entre la exaltación del cambio y la referencia a los sentimientos pues, en efecto, el rechazo frontal de lo concreto y dado origina una serie de deseos y ambiciones —no pocas veces jaleados por ficciones de todo tipo— que, a falta de ningún “poder controlador” en sentido burkeano, pueden terminar y terminan deshaciendo lo social, con sus estructuración y forma recibida. Por ello, es natural que, en virtud de su actitud originaria, las ideologías que genera la izquierda tiendan a la radicalización y a las formulaciones extremas. Y por ello también, me permito añadir, es natural que un pacto entre un partido progresista y otro reformista, tarde o temprano, termine por devorar al segundo.

 

Es natural que en un pacto entre progresistas y reformistas, los primeros acaben por devorar a los segundos.

 

Pero esto no es todo. “La negación como actitud específica conduce siempre a la negación de la negación”, concluía Ghiretti. Esto es, “es propio de la izquierda terminar rechazando la configuración que ella misma da a la realidad, por la sencilla razón de que esa configuración se encarna —no podría ser de otra manera— en la realidad, y termina constituyendo un orden más, limitado externamente y dotado de partes”. De ahí que, cuando llega al poder, en la izquierda tiendan a nacer movimientos de rechazo, fuera de las instituciones, que mantengan intactos los ideales éticos —solidaridad, justicia, emancipación— a base de no comprometerlos en su (siempre imperfecta) realización institucional.

 

Vuelta al principio

El que reforma parte de una aceptación de lo que hay. El progresista, de un rechazo a lo dado. ¿Funciona la hipótesis? Como mínimo, tendremos que admitir su plausibilidad. Pero son sus consecuencias las que tienen mayor vigor explicativo. Fíjense. El progresismo no es una ideología sino una orientación hacia la política que ve el mundo como dinámico. Pero en sus orígenes, a finales del siglo XVII, la idea de progreso se apoyaba en una interpretación técnica del universo que, justamente por ser mecánico, podemos dominar con la razón y el refinamiento de nuestra ciencia. Mecánico o dinámico, tanto da. Lo que cuenta es el proyecto que alumbra, uno que, a decir de Leonardo Polo, confía en que “mejoraremos en la medida en que descubramos saberes útiles, que puedan transformarse en procedimientos, en nuevas técnicas. De este modo nos libramos de la penuria, de la problematicidad de las relaciones del hombre con la naturaleza; así la dominaremos”.

Traducido a la política, la clave del progresismo es su concepción de la dinámica social como un proceso indefinido de mejoras, sin fin. Aparentemente, esta idea entra en contradicción frontal con la acusación de irresponsabilidad ante la realidad que Ortega lanzaba al progresista: si el ser humano está llamado a perfeccionar el mundo y también su propia naturaleza y esto no acaba nunca, difícilmente se puede deducir de ahí que podamos o vayamos a desatender nuestra relación con la realidad.

La irresponsabilidad del progresista, en este sentido, no viene de su falta de actividad sino del supuesto en que se basa, de su falta de consideración ante el modo de ser de las cosas. Nada puede permanecer estable durante demasiado tiempo, diría el progresista, pues nada tiene la suficiente consistencia como para resistirse al dominio del hombre. Y es en virtud de esta inestabilidad esencial al mundo que el ser humano se convierte en último responsable de su forma. Una forma que, en la mentalidad progresista, está destinada a ser negada, superada y reinventada perpetuamente. Por acudir al término que apuntala el supuesto fundamental de este artículo, lo diremos una vez más: una forma del mundo y un orden de la sociedad que, en manos del progresista, están destinados a ser rechazados.

 

(Ya disponible la tercera parte de este artículo)

Buenos Aires, 1979. Soy "profesor de Filosofía" (los demás juzgarán si soy "filósofo") en la Universidad Francisco de Vitoria, y trágica e inevitablemente atraído por el pensamiento político, la ficción audiovisual y literaria y, como aficionado, por la música rock. Inspirado por Hannah Arendt, lo que más me interesa es comprender. Lo que más detesto, la palabrería y los tópicos.

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