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Suenan tambores de guerra: a propósito de Azaña y el frentismo español actual

En España por
manuel azaña cataluña

Se nos ha hecho extrañamente familiar abrir (la ventana de) un periódico y encontrar análisis de la situación política nacional en clave guerracivilista. Como en el famoso epigrama de Ángel González, parece ya una perogrullada decir que la historia, como la morcilla, se hace con sangre y se repite. Ya saben, España es una herida sin cicatrizar y todo eso.

Queramos o no, basta dar una opinión sobre cualquier tema nimio para vernos emplazados en uno de los frentes de un gran conflicto que, al parecer, hará añicos el país. Los políticos, versados en las creencias del pueblo al que gobiernan, con una mano hacen desaparecer problemas acuciantes de nuestra realidad material y con la otra sacan conejos simbólicos que nos dividen en los hunos y los hotros. Al invocar la historia y hacerla pasar por el embudo de su discurso, creen, y con ellos nosotros, que la domeñan, ignorando que nuestra historia la escribirán los que nos sucedan.

Si bien la dialéctica guerracivilista se remonta, por lo menos, a los debates suscitados por la Ley de Memoria Histórica, la confrontación frentista sí que parece una novedad de esta legislatura. Paradójicamente, las dos citas de Manuel Azaña, que Pedro Sánchez mencionó en tono conciliador durante el debate de investidura, tienen más bien un tono funesto para el que conoce su contexto. La primera cita proviene del famoso discurso Paz, piedad y Perdón, pronunciado el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona, en la antesala de la Batalla del Ebro:

“Se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: Que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo río“.

La segunda procede de una sesión de las Cortes, el 27 de mayo de 1932, que se centró en el proyecto de Estatuto de autonomía de Cataluña:

Nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo“.

Entre las dos citas median, por cierto, tres golpes de estado contra la joven República, entendida, como la entendía Azaña, como una democracia liberal: La Sanjurjada en 1932, la Revolución de 1934 y el último y definitivo comandado por Francisco Franco en 1936.

La maldición que nos determina a tropezar dos veces con la misma piedra puede ser exorcizada, según creemos, si conocemos los entresijos de la historia. No parece conveniente, por ejemplo, extraer citas ad hoc que contradigan el sentido general del párrafo o del texto. La cita de Sánchez sobre el patriotismo obvia, por ejemplo, que en el mismo párrafo Azaña advierte que las soluciones políticas, además de patrióticas, han de ser acertadas, y que dos soluciones patrióticas enfrentadas pueden ser igualmente erróneas. Sin embargo, eso no lo más importante si queremos conocer los hechos pasados tal como sucedieron y no como un refrito ideológico presentista. Lo fundamental, y más difícil, es que atribuir a los actores históricos, en sus textos y acciones dentro de sus circunstancias, el conocimiento de los acontecimientos posteriores, o los valores con los que hoy juzgamos el mundo, nos conducen a conclusiones históricas poco fiables, cuando no engañosas o directamente erróneas. Nadie sabe, tampoco Sánchez, cuando citó solemnemente a “don Manuel Azaña, presidente de la República”, ni los que lo censuraron, en qué frente se situaría Azaña en la paradójica “monarquía republicana” actual, tal como la describe Javier Cercas.

En la historicidad en la que están embebidos, ambos discursos son, indudablemente, ejemplos de la gran oratoria azañista, cuya hondura intelectual sería impensable en nuestro contexto de política de memes y pokemons identitarios. También son ejemplos de la desacertada visión política de su autor, pues ni en 1932 fue capaz de predecir la deriva nacionalista catalana en los siguientes años, ni en 1938 supo calibrar el grado de recrudecimiento de ambos bandos. No obstante, es en estos desaciertos, por los que la República se le fue a Azaña de las manos, en los que se vislumbran destellos de un patriotismo optimista y bienintencionado que nos invita a reflexionar y a aprender sobre los errores anteriores.

Como muestra, extraigo dos fragmentos de los discursos, sobre los que no me voy a detener para que cada lector extraiga sus propias conclusiones. En el discurso de 1932, cuando el autonomismo es una empresa nueva y, por lo tanto, no exenta de riesgos e incertidumbre, Azaña confía en que, del proceso de descentralización del poder, España saldrá fortalecida:

“[…] no se puede entender la autonomía, no se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía, si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas –no digo Cataluña-, las regiones, después que tengan autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy; quizá más, porque estarán más contentas”. Más adelante dirá que la forma más inteligente de entender la política es como “una tradición corregida por la razón”.

En el discurso de 1938, resulta asombroso, en el contexto fratricida en el que, recordemos, Azaña confiaba en la victoria militar, su tono conciliador, que no sólo no le quita carta de españolidad a los sublevados, sino que los retrata como las víctimas, junto a sus demás compatriotas, de un proceso colectivo ciego de odio y de destrucción:

“[…] la guerra actual no es una guerra contra el Gobierno, ni una guerra contra los gobiernos republicanos, ni siquiera una guerra contra un sistema político: es una guerra contra la nación española entera, incluso contra los propios fascistas, en cuanto españoles, porque será la nación entera, y ya está siendo, quien la sufra en su cuerpo y en su alma”.

En el conocido final del discurso, Azaña hablaría de la guerra como la oportunidad de dejar a un lado los ideales grandiosos y fundar un nuevo contrato social entre hombres libres de rencor.

Hasta aquí, tal vez he podido dar la idea de que le atribuyo a la historia un poder, al menos en potencia, salvífico. Nada más lejos de mi intención. Esto, no nos engañemos, no va de historia, sino de batalla de discursos, de ideología. Como Azaña en 1932 o 1938, nada sabemos del futuro que nos aguarda. Y lo que podamos adivinar, ayudados por el conocimiento del pasado, se revelará, previsiblemente, como un falso indicio de una forma u otra. Bastante ardua parece ya la tarea de sacar algo en claro del guirigay presente, como para hacer previsiones fiables sobre el futuro.

Una de las pocas certezas que tengo de este presente es, sin embargo, la necesidad de entender que, bajo la hojarasca de las políticas populistas y las dualidades míticas de izquierda y derecha, se esconde la grieta, verbalizada de manera explícita en el artículo 2 de la Constitución, entre dos concepciones diferentes del estado y de la nación, es decir, de la ciudadanía. Los pactos y alianzas del gobierno actual parecen apuntar a una nueva dinámica de frentes sobre cuyos resultados sólo podemos conjeturar, sobre todo porque ambos frentes, bajo su apariencia homogénea, esconden, a su vez, elementos disgregadores.

Por un lado, el frente de izquierdas, impulsado por una acción centrífuga, se orienta al desarrollo de una confederación asimétrica que se estructuraría en identidades regionalistas. Dicho proyecto promete el encaje de los separatistas en el estado mediante privilegios. El de derechas, por su parte, concentra sus fuerzas en el mantenimiento de la nación política española, fuertemente unida al sistema monárquico-parlamentario actual. En el primero, el estado es un administrador de las regiones, que en mayor o menor medida tienen voluntad nacionalista. En el segundo, el estado emana de la soberanía nacional, quedando las autonomías como instituciones regionales administradoras, sin menoscabo de sus identidades culturales (en este grupo las propuestas territoriales varían, desde el centralismo de Vox al autonomismo fuerte del PP gallego, por ejemplo).

Sin quererlo, volvemos a encontrarnos de bruces con un destino que ya estaba escrito desde el principio. Tal vez los padres de la Constitución, en su patriotismo optimista y bienintencionado, minusvaloraron que “el enemigo de un español es siempre otro español”. Eso también lo dijo Azaña.

El Séptimo Sello: el silencio de Dios y la existencia en Ingmar Bergman

En Cine/Democultura/Religión por

A poca distancia de Estocolmo, en la misma región de Uppland, se encuentra una pequeña iglesia perteneciente a la comuna de Täby, edificada alrededor de mediados del siglo XIII. Esta iglesia es célebre porque en el techo se hallan las pinturas de Albertus Pictor (también conocido como Albert Målare o Albrekt Pärlstickare), realizadas durante la década de 1480, y entre las cuales se encuentra una muy particular, que muestra una partida de ajedrez entre un hombre y la muerte. Se dice que esta pintura, tan cargada de simbolismo, fue la inspiración de Ingmar Bergman para una de las cintas cinematográficas clave del siglo XX: El Séptimo Sello. Sigue leyendo

Una vida oculta: la muerte como entrega total

En Cine por

Terrence Malick ha insistido siempre en la sobreabundancia y la desproporción. Si en El árbol de la vida todo giraba en torno a la muerte de un hijo, donde pasado, presente y futuro se entremezclaban para ofrecernos una joya acerca de la vida y del misterio de la muerte en diálogo continuo con el infinito, en Vida oculta la muerte se presenta como colofón, como la entrega total que es el martirio. En definitiva, como verdadero don. Acogido, aceptado y triunfante.

El martirio es también una desproporción. ¡Pero qué absurdo! Nadie se va a enterar. Son solo palabras. Puedes jurar una cosa y pensar lo contrario. ¡A Dios no le importa lo que digas, solo lo que hay en tu corazón! ¿No ves lo inútil que es todo esto? ¿A qué criterio obedece? Tienes una mujer preciosa, una madre que te quiere y tres hijas maravillosas. No haces ningún bien a nadie. A nadie. ¿Para qué todo esto? Pero Franz mira a su esposa y dice: «¿tú lo entiendes?» Comienza a sonar el Agnus Dei… Su respuesta no es sí o no. Es te quiero, y estoy contigo pase lo que pase, siempre. Entonces, una extraña y alegre serenidad se apodera de Franz, que comienza a llorar. Haz lo correcto, dice ella. E inmediatamente Malick nos vuelve a mostrar su habitación, los pies de la niña pisoteando el vientre de la cuna.

En la película se insiste en el lecho del matrimonio una y otra vez. Sus sabanas, sus cojines, sus muebles. Se insiste en la casa. La casa, el vínculo, el amor, la tierra, las manos sucias, y siempre las montañas, la fronda y el cielo, como una espectacular, majestuosa y amable presencia. Es palpable como la naturaleza no se presenta como el telón de fondo de un idilio bucólico, sino como don precioso que manifiesta el señorío del Padre sobre la creación y de la criatura sobre su dominio, el suyo, el que le ha sido dado, en mitad de las montañas, de sus montañas, de su tierra.

Todo espacio está presidido por el mismo Cristo o su Madre. Nuestra mirada no puede obviar el Cristo colgado en la esquina del bar, donde se celebra la fiesta, se danza y canta y bebe, y es que, como dice Pieper, «Sólo un trabajo lleno de sentido puede ser suelo sobre el que prospere la fiesta» (pues viven de la misma raíz).

Son días que bastan porque la vida no puede ensancharse más en el amor: familia, trabajo, pueblo, culto. Hacen lo que deben hacer y así lo aman. Hasta que la comunidad política se pierde, y lo hace desde el mismo momento en que se adhiere a consignas y eslóganes. La película abre con las imágenes de El triunfo de la voluntad de Riefenstahl mientras el coro de Handel canta: «Israel vio la mano potente que mostró Yahvé para con Egipto, y el pueblo temió a Yahvé, y creyó en Yahvé y en Moisés, su siervo». Es la claudicación de la conciencia por la nueva conciencia nacionalista, es decir, romántica, mediante lo que Canals Vidal refería como «sublimación del resentimiento».

Ahora solo nos queda recordar los tiempos mejores, se dice. La memoria, es decir, la esperanza. El patrimonio de vida acumulado en el tiempo. Y es aquí, en el desierto, cuando el amigo evoca el Gorgias de Platón: es mejor padecer una injusticia que cometerla.

No hay un ápice de reserva del amor. Las muestras de afecto son constantes. La vida se derrama en los gestos. Todo anuncia el destino de cuerpo y alma: la gloria. Reservada para aquel que en un determinado momento ha sabido decir no. Para aquel que ha afirmado su fe negándose a sí mismo. Porque en Vida oculta se proclama lo mismo que se proclamaba en El árbol de la vida y es aquello que, como señalaba Juan Manuel de Prada, se ha dejado de proclamar en los púlpitos: «que Dios es Señor de la Historia –Alfa y Omega– […] que el misterio del sufrimiento humano sólo es plenamente comprensible si se espera la resurrección de la carne»; que «hemos salido del Padre y volveremos al Padre».

Vida oculta es una celebración constante de la Encarnación. Ese cuerpo desnudo y moribundo de Cristo que preside los espacios, los cuerpos que no pueden dejar de expresar lo que se aman. Cuerpos que trabajan, que rezan, que se entregan, que se echan al suelo y se abrazan y se manchan. No hay rastro de puritanismo. Son campesinos que viven la Encarnación con la sencillez de los pastores de Belén. Es apasionante la insistencia de Malick en lo carnal: los besos (los más verdaderos que he visto en el cine), las caricias, lo abrazos, las manos, las piernas. El amor, como los ríos y el agua que no puede dejar de mostrarnos; agua que surca la tierra y da vida. Es un no parar. Es la obsesión del que no puede dejar de insistir una y otra vez en comunicar lo que ha descubierto como fundamental.

Me sorprendió uno de los primeros planos, que nos mostraba el interior de una cubierta a dos aguas, hecha de vigas de madera. Un plano fugaz. La casa, el techo, los muebles, la cuna, la cama. Dice Fabrice Hadjadj en su Via Crucis:

«Al inicio, Dios plantó árboles para que el hombre y la mujer los cultivaran, cogieran sus frutos e incluso los imitaran, ya que ‘fructificad’ (Gén 1,22) es el primer mandato de Dios al hombre. Y la construcción de madera servirá también para acoger esta fructificación humana: en el hebreo bíblico, ‘tener una posteridad’ y ‘construir una casa’ se dicen con las mismas palabras. El Verbo sabe del tema, ya que se hizo carpintero. Le gusta la madera. Ha llevado vigas para construir casas. Pero he aquí que sobre sus hombros, la madera de fecundidad y de hospitalidad se ha convertido en madera de expulsión y crimen. Ya no se trata de la vigueta que llevaba ligeramente para hacer un techo: es la traviesa mal adaptada, que grava todo su peso sobre su nuca y cuyas astillas se clavan en sus manos».

Y las campanas, siempre las campanas, resonando en el valle. El templo que se eleva sobre la tierra y en cuyo seno se actualiza cada día la muerte y la resurrección. Campanas que anuncian el triunfo. No de la voluntad ni de la autonomía. Franz dice: yo te quiero, esposa mía, y por eso camino hacia la muerte. Solo queda la fidelidad. Llegará un día en que entendamos; en que lo oculto se desvelará y, por fin, conoceremos el sentido de todo. Una hora en que no habrá misterios.

Sobre la etimología de Apocalipsis, fin −destino y término− de los tiempos, dice Castellani: «[Apocalipsis:]Revelación. Literalmente, desde-lo-oculto, del verbo griego kalypto: cubrir, velar, ocultar; y la preposición apó, intraducible en castellano exactamente; como si dijéramos des-en-velar, desenvelación.»

Porque estas fieles vidas ocultas resucitarán de las tumbas que nadie visita para gozar de la eterna dicha a la que están llamadas.

Vida oculta es una oración que recorre los valles y las simas del alma y deja en carne viva las grandes cuestiones del hombre. Es un dialogo entre la criatura y el Creador, de vocación eterna. Mediante una experiencia verdaderamente espectacular, un himno de alabanza apoteósico, nos purifica y nos redirige el paso hacia la vida a la que hemos sido convocados, culminando con el misterio del martirio, «el supremo testimonio de la verdad de la fe». Es la película que necesita nuestro tiempo.

El mito de Chile (I): Sueño de inmigrantes

En Mundo por

“Seremos chilenos honrados y laboriosos como el que más lo fuere, defenderemos a nuestro país adoptivo uniéndonos a las filas de nuestros nuevos compatriotas, contra toda opresión extranjera y con la decisión y firmeza del hombre que defiende a su patria, a su familia y a sus intereses. Nunca tendrá el país que nos adopta por hijos, motivos de arrepentirse de su proceder ilustrado, humano y generoso”. Timbres de trompetas, como románticos, pronunciados por los colonos alemanes a través de Carlos Anwandter, el 18 de noviembre de 1851. No muy distintas fueron las palabras de otro romántico: Maximiliano, de la casa de Habsburgo, que llegó a México en plan de mexicano y de emperador. Era un modo, una actitud, de partir y de llegar, construir donde no había, adoptar a quienes los adoptaban.

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Sobre el poder en la modernidad y la posmodernidad

En Cultura política/Pensamiento por

La variedad es la vida; la uniformidad la muerte.

Benjamin Constant

Buenas nuevas: Homo Legens acaba de reeditar la obra Sobre el poder en la modernidad y la posmodernidad, de Javier Barraycoa. Se trata de un brillante trabajo de síntesis, donde su autor recorre la mayoría de las referencias notables y determinantes en la materia; logra trazar el recorrido del concepto de poder desde la modernidad y su necesario e inevitable desarrollo hasta nuestros días, poniendo siempre el punto sobre las íes. El valor de este ensayo reside, precisamente, en lograr describir trayectorias, movimientos, que nos han llevado a un panorama político y social tremendamente erosionado.

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The Farewell: basada en una mentira real

En Cine por
The Farewell Nana Wang

La película de Nana Wang es posiblemente el largometraje más sorprendente de la temporada, si bien juega en un liga muy distinta, más relajada, que la también asiática Parasites, el chiste de tres horas de Tarantino, la maravillosa A rainy day in NY o la recién estrenada The irishman. Sin embargo, eleva su género lo suficiente como para merecer un sitio junto a estas tres y superarlas en no pocos aspectos.

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Día de lluvia en Nueva York, el Woody Allen más amable

En Cine por
Día de lluvia en Nueva York Woody Allen

Cuando llevo diez minutos de película, teniendo claro que voy a escribir la crítica, pienso, “una mala película europea, pero bien hecha”. A los actores se les nota artificiosos, los diálogos resultan impostados y cuando llega la lluvia me digo para mis adentros que el título es los único que no es falso. Pero me equivoco –y tanto– y ahora doy gracias a Dios por ello, porque Woody Allen (Annie Hall, Manhattan, Match Point) firma con este homenaje a Nueva York una película extraordinaria, y que parece casi accidental.

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Contra Cristián Campos: Adiós al ruido y la furia

En Periodismo por

Hace pocos días el columnista Campos arremetió contra el socialismo del siglo XXI, que se construye no sobre la realidad de la injusticia social sino a partir de un curioso proceso digestivo, que consiste en devorar y hacer suyo cualquiera clamor victimista. Es un proceso necesariamente dialéctico, de distinción y señalamiento condenatorio del culpable.

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Dos paradojas sobre la libertad: prohibiciones e identidad personal

En Cultura política por

Desde hace ya algunos siglos, mencionar el tema de la libertad es una forma casi segura de electrizar nuestros afectos, actos y pensamientos. En el discurso de muchos, además, es una auténtica palabra “talismán”, esto es, una palabra que parece condensar todo lo bueno de la vida humana. Su mera invocación suscita sentimientos positivos, aspiración a la justicia, emancipación personal o incluso ideales educativos. La usan todos los políticos de todos los colores y los anunciantes de todos los productos habidos y por haber. Nos emocionamos cuando William Wallace es ejecutado al grito de “¡libertad!” al final de Braveheart (…por más improbable que un escocés del siglo XIII muriera exclamando tal cosa). Nos posicionamos a favor o en contra cuando George W. Bush y sus aliados lanzaban la campaña de actividades contraterroristas en Oriente Medio, el Cuerno de África y otros lugares bautizada como “Operación libertad duradera” (…pero entendíamos bien el significado y propósito de la misión). O nos lanzamos a probar los patinetes Lime mientras la compañía dice que su propósito es “desbloquear la alegría y la libertad de la posibilidad” de recuperar el tiempo que perdemos en los atascos (…aunque no siempre sepamos qué hacer después).

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La caída de Roma y la caída de Occidente, ¿se repite la historia?

En Religión por

Quizá desde que Oswald Spengler publicara La decadencia de Occidente (Der Untergang des Abendlandes, 1918), existe una fácil tendencia a asumir que eso que llamamos Occidente está herido de muerte, sin remedio posible. Cuando, con los matices pertinentes, se acepta este pronóstico, lo que queda por discutir es qué habrá después y en qué momento nadie podrá negar que el cadáver hiede. Como el autor alemán basaba su ensayo en un análisis cíclico —amén de forzado— de la historia y de las civilizaciones, el paralelismo con la denominada caída de Roma es inevitable en cada reflexión sobre este tema. Sin embargo, cabría ser cautos, y plantearnos varias preguntas, antes de dar por sentado que nuestro mundo sucumbe mirándose en el espejo romano. La primera pregunta: ¿qué es Occidente? La segunda: ¿a qué nos referimos cuando hablamos de la “caída del Imperio Romano”?

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El mito del vampiro III: Los orígenes

En Democultura por

En las pasadas entregas habíamos abordado la figura del vampiro desde la literatura, haciendo alusión a la obra que introduce al vampiro romántico en la era moderna, El Vampiro, de John W. Polidori, así como la obra cumbre de Bram Stoker, Drácula, no omitiendo a los reconocidos autores que, antes y después de Polidori, contribuyeron al desarrollo de la literatura vampírica.

En esta ocasión, continuaremos nuestro viaje adentrándonos en los orígenes mismos del mito vampírico, para tratar con ello de comprender la fascinación que el vampiro, esa expresión del arquetipo junguiano de La Sombra, ha causado en el ser humano desde tiempos quizás inmemoriales.

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Delibes y el fin del mundo

En Democultura/Literatura por

Todo tiene un final. Los hombres mueren, aunque nieguen esa palabra; nadie se lleva la riqueza a la tumba, aunque se atesore con avaricia; la injusticia podría acabar si un pueblo se dedicaba a ello; e incluso la magia del progreso se agota cuando la contaminación ya no se puede esconder. Mueren los hombres, pero permanece el Hombre en sus dramas y sus esperanzas. La muerte era, para Miguel Delibes [1920-2010] el desenlace inevitable y no siempre justo de una vida no siempre vivida: “al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”.

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‘The Virtues’, perdónales porque no saben lo que hacen

En Democultura por

A todos nos persiguen los fantasmas. Y no me refiero a los de sábana blanca, sino a esas personas que dejaron una huella imborrable… para mal. Quién no ha sufrido nunca el rechazo, la humillación, la violencia o la exclusión. La infancia no es siempre como ‘El camino’ de Miguel Delibes, a veces se parece a la excursión de Dante y de la adolescencia mejor ni hablemos.

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Por qué debería gustarte el boxeo

En Cuero por

El verano nos brinda la posibilidad de descubrir el boxeo no sólo como un deporte, sino como una forma de vida cuyos principios y valores desafían las convenciones de nuestro tiempo. Hace algunos años, en mayo de 2014, la editorial Libros del K.O. publicó La edad de oro del boxeo. 15 asaltos de leyenda, que reúne las crónicas de Manuel Alcántara, maestro de periodistas, editadas por el profesor Teodoro León Gross y por Agustín Rivera con epílogo de José Luis Garci, director de cine, hincha del Atleti y aficionado al noble arte del marqués de Queensberry, cuyas reglas inspiran las normas del boxeo moderno.

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¿Por qué lo llaman liberalismo?

En Cultura política por

Una de las características de los tiempos políticos actuales es la reformulación, al menos nominal, de los partidos. Las entidades que en su momento se hacían llamar “conservadoras” o “democristianas” llevan años oscilando entre la etiqueta “centro” o “centro derecha”, según el periodista con el que hable uno de sus representantes, o según la coyuntura que marquen las encuestas. En no pocas ocasiones, optan por asumir el letrero de “liberal”, a pesar de que se trate del mismo término que usan quienes aseguran ser el verdadero “centro”. En el caso de España, este idéntico traje es el que quieren lucir Partido Popular y Ciudadanos. E incluso varias corrientes dentro de Vox se asignan el derecho a emplear esta denominación de origen. De manera que, ¿cuál de los dos partidos, o cuál de los tres es el liberal? ¿O es que hay varias clases de liberales?

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Por un patriotismo de lo cotidiano

En España por

Al ejercer nuestra libertad experimentamos a menudo cierto temblor. Hay en ella algo fascinante y trágico a la vez. Nos da miedo – como decía Erich Fromm – y a la vez la anhelamos. Como hombres modernos que somos, hijos de nuestro tiempo, reconocemos que sin ella corremos el riesgo de deshumanizarnos, y de que solo con ella podemos articular nuestra vida religiosa, política y social. La libertad, por presentarla en positivo, es “don”, como supo ver Miguel de Cervantes. En la llamada “civilización europea” (Guizot), la lucha por la libertad política es desde Grecia hasta la actualidad nuestra seña de identidad, el gran estandarte europeo, si bien, constantemente amenazado por enemigos y supuestos benefactores. La libertad se asemeja así a una doncella en constante peligro de profanación.

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Circuitos contra el tiempo

En Videojuegos por

¿El hombre del futuro, pese a todo el conocimiento que adquirirá, querrá vivir más allá de la muerte, superarla y traspasarla? En la ciencia ficción especulativa que aborda el transhumanismo, sus personajes habitan futuros distópicos que plantean dilemas morales sobre la expansión de nuestro tiempo en la tierra. Dilemas tales como si merece la pena vivir prolongadamente, pagando el precio de convertirnos paulatinamente más bien en humanoides con pasado humano, deshumanizándonos progresivamente, olvidando nuestra fecha de caducidad natural. Viene al caso >Observer_, un videojuego de producción polaca ambientado en una Polonia cyberpunk de 2084, evidente homenaje, un siglo después, al título más reconocido de George Orwel, 1984.

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Dos paradojas sobre la libertad: prohibiciones e identidad personal

En Pensamiento por

Desde hace ya algunos siglos, mencionar el tema de la libertad es una forma casi segura de electrizar nuestros afectos, actos y pensamientos. En el discurso de muchos, además, es una auténtica palabra “talismán, esto es, una palabra que parece condensar todo lo bueno de la vida humana. Su mera invocación suscita sentimientos positivos, aspiración a la justicia, emancipación personal o incluso ideales educativos. La usan todos los políticos de todos los colores y los anunciantes de todos los productos habidos y por haber. Nos emocionamos cuando William Wallace es ejecutado al grito de “¡libertad!al final de Braveheart (por más improbable que un escocés del siglo XIII muriera exclamando tal cosa). Nos posicionamos a favor o en contra cuando George W. Bush y sus aliados lanzaban la campaña de actividades contraterroristas en Oriente Medio, el Cuerno de África y otros lugares bautizada como Operación libertad duradera (pero entendíamos bien el significado y propósito de la misión). O nos lanzamos a probar los patinetes Lime mientras la compañía dice que su propósito es “desbloquear la alegría y la libertad de la posibilidad” de recuperar el tiempo que perdemos en los atascos (aunque no siempre sepamos qué hacer después).

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El señor de los bolsillos: El pensamiento económico de J.R.R. Tolkien

En Economía/Pensamiento por

El señor de los Anillos, como bien es sabido, es uno de esos libros imprescindibles que han influido y siguen influyendo decisivamente en el pensamiento y la vida de sus millones de lectores. Se han destacado en numerosas ocasiones sus connotaciones filosóficas, religiosas y hasta políticas. Pero, ¿podemos extraer de esa obra magna de la literatura fantástica alguna lección aplicable al ámbito de la economía?

Conviene aclarar el sentido y alcance de la pregunta antes de que la noble mente del amable lector comience a verse invadida por imágenes de tornillos sueltos y codos empinados. No encontraremos (afortunadamente) ecuaciones diferenciales ni modelos econométricos en la obra de J.R.R. Tolkien, pero sí reflexiones y ejemplos sobre comportamientos económicos que nos pueden resultar familiares y sus consecuencias.

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España ante el diván

En España por

En estos momentos es necesario en España un partido, o un movimiento, o que los partidos se centren en la cuestión social y en la cuestión medioambiental, así como en el avance del municipalismo (sin abandonar la conciencia de que el mundo se ha globalizado). Esto es poner a la persona en el centro, y no al dinero, a las leyes, a los valores.

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El Sombrero Seleccionador y el juicio prudencial

En Dialogical Creativity por

La primera ceremonia solemne para un recién llegado a Hogwarts recibe el nombre de “La selección“. Consiste en ser escogido para una de las cuatro casas de la escuela, que durante el curso fungen como “familia” de los escolares (Harry Potter y la piedra filosofal, 1999: 99). Es tradición hablar de la propia universidad como de nuestra Alma mater, madre nutricia de nuestra alma. Allí donde hay tradición de colleges o colegios mayores (por ejemplo, en Oxford), estos son tan importantes como la universidad porque son, en efecto, nuestra segunda casa y, con frecuencia, nuestro primer segundo hogar, nuestra primera casa que es distinta de la de nuestros padres.

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