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Nostalgia de los jardines

En Cuarentena por

He de admitir que, confinado como estoy en un piso del centro de Madrid, envidio a las personas que viven a las afueras, en casas ajardinadas. Tal vez idealice su cotidianidad, pero las imagino leyendo Crimen y castigo bajo el agradable sol primaveral, paladeando una copa de vino tinto mientras un jilguero canturrea a su lado o incluso jugando al tute sobre el césped recién cortado. Y, en el preciso momento en que tales fantasías me asedian, cruza mi mente, como un espectro ágil y sombrío, la idea de que el mundo es un lugar de injusticias y de que yo estoy en el nutrido bando de quienes las padecen.

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La fiesta más larga de mi vida [RELATO]

En Literatura por

Eugenia lucía más exuberante que nunca con aquel vestido ceñido de tono dorado que realzaba su pecho y redondeaba aquellas curvas de vértigo. El humo del tabaco impregnaba el lugar, mientras al compás del chachachá los mozos sacaban a las mozas a bailar. Yo sostenía mi cigarro y me atusaba el bigote en actitud interesante, emulando a los grandes del cine. Si a ellos les funciona, ¿por qué a mí no? Mira, por ahí viene Margarita siempre tan risueña:

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Conocimiento: cómo bordear el absurdo y el hastío en la cuarentena

En Cuarentena/Distopía por

Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina.” (A. Camús, La peste).

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Johnny Cash: poeta de los oprimidos

En Democultura/Música por

Entre las fuerzas de la naturaleza, mi preferida es Johnny Cash. No me cabe duda de que el magnetismo que ejerce sobre nosotros resulta, en buena parte, de su credibilidad. Una credibilidad que brota de la honestidad del mensaje que comunica, de su música simple, directa y diáfana, sostenida por una voz que parece provenir del centro de la tierra.

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Días de monástica y escolástica reclusión

En Cuarentena/Distopía por

De entre las historias monacales, siempre inspiradoras de una espiritualidad singular, que uno recuerda hay una que parece especialmente adecuada para la ocasión. Es la de un novicio que, recién ingresado en un monasterio situado en las montañas, decía llevar una vida extremadamente feliz, debido sobre todo a los diarios y largos paseos montaraces que disfrutaba con inocencia y gratitud. Hasta que de pronto, un día, su director espiritual le dijo que renunciara a dichos paseos. Detrás de esa renuncia, que llevó con resignación y solo con el tiempo acabó comprendiendo, había tanto un espíritu de genuina obediencia como una sabia enseñanza sobre el papel de lo mundano en el orden del ser. Puede que la situación de reclusión que muchos vivimos actualmente, siendo tan diferente a la experiencia del monje, tenga sin embargo un poco de ambas cosas.

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La némesis médica: “los hombres gimen con dolores de parto”

En Asuntos sociales/Bioética/Distopía/Religión por

Mateo, 24 «Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. […]; 17. el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; 18. y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto […]. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 36.Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, […]. 38.Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, 39.y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. 40.Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; 41.dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. 42.«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor».

Este pasaje del evangelio no trata de ser agorero, ni fundamentalista, describe una situación. El evangelista no habla de castigo divino, está narrando una predicción científica. Hoy sabemos que nuestro sol estallará en pedazos, que las estrellas están en movimiento con todo el universo hacia la entropía. Hemos conocido catástrofes guerreras, naturales, biológicas, o tecnológicas… pero todas pasan al olvido… y los humanos seguimos jugando a creernos dioses al instante siguiente de la devastación.

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El Séptimo Sello: el silencio de Dios y la existencia en Ingmar Bergman

En Cine/Democultura/Religión por

A poca distancia de Estocolmo, en la misma región de Uppland, se encuentra una pequeña iglesia perteneciente a la comuna de Täby, edificada alrededor de mediados del siglo XIII. Esta iglesia es célebre porque en el techo se hallan las pinturas de Albertus Pictor (también conocido como Albert Målare o Albrekt Pärlstickare), realizadas durante la década de 1480, y entre las cuales se encuentra una muy particular, que muestra una partida de ajedrez entre un hombre y la muerte. Se dice que esta pintura, tan cargada de simbolismo, fue la inspiración de Ingmar Bergman para una de las cintas cinematográficas clave del siglo XX: El Séptimo Sello. Sigue leyendo

Una vida oculta: la muerte como entrega total

En Cine por

Terrence Malick ha insistido siempre en la sobreabundancia y la desproporción. Si en El árbol de la vida todo giraba en torno a la muerte de un hijo, donde pasado, presente y futuro se entremezclaban para ofrecernos una joya acerca de la vida y del misterio de la muerte en diálogo continuo con el infinito, en Vida oculta la muerte se presenta como colofón, como la entrega total que es el martirio. En definitiva, como verdadero don. Acogido, aceptado y triunfante.

El martirio es también una desproporción. ¡Pero qué absurdo! Nadie se va a enterar. Son solo palabras. Puedes jurar una cosa y pensar lo contrario. ¡A Dios no le importa lo que digas, solo lo que hay en tu corazón! ¿No ves lo inútil que es todo esto? ¿A qué criterio obedece? Tienes una mujer preciosa, una madre que te quiere y tres hijas maravillosas. No haces ningún bien a nadie. A nadie. ¿Para qué todo esto? Pero Franz mira a su esposa y dice: «¿tú lo entiendes?» Comienza a sonar el Agnus Dei… Su respuesta no es sí o no. Es te quiero, y estoy contigo pase lo que pase, siempre. Entonces, una extraña y alegre serenidad se apodera de Franz, que comienza a llorar. Haz lo correcto, dice ella. E inmediatamente Malick nos vuelve a mostrar su habitación, los pies de la niña pisoteando el vientre de la cuna.

En la película se insiste en el lecho del matrimonio una y otra vez. Sus sabanas, sus cojines, sus muebles. Se insiste en la casa. La casa, el vínculo, el amor, la tierra, las manos sucias, y siempre las montañas, la fronda y el cielo, como una espectacular, majestuosa y amable presencia. Es palpable como la naturaleza no se presenta como el telón de fondo de un idilio bucólico, sino como don precioso que manifiesta el señorío del Padre sobre la creación y de la criatura sobre su dominio, el suyo, el que le ha sido dado, en mitad de las montañas, de sus montañas, de su tierra.

Todo espacio está presidido por el mismo Cristo o su Madre. Nuestra mirada no puede obviar el Cristo colgado en la esquina del bar, donde se celebra la fiesta, se danza y canta y bebe, y es que, como dice Pieper, «Sólo un trabajo lleno de sentido puede ser suelo sobre el que prospere la fiesta» (pues viven de la misma raíz).

Son días que bastan porque la vida no puede ensancharse más en el amor: familia, trabajo, pueblo, culto. Hacen lo que deben hacer y así lo aman. Hasta que la comunidad política se pierde, y lo hace desde el mismo momento en que se adhiere a consignas y eslóganes. La película abre con las imágenes de El triunfo de la voluntad de Riefenstahl mientras el coro de Handel canta: «Israel vio la mano potente que mostró Yahvé para con Egipto, y el pueblo temió a Yahvé, y creyó en Yahvé y en Moisés, su siervo». Es la claudicación de la conciencia por la nueva conciencia nacionalista, es decir, romántica, mediante lo que Canals Vidal refería como «sublimación del resentimiento».

Ahora solo nos queda recordar los tiempos mejores, se dice. La memoria, es decir, la esperanza. El patrimonio de vida acumulado en el tiempo. Y es aquí, en el desierto, cuando el amigo evoca el Gorgias de Platón: es mejor padecer una injusticia que cometerla.

No hay un ápice de reserva del amor. Las muestras de afecto son constantes. La vida se derrama en los gestos. Todo anuncia el destino de cuerpo y alma: la gloria. Reservada para aquel que en un determinado momento ha sabido decir no. Para aquel que ha afirmado su fe negándose a sí mismo. Porque en Vida oculta se proclama lo mismo que se proclamaba en El árbol de la vida y es aquello que, como señalaba Juan Manuel de Prada, se ha dejado de proclamar en los púlpitos: «que Dios es Señor de la Historia –Alfa y Omega– […] que el misterio del sufrimiento humano sólo es plenamente comprensible si se espera la resurrección de la carne»; que «hemos salido del Padre y volveremos al Padre».

Vida oculta es una celebración constante de la Encarnación. Ese cuerpo desnudo y moribundo de Cristo que preside los espacios, los cuerpos que no pueden dejar de expresar lo que se aman. Cuerpos que trabajan, que rezan, que se entregan, que se echan al suelo y se abrazan y se manchan. No hay rastro de puritanismo. Son campesinos que viven la Encarnación con la sencillez de los pastores de Belén. Es apasionante la insistencia de Malick en lo carnal: los besos (los más verdaderos que he visto en el cine), las caricias, lo abrazos, las manos, las piernas. El amor, como los ríos y el agua que no puede dejar de mostrarnos; agua que surca la tierra y da vida. Es un no parar. Es la obsesión del que no puede dejar de insistir una y otra vez en comunicar lo que ha descubierto como fundamental.

Me sorprendió uno de los primeros planos, que nos mostraba el interior de una cubierta a dos aguas, hecha de vigas de madera. Un plano fugaz. La casa, el techo, los muebles, la cuna, la cama. Dice Fabrice Hadjadj en su Via Crucis:

«Al inicio, Dios plantó árboles para que el hombre y la mujer los cultivaran, cogieran sus frutos e incluso los imitaran, ya que ‘fructificad’ (Gén 1,22) es el primer mandato de Dios al hombre. Y la construcción de madera servirá también para acoger esta fructificación humana: en el hebreo bíblico, ‘tener una posteridad’ y ‘construir una casa’ se dicen con las mismas palabras. El Verbo sabe del tema, ya que se hizo carpintero. Le gusta la madera. Ha llevado vigas para construir casas. Pero he aquí que sobre sus hombros, la madera de fecundidad y de hospitalidad se ha convertido en madera de expulsión y crimen. Ya no se trata de la vigueta que llevaba ligeramente para hacer un techo: es la traviesa mal adaptada, que grava todo su peso sobre su nuca y cuyas astillas se clavan en sus manos».

Y las campanas, siempre las campanas, resonando en el valle. El templo que se eleva sobre la tierra y en cuyo seno se actualiza cada día la muerte y la resurrección. Campanas que anuncian el triunfo. No de la voluntad ni de la autonomía. Franz dice: yo te quiero, esposa mía, y por eso camino hacia la muerte. Solo queda la fidelidad. Llegará un día en que entendamos; en que lo oculto se desvelará y, por fin, conoceremos el sentido de todo. Una hora en que no habrá misterios.

Sobre la etimología de Apocalipsis, fin −destino y término− de los tiempos, dice Castellani: «[Apocalipsis:]Revelación. Literalmente, desde-lo-oculto, del verbo griego kalypto: cubrir, velar, ocultar; y la preposición apó, intraducible en castellano exactamente; como si dijéramos des-en-velar, desenvelación.»

Porque estas fieles vidas ocultas resucitarán de las tumbas que nadie visita para gozar de la eterna dicha a la que están llamadas.

Vida oculta es una oración que recorre los valles y las simas del alma y deja en carne viva las grandes cuestiones del hombre. Es un dialogo entre la criatura y el Creador, de vocación eterna. Mediante una experiencia verdaderamente espectacular, un himno de alabanza apoteósico, nos purifica y nos redirige el paso hacia la vida a la que hemos sido convocados, culminando con el misterio del martirio, «el supremo testimonio de la verdad de la fe». Es la película que necesita nuestro tiempo.

Héroes just for one day

En Amor y sexualidad/Música/Religión por

Creo que si Dios pudiera gozar de una genitalidad definida, tuvo que venirse arriba cuando David Bowie pergeñó “Heroes”.

Himno del Berlín occidental y el de la resistencia oriental años antes de la caída del Muro, es la historia, tal y como la cuenta David Granda en Vanity Fair, de dos alcohólicos amantes, artista él y artista ella, cuyo amor, visto desde una ventana por el propio Bowie, era una oda al eterno y divino momento del ahora.  

Creo que si estamos en disposición de aceptar la posibilidad de un orden creador, por no hablar de apellidos con credos y suras, es relativamente fácil concluir que la vida está hilvanada de momentos y circunstancias hechas para que alguien se maraville con el crecimiento de la hierba, el cantar de los gorriones comunes en el alfeizar de una venta de Carabanchel o el rumor de un vespino que te lleva al callejón donde ocurrió tu primer beso de verano.

Imágenes extraídas de Pixabay. Dona al autor aquí

La vida se desenvuelve sin permiso. Quizá nosotros tengamos que aplicar algo de esa canallesca para sacarle hasta la última gota; a navajazos si es preciso con tal de que salga el arrabal que llevamos dentro.

Seguro que la pillería terminará por merecer la pena cuando la muerte, ya sea de cáncer, en un choque estúpido con el coche o sentado en el único trono que conoce todas nuestras miserias, nos de el jaque mate.

En fin. Salgan del coche y miren al cielo. Ya que no las pueden ver, imagínense los alfilerazos blancos que permiten que transpiremos en un infinito sin demostrar. Tal vez así merezca la pena decir con un suspiro de alivio, mientras suena un riff en el aire tras un punteo invisible, “que podríamos ser héroes sólo por un día”.

Eso estaría bien.