Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Rosa Montero, Marie Curie y lo ridículo de la muerte

En Filosofía por

El verdadero dolor es inefable, nos deja sordos y mudos, está más allá de toda descripción y todo consuelo. El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder ser arponeada. Y sin embargo, y a pesar de ello, los escritores nos empeñamos en poner #Palabras en la nada. Arrojamos #Palabras como quien arroja piedrecitas a un pozo radiactivo hasta cegarlo”.

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John Ford: amor a primera vista

En Cine por

Como decía Graham Greene en su célebre novela, una historia no tiene ni principio ni final, sino que elegimos el momento de la experiencia desde el cual mirar hacia atrás o hacia adelante. En un momento determinado de mi vida conocí a John Ford. Desde entonces soy más feliz. Nunca tuve un padre o unos abuelos que me pusieran películas, pero gracias a Dios, navegando por la Red me topé con José Luis Garci y Eduardo Torres-Dulce, que han sido como ese padre, o esos abuelos, que me han enseñado lo que es el cine.

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[RÉPLICA] Ni el miedo ni Žižek sirven para interpretar la inmigración en España

En Cultura política/Pobreza e inmigración por

Los lectores de Democresía ya saben que me es prácticamente imposible escribir sin filosofar, sin citar a otros o sin acudir a fuentes y estudios que retuercen mis líneas hasta alejar a despistados y ocasionales. Prometo moderar estos “vicios” para contestar al breve artículo sobre la inmigración en España a través de Žižek que apareció en esta revista a mediados de agosto. Pero, por si no lo consigo, les adelanto ya mi jab (el miedo a la diferencia explica el afán de seguridad pero no el rechazo al inmigrante) y mi uppercut (la violencia sistémica es un concepto vaporoso, dogmático e incitador de violencia). A partir de ahora, ya pueden volver a sus redes sociales… o leer lo que sigue, con el agradecimiento por adelantado de quien lo firma.

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Los “Ilustrados” de nuestro tiempo

En Filosofía por

Al contrario de lo que se suele pensar, la Ilustración es fruto de la historia cristiana. Resulta paradójico, si lo pensamos, que la ideología ilustrada se afirme tanto como una oposición radical frente a la tradición cristiana y el principio de autoridad de la religión en la Europa moderna de los siglos XVII y XVIII.

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La vida es para el verano (II)

En La angustia de vivir por

Decía Luis Racionero en El ansia de vagar que él podría agrupar los viajes por medios de locomoción: coche, tren, barco, avión, balsa, a caballo, a pie. Entre todos ellos, el autor no duda en concluir que el viaje más cómodo es el que puede hacerse sin cambiar de cama: “y eso solo pasa en el barco, de línea, crucero o yate, y en algunos trenes como el Transiberiano o el Orient Express, con crimen y todo”.

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El arte de educar según Franco Nembrini

En Educación por

La educación “es un acto de misericordia, un gran perdón continuo”. Con estas provocadoras palabras Franco Nembrini, profesor italiano de Literatura e Historia en la enseñanza media, y autor de diversos ensayos sobre Dante y la Divina Comedia, ilumina la difícil tarea del educador en este ameno y reconfortante “manual” educativo. Fruto de la recopilación de diversas charlas, encuentros y conferencias con familias y profesores, el profesor Nembrini huye de abstracciones educativas y habla desde su experiencia personal como hijo, alumno, padre y profesor.  En los diversos capítulos se percibe la influencia del libro “Educar es un riesgo” de Luigi Giussani al que Franco Nembrini considera un referente.

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Monet y Boudin pasarán agosto en Madrid

En Democultura/Exposiciones por

Desde el 26 de junio y hasta el 30 de septiembre se puede disfrutar en el Museo Thyssen de la exposición monográfica de Monet -Boudin. Se trata de en un recorrido que entrelaza las vidas y estilos del gran pintor impresionista Claude Monet (París, 1840 – Giverny, 1926) y su maestro Eugène Boudin (Honfleur, 1824 – Deauville, 1989), representante destacado de la pintura al aire libre francesa de mediados del siglo XIX.

Juan Ángel López, comisario de la exposición y conservador del Museo Thyssen, reúne alrededor de un centenar de obras de ambos pintores, que entablan un diálogo delicioso de estilos complementarios. La presentación conjunta de la obra de ambos pretende no solo arrojar luz sobre el periodo de aprendizaje de Monet si no también sobre la evolución de la carrera artística de los dos pintores y el origen del movimiento impresionista. En el recorrido de la muestra se pueden apreciar las influencias que cada uno ejercía sobre el otro, así como la evolución de una realidad figurativa pintada de manera fiel a un impresionismo de realidad desdibujada en donde la supremacía de los colores y la luz toman posición, como pregnancias de lo visual más que registro con detalle.

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Monet comenzó imitando a su maestro Baudin, y según fue evolucionando su propio estilo, fue el propio Boudin quien, en profunda admiración hacia la audacia de su discípulo, termina influido por su estilo y desparpajo colorista y manejo del pincel. Comienzan en un realismo paisajista, del cual Monet avanza hacia un impresionismo sutil al principio y descarado al final. Por otro lado, Boudin se mantiene fiel a su realismo hasta que comienza a hacer suyo el estilo de Monet, haciendo manifiesta una tendencia al impresionismo en sus últimos años, donde lo visual y sensorial cobra una mayor relevancia en su obra. Los amplios brochazos, llenos de  carácter son, de cerca, un conjunto de expresionismo abstracto y, a la distancia adecuada, cobran sentido a modo de pregnancia o impresión visual que conforma en la imaginación una puesta de sol, una casa en la colina o un lago de nenúfares.

“Uno observa cómo cuanto más distorsionada y difusa se ve la realidad y menos atención se presta al detalle, más interés se encuentra en ella”. 

A la luz de esta exposición, uno observa cómo cuanto más distorsionada y difusa se ve la realidad y menos atención se presta al detalle, más interés se encuentra en ella. Esta afirmación aparentemente contradictoria y sin sentido se confirma cierta en nosotros. Visualmente, nos atrae más aquello que da lugar a que la imaginación complete las formas que cuando se nos es dada la realidad como fotografía con todo lujo de detalle. Una representación figurativa realista se os hace atractiva en una primera mirada: recorremos visualmente la imagen y nos produce satisfacción reconocer en ella elementos conocidos. En la segunda mirada, la imagen pierde todo el interés suscitado al principio. Esto es porque recordamos lo visto y ya no encontramos nada nuevo en ella. Por el contrario, en la imagen no realista, desdibujada, difusa o incompleta, la mirada tarda más en reconocer lo conocido, y por ello encuentra más satisfacción en contemplarla repetidas veces, puesto que el reconocimiento no es inmediato sino poco a poco, hay más indefinición en la que reposar la mirada y se descubren matices nuevos cada vez.

Lo que nos enseña el movimiento impresionista es una nueva manera de mirar la realidad, no enfocados en lo estable y lo definido, sino en lo difuso, lo arbitrario, aquello que va cobrando sentido poco a poco en nosotros. Ir descubriendo la realidad dada según vamos enfocando la mirada y descubriendo la relación de los colores y la luz en la imaginación es como ir descubriendo poco a poco el final de un buen libro, en el que se mantiene el suspense hasta el final. La mirada impresionista sobre la realidad de nuestra propia vida tiene una belleza singular en el disfrute del ir descubriendo poco a poco lo que se nos presenta y la manera en que se va configurando nuestro camino y todo va tomando su lugar.

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A ti, mi íntima desconocida

En Asuntos sociales/Bioética por

Es imposible escribirte estas líneas sin sentir una emoción que me sobrepasa, al grado de tener que secar el teclado de vez en cuando. Me han pedido que te escriba esto y sin pensarlo he dicho que sí y ahora me enfrento a estar hablando con alguien a quien aún no conozco. Sabemos tan poco de ti y aun así nos parece muchísimo. Que eres mujer, que tienes ya uñas, hasta sabemos que eres inquieta y que tu cerebro está “bien irrigado”. Pasamos noches imaginando cómo serás, cómo hablarás, cómo será tu carácter y sobre todo, si podremos cumplir nuestra única misión para contigo: quererte bien para que te sepas amada por El Gran Amor de tu vida, Él, que te creó.

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10 libros a leer por el periodista literario

En Periodismo/Reminiscencias de una hormiga por

La cronista Leila Guerriero (1967) desconfía de recetas que expliquen cómo escribir periodismo narrativo. En el recopilatorio de artículos Zona de obras (Círculo de Tiza), no construye decálogos ni destila axiomas. Simplemente, pinta su forma de trabajar, por ejemplo, sus encierros de 16 horas frente al ordenador, sin teléfono ni correos electrónicos, contando, tachando y puliendo con una concentración monacal. Zona de obras, como destaca diestramente Juan José Millás en su reseña La trastienda de una india, es “un libro de misterio, una pesquisa detectivesca sobre la necesidad de narrar. En otras palabras: sobre la necesidad de leer”.

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Dostoyevski para el siglo XXI

En Democultura/Literatura por

“A primeros de julio, después de un calor sofocante…” No es la crónica del tiempo de este verano sino que así inicia uno de los libros más famosos de Dostoyevski y de la literatura mundial, Crimen y Castigo.

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Te explicamos por qué Madrid es un desastre urbanístico

En Pensamiento por

Conclusiones en clave urbanística para entender algo de lo que está ocurriendo actualmente en la capital (continuación del articulo Megalópolis, la quimera de la ciudad mundial).

Madrid se ha incorporado decididamente -si bien aún en escala menor- a la ola que manifiestan las grandes aglomeraciones de nuestro mundo global. Aunque parezca irónico, la realidad es que nos encontramos ante una paradoja nuclear: el mundo se ha empequeñecido de tal manera que el hecho categorial al que nos abocamos es precisamente el de la desaparición de la ciudad. Al final, el hombre -ya mero individuo, eso sí sui iuris en su autodeterminación socializada- exiliado en un espacio cada vez más reducido y del que desea huir, de transportes cada vez más veloces que le permitan obtener destinos a su vez vez más lejanos. Estamos ya más cercanos a la ciudad mundial, donde lo colosal arrumba al hombre en favor de los medios: básicamente vía y transporte. Intransitable por sus dimensiones y existencialmente incomunicable. Si toda ciudad es ante todo comunidad, negado lo último, necesariamente se niega lo primero. Simple constatación: al presente el ciudadano desconoce la ciudad en la que sobrevive, sobrellevando su propio exilio interior.

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Por qué no soy especial

En Columnas/No sabría decirte por

“Hacerse mayor” es, además de una expresión horrible, un conjunto de factores y circunstancias que logran –o pretenden- hacer que tu brújula vital se estabilice. O al menos así lo veo yo. Paradójicamente y para que eso suceda, por el camino tienes que desaprender muchas cosas. Desaprendes tanto como aprendes, en un vals incesante de conocimientos y lecciones vitales que esperas que en algún momento te ofrezca un descanso para poder reposar y repasar. Aunque eso raramente sucede, y tú tienes que ir encadenando compases mientras esperas que absolutamente nada se te olvide.

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Emancipación y soledad

En Antropología filosófica/Pensamiento por

Vivimos en tiempos extraños. Tiempos en los que hay más críticos de arte que artistas. Un mundo donde viven mejor los expertos sobre la obra de Bach que sus intérpretes. La creación, con su absoluta liberalidad, ha sido sustituida por la técnica.

Vivimos en la era de los museos y los catálogos. Nos encontramos más cómodos contemplando un retablo de El Greco en una sala cerrada, con la iluminación “adecuada”, que en una iglesia oscura durante el culto y creemos que el Officium Hebdomadae Sanctae de Tomás Luis de Victoria debe ser escuchado en un auditorio con una buena acústica.

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La quimera de la ciudad mundial o por qué nuestra ciudad es un asco

En Pensamiento por

“Dos amores fundaron, dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la ciudad del hombre, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”. San Agustín

Una ciudad consiste en cierto número de ciudadanos ordenados en un régimen o gobierno. Por razón de necesitar el auxilio de sus semejantes, el hombre es un animal político y es en convivencia, por eso la comunidad que constituyen se fundamenta por el fin mismo del hombre, y a cada uno le corresponde tomar parte en el bienestar de la ciudad, siendo este el fin principal.Se puede decir por tanto que los ciudadanos participan de la ciudad solo en la medida en que participen del fin para el que la han constituido.

La ciudadanía no puede, por tanto, reducirse a un mero acuerdo para la ayuda mutua o para el intercambio. Si así fuera, todos los que celebrasen contratos serían ciudadanos de una misma urbe y, resulta evidente, en este tipo de relaciones uno no se preocupa de como son los otros, ni de si son injustos o cometen maldades. Sólo de que cumplan las condiciones que han firmado en sus contratos.

De cómo el contrato transformó nuestra urbe

Hasta el siglo XVIII la mayor parte de las ciudades no rebasaban los cien mil habitantes. Un hombre podía fácilmente abarcarlas y tenía la posibilidad de ir a cualquiera de sus límites andando, tal vez en menos quince minutos. Su estructura era sencilla, con un ámbito principal siempre de naturaleza pública y varios secundarios, si se trataba de ciudades mayores. La administración contaba a lo largo de la ciudad con pequeñas unidades administrativas locales formando ramas subordinadas de la central.

Ya en 1930, en cambio, más de trescientas ciudades poseían agencias dedicadas a la planificación a gran escala. En cuestión de poco más de un siglo, se había perdido la referencia humana en la construcción de la urbe. El administrador local que antes se ocupaba de gobernar algunas miles de personas, multiplicaba ahora su influencia, como jugando a ser un dios que rige los destinos de cientos de miles de personas, acaso millones.

No obstante, el hombre (el ciudadano) que antes conocía su hogar, que había recorrido sus límites, se encuentra con que no puede ya abarcar el conjunto de las ciudades que construye ni siquiera con la mirada. Su ecosistema, su demarcación, consiste ahora en una serie de aglomeraciones urbanas en constante estado de cambio y fuera de control.

Comentaba Toynbee, culminado el segundo fenómeno bélico mundial, que la mayoría de los soldados norteamericanos eran muchachos de campo que jamás habían visto una ciudad de unas dimensiones como Londres. Solo veinte años después, el suministro de alimentos de todo Estados Unidos era producido por un cinco por ciento de la población. Para los años sesenta, prácticamente todas las grandes ciudades de América habían sufrido ya las deformaciones de las grandes avenidas y autopistas, atravesando lo que antes eran calles y dividiendo así el espacio habitable para la población.

Pincha o haz click en la imagen para socorrernos.Entre el número creciente de dificultades que el cambio de la vida rural tradicional ha supuesto el salto a la actual carrera hacia la megalópolis, las de los transportes destacan notablemente, sin haber llegado a una solución por el momento. Tanto es así que, en 1980, el ciudadano neoyorquino que se trasladaba en automóvil consumía tres veces más tiempo en avanzar veinte manzanas que su padre medio siglo atrás con un coche de caballos.

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De cómo la ciudad dejó de ser un lugar para vivir

La ciudad que lo es verdaderamente y no sólo de nombre, debe preocuparse de la virtud. Al convertirla en alianza se pervierte su significado, diferenciándose de otras alianzas en la proximidad territorial. La ley deja de ser ley para convertirse en un convenio aplicable al uso y las circunstancias y, en definitiva, no es capaz de hacer a los ciudadanos buenos y justos. La ciudad, así concebida, no es ya una comunidad de lugar cuyo fin sea evitar la injusticia mutua y facilitar el intercambio.

Estas cosas son fruto de la existencia de la ciudad pero no constituyen la esencia de la ciudad. La ciudad entendida como comunidad de casas y de familias con el fin de vivir bien, en amistad, de conseguir una vida perfecta y suficiente.

La ciudad concebida según el contrato propone soluciones que, al tiempo de aportarse, quedan obsoletas. El mayor volumen de tránsito se da en el centro de la ciudad, donde son más estrechas las calles. Permitimos a nuestras ciudades que vayan creciendo en todos los sentidos alrededor de sus centros por lo que estos van quedando estrangulados y terminarán por colapsarse. Tratamos la continua transformación de las ciudades de manera estática, sin darnos cuenta de que son dinámicas. Se habla de cinturones verdes como el de Londres, que naturalmente, llegado el momento se sobrepasan. No sirven los proyectos de renovación urbanística con los que intentamos aliviar la situación actual de nuestras ciudades.

La mano de obra urbana –y desde luego y necesariamente la que se corresponde con el sector servicios– es ajena a la urbe. Reside en aglomeraciones suburbanas que unen entre sí antiguas ciudades separadas, constituyendo así la megalópolis. Al divorciar sus hogares de sus empleos, han convertido a la urbe en un lugar de perpetuo movimiento humano que no necesita ya ser un hogar. La densidad de población disminuye de un modo constante en las áreas metropolitanas, adquiriendo las zonas marginales cada vez mayor amplitud.

Encontramos así que las áreas residenciales responden a sistemas de orden superior, las zonas industriales, los centros comerciales… Todos crecen más en superficie que en altura. Mientras que en las antiguas ciudades amuralladas la densidad demográfica era de ciento cincuenta a doscientas personas en Grecia, en Roma u otras poblaciones medievales y de Oriente, las de las zonas metropolitanas actuales no superan las cien; cincuenta y siete en Tokio; cuarenta y dos en Nueva York y diecisiete personas por hectárea en Londres, cifras de hace treinta años.

¿Qué elementos debe reunir la ciudad?

La ciudad que tenga por objetivo estar organizada de la mejor forma posible necesitará los recursos adecuados. El primero de ellos es la población. Tendrá que considerar cuantos ciudadanos debe haber y de qué tipo, y lo mismo con el territorio, que extensión y cualidades debe tener. Una ciudad no se mide por su número de ciudadanos sino por su potencia y las funciones que puede llevar a cabo mejor. Es muy difícil gobernar bien una ciudad demasiado populosa.

Decía Aristóteles que, así como la belleza se realiza siempre según número y magnitud, la ciudad que une a su tamaño el límite de población oportuno, será la más hermosa. En la naturaleza, las plantas o lo animales tienen una cierta magnitud, y ninguno conservará su propia capacidad si es demasiado pequeño o demasiado grande. Así, también hay una medida de la magnitud de las ciudades.

La consecuencia de la mejora de los sistemas y vías de comunicación ha sido alejar más (en espacio y en tiempo) a las personas de su centro de trabajo. En ciudades grandes, no es raro perder entre tres y cuatro horas diarias exclusivamente en desplazamientos. Ha sido la eficacia de las comunicaciones lo que ha motivado su abuso, ya que cada avance ha provocado una aglomeración inmediata.

Así, el efecto del desarrollo no ha sido la descentralización de la industria, sino su concentración. La planificación en gran escala puede introducir lo nuevo, en efecto, pero sólo a expensas de la destrucción de los valores urbanos antiguos. Tanto es así que los centros de las ciudades actuales están quedando sofocados y perecerán, como perecerá en consecuencia el paisaje natural. La escala de la ciudad está aumentando ya hasta límites inabarcables y depende casi por completo de sus medios mecánicos de transporte y comunicación.

Mientras, la sociedad actual no nos da indicios de poder organizarse mejor en semejante ciudad. El hombre es ya incapaz de imponer un gobierno metropolitano en muchas ciudades del globo. A menudo, se exagera la importancia de la administración local, que es no obstante un organismo que no tiene nada que ver ni en su sentido ni en sus funciones con lo que era el gobierno de las ciudades antiguas.

Muchos fenómenos sociales actuales, como la conducta de los jóvenes, muestran que no hemos sabido organizarnos como ciudad y, si la tendencia continúa, no podemos confiar en que la sociedad vaya a ser mejor mañana.

El hombre se recluirá en el interior de los edificios, convirtiéndose en un salvaje, a lo que contribuye la cultura tecnológica, forjando cárceles confortables, inmensos laberintos sin horizontes, hechos de cemento, hierro y cristal. La dejadez del espacio público y la fealdad de las edificaciones y del casco urbano -imagen visible de la pérdida de la referencia de comunidad, que escapa al horizonte de todo contrato entre particulares- hacen de las calles un espacio silvestre, en el que hasta la relación con nuestros monumentos, con nuestra identidad, queda entorpecida por los vehículos y el trajín de la urbe moderna. El asfalto se ha adueñado de las ciudades y llegará el momento en que, finalmente, nadie se preocupará por lo que pueda suceder fuera de los edificios, cuando el hombre, la persona desplazada de la ciudad, viva en el exilio.

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Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y es reproducido aquí con modificaciones con su autorización.

Javier Aller: el marciano inmortal

En Cine por

Javier Aller se fue hace unos días. Regresó al planeta surrealista que pertenece. El primer avistamiento de su persona en nuestro planeta fue en el año 1998 con El milagro de P. Tinto donde debutó en el cine interpretando un fastidioso marciano adicto a la gaseosa.

Aller desde entonces nunca dejaría de interpretar en sus películas la misma actitud vital bizarra y sencillamente genuina. Sigue leyendo

Tras los pasos de una generación de fuego

En Antropología filosófica/Literatura por

Cuando se escucha hablar de los escritores de la conocida “generación perdida”, en el París de los años 20, lo común es pensar en un grupo de americanos que viajaron a París a vivir una vida bohemia, llena de excesos, de alcohol, de fiesta, de jazz, de mujeres. Nos los imaginamos sentados en los cafés escribiendo sus cosas, fumando cigarrillos y, como la concepción que a veces se tiene del artista, comportándose de forma bohemia. Para algunos, unos personajes dignos de admirar por su talento; para otros, unos parias de la sociedad que se dedicaban a la bebida y a la “buena vida”.

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El puente sobre el río Kwai: esperanza en el trabajo

En Cine/Democultura por

“Trabajemos, pues, sin argumentar, que es el único medio de que la vida sea tolerable”.   Cándido, Voltaire.

La filmografía del legendario David Lean, tal y como señalábamos en un artículo anterior acerca de su Doctor Zhivago, está marcada por la lucha contra el Destino. Sus héroes siempre se debaten entre el determinismo y una posible vía de escape. Si en la adaptación de la novela de Pasternak la respuesta se hallaba en una permanente búsqueda de la belleza, El puente sobre el río Kwai propone el trabajo como camino a la libertad.

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Educar la mirada: Saint-Exupéry en tierra de hombres

En Antropología filosófica/Educación por

A uno no le salen las cuentas. Fascinado por el ideal que nos ofrece la sociedad, y apostándolo todo por ello, te acabas encontrando desolado por un incumplimiento doloroso. Hay momentos en los que uno percibe destellos de belleza que nos sorprenden en lo cotidiano. De un modo imprevisto, como un ladrón en medio de la noche, sucede algo que te eleva, pero al mismo tiempo ensancha aún más el anhelo de tu ser, para volver a estar mendigando sucedáneos de verdad allí donde nos lo ponen a buen precio. Podríamos decir que somos ontológicamente insatisfechos y consolarnos tontamente con el mal de muchos.

Sin embargo, de vez en cuando se cruzan en nuestra existencia personas que parecen no estar heridas estándolo. Viven en medio de la multitud de un modo envidiable porque saben abrazar aquello que hace la vida verdaderamente grande. Están moldeados por el mismo barro corruptible llamado a la eternidad, pero con una mirada hacia la realidad que la transfigura o, quizá, la miran sabiendo que pueden ser transfigurados por ella.

Saint-Exupéry tiene esa mirada elevada, amplia y profunda. Mirada creativa capaz de descubrir el hilo dorado del que está tejido el mundo, hilo de sutura para la herida abierta de nuestro deseo. Con una imagen muy recurrente en sus escritos, él ha descubierto el agua subterránea que “gracias a ti, se abren en nosotros todas las fuentes cegadas de nuestro corazón”.

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El piloto francés escribió su obra Tierra de los hombres en un momento histórico en el que la sociedad francesa estaba desgarrada por un conflicto bélico sin precedentes, y en sus líneas se descubre muchas veces una angustiosa preocupación por los suyos elevada por la esperanza cierta de la positividad de la vida. Sus palabras no se conforman con impulsar el ánimo de sus compatriotas sino que les apremia a alzar el rostro, a dejar de contemplar la técnica bélica como salvación de Europa y descubrir aquello que realmente construye la civilización.

La grandeza de un oficio estriba, tal vez y ante todo, en unir a los hombres: sólo hay un lujo verdadero: el de las relaciones humanas”.

La pretensión educativa de Saint-Exupéry queda recogida al inicio de esta autobiografía. Fue con 26 años, recién incorporado como joven piloto, cuando le dieron el primer trayecto Toulouse-Dakar. La emoción de cubrir este trayecto por primera vez se mezclaba con el temor a las montañas de España que nunca había sobrevolado. El director de la Sociedad Latécoère, Didier Daurat, le preguntó si conocía bien las consignas. Pero éstas no son suficientes para afrontar por primera vez una ruta en la que en días de tormenta estaba “repleta de celadas, de trampas, de acantilados que surgían bruscamente y de torbellinos capaces de arrancar cedros de cuajo. Negros dragones defendían la entrada de los valles, haces de rayos coronaban las crestas”. La realidad se presentaba hostil al joven piloto amedrentado por las historias de los más veteranos. El señor Daurat, antes de despedirle le recordó:

Es muy bonito eso de navegar con brújula sobre España, por encima del mar de nubes; es algo sublime, pero… no lo olvide: bajo el mar de nubes… está la eternidad”.

Un mar de nubes para un piloto esconde la muerte, para un montañero tiene un significado distinto. “Comenzaba a darme cuenta de que un espectáculo sólo cobra sentido dentro de una cultura, de una civilización, de un oficio”. Fue su amigo Henri Guillaumet, a quien rinde homenaje en esta obra, quien le enseñó a mirar de un modo relacional la vida humana. El joven Saint-Exupéry se “había sumido en la aridez de los mapas y no había conseguido descubrir las instrucciones que necesitaba”. Guillaumet le educa la mirada y, abriendo sobre la mesa el mapa de la Península Ibérica, le descubre aquello que una visión cuantificable no permite.

Dibujo de Saint-Exupéry que representa su avería en el desierto.

Pero ¡qué extraña lección de geografía recibí entonces! Guillaumet no me enseñaba España; él convertía España en una amiga. No me hablaba de hidrografía, ni del ganado, ni de la población. No me hablaba de Guadix, sino de los tres naranjos que, cerca de Guadix, bordean un campo: ‘Desconfía de ellos, márcatelos en el mapa…’. Y en mi mapa, desde aquel momento, los tres naranjos eran más importantes que Sierra Nevada. No me hablaba de Lorca, sino de una humilde granja cercana a Lorca. Y aquella pareja, perdida en el espacio, a quinientos kilómetros de distancia de nosotros, adquiría una importancia enorme. Instalados, como vigilantes fareros, en la ladera de la montaña, estaban prestos bajo las estrellas, para socorrer a otros hombres.

Así rescatábamos del olvido, de una inconcebible lejanía, detalles ignorados por todos los geógrafos del mundo.

La geografía española, sin cambiar un ápice, se desvelaba de un modo más humano, mucho más propio. Esta mirada relacional, que no añade irrealidad al mundo, descubre “lo invisible a los ojos” porque tiene en cuenta que la verdad es una mutua relación entre el objeto y el sujeto que se relaciona con ella y con el resto de los seres. ¡Cuánta necesidad tenemos de ser educados en este modo de abrazar, acoger y descubrir las posibilidades que la vida nos ofrece y elevarnos a un modo más auténtico de ser hombres! “Poco a poco, la España de mi mapa se transformaba bajo la lámpara en un país de cuento de hadas”.

Esta vocación de educar la mirada empieza por dejarse guiar por tantos otros que nos han precedido y que, desgraciadamente, han sido reducidos a volúmenes polvorientos de biblioteca, CD’s en peligro de extinción o películas regaladas con los dominicales que jamás serán desprecintadas. Necesitamos ser introducidos en la vida de un modo verdadero, que nos señalen y nos acompañen pero que no nos eviten caminar. “Cada uno de nosotros, en circunstancias insospechadas, ha conocido las más entrañables alegrías. Nos han dejado una nostalgia tan grande que hasta llegamos a añorar nuestras desdichas si han sido nuestras desdichas las que las han propiciado”.

Pero el hombre que se mueve en la paradoja de ser grande y vil puede amordazar su propia nostalgia y sobrevivir sin responder a su naturaleza, alienado socialmente y dejándose llevar por lo que toca. “Esos hombres que se creen hombres y que, sin embargo, por una presión de la que no son conscientes, están reducidos, como hormigas, a ser sólo usados”. ¡Qué alguien nos rescate si caemos en este abismo! Urgen maestros que nos enseñen a pensar con rigor, a penetrar en cada realidad sin reducirla ni violentarla con nuestros esquemas.

Para descubrir el sentido de la vida tenemos que recorrer nuestra existencia guiados por mapas trazados por aquellos que nos han precedido; mapas sin escalas, sin referencias geográficas ni hidrográficas, pero, a modo de imágenes, repleto de escenas iluminadoras que despiertan una y otra vez la nostalgia, “deseo de algo que no podemos describir”, y desvelan nuestro papel en la vida. “Sólo entonces podremos vivir en paz y morir en paz, pues lo que da sentido a la vida da sentido a la muerte”.

Este artículo fue publicado primero en la web del Instituto Newman, con cuyo permiso es reproducido aquí.

[RÉPLICA] La superioridad moral de la izquierda

En Cultura política/Pensamiento por

Un fantasma recorre la izquierda, el de su superioridad moral. Ignacio Sánchez-Cuenca, con prólogo de Íñigo Errejón, acaba de publicar un ensayo titulado provocadoramente como este artículo en el que convierte la acusación de superioridad en testimonio de un hecho irrefutable.

Pues sí, viene a decir Cuenca, los izquierdistas somos moralmente superiores a liberales, conservadores y democratacristianos porque nuestras ideas son la expresión más pura de la mejor forma de vida en sociedad, aquella donde no hay explotación ni dominación y los hombres (y las mujeres) son, como diría Rosa Luxemburgo, “completamente iguales, humanamente diferentes, totalmente libres”. Sigue leyendo

El ‘J’accuse’ de Job contra Dios: el misterio del mal

En Antropología filosófica por

¿Acaso alguien nos ha prometido algo? Entonces, ¿por qué esperamos? Esta frase, escrita por Cesare Pavese hacia finales de 1945 en su diario, El oficio de vivir, se cita a menudo para poner de relieve la inexorabilidad del deseo humano y la aparente ausencia de respuesta por parte de la realidad.

Pavese escribió esta frase movido por sus insatisfacciones amorosas, que no hacían otra cosa que agudizar la esperanza de hallar la perfección. Solo una línea antes de la cita, de hecho, escribe: “En la juventud se anhela una mujer; en la madurez, la mujer”.

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La familia de Odiseo

En Literatura por

Cuando nos sumergimos en la lectura de los clásicos, especialmente los grecolatinos, nos encontramos ante una bifurcación difícil. En un póster motivacional leí alguna vez que la diferencia entre lo ordinario y lo extraordinario está en ese “extra”. Yo creo que algo parecido ocurre en esta bifurcación: las obras se pueden leer sin más, o -con ese pequeño “extra”- pueden ser el núcleo de una rica reflexión. Tomemos la segunda vía y empecemos el viaje. Sigue leyendo

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